LA MENTORIA

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¿Qué significa mentoría?

El mentoring es una práctica de enseñanza y aprendizaje, que se lleva a cabo con la asesoría y guía de una figura conocida como “mentor”. De este modo, el mentor es aquella persona profesional y competente que comparte su experiencia para ayudar a los demás.

EL LÍDER Y LA MENTORÍA

Siempre será saludable que por muy alto que lleguemos en posiciones de liderazgo tengamos un pastor. Debe ser una persona que nos inspire respeto y confianza para acercarnos a pedir consejo; que cuide nuestra vida espiritual y vele por nuestra alma; que ore por nosotros y nos brinde asesoría. Acercarse con el pastor es un acto de bendición especial. Descansa el alma, recibe fortaleza el espíritu; se nos comunica un vigor enorme cuando nuestro mentor impone sus manos sobre nosotros. Tendremos una figura a la que nos someteremos no tanto en cuanto a gobierno, pero en cuanto a la búsqueda de cobertura espiritual.
Es perjudicial para un líder dejar de congregarse y carecer de membresía en una iglesia. No pocas esposas e hijos son incapaces de amar e integrarse a una congregación local a causa del ministerio itinerante de los líderes. Entonces no echan raíces en ninguna parte. Tenemos que seleccionar un lugar para acudir de forma regular y sistemática, y debemos escoger a una persona que nos pastoree a nosotros y a nuestra familia.
En ocasiones, las familias de líderes se enfrían espiritualmente por causa de que no tienen una iglesia local y se desprenden de aquella a la que pertenecían, porque el oficio les demanda viajar o moverse de ciudad. El dirigente tiene que asegurar la estabilidad espiritual de los suyos, llevarlos a hacerse miembros de una congregación y asistir regularmente a ella, aprender a respetar la figura pastoral, integrarse a una sociedad, un departamento o ministerio. De modo que el trabajo no sea tropiezo para la familia, sino una bendición.

LA IMPORTANCIA DE UN MENTOR

2 Crónicas 22:11, 12 narra el rescate providencial de Joás, un futuro rey de Israel, ante la amenaza del crimen perpetrado por una perversa que para usurpar el trono asesinó a cuantos pudo de la familia real. Una mujer noble escondió al más pequeño para preservarle la vida. Arriesgó su cabeza por la convicción de que el gobierno debía ser ocupado por los descendientes de David y no por otra persona. Se compadeció del bebé y lo escondió. Lo ocultó por varios años e hizo creer a todos que ningún príncipe había sobrevivido a la matanza.
Un sacerdote valiente, de nombre Joiada, con la mujer misericordiosa participó en el secreto del príncipe vivo. Lo cuidó, lo instruyó en la verdad divina y lo formó con la mentalidad de que era el sucesor legal del rey, y que en cualquier momento Jehová reivindicaría a su familia y lo colocaría como gobernante de Judá.
Una vez coronado, el niño tuvo éxito a pesar de su infancia triste, su corta edad y la inexperiencia en asuntos de gobierno. Su buen liderazgo se apoyó en la asesoría de un experto. El consejero fue un hombre que tenía valentía, experiencia y astucia, que era temeroso de Dios, amaba a su nación, y tenía intenciones sanas de ayudar al gobernante. El mentor actuaba bajo la convicción de que el trono le pertenecía al muchacho. Creía en él y estaba dispuesto a movilizarse para ayudarlo a ocupar el lugar para el cual el Señor lo había llamado y le había preservado la vida. Lo crio, le enseñó la disciplina y se dispuso a asesorarlo en los asuntos importantes de su administración (2 Crónicas 24:2).
El sacerdote mentor instruyó al nuevo líder de la nación a poner a Dios en primer lugar.
Lo enseñó a establecer prioridades, comenzando por su devoción a Jehová.
Le hizo ver que la clave de su éxito radicaría en su comunión con el Señor.
El respaldo divino lo haría ser de bendición al pueblo y lograría ganar gracia ante los hombres si buscaba primero la del Creador.
Lo motivó a ocuparse de las relaciones celestiales;
la restauración del culto,
el cuidado de la casa de Dios.
El empeño en que la adoración divina fuese promovida con el mayor esmero fue la principal característica del reinado del muchacho.
Las primeras órdenes del rey fueron sobre el orden y la hermosura del santuario.
Exigió que se pusieran manos a la obra y que se estableciera un programa para recaudación y aplicación de fondos para que fueran satisfechas todas las necesidades del templo.
No quería que hiciera falta nada, que por ninguna causa se detuviera la labor.
Los recursos no debían escasear y la inversión debía realizarse con la máxima diligencia por parte de los sacerdotes. Quería un reino en el que se diera honra y gloria a Jehová.
El mentor del joven rey lo instruyó también sobre los principios y valores que deben distinguir a un líder que desea hacer el bien (2 Crónicas 23:16–18). En primer lugar se enfatiza el temor de Dios. No debía cometer los errores de otros gobernantes de Israel que abandonaron el pacto divino, fueron desleales y promovieron la disolución en la nación. La obediencia, la reverencia y el respeto hacia el Ser supremo le darían estabilidad al trono y traerían bendición y prosperidad sobre la nación. Esto sería su valor más apreciado y el factor determinante para lograr excelencia en su administración.
Otro valor importante para la estabilidad del trono y la prosperidad nacional sería el compromiso trascendente por parte del rey para con la verdad de Dios. Debía el líder guardar los mandamientos dados por el Señor y ser leal al pacto. La palabra de Jehová sería norma de su gobierno. Cumpliría y haría cumplir los estatutos establecidos. Viviría conforme a la voluntad divina revelada en la ley y haría que su descendencia también se sometiera al precepto del Padre. La rectitud sería el estilo de vida del monarca. Exigiría al pueblo una ley que él modelaría con su conducta. No andaría por caminos torcidos; no se permitiría prácticas deshonestas y deshonrosas. Caminaría por la senda de la justicia por amor al que lo había colocado en tan honorable posición.
El rey debía también aprender el principio de la lealtad. Tenía que trabajar en equipo. No podía embriagarse de poder y pensar que gobernaría sin ayuda de nadie. Debía valorar a sus superiores, a los ancianos que lo aconsejaron y a las personas que lo apoyaron en los momentos de crisis. Además era necesario que diera honra a sus colaboradores. No debía olvidar a los que lo ayudaron. Tenía que reciprocar con los que aportaron para su crecimiento y su exaltación.
En ocasiones, si han muerto los que nos han bendecido, podemos pagarles tributo brindando algún beneficio a sus descendientes. Podemos dar la mano a los hijos o familiares de quienes nos respaldaron y nos dedicaron tiempo, consejo y recursos cuando más los necesitamos.
Tenemos que hacer trascender la lealtad. Si ya no tenemos al mentor o asesor, podemos llevar nuestro agradecimiento a otras generaciones. Una viuda, un huérfano o un descendiente de quien nos brindó apoyo puede ser objeto de nuestra gratitud.
Mientras Joás estuvo bajo la mentoría de Joiada su reino se mantuvo estable y en paz. Cuando se desligó de su padre espiritual y se sintió absoluto, atrajo la ruina a su reinado. El orgullo venció sobre la nobleza, y habiendo comenzado con excelencia, terminó engrosando la lista de los reyes desleales, cuyo fin fue en desgracia.
EN EL CASO DE ZOROBABEL
El edicto de Ciro terminó con la cautividad babilónica y los judíos comenzaron a retornar a Jerusalén. Uno de los primeros grupos, de aproximadamente 70 mil personas, venía comandado por Zorobabel, quien fungió como gobernador de la provincia.
Zorobabel, hijo de Salatiel, era un hombre timorato. Edificó el altar de Dios, ante el cual los que retornaron del cautiverio adoraron con miedo por las amenazas de los pueblos de las tierras vecinas (Esdras 3:2, 3). Su compañero era el sacerdote Josué, el cual era igual de temeroso, y no gozaba de prestigio precisamente como hombre santo.
A los dos años comenzaron la construcción del santuario, y lograron echar los cimientos (Esdras 3:10). Cantaron, alabaron al Señor y lloraron los ancianos que vieron la gloria del antiguo templo. Los vecinos enemigos quisieron participar en la construcción de la casa de Dios, porque se declararon adoradores de Jehová desde que llegaron a la tierra. Zorobabel y Josué con los príncipes se negaron a darles cabida en la obra (4:1–3).
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