Esperanza en el Pozo

Esperanza en el Pozo  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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La mayoría cuando somos niños soñamos cosas fantásticas. Cuando nuestros hijos eran pequeños hacían representaciones en la sala de la casa. Alguna obra inventada, Ismael, Belén y Gael personajes con capas, espadas, princesa y los príncipes, aún lo son. Como niños solamos con un futuro de cuento de hadas, pero al crecer nos damos cuenta que la vida real no es así. La vida no es fácil.
Una chica de 13 años sueña con estudiar medicina, conoce a un chico, se enamoran y juran que nunca encontrarán a nadie como él y ella. A los 15 queda embarazada y es madre, el chico desaparece de la escena; sueños rotos y desilusión.
Una abuela cuyo marido fallece, ella es fuerte, sigue con su vida, los nietos la visitan, pero el tiempo no perdona, su cuerpo ha cambiado, le duelen las piernas, su mente le falla y sus hijos no pueden cuidarla y se pregunta ¿de qué sirvió tanto sacrificio? sueños rotos y desilusión.
Todos hemos sentido desilusión, desde el niño que no gana el concurso de maquetas, la niña que no recibe el regalo deseado en su cumpleaños, el joven que no termina la universidad ¿hay solución? ¿hay esperanza para los sueños rotos?
Una mujer ha sido desilusionada varias veces, ya no le pide nada a la vida. Sus vecinos la conocen y ella sabe que no la ven con buenos ojos; tiene que ir a la tienda a la hora menos concurrida, las mujeres se burlan de ella, al pasar le dicen cosas desagradables, quizá se han gritado en la calle. En cierta forma se ha acostumbrado al maltrato, para evitar problemas va a buscar agua al pozo al medio día ¿qué pensaría en ese trayecto sola? ¿qué edad tendría? Ha tenido 5 maridos. ¿Tendría hijos de cada marido? ¿5 hijos?
Si era joven quizá le decían que tenía una maldición, a quien toca se muere. Si era mayor quizá se ha cansado de enterrar esposos. ¿Por qué se casó 5 veces? ¿no soporta la soledad? busca alguien con quien platicar en las noches, estabilidad económica. Ahora tiene una relación pero ha decidido no casarse. Quizá este 6o hombre le robó el corazón, era todo lo que siempre soñó, es amable, la respeta, la hace sentir bella y joven.
O quizá fue el único hombre que se atrevió a vivir con ella y la maltrata, ella llegó a pensar que no merece nada mejor, sin ganas de luchar, era mejor él, que vivir abandonada. Decide no casarse ¡no enterraría un marido más! vivía con él pero de modo no oficial, algo impensable en esa época.
Va sola al pozo, con la cabeza abajo, quizá sin ilusiones ¿qué más le podía pasar? ¿un marido más, un marido menos? Va por agua para cocinar, beber, lavar. La rutina de todos los días. Una mujer sin ilusiones, ha tenido 5 maridos ¿alguno habría sido su príncipe azul? ¿alguno borracho, golpeador, mantenido, flojo? Pero ese día conocería alguien especial, un hombre diferente.
Era de Samaria, cerca de Israel, una mezcla de sangre judía con sangre de otros pueblos como asirios, hititas, babilonios, fenicios. Adoraban otros dioses, pero al llegar y asentarse en la región se enteran del Dios de los judíos y para no ofenderle lo empiezan a adorar, pero no con las reglas estrictas de los judíos, sino una mezcla de sus costumbres. Por es se detestaban con los judíos, discutían sobre quién adoraba de forma correcta, peleaban por doctrina, con los años muchos se olvidaron de la razón de su enemistad, pero pasaron el odio de generación a generación.
Ese medio día, la mujer llega al pozo y reconoce a un judío en ese lugar, al principio lo ignoró en parte por que había perdido interés por hablar con la gente, sus amigas la odian, otros hombres la buscan solo por un interés, quizá no le habló por ser judío y en parte porque las mujeres por ningún motivo empezaban una plática con un hombre. Juan narra la plática.
Poco después, llegó una mujer samaritana a sacar agua, y Jesús le dijo: —Por favor, dame un poco de agua para beber. Él estaba solo en ese momento porque sus discípulos habían ido a la aldea a comprar algo para comer. La mujer se sorprendió, ya que los judíos rechazan todo trato con los samaritanos. Entonces le dijo a Jesús: —Usted es judío, y yo soy una mujer samaritana. ¿Por qué me pide agua para beber?” (Juan 4:7–9, NTV)
¡Asombroso! un judío, un hombre le habla ¿quién es ese hombre? Ella le responde, una de las necesidades de la mujer es ¡hablar! comunicarse es como se siente amada y apreciada. Habla con Jesús y ÉL desde el principio quiere que ella reciba lo que más necesita.
Jesús contestó: —Si tan sólo supieras el regalo que Dios tiene para ti y con quién estás hablando, tú me pedirías a mí, y yo te daría agua viva.” (Juan 4:10, NTV)
—Pero señor, usted no tiene ni una soga ni un balde —le dijo ella—, y este pozo es muy profundo. ¿De dónde va a sacar esa agua viva? Además, ¿se cree usted superior a nuestro antepasado Jacob, quien nos dio este pozo? ¿Cómo puede usted ofrecer mejor agua que la que disfrutaron él, sus hijos y sus animales? Jesús contestó: —Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna. —Por favor, señor —le dijo la mujer—, ¡déme de esa agua! Así nunca más volveré a tener sed y no tendré que venir aquí a sacar agua.” (Juan 4:11–15, NTV)
¿Qué pensaría de Jesús? ¿de qué agua habla? ¿agua viva? Pero, quizá vio algo más allá de las palabras, quizá por primera vez en su vida un hombre le habla y no le coquetea, le habla con respeto, no insinúa nada ofensivo. Su experiencia con 5 maridos la hacen experta en esos temas. Pede bajar la defensa, ese judío sólo desea conversar sobre ¡agua! ella quería de esa agua para no ir al pozo nunca más.
Pero no escuchó bien, Jesús le ofrece un manantial que brotaría dentro de ella; ella oyó lo que le convenía ¡nosotros hacemos lo mismo! Corremos a Jesús para que nos de salud, dinero, milagros. A veces no escuchamos Su Palabra y de vez en cuando Jesús se detiene a darnos dirección una vez más.
Jesús le dijo: —Ve y trae a tu esposo.” (Juan 4:16, NTV)
¿Para qué? Quizá sí le dará agua y necesita al esposo para cargarlo.
—No tengo esposo —respondió la mujer. —Es cierto —dijo Jesús—. No tienes esposo porque has tenido cinco esposos y ni siquiera estás casada con el hombre con el que ahora vives. ¡Ciertamente dijiste la verdad!” (Juan 4:17–18, NTV)
La mente de la mujer va a mil por hora ¿quién fue el chismoso? ¿cómo sabe mi historia? no se lo explica, ese hombre la conoce a fondo, la ha desarmado. Primero le habla, no le coquetea, le ofrece agua que no se agota y ahora descubre su pasado.
Así son los encuentros con Jesús, nos desarma de toda falsedad y apariencia. Llegamos con un corazón roto y oramos como si estuviéramos bien ¡Estoy un poco triste! ¿un poco? ¿por qué digo que poco? Dios estoy destrozado, desesperado.
Dios estoy un poco molesto con mis padres, con mi hijo ¿un poco? ¡no lo soporto! O decimos, Señor espero que todo salga bien, cuando queremos gritar ¡Dios estoy muerto de miedo!
Ante Jesús no hay máscaras, no podemos esconder el pasado, ÉL sabe todo. Así como conoce a esta mujer nos conoce. Ha visto nuestra vida, dolor, miedo, ha examinado nuestro corazón, ha visto las lágrimas, las risas, ÉL sabe todo por eso ¡no vale la pena aparentar o fingir delante de ÉL! Es mejor decirle la verdad.
En ese momento Jesús le habla de sus 5 maridos y de su pareja actual. La mujer reacciona, abre los ojos y lo que sigue es interesante, ha confundido a los estudiosos. Porque ahora ella habla de un tema profundo, el mismo Jesús no lo ha hablado con sus discípulos o los maestros, lo habla con una mujer que vive en unión libre.
—Señor —dijo la mujer—, seguro que usted es profeta. Así que dígame, ¿por qué ustedes, los judíos, insisten en que Jerusalén es el único lugar donde se debe adorar, mientras que nosotros, los samaritanos, afirmamos que es aquí, en el monte Gerizim, donde adoraron nuestros antepasados?” (Juan 4:19–20, NTV)
¿Quién pregunta eso?La mujer dedujo que es un profeta porque conoce su pasado. Quizá tú y yo habríamos preguntado sobre ¡el futuro! ¿mi esposa me ama? ¿tendré hijos? ¿ganaré la lotería? pero esta mujer de mala fama, toca un tema que por lo visto estaba en su corazón ¿cómo, dónde adorar de forma correcta. Esta mujer parece sincera en su pregunta. Más que su futuro, aprovecha para resolver el tema de la adoración.
Jesús le contestó: —Créeme, querida mujer, que se acerca el tiempo en que no tendrá importancia si se adora al Padre en este monte o en Jerusalén. Ustedes, los samaritanos, saben muy poco acerca de aquel a quien adoran, mientras que nosotros, los judíos, conocemos bien a quien adoramos, porque la salvación viene por medio de los judíos. Pero se acerca el tiempo —de hecho, ya ha llegado— cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera. Pues Dios es Espíritu, por eso todos los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4:21–24, NTV)
Primero Jesús no la regaña ¡qué hablas de lo que no entiendes! sino que le da una explicación amplia y le dice ¡Créeme querida mujer!... ¿qué habrá sentido la mujer samaritana? ¿su pareja 6 le diría esas palabras?
Jesús repite las mismas palabras, anhela que le creamos, Jesús le dice que todo cambiará, el monte es lo de menos. Lo importante es buscar a Dios en espíritu, desde lo más profundo, desde donde nadie más oye o ve, con sinceridad, sin hipocresía o de forma religiosa. No se trata de buscar a Dios para obtener algo o para aparentar ser espiritual, sino por esa sed que sólo se sacia con el Agua que ÉL ofrece.
Esa mujer sin importar su condición ¡tenía sed! en el fondo de su alma, en esos rincones privados de cada persona, ella ansía conocer a Dios, meditaba en adorarlo de forma correcta. Quizá la noches que no podía dormir, miraba las estrellas, la creación, los árboles y hablaba con Dios ¡Desea conocerlo! Jesús fue a buscarla para satisfacer esa necesidad.
Así es Jesús, cuándo te preguntas sobre la eternidad, sobre dónde está cuando sufres, ÉL se acerca y nos busca como buscó a este mujer ¡no fue casualidad! Sino premeditado. Jesús tenía una cita y llegó puntual.
La mujer dijo: —Sé que el Mesías está por venir, al que llaman Cristo. Cuando él venga, nos explicará todas las cosas. Entonces Jesús le dijo: —¡Yo Soy el Mesías!” (Juan 4:25–26, NTV)
¡Jesús le revela la noticia más impresionante a esta mujer! Paria de la sociedad, rechazada por muchos y ella es quién habla cara a cara con el Hijo de Dios, Emanuel, con quien los judíos esperaban que los libraría de la opresión, el Camino al Cielo, el Cumplimiento de las profecías.
En ese instante reacciona, deja su cántaro de agua, corre al pueblo, quizá toca las puertas gritando ¡he visto al Mesías! La gente ahora vio algo diferente en ella, porque no la maltratan, quizá su rostro brillaba de alegría, la siguen, se contagian de la emoción.
Cuando hay un encuentro personal, íntimo con Dios la felicidad no se puede esconder; esa mujer salió de su casa con la cabeza agachada, en su rutina de la vida y de sus desilusiones, sin esperanza para el futuro, pero bastó una plática, para que toda su historia cambiara.
Ella no recibió el perdón como la mujer encontrada en pleno adulterio, ni recibió sanidad como la mujer con el flujo de sangre, no vio ningún milagro, Jesús no sacó ningún demonio delante de ella, no multiplicó los panes y peces, tampoco vio a Jesús enseña a multitudes, no fue testigo de debate con los fariseos, ni siquiera lo vio morir en la cruz y quizá tampoco lo vio resucitado, pero bastó una plática bajo el pleno sol de medio día en que hablaron de agua, pozos, su estado civil, de cómo adorar y quién es Jesús para que esta mujer cambiara, experimentó lo que es la esperanza.
La mujer encontrada en pleno adulterio aprendió sobre el amor y la gracia; la mujer del flujo tuvo que usar su fe, esta mujer, quizá por primera vez en su vida experimentó lo que es la esperanza. Esperanza es una palabra escasa en estos días. Escuchamos más sobre falta de esperanza.
El matrimonio parece destinado al fracaso ¡no hay esperanza! la enfermedad está diagnosticada ¡no hay esperanza! El negocio ya se cerró ¡no hay esperanza! Pero este día, esta mujer junto al pozo de Jacob aprendió que sí hay esperanza ¿por qué? porque había un Mesías, Ungido, el Cristo, Salvador que se tomó el tiempo para hablar con ella y explicarle que la adoración a Dios es algo personal, que hay agua espiritual que apaga la sed del corazón y que ella podía soñar una vez más.
Muchos samaritanos de esa aldea creyeron en Jesús, porque la mujer había dicho: «¡Él me dijo todo lo que hice en mi vida!». Cuando salieron a verlo, le rogaron que se quedara en la aldea. Así que Jesús se quedó dos días,” (Juan 4:39–40, NTV)
La gente le rogó que se quedara y así lo hizo ¿qué les motivó a invitarlo? ¡Las palabras de la mujer! ÉL me dijo toda mi vida. Conoce toda mi historia y aún así ¡Deseó hablar conmigo!
¿Qué pasó después con ella? Quizá se casó con su pareja y fue su 6o marido, o se separó y prefirió estar sola pues ya no sentía ese vacío interior. Pero realmente ¡no importa! estoy seguro que esa mujer fue aceptada por Jesús y recibió la esperanza que todos anhelamos, la esperanza de ¡una segunda oportunidad! Necesitamos esperanza para vivir y para morir. La esperanza nos dice que nunca es demasiado tarde, nos dice que no hay relación sin solución, no hay enfermedad sin sanidad, nos dice que el futuro sí importa ¡No hay nada imposible para Dios!
No hay matrimonio sin remedio, no hay hijo o hija tan alejado que no pueda regresar a casa, no hay una persona tan mala que no pueda hallar perdón.
Jesús vino a cambiar las cosas para siempre, no sólo a decir dónde adorar, sino que transforma nuestro presente y futuro. Cada fracaso en vez de hundirnos nos ayuda a entender que siempre habrá una nueva oportunidad. Creo que Dios sigue viéndonos así.
La mujer samaritana cayó varias veces, se fue de bruces por lo menos 5 veces, su vida era un montón de sueños rotos que la volvieron solitaria, desconfiada, pero Jesús se acercó, la aceptó y le dio esperanza, unió las piezas de sus sueños rotos para formar una realidad mejor ¡Conocerlo a ÉL!
Eso es mejor, reconocer que Jesús es el Salvador del mundo, de tu vida, tu alma. Podemos identificarnos con la mujer adúltera, la mujer enferma o la mujer samaritana. Lo cierto es que Jesús nos ofrece gracia, amor inmerecido y busca que le creamos, que confiemos en ÉL y nos da esperanza y una segunda oportunidad.
Sólo Él llena los vacíos del corazón. Recibir perdón requiere algo que todos tenemos ¡Una decisión! la decisión de creerle y ser parte de SU familia. A cada uno nos dice: Hijo querido, hija querida. Su bondad traspasa el tiempo y nos lleva a la eternidad.
Esta mujer aceptó la promesa de Jesús, aceptó el Agua viva que le duraría más allá de la muerte. El cielo es algo real, C.S. Lewis dijo: “Nuestro Padre nos refresca el viaje con algunas posadas agradables, pero no permitirá que las confundamos con el Hogar.” El dolor es parte de la vida, a veces sólo así aprendemos a no sentirnos cómodos aquí, porque pertenecemos al allá.
Dios ha diseñado un lugar sólo para mí y uno para ti. Ese lugar está hecho a la medida, nadie más puede estar ahí, será justo lo que necesitamos y añoramos.
Yo encontré a Dios por primera vez en una lección de niños, pero otro quizá en medio divorcio, la enfermedad o al perder un hijo. Cada historia es diferente ¿por qué? porque a Dios le agrada la variedad. C.S. Lewis “Si todos experimentáramos a Dios en la misma manera y le diéramos adoración idéntica, la canción de la iglesias triunfal carecería de sinfonía, sería como una orquesta en la que cada instrumento toca la misma nota.” Pero como cada uno de nosotros tiene su propia nota, todos armonizamos un coro hermoso en SU presencia.
Si nos visitas ¿quieres formar parte de la sinfonía de Dios? ¡acéptalo como tu Salvador!
Palabra de Dios
Oremos
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