Otra vez, con palmas en las manos

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Los que perseveremos hasta el fin confiando en Jesús formaremos parte de la incontable multitud en su presencia, celebrándolo para siempre

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¿Eres una persona imaginativa? Yo lo soy. Cuando leo los relatos de las escrituras me imagino los paisajes, las situaciones, las personas, las voces. Es como si me metiera allí dentro, y muchas veces siento que me provocaría un inmenso placer ser parte de uno de esos relatos, estar allí.
Tomemos, por ejemplo, el relato de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ¿Alguna vez te has imaginado estar allí? ¿Qué lugar hubieras ocupado tú en esa situación?
Estaban los líderes religiosos opositores, celosos ante toda la atención que Jesús recibía en aquel momento, y se le oponían.
Estaba una buena parte de la multitud, que aparentemente simplemente acompañaba sorprendida lo que ocurría a su alrededor, con una actitud de “¿Qué hago yo aquí?”. Habían venido para la fiesta de la Pascua, y se vieron atrapados por aquel momento de júbilo y celebración por la llegada de Jesús, y simplemente “acompañaban”.
Estaban los simpatizantes de Jesús, los que habían escuchado alguna de sus enseñanzas o habían presenciado (o se habían enterado) alguno de sus milagros, como la resurrección de Lázaro, ocurrida recientemente. Lo reconocían como “el Profeta”, y muchos sospechaban que podría ser el Mesías, aunque tal vez todavía no habían tomado una decisión clara al respecto. Pero les simpatizaba, y fueron de los que pusieron más entusiasmos en sus gritos de júbilo y alabanza, celebrando que Aquel tan poderoso estuviera allí. Luego volverían a sus casas y continuarían con sus vidas, sin un compromiso con Jesús pero hablando bien de Él. No eran discípulos, no habían todavía recibido a Jesús como Salvbador y Señor, pero hasta cierto punto le respetaban.
Y finalmente estaban los discípulos, aquellos que sí se habían comprometido con Jesús con todo su ser. Habían tenido el privilegio de acompañarlo en su ministerio, lo habían escuchado enseñar, tanto en público como en privado, habían ocupado las primeras bancas al presenciar sus milagros, algunos que la mayoría no había visto. En aquella ocasión se veían confundidos, preguntándose qué estaba sucediendo a su alrededor, cuestionándose cuál sería el significado de aquel recibimiento tan estruendoso. ¿Sería aquel un momento especial en el que el Maestro recibiría el gobierno sobre su pueblo? ¡Habían visto ocurir tantas cosas maravillosas!
¿Dónde estarías tú en aquella figura? Si hubieras estado allí, ¿cuál hubiera sido tu lugar?
Tu respuesta a esta pregunta es de radical importancia. En realidad, hoy en día vivimos en un contexto en el que el mismo número de opciones se presenta en la sociedad en la que vivimos. Están los antagonistas, los indiferentes, los simpatizantes y los discípulos comprometidos, que de verdad son una excelsa minoría. ¿Cuál de ellos eres tú? Un cierto porcentaje de las personas que asisten a las reuniones de la iglesia son simpatizantes, pero todavía no deciden un compromiso firme y completo con el Salvador.
Hoy quiero recordarte que puede ser que tengamos la oportunidad de participar, de alguna manera, en una escena muy similar a la que se dió en aquel momento en Jerusalén, aunque solo estará presente uno de los grupos de los que hemos hablado.
Vamos a considerar este pasaje del Apocalipsis. Generalmente los critianos tenemos cierto temor de asomarnos a los libros proféticos como Apocalipsis, Daniel o Ezequiel. EStán llenos de misterios, figuras y comparaciones que contienen anuncios que carecen de todos los detalles, y que a veces no entendemos muy bien. Y está bien que sea así. Dios ha decidido alimentar nuestra fe y demostrarnos que tiene el control de toda la historia de la humanidad, pero sabe que no nos haría bien conocer los detalles exactos y el cronograma completo de cuándo ocurrirá cada cosa, porque podríamos descuidarnos y perder la fe en el proceso. Por eso nos advierte con mucha claridad de lo que sucederá, pero no nos dice cuando, para que procuremos estar preparados siempre.
Considera esta situación que se nos presenta en este pasaje.

1. Los redimidos celebran

Apocalipsis 7:9–10 RVR60
9 Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos;10 y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.
Juan nos está relatando lo que vio cuando Jesús lo llevó más allá del velo, dándole a conocer las realidades espirituales y futuras, conforme a las promesas y la obra de Dios. Ya ha descrito el trono de Dios, la presencia del Cordero de Dios (recordemos que Juan había sido discípulo de Juan el Bautista, y que las primeras referencias a Jesús que había escuchado eran como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”), cuatro seres vivientes difíciles de describir y veinticuatro ancianos, todos rodeando el trono de Dios.
Pero mira ahora esta escena: una multitud.
No era solamente una multitud, sino una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero… Esta multitud tiene relación directa con Jesús como Salvador y Señor.
Ahora observa con un poco más de detenimiento la descripción que se hace de ellos:
Universalidad. Esta es una clara diferencia con aquella multitud que se reunió para celebrar a Jesús en Jerusalén. En aquella ocasión faltaron representantes de muchísimas naciones, que sí estarán presentes delante del trono de Dios, conforme a lo revelado a Juan. Sí, habran mexicanos, colombianos, nicaragüenses, ¡y hasta argentinos! No faltarán de ninguna nación bajo el cielo. ¿Ves la conexión con otra profecía?
Mateo 24:14 RVR60
14 Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.
Sí, esta visión refleja el cumplimiento de la proclamación del evangelio a todas las naciones, el cumplimiento de la Gran Comisión que nos ha sido encomendada y que en este tiempo tenemos que llevar a cabo hasta que Cristo Jesús regrese. Todas las naciones bajo el cielo estarán representadas en el cielo, en la presencia de nuestro Salvador, poderoso y bueno.
Vestidos de ropas blancas. ¿Has estado alguna vez en un lugar donde se requiera cierta etiqueta, cierto código de vestimenta para estar allí? Alguien podría detenerte en la puerta y llamarte la atención para decirte algo así como “Disculpe, Señor, no puede ingresar al lugar sin corbata o utilizando calzado deportivo”. En este caso, aquella multitud estaba compuesta de personas que - todas ellas - llevaban vestiduras blancas. Creo que todos tenemos un concepto en cuanto a qué se refiere este “código de vestimenta” en el cielo.
Isaías 1:10–20 RVR60
10 Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.11 ¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. 12 ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? 13 No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes. 14 Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. 15 Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. 16 Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; 17 aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. 18 Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. 19 Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; 20 si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho.
Sí, las vestiduras blancas representan la pureza, la limpieza espiritual e interna que no puede ser obtenida por medio de ninguna experiencia en este mundo que no sea la fe en el Hijo de Dios como Salvador y Señor.
¿Has experimentado esta limpieza? No la experimentarás a menos que reconozcas primero tu suciedad, la contaminación que tus hechos, palabras y malos pensamientos - tus pecados - te han provocado. Es posible que esta imagen celestial nos incluya, si de verdad hemos recibido a Jesús como Salvador y Señor. ¿Te imaginas estar allí?
Con palmas en las manos. Aquí es donde veo la conexión con la entrada triunfal en Jerusalén. Así como en aquel día, los presentes en el cielo frente al trono de Dios y el Cordero llevarán ramas de palmera como símbolo de su adoración, de la exaltación de el Salvador que les ha permitido estar allí. Así que finalmente, sí, de alguna manera podremos recrear aquel momento de júbilo en la presencia de nuestro Señor y adorarle con alegría porque nos ha salvado.
Con un clamor de gratitud y alabanza. Aquella multitiud tenía - y tiene, y tendrá - algo que decir. Seguirá diciendo lo que el Señor nos enseñó a decir para que llevemos a cabo la misión que nos encomendó: ...clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. El mensaje proclamado no deja lugar a dudas, y es el mismo de siempre: no hay salvación sin Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La salvación no es algo que podemos alcanzar por nuestros propios méritos o esfuerzos. Solamente la fe en Jesús nos concede el acceso a aquella preciosa multitud en el cielo. Aquella gente exclama que están allí solo porque Jesús murió por ellos en aquella cruz. ¿Formarás tú parte de aquella multitud? ¿Contarás con la fidelidad de anunciar desde hoy y hasta que estés en la presencia del Poderoso que solmanete hay salvación en Jesús?
Limpios y perdonados. Con corazones llenos de gratitud y adoración. Con el poderoso mensaje de la salvación aún en sus labios. Así es la multitud de los que se encuentran en la presencia de Dios.

2. Los habitantes del cielo responden

Apocalipsis 7:11–12 RVR60
11 Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,12 diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Cuando los hijos de Dios andan en obediencia y sirven a su Padre eterno y su Salvador, todo el mundo espiritual responde.
Eso es lo que sucede delante del trono de Dios en este relato.
Aquí hay más de lo que podemos describir o comprender en nuestros términos, porque se nos habla de seres que jamás hemos visto:
Ángeles
Ancianos
Seres vivientes
Todos los seres celestiales reaccionan ante la adoración de la multitud de los redimidos.
Observa que no es al contrario. No son los redimidos que reaccionan ante la adoración celestial. Los hijos de Dios, los perdonados, los limpios por la sangre de Jesús toman la iniciativa, y todo el cielo responde.
Al principio se encuentran de pie, en señal de respeto y reverencia ante nuestro buen Dios y Salvador. Luego todos se inclinan, se postran, se humillan delante de Dios ante el poder de lo que los hijos de Dios proclaman, adorando a Dios.
¿Qué dicen los seres celestiales?
Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.
La confesión de los seres celestiales comienza y termina con “Amén”. Los hijos de Dios y los seres celestiales están en comunión, y apoyan la adoración unos de los otros. Lo cual también quiere decir que lo que ellos dicen, que todo el brillo y todos los honores le pertenecen a nuestro Dios y a su Hijo, concuerda con la afirmación de que la Salvación le pertenece, anunciada por la multitud de vestiduras blancas.

3. Las promesas son confirmadas

Apocalipsis 7:13–17 RVR60
13 Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? 14 Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. 15 Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. 16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; 17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.
Apocalipsis 7:13–17 NVI
13 Entonces uno de los ancianos me preguntó: —Esos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son, y de dónde vienen? 14 —Eso usted lo sabe, mi señor—respondí. Él me dijo: —Aquéllos son los que están saliendo de la gran tribulación; han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero. 15 Por eso están delante del trono de Dios, y día y noche le sirven en su templo; y el que está sentado en el trono les dará refugio en su santuario. 16 Ya no sufrirán hambre ni sed. No los abatirá el sol ni ningún calor abrasador. 17 Porque el Cordero que está en el trono los pastoreará y los guiará a fuentes de agua viva; y Dios les enjugará toda lágrima de sus ojos.
Apocalipsis 7:13–17 NTV
13 Entonces uno de los veinticuatro ancianos me preguntó: —¿Quiénes son éstos que están vestidos de blanco? ¿De dónde vienen? 14 Y yo le contesté: —Tú eres quien lo sabe, señor. Entonces él me dijo: —Estos son los que murieron en la gran tribulación. Han lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero. 15 »Por eso están delante del trono de Dios y le sirven día y noche en su templo. Y aquél que está sentado en el trono les dará refugio. 16 Nunca más tendrán hambre ni sed; nunca más les quemará el calor del sol. 17 Pues el Cordero que está en el trono será su Pastor. Él los guiará a manantiales del agua que da vida. Y Dios les secará cada lágrima de sus ojos».
Apocalipsis 7:13–17 NBLA
13 Uno de los ancianos habló diciéndome: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?». 14 Y le respondí: «Señor mío, usted lo sabe». Y él me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. 15 »Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en Su templo; y Aquel que está sentado en el trono extenderá Su tabernáculo sobre ellos. 16 »Ya no tendrán hambre ni sed, ni el sol les hará daño, ni ningún calor abrasador, 17 pues el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos»
La Palabra de Dios no fue solamente escrita o revelada “porque sí”, como si Dios no hubiera tenido otra cosa que hacer y se hubiera dedicado a inspirar profetas y maestros para que hablen y enseñen. La Palabra siempre tiene un propósito.
Dios quiere que entiendas, que tu corazón y tu entendimiento se amplíen, que reciban una comprensión más profunda y transformadora de sus verdades eternas.
Tal vez ya hayas notado que cuando Dios pregunta algo no es porque no lo sepa, sino para que nosotros aprendamos. Algo parecido a eso sucede en el relato de este pasaje.
Juan nos está contando su experiencia, mientras mira asombrado al resultado del cumplimiento de la Gran Comisión en el cielo, adorando a Dios y al Salvador. Entonces se produce un diálogo con uno de los seres espirituales, con uno de los veinticuatro ancianos allí presentes. Esta figura se acerca a Juan y le hace una pregunta:
Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han salido?
Así que su tema de conversación será aquella multitud vestida de blanco.
¿Qué sabemos de ellos antes de esta charla?
Son de todas las naciones sobre la tierra.
Visten de blanco.
Tienen palmas en las manos, recreando la entrada triunfal en Jerusalén.
Anuncian con pasión de dónde y de quién procede la salvación, cumpliendo así la Gran Comisión.
El cielo es conmovido y todos los seres espirituales responden apoyando su adoración.
Pero el anciano pregunta quiénes son, y de dónde han venido. ¡Nosotros podríamos haber respondido! ¡Somos nosotros, los hijos de Dios, los redimidos, los perdonados, los discípulos de Jesús!
Pero como siempre en la Palabra, este diálogo se produce para que nosotros aprendamos.
Esto nos recuerda aquella ocasión en que Ezequiel tuvo una visión de un valle lleno de huesos secos, y que Dios le pregunta directamente: “¿Vivirán estos huesos?” (Ezequiel 37:3).
Así como Ezequiel, Juen tiene la sabiduría de no aventurar una respuesta que podría ser equivocada, y responde: Señor, tú lo sabes.
Juan le respondió al anciano, pero le estaba respondiendo al Señor. Dios nos ayude a entender eso. El Señor es quien sabe todas las cosas. Nos hace pensar con sus preguntas, y haremos bien si antes de aventurar nuestras propias respuestas (siendo “sabios en nuestra propia opinión”) recibimos su profunda y grande sabiduría.
¿Quiénes dice Dios que son y de dónde han venido aquellos con palmas en sus manos en el cielo?
Pasado.
Estos son los que han salido de la gran tribulación. Así les llama el cielo a los redimidos. En este sentido está generalizando el período de la “Gran Tribulación”, que por lo general estimamos en unos tres años y medio antes de la segunda venida del Salvador, a todo el período entre la resurrección y la segunda venida. Estos tiempos, los que se han vivido desde Pentecostés hasta ahora, pueden ser considerados para la iglesia como de Gran Tribulación para la iglesia de Jesucristo. No estamos aquí para transformar al mundo, sino que operamos en contra del sistema, y servimos al que tiene todo el poder y la gloria. Con vida o entregando sus vidas hasta la muerte, los cristianos que llegan al cielo lo hacen llevando consigo su perseverancia ante la oposición. Somos personas obstinadas, que una vez que hemos encontrado la salvación y la gracia en Jesús nos seguimos aferrando a Él pase lo que pase y venga lo que venga, muchas veces siendo objeto del juicio, la oposición, el rechazo, la violencia y el desprecio del mundo en que vivimos. Sí, allí estamos ahora, en esta Gran Tribulación, y las cosas no se van a poner mejor, hasta que Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, regrese.
Han lavado sus ropas, y las han enblanquecido en la sangre del Cordero. Aquí hay una insistencia, un énfasis, un recordatorio para que no se nos olvide lo de las vestiduras blancas. No hay salvación sin enfrentar el problema del pecado, sin reconocerlo y verlo superado creyendo en el poder del sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario. Los redimidos son los que han lavado sus ropas. Observa que es una acción que ellos realizan, una decisión propia, que sí se hace en la fuente apropiada, porque las han enblanquecido en la sangre del Cordero, por lo que ahora son blancas. En el mundo nos ensuciamos, nos contaminamos, caímos en corrupción y nos hicimos culpables. Dios nos reveló la fuente del Calvario, la sangre de Jesús, y en ella hemos lavado nuestra vestimenta para estar sin mancha delante de Dios, lo que nunca sería posible por nuestros inútiles medios.
Presente (en el momento de la revelación).
Están delante del trono de Dios. ¡Qué privilegio! ¿En qué lugar inolvidable y majestuoso has estado? ¿Frente al mar? ¿Ante algún monumento o edificio majestuoso? Nada se compara con esto, con el privilegio y la honra de poder estar delante del trono de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué lugar! ¡Qué privilegio! Y no es algo que nosotros merezcamos, sino algo que Jesús ganó para nosotros. En realidad, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero de Dios ya hemos estado allí, nos presentamos ante el trono del Altísimo todos los días aunque no lo vemos. Hemos recibido ese acceso por la gloriosa sangre de nuestro Salvador y Rey. Pero un día nos veremos allí, juntos, unidos, congregados delante del trono. ¡Gloria a Dios! Los pecadores no tienen acceso a la presencia de Dios, los redimidos por Jesús sí.
Le sirven día y noche en su templo. Hablando de acceso privilegiado a la presencia de Dios… Entraremos en su templo, y le serviremos. La vida en el “más allá”, como le llaman, está muy lejos de ser la de “angelitos en pañales con pequeñas alitas tocando el arpa sin cesar”. Los hijos de Dios tendremos vidas útiles, sirviendo a nuestro Señor y Salvador por la eternidad conforme a su voluntad y dignidad, trabajando con Él, como se propuso desde el principio. Acostumbrémonos a servir a Dios, porque eso haremos para siempre los que creemos en Jesús. Los ancianos les han visto servir, y dan testiimonio de que lo hacen.
Futuro (para el momento de la revelación, de allí en adelante)
El que está sentado en el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Esta es una declaración de pertenencia, de cuidado, de interés. El que está sentado en el trono, el propio Dios llama suyos propios, cercanos, conectados con Él, a los redimidos. Los que hemos creído en Jesús y caminamos con Él por la fe podemos afirmar “Soy de Dios, le pertenezco, me tiene consigo y no me va a soltar jamás”. Es, definitivamente, una cuestión de seguridad.
Ya no tendrán hambre ni sed. La posibilidad de experimentar hambre y sed es una de las características de nuestra vida en la carne. Podemos pasar necesidad. Hay cosas que nos pueden faltar. Pero eso ya no volverá a suceder cuando estemos permanentemente en la presencia de nuestro buen Dios y Salvador. Es la famosa declaración de Salmos 23:1: “Nada me faltará”. En esta vida podemos padecer necesidades, enfrentar momentos de acceso limitado a los recursos básicos para vivir. En Jesús encontramos provisión generosa y abundante, suficiente para que nunca jamás nos vuelva a faltar.
El sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno. La fatiga, el cansancio, el agotamiento, esa sensación de que ya no damos más, todo eso se terminará. En el Señor encontramos refugio, sombra, protección, alivio, sanidad, consuelo. Él es nuestra fuente eterna de satisfacción y alivio.
El Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida. Sí, definitivamente, se estaba refiriendo a Salmos 23. Está expresando que las famosísimas palabras del Salmo favorito se cumplirán definitivamente y en abundancia sobre aquellos cuya perseverancia y fe los lleven a la presencia del Altísimo, a formar parte de aquella multitud vestida de blanco. Siempre es un período de tiempo muy extendido, eterno, sin final. ¿Puedes pensar en esto? El Cordero nos pastoreará siempre, no nos dejará abandonados a nuestros propios errores, sino que seremos conducidos por las preciosas sendas de justicia de las que habla el salmo. El Buen Pastor cumplirá su promesa y nos tendrá junto a Él para siempre.
Los guiará a fuentes de aguas de vida. El Salmo también habla de esto, de las aguas de reposo. Son también las aguas que le fueran prometidas a la mujer samaritana, de las que habló Jesús en aquel día de la fiesta y que serán una fuente de aguas que salte para vida eterna. Completa saciedad. Ya no más necesidad. Completa satisfacción. Gloriosa paz y seguridad.
Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. ¿Te lo puedes imaginar? ¿Puedes imaginar, y tal vez llegar a sentir el dedo de Dios tocando tu rostro, tus mejillas, secando las lágrimas que han mojado tu rostro? Dios conoce las tristezas de cada uno de nosotros, nuestras luchas, nuestras preocupaciones y las angustias de nuestros corazones. Dios ha estado allí, en cada uno de esos momentos en los que hemos tenido que llorar, derramando nuestro corazón por nuestros ojos, y viene en nuestro rescate. Dios va a eliminar toda amenaza, quitará toda causa de nuestro dolor, sanará profunda y permanentemente nuestros corazones. Será nuestro eterno refugio, y en su eterno abrazo encontraremos la paz y el consuelo que nuestra alma tanto anhela.
Y todo esto es definitivo, completo, para siempre.
¿Puedes llegar a percibirte como parte de esta multitud? ¿Puedes anticipar la llegada de este momento?
Quiero verte allí, quiero que podamos sonreir al vernos, con esa poderosa sensación de “¡Llegamos, por el poder y la gracia de nuestro Señor!”. El alivio, ese profundo suspiro que llenará nuestras almas en aquel poderoso momento, no puede ser descrito, pero sí anticipado, anhelado.
Tenemos que vivir hoy de tal manera que lleguemos allí.
Sí, todo esto tiene que ver con una decisión de fe que tomamos en algún momento, pero esa fe y esa decisión se tienen que volver a renovar cada día.
Caminemos con el Señor hasta aquel día cuando celebremos con Él en su propia presencia.
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