Hebreos 7
Jesús es como Melquisedec
11 Entonces, si el sacerdocio de Leví—sobre el cual se basó la ley—hubiera podido lograr la perfección que Dios propuso, ¿por qué fue necesario que Dios estableciera un sacerdocio diferente, con un sacerdote según el orden de Melquisedec en lugar del orden de Leví y Aarón[b]?
12 Y si se cambia el sacerdocio, también es necesario cambiar la ley para permitirlo. 13 Pues el sacerdote a quien nos referimos pertenece a una tribu diferente, cuyos miembros jamás han servido en el altar como sacerdotes. 14 Lo que quiero decir es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá, y Moisés nunca habló de que los sacerdotes provinieran de esa tribu.
De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mt. 5:18; RV 1960). Pero Jesús cumplió la ley (Mt. 5:17), no para ponerla de lado sino para efectuar un cambio.
Con la venida de Cristo el orden sacerdotal quedaba transformado y transferido. Por medio de su sacrifico, hecho una vez y para siempre, Cristo cumplió la ley y hizo del sacerdocio levítico algo obsoleto.
15 Ese cambio resulta aún más evidente, ya que ha surgido un sacerdote diferente, quien es como Melquisedec. 16 Jesús llegó a ser sacerdote, no por cumplir con la ley del requisito físico de pertenecer a la tribu de Leví, sino por el poder de una vida que no puede ser destruida.
La expresión vida indestructible es única en al Nuevo Testamento. Aunque Jesús se ofreció a sí mismo como sacrificio en la cruz, su vida no finalizó. El conquistó a la muerte y vive para siempre, y está en este momento sentado a la diestra de Dios en el cielo (Heb. 1:3). Por medio de su singular sacrificio él cumplió los deberes del sacerdocio aarónico, y mediante su vida sin fin asume el sacerdocio según el orden de Melquisedec.
17 Y el salmista lo señaló cuando profetizó:
«Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec»[c].
18 Así que el antiguo requisito del sacerdocio quedó anulado por ser débil e inútil. 19 Pues la ley nunca perfeccionó nada, pero ahora confiamos en una mejor esperanza por la cual nos acercamos a Dios.
El escritor habla de una esperanza mejor en el sentido de que es una esperanza verdadera, viva, nueva y perfecta. Es la esperanza que el creyente tiene en Jesucristo a través de su evangelio. Y esa buena noticia para el creyente—perdón de los pecados, vida eterna, y entrada al cielo—constituye la esperanza mejor que supera a “la reglamentación anterior”.
