Efesios 2:1-10 De Muerte a Vida

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Efesios 2:1–10
Despues de hablar de que es lo que tenemos en Cristo, ahora Pablo habla de quienes somos en El.
El pecador que confía en Cristo ha resucitado y se ha sentado en el trono (2:1–10), ¡Qué milagro de la gracia de Dios! Somos sacados del gran cementerio del pecado y puestos en el salón real de la gloria.
cuatro obras específicas.

La Obra del Pecado Contra Nosotros (Efesios 2:1–3)

Efesios 2:1–3 NBLA
1 Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados, 2 en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. 3 Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Reuniones de Zoom personas que solo vestían aquello que se vería en la pantalla.
En estos tres versículos, Pablo nos da una foto de cuerpo entero de la terrible condición espiritual de una persona que no es salva. Fíjate en sus características:
Está muerta (2:1).
Es desobediente (2:2–3a).
Es depravada (2:3b).
Está sentenciada (2:3c).
Efesios 2:1 NBLA
1 Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados,
Está muerta (2:1). Por supuesto, esto significa muerto espiritualmente; sea que es incapaz de comprender y apreciar las cosas espirituales. No posee vida espiritual y no puede hacer nada por sí mismo para agradar a Dios.
Ejemplo de la muerte física con la muerte espiritual. De la misma manera sucede con el hombre interior de una persona que no es salva. Sus facultades espirituales no funcionan, y no pueden hacerlo hasta que Dios les dé vida;
“Viendo no ven, y oyendo no oyen…” (Mateo 13:13).
La causa de esta muerte espiritual es “delitos y pecados” (Efesios 2:1). “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). En la Biblia, “muerte” significa básicamente separación, no solo físicamente, como la separación del espíritu y del cuerpo (Santiago 2:26), sino también espiritualmente, cuando el espíritu se separa de Dios (Isaías 59:2).
¡El incrédulo no está enfermo; está muerto! No necesita ser revivido; necesita resurrección. Todos los pecadores perdidos están muertos, y la única diferencia entre un pecador y otro es el estado de descomposición. Un vago callejero puede estar exteriormente más corrupto que el líder social incrédulo, pero ambos están muertos en pecado, ¡y un cadáver no puede estar más muerto que otro! Esto significa que el mundo es un vasto cementerio, lleno de gente que está muerta mientras vive (1 Timoteo 5:6).
Efesios 2:2–3 NBLA
2 en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. 3 Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Es desobediente (2:2–3a). Este fue el principio de la muerte espiritual del hombre, la desobediencia a la voluntad de Dios. Dios dijo: “El día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Satanás dijo: “No moriréis” (Génesis 3:4), y como creyeron esta mentira, el primer hombre y la primera mujer pecaron, y experimentaron en forma inmediata la muerte espiritual y por último la muerte física. Desde aquel momento, la humanidad ha vivido en desobediencia a Dios. Hay tres fuerzas que animan al hombre en su desobediencia: el mundo, el diablo y la carne.
El mundo, o sistema mundial, presiona a cada persona para que se conforme al mismo (Romanos 12:2). Jesucristo no fue “de este mundo” y tampoco lo es su pueblo (Juan 8:23; 17:14). Pero la persona que no es salva, está controlada por los valores y actitudes de este mundo, ya sea en forma consciente o inconsciente.
El diablo es “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”. Esto no significa que Satanás esté trabajando personalmente en la vida de cada incrédulo, ya que Satanás, como ser creado que es, está limitado al espacio. A diferencia de Dios, quien es omnipresente, Satanás no puede estar en todo sitio a la vez. Pero, por medio de sus demonios (Efesios 6:11–12) y su poder sobre el sistema mundial (Juan 12:31), Satanás influye en la vida de todos los incrédulos, y también busca influir en la de los creyentes. Quiere convertir a las personas en “hijos de desobediencia” (Efesios 2:2; 5:6). El mismo fue desobediente a Dios, así que quiere que otros le desobedezcan también.
La carne es la tercera fuerza que anima al hombre a desobedecer a Dios. Al referirse a la carne, el apóstol Pablo no quiere decir cuerpo, porque en sí, el cuerpo, no es pecaminoso. La carne se refiere a aquella naturaleza caída con la que nacimos, que quiere controlar el cuerpo y la mente y hacernos desobedecer a Dios. Los perros se portan como perros porque tienen la naturaleza de perros si tuvieran la naturaleza de gatos se portarían como gatos.
¿Por qué se porta un pecador como tal? Porque tiene la naturaleza de pecador (Salmo 51:5; 58:3). La Biblia llama a esta naturaleza pecaminosa, la carne.
¿Te parece raro que la persona que no es salva sea desobediente a Dios? ¡No debería, porque está controlada por el mundo, la carne y el diablo, los tres grandes enemigos de Dios! Y no puede cambiar su propia naturaleza ni, por sí mismo, vencer al mundo y al diablo. Necesita ayuda exterior, y tal ayuda puede venir tan sólo de Dios.
Efesios 2:3 NBLA
3 Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Es depravada (2:3b). El pecador perdido vive para agradar los deseos de la carne y los deseos de la mente (traducción literal). Sus acciones son pecaminosas porque sus apetitos son pecaminosos. Cuando se aplica la palabra depravada a una persona que no es salva, no se dice que la tal solamente hace el mal, o que es incapaz de hacer algún bien. Tan sólo se dice que es incapaz de hacer algo que le haga merecer su salvación o que alcance las altas normas de la santidad de Dios. Jesús dijo que los pecadores se hacen el bien mutuamente (Lucas 6:33) y a sus hijos (Lucas 11:13), pero no pueden hacer nada espiritualmente bueno para agradar a Dios. La gente de Malta, quién trató bondadosamente a Pablo y a sus amigos después del naufragio, indudablemente hizo buenas obras, pero aun así necesitaba ser salva (Hechos 28:1–2).
Está sentenciada (2:3c). ¡Por naturaleza, hijos de ira! ¡Por acciones, hijos de desobediencia! La persona que no es salva ya está condenada (Juan 3:18). La sentencia ha sido dictada, pero Dios en su misericordia demora su ejecución (2 Pedro 3:8–10). El hombre no puede salvarse a sí mismo, pero Dios en su gracia entra en acción para hacer posible la salvación. “¡Pero Dios!”—¡qué diferencia hacen aquellas dos palabras! Esto nos lleva a la segunda obra.

La Obra de Dios por Nosotros (Efesios 2:4–9)

Efesios 2:4–9 NBLA
4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, 5 aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), 6 y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, 7 a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.
Ahora la atención está puesta en Dios, no en el pecador. “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9). Se nos recuerdan cuatro actividades que Dios realizó en beneficio de los pecadores para salvarlos de las consecuencias de sus pecados.
Efesios 2:4 NBLA
4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó,
Nos amó (2:4). Por naturaleza, “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Pero Dios amaría aun si no hubiera pecadores, porque el amor es parte de su misma esencia. Los teólogos llaman amor uno de los atributos de Dios. Pero Dios tiene dos clases de atributos: aquellos que posee en sí mismo (atributos intrínsecos, tales como vida, amor, santidad), y aquellos por los cuales se relaciona con su creación, especialmente con el hombre (atributos relativos). Por ejemplo, por naturaleza Dios es verdad; pero cuando se relaciona con el hombre, la verdad de Dios se torna en fidelidad. Dios es santo por naturaleza; y cuando relaciona tal santidad con el hombre, se convierte en justicia.
El amor es uno de los atributos intrínsecos de Dios, pero cuando este amor se relaciona con los pecadores, se convierte en gracia y misericordia. Dios es “rico en misericordia” (2:4) y en “gracia” (2:7), y estas riquezas hacen posible que los pecadores sean salvos. Algunas personas se sorprenden mucho cuando descubren que no somos salvos por el amor de Dios, sino por la misericordia y la gracia de Dios. En su misericordia, él no nos da lo que merecemos, y en su gracia nos da lo que no merecemos. Y todo esto es posible por la muerte de Jesucristo en la cruz. En el Calvario Dios exhibió su odio por el pecado y su amor por los pecadores (Romanos 5:8; Juan 3:16).
Efesios 2:5 NBLA
5 aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados),
Nos dio vida (2:5). Esto significa que nos vivificó, aun cuando estábamos muertos en pecados. El realizó esta resurrección espiritual por el poder del Espíritu, usando la Palabra. Los cuatro evangelios registran que Jesús resucitó de los muertos a tres personas: el hijo de la viuda (Lucas 7:11–17), la hija de Jairo (Lucas 8:49–56) y Lázaro (Juan 11:41–46). En cada caso él pronunció la Palabra y ésta dio vida. “La palabra de Dios es viva y eficaz” (Hebreos 4:12). Estas tres resurrecciones físicas son cuadros de la resurrección espiritual que le acontece al pecador cuando oye la Palabra y cree (Juan 5:24).
Pero nuestra resurrección espiritual es mucho mayor porque nos pone en unión con Cristo: Dios “nos dio vida juntamente con Cristo”. Como miembros de su cuerpo, estamos unidos a él (Efesios 1:22–23), de modo que compartimos la vida y el poder de su resurrección (Efesios 1:19, 20).
Efesios 2:6 NBLA
6 y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús,
Nos exaltó (2:6). No nos levanta de los muertos para dejarnos en el cementerio. Ya que estamos unidos a Cristo, hemos sido exaltados con él para compartir su trono y lo celestial. Nuestra posición física puede estar en la tierra, pero nuestra posición espiritual está en “los lugares celestiales en Cristo Jesús”. Tal como Lázaro, hemos sido llamados de la tumba para sentarnos con Cristo y disfrutar la comunión con él (Juan 12:1–2).
Efesios 2:7–9 NBLA
7 a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.
Nos guarda (2:7–9). El propósito de Dios al redimirnos no es tan sólo rescatarnos del infierno, aun cuando esta obra sea inmensa. Su propósito final al salvarnos es que la Iglesia pueda glorificar la gracia de Dios por toda la eternidad (Efesios 1:6, 12, 14). Así que, si Dios tiene un propósito eterno para nosotros, él nos guardará por toda la eternidad. Ya que no nos hemos salvado por nuestras buenas obras, no podemos perdernos por nuestras malas obras. Gracia significa salvación completamente aparte de cualquier mérito u obra de nuestra parte. ¡Gracia significa que Dios lo hace todo por amor a Jesús! Nuestra salvación es don de Dios. (La palabra esto en el versículo 8, en el griego, es del género neutra; en tanto que fe es femenino. Por lo tanto esto no puede referirse a la fe. Se refiere a la experiencia completa de la salvación incluyendo la fe.) La salvación es un regalo, no una recompensa.
La salvación no puede ser “por obras” porque la obra de salvación ya ha sido consumada en la cruz. Esta es la obra que Dios hace por nosotros, y es una obra terminada (Juan 17:1–4; 19:30). No podemos añadirle nada (Hebreos 10:1–14); ni osamos quitarle nada. Cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba hacia abajo, dando a entender que el camino a Dios ahora estaba abierto. No hay más necesidad de sacrificios terrenales. Un solo sacrificio—el del Cordero de Dios—completó la gran obra de la salvación. Dios lo hizo todo, y lo hizo por su gracia.
El pecado obró en contra de nosotros y Dios obró a nuestro favor, pero la gran obra de conversión es sólo el principio.

La Obra de Dios en Nosotros (Efesios 2:10a)

Efesios 2:10 NBLA
10 Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús…”. La palabra griega traducida “hechura” es poiema, de la cual se deriva nuestra palabra poema.
Aquella palabra significa lo que se hace, un producto manufacturado. En otras palabras, nuestra conversión no es el fin; sino el principio. Somos “nueva criatura” de Dios (2 Corintios 5:17), y Dios continúa obrando en nosotros para hacer lo que él quiere que seamos. Su propósito es hacernos más semejantes a Cristo (Romanos 8:29)
¿Pero cómo obra Dios en nosotros? A través de su Espíritu Santo, “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Cristo concluyó su obra de redención en la cruz, pero se levantó de los muertos y volvió al cielo. Allí lleva adelante su obra inconclusa de perfeccionar a su Iglesia (Efesios 4:7–16; Hebreos 13:20–21). Cristo nos está equipando para nuestro andar y nuestro actuar aquí en la tierra. Para hacerlo, utiliza tres instrumentos especiales: la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13), la oración (Efesios 3:20–21) y el sufrimiento (1 Pedro 4:11–14). Cuando leemos la Palabra de Dios, la comprendemos, meditamos en ella y nos alimentamos de ella. La Palabra comienza a obrar en nuestra vida para limpiarnos y nutrirnos. Cuando oramos, el Espíritu de Dios obra en nosotros para darnos poder. Cuando sufrimos, el Espíritu de Dios nos consuela. El sufrimiento nos hace volver a la Palabra y a la oración, y el ciclo se repite.
Hay demasiados creyentes que piensan que la conversión es la única experiencia que importa, y que no hay nada posterior a ella. Pero esto es una equivocación. Podemos usar la resurrección de Lázaro como ejemplo. Después de haber resucitado a Lázaro de los muertos, Jesús dijo: “Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44). En otras palabras: este hombre ahora está vivo. ¡Quítenle la mortaja! Pablo tiene en mente este concepto en Efesios 4:22–24 cuando escribe: “En cuanto a la pasada manera de vivir [conducta], despojaos del viejo hombre, que está viciado… y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Colosenses 3:1 tiene el mismo mensaje: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba…”.
El mismo poder de resurrección que te salvó y sacó del cementerio del pecado, puede ayudarte a vivir diariamente para Cristo y glorificarle. A pesar de lo que le costó, Dios obró en favor nuestro en la cruz. Y hoy en día, a base de aquel precio pagado en el Calvario, él obra en nosotros para conformarnos a la imagen de Cristo. Dios no puede obrar en nosotros a menos que antes haya obrado por nosotros, y nosotros hayamos confiado en su Hijo. Asimismo, él no puede obrar a través de nosotros a menos que él obre en nosotros. Esta es la razón por la cual es importante que pases tiempo diariamente en la Palabra y en la oración, y te rindas a Cristo durante los tiempos de sufrimiento. Porque es a través de la Palabra, la oración y el sufrimiento que Dios obra en ti.
La Biblia muestra muchos ejemplos de este principio. Dios pasó 40 años obrando en Moisés antes de que pudiera obrar a través de él. Al principio de su ministerio, Moisés era impetuoso y dependía de su propia fuerza. Mató al egipcio y tuvo que huir de Egipto, siendo ésta una manera poco exitosa de comenzar un ministerio. Pero durante aquellos 40 años viviendo como un humilde pastor en el desierto, Moisés experimentó la obra de Dios en su vida, una obra que le preparó para otros 40 años de servicio magnífico.
Hay otros ejemplos. José sufrió durante trece años antes de que Dios lo pusiera en el trono de Egipto, siendo el segundo después de faraón. David fue ungido rey cuando era joven, pero no alcanzó el trono hasta que hubo sufrido muchos años de exilio. Aun el apóstol Pablo pasó tres años en Arabia después de su conversión, experimentando, sin duda, la profunda obra de Dios preparándolo para su ministerio. Dios tiene que obrar en nosotros antes de que pueda hacerlo a través de nosotros, y esto nos lleva a la cuarta obra de nuestro pasaje.

La Obra de Dios a Través de Nosotros (Efesios 2:10b)

Efesios 2:10 NBLA
10 Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.
Somos “…creados en Cristo Jesús para buenas obras…”. No somos salvos por buenas obras, pero sí para buenas obras. El famoso teólogo Juan Calvino escribió: “Es la fe sola la que justifica, pero la fe que justifica nunca puede estar sola”. No somos salvos por fe más buenas obras, sino por una fe que obra. El pasaje bíblico básico sobre este tema es Santiago 2, donde el escritor indica que la fe que salva siempre resulta en una vida cambiada. No es suficiente decir que tenemos fe, sino que debemos demostrar esta fe por nuestras obras.
Las “obras” de las que Pablo escribe en Efesios 2:10 tienen dos características especiales. En primer lugar, son “buenas” obras, en contraste con “las obras de las tinieblas” y “las malas obras”. Si se compara el versículo 10 con el versículo 2 se verá que Satanás obra en la vida del incrédulo y que, por eso, sus obras no son buenas. Pero Dios obra en la vida del creyente y, por eso, sus obras son buenas. Sus obras no son buenas porque él mismo sea bueno, sino porque tiene una nueva naturaleza de parte de Dios, y porque el Espíritu Santo obra en él y a través de él para producir estas buenas obras.
Es una lástima que muchos creyentes minimicen el lugar de las buenas obras en la vida cristiana. Como no somos salvos por buenas obras, tienen la idea de que las buenas obras son malas, y esto es un error. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). No hacemos buenas obras para glorificarnos a nosotros mismos, sino para glorificar a Dios. Pablo quería que Cristo fuese magnificado en su cuerpo, aun si eso significaba la muerte (Filipenses 1:20–21). Debemos abundar en toda “buena obra” (2 Corintios 9:8), y llevar “fruto en toda buena obra” (Colosenses 1:10). Un resultado del conocimiento de la Biblia es que el creyente está “…enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:17). Como creyentes debemos ser “celosos de buenas obras” (Tito 2:14). Nuestras buenas obras son en realidad “sacrificios” espirituales que ofrecemos a Dios (Hebreos 13:16).
Cabe destacar que no planificamos estas buenas obras. Son el resultado de la obra de Dios en nuestro corazón. “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). El secreto de las buenas obras de Pablo era “la gracia de Dios” (1 Corintios 15:10). Nuestras buenas obras son evidencia de que hemos nacido de nuevo. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Nuestras buenas obras son también testimonio a los perdidos (1 Pedro 2:12). Nos conceden el derecho a ser atendidos.
Un pastor amigo mío me contó acerca de una hermana cristiana que a menudo visitaba un hogar de ancianos cerca de su casa. Un día se dio cuenta que un hombre solitario estaba sentado, mirando fijamente el plato de comida. Con amabilidad ella le preguntó: —¿Le pasa algo malo?
—¡Sí, me pasa algo muy malo! —respondió el hombre con un fuerte acento. —¡Soy judío y no me puedo comer esta comida!
—¿Qué le gustaría comer?, —le preguntó ella.
—¡Quisiera un plato de sopa caliente!
La hermana se fue a casa y preparó la sopa y, después de pedir permiso en la oficina, se la llevó al hombre. En las semanas siguientes, a menudo lo visitaba y le llevaba la clase de comida que a él le gustaba y finalmente lo guió a la fe en Cristo. Sí, preparar sopa puede ser un sacrificio espiritual, una buena obra para la gloria de Dios.
Pero estas obras no son sólo buenas; son también preparadas. “Buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Esta palabra se usa sólo una vez más en el Nuevo Testamento, y está en Romanos 9:23: “…vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria”. El incrédulo anda “…siguiendo la corriente de este mundo” (Efesios 2:2), pero el creyente anda en buenas obras que Dios ha preparado para él.
Esta es una declaración asombrosa. Significa que Dios tiene un plan para nuestra vida y que debemos andar en su voluntad y cumplir su plan. Pablo no habla de la fatalidad, un ente impersonal que controla tu vida sin importar lo que puedas hacer. Habla del plan de gracia de un Padre celestial que quiere lo mejor para nosotros. La voluntad de Dios viene del corazón de Dios. “El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones” (Salmo 33:11). Descubrimos la emocionante voluntad de Dios para nuestra vida a medida que el Espíritu nos la revela en la Palabra (1 Corintios 2:9–13).
Sería útil terminar este capítulo con un inventario personal. ¿Cuáles de estas cuatro obras estás experimentando? ¿Está el pecado obrando en contra tuya por no haber confiado en Cristo? ¡Entonces, confía en él ahora! ¿Has experimentado su obra por ti, en ti, a través de ti?
¿Estás vestido con mortaja, o con vestiduras de gracia? ¿Disfrutas de la libertad que tienes en Cristo, o estás atado por los hábitos de la vida antigua en el cementerio del pecado? Como creyente, has resucitado y estás sentado en el trono. ¡Pon en práctica tu posición en Cristo! El ha obrado por ti; ahora déjale obrar en ti y a través de ti, para que pueda darte una vida emocionante, y creativa para la gloria de Dios.
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