FUEGO EN LOS HUESOS

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FUEGO EN LOS HUESOS

Jeremías 20:9Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.
El fuego que Jeremías sentía en sus huesos era un fuego espiritual, un fuego de origen celestial. Era la llamada de Dios que quema las entrañas de todo aquel que es llamado por Él a su servicio.
El año 1968 se celebraron en México los juegos olímpicos. La antorcha salió encendida de la ciudad griega de Olimpia y llegó encendida a México. Fue llevada en medios de muy diversos de transporte, y atravesó tierras y mares distintos, la enarbolaron manos diferentes, pero llegó encendida a su destino como encendida salió de su origen. No menguo nunca.
Así debe ser el fuego de Dios; debe durar toda la vida en el corazón de cada servidor, de cada cristiano. Debe estar tan metido dentro de él, que se vuelva imposible de apagar.
En el curso de la vida puede que el fuego arda con llamas distintas, llamas causadas por circunstancias diferentes, pero estas llamas han de tener siempre la misma motivación: Dios.
Éste fue el caso de Jeremías, de quien vamos a ocuparnos en esta lección.

Fuego Vocacional

En una iglesia de Dallas me encontré con un cristianos que quería venir de misionero a España. Había terminado sus estudios bíblicos, pero no tenía ni idea de su futuro. Me dijo que no sabía si se quedaría predicando en América o si iría al campo misionero. Como yo había hablado aquel día de España, pensó en España y me preguntó en qué parte de España hacía mejor temperatura, cuál era el clima más cálido de la península y, además, dónde era la vida más tranquila.
Este hombre era un corazón frío, helado, tratando de buscar un poco de calor para su cuerpo en la obra misionera. Pero estaba completamente equivocado. Lo que la obra misionera necesita son hombres con fuego en los huesos, hombres que sean capaces de encender la luz de Dios hasta en las más altas cimas del Himalaya.
Cuando se siente este fuego vocacional nada hay que detenga al hombre de Dios.

La forma del llamamiento.

Jeremías fue llamado al servicio de Dios en plena niñez: Jeremías 1:5Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.
Dios no usa siempre el mismo método para elegir a sus servidores. Isaías recibió el llamamiento cuando acudió al templo abrumado por un sentimiento de culpabilidad personal (Isaías 6). Ezequiel fue llamado por medio de espectaculares visiones (Ezequiel 3). Jeremías, en cambio, es llamado al ministerio de una manera natural, somo si hubiera estado toda su vida anterior en íntimo contacto con Dios: Jeremías 1:4Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:

El derecho a la protesta

El hecho de que hayamos sido elegidos para el servicio de Dios no quiere decir que hayamos de obedecer sin derecho siquiera a opinar. La elección divina no anula la personalidad humana. Jeremías argumentó, opinó, incluso se resistió a la llamada divina. Jeremías 1:6Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.
Jeremías apoyó su resistencia en dos argumentos: en su juventud y en su falta de elocuencia.
La persona que siente el fuego del llamamiento divino siempre obra de igual forma: lucha, argumenta, se resiste. La persona que sale sin lucha al servicio de Dios hay que dudar de su vocación.
La juventud no es obstáculo para servir a Dios. Hay jóvenes que son rechazados para el servicio divino a causa de su juventud. Mal hecho. La Biblia dice que nadie debe tener en poco la juventud de quien quiera dedicarse al servicio de Dios. 1 Timoteo 4:12Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.
Se acusa a la juventud de falta de experiencia, y el caso es que muchos mayores se comportan con más irresponsabilidad que los jóvenes. Además, la juventud tiene, en virtud de la edad, un filón de energías físicas, morales e intelectuales que la capacita para las grandes empresas.
La falta de elocuencia no es tampoco obstáculo para resistirse al llamamiento divino. Fue el mismo argumento que empleó Moisés, pero Dios solucionó el problema (Éxodo 4:10–17Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar. Y él dijo: ¡Ay, Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar. Entonces Jehová se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón. Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios. Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales.”) La respuesta que dio el Señor a Moisés, en forma de pregunta, vale para todos aquellos que, como Jeremías, objeten la falta de elocuencia para el servicio divino. Éxodo 4:11Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?

La elección

La persona llamada tiene derecho a protestar, pero también tiene derecho Dios a mantener el llamamiento a pesar de la protesta.
Cuando el fuego de Dios abrasa el alma, no valen protestas.
Dios respondió a Jeremías: Jeremías 1:7–9Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.
No hay remedio. Cuando la mano de Dios aprieta, nadie puede librarse de ella. Sea la zarza ardiendo, como en el caso de los apóstoles, o sea el mandato de Jehová, como en este caso de Jeremías, cuando el fuego de la llamada divina penetra el alma del elegido, la resistencia es inútil.
El llamado no es más él, como Pablo no era Pablo, sino Cristo en Pablo. El elegido queda automáticamente a la disposición de Dios como un embajador de Su voluntad: Jeremías 1:7Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande.
Dato muy importante, y que debe tenerse en cuenta, es que la dependencia a la voluntad divina implica fidelidad en la retransmisión del mensaje: Jeremías 1:9Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.
Esto indica que el servidor de Dios debe dar al hombre solamente palabras de Dios. Debe ser absolutamente fiel al mensaje de la Biblia. La enorme confusión doctrinal que experimenta el Cristianismo de hoy se debe a que los servidores de Dios no son fieles en la retransmisión del mensaje divino.

La imposición

Los servidores de los ideales humanos alcanzan casi siempre el aplauso y el mimo de las multitudes. La gloria que produce la celebridad. En cambio, la vida del servidor de Dios se compone principalmente de renuncias.
El ministerio cristiano impone cargas que solamente pueden llevar aquellos que han sentido en sus huesos el fuego de la vocación. A Jeremías se le prohibió incluso el matrimonio.
Isaías habla de su esposa como “la profetisa” y dice con el natural orgullo que le dio a luz un hijo (Isaías 8:3Y me llegué a la profetisa, la cual concibió, y dio a luz un hijo. Y me dijo Jehová: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz.”). La mujer de Ezequiel era “el deleite de sus ojos” (Ezequiel 24:16Hijo de hombre, he aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, ni corran tus lágrimas.”). Pero Jeremías se le prohíbe, por orden divina, que funde un hogar: Jeremías 16:1–2Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: No tomarás para ti mujer, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar.
Dios no impone a todos sus servidores los mismos sacrificios, pero han de estar dispuestos a aceptarlos sean cuales sean, porque ésta es la condición divina. De Pablo dijo: Hechos de los Apóstoles 9:16porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.

El alcance

El ministerio de Jeremías tenía un alcance amplio. Debía ministrar a los de su propia nación y a los de los países vecinos, a judíos y a gentiles: Jeremías 1:5Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.Jeremías 25:26a todos los reyes del norte, los de cerca y los de lejos, los unos con los otros, y a todos los reinos del mundo que están sobre la faz de la tierra; y el rey de Babilonia beberá después de ellos.
En una reunión que tuve en Nueva York con ancianos y diáconos de una iglesia, uno de los diáconos se levantó y dijo que él no creía que se debía ayudar a otros países en sus esfuerzos para la predicación del Evangelio. Que toda la ayuda debía volcarse en América.
Cristianos como éste, sin visión, sin fuego evangelístico abundan en muchas iglesias. Si Pablo hubiera pensado como él, ni América ni Europa serían hoy día cristianas. Dios entregó a su Hijo al mundo (Juan 3:16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”) y el mundo es más que nuestra iglesia local, más que nuestra propia ciudad, más que nuestro país.
Cristo mandó predicar el Evangelio “a toda las naciones” (Mateo 28:19). Pablo entendió esto bien; por eso dijo: Romanos 1:14–15A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.
Cuando arde en el alma el fuego de la vocación, cuando uno siente la llamada divina con toda su fuerza, desaparecen los nacionalismos, se derriban las barreras raciales y no hay limites geográficos que acorten nuestro ministerio.
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