Efesios 2:11-22 La Gran Misión de Paz

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Efesios 2:11–22 (NBLA)
11 Por tanto, recuerden que en otro tiempo, ustedes los gentiles en la carne, que son llamados «Incircuncisión» por la tal llamada «Circuncisión», hecha en la carne por manos humanas, 12 recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. 13 Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. 14 Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz, 16 y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. 17 Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. 18 Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. 19 Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. 20 Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, 21 en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. 22 En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
La firma de los Acuerdos de Oslo entre el entonces Primer Ministro israelí Yitzhak Rabin y el entonces líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasser Arafat, en la Casa Blanca, el 13 de septiembre de 1993.
En esta sección Pablo explica la misión de paz de Cristo, y la resume en tres palabras muy importantes: separación, reconciliación y unificación.
Separación (Efesios 2:11–12) Reconciliación (Efesios 2:13–18) Unificación (Efesios 2:19–22)

Separación (Efesios 2:11–12)

Efesios 2:11–12 NBLA
11 Por tanto, recuerden que en otro tiempo, ustedes los gentiles en la carne, que son llamados «Incircuncisión» por la tal llamada «Circuncisión», hecha en la carne por manos humanas, 12 recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo.
En los primeros 10 versículos del capítulo 2, Pablo ha tratado la salvación de los pecadores en general, pero ahora se trata la obra de Cristo por los gentiles en particular. La mayoría de los convertidos en la iglesia de Éfeso eran gentiles, y sabían que gran parte del programa de Dios en el Antiguo Testamento involucraba a los judíos. Por siglos la “circuncisión” (judíos) había mirado con desprecio a la “incircuncisión” (gentiles) con una actitud que Dios nunca había tenido la intención que mostraran. El hecho de que un judío hubiese recibido la marca física del pacto no era prueba de que el tal fuese un hombre de fe (Romanos 2:25–29: Gálatas 5:6; 6:15). Aquellos que han confiado en Cristo han recibido una circuncisión espiritual “no hecha a mano” (Colosenses 2:11).
Pero desde el momento en que Dios llamó a Abraham, Dios hizo diferencia entre judíos y gentiles. No hizo diferencia para que los judíos se jactaran, sino para que fueran una bendición y una ayuda a los gentiles. Dios los separó a fin de utilizarlos para que por medio de ellos llegara su revelación y bondad a las naciones paganas. Es triste decirlo, pero Israel no mantuvo esta diferencia en lo moral, sino en lo nacional y en lo ritual. Israel llegó a ser como las naciones perdidas que la rodeaban. Por esta razón, Dios tuvo que disciplinar a menudo a los judíos porque no mantenían su separación espiritual ni ministraban a las naciones en nombre del Dios verdadero.
La palabra que describe mejor a los gentiles es sin:
Efesios 2:12 NBLA
12 recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo.
Sin Cristo. Los efesios adoraban a su famosa diosa, Diana y, antes de la llegada del mensaje del evangelio, no sabían nada acerca de Cristo. Aquellos que creen que las religiones paganas son tan aceptables ante Dios como la fe cristiana están equivocados, porque Pablo cita la condición sin Cristo de los efesios como una verdadera tragedia. Por lo tanto, recuerda siempre que toda persona que no es salva, ya sea judía o gentil, está “sin Cristo” y eso es sinónimo de condenación.
Sin ciudadanía. Dios llamó a los judíos y los convirtió en nación. Les dio sus leyes y sus bendiciones. Un gentil podía entrar a esta nación como prosélito, pero no nacía en aquella nación especial. Israel era la nación de Dios. Esto no se podía decir de ninguna nación gentil.
Sin pacto. Aunque la bendición de los gentiles está incluida en el pacto de Dios con Abraham (Génesis 12:1–3), Dios no hizo ningún pacto con las naciones gentiles. Los gentiles estaban “alejados” y “ajenos”, y los judíos nunca les permitían olvidarlo. Muchos de los fariseos oraban a diario: “Oh Dios, te doy gracias que soy judío y no gentil”.
Sin esperanza. Los historiadores nos dicen que una gran nube de desesperanza cubría el mundo antiguo. Las filosofías eran huecas, las tradiciones estaban desapareciendo y las religiones eran incapaces de ayudar al hombre a enfrentar la muerte o la vida. La gente anhelaba aclarar el misterio y conseguir algún mensaje de esperanza, pero no había manera de hacerlo (1 Tesalonicenses 4:13–18).
Sin Dios. Los paganos tenían abundancia de dioses. Pablo descubrió esto en Atenas (Hechos 17:16–23). Alguien en aquella época dijo que era más fácil encontrar dioses en Atenas que hombres. “Hay muchos dioses y muchos señores”, escribió Pablo (1 Corintios 8:5). Pero el pagano, no importa cuán religioso o moral hubiese sido, no conocía al Dios verdadero. El escritor del Salmo 115 compara al Dios verdadero con los ídolos de los paganos.
Vale la pena destacar que la condición espiritual de los gentiles no fue causada por Dios sino por su propio pecado voluntario. Pablo dijo que los gentiles conocían al Dios verdadero, pero que en forma deliberada rehusaron darle honor (Romanos 1:18–23). La historia de la religión no relata que el hombre comenzó con muchos dioses (idolatría) y en forma gradual descubrió al único Dios verdadero. Más bien, es la triste historia del hombre, quien conociendo la verdad acerca de Dios, se alejó deliberadamente de él. ¡Es una historia de degeneración, no de evolución! Los primeros 11 capítulos de Génesis relatan la decadencia de los gentiles, y a partir del capítulo 12 (desde el llamamiento de Abraham), se relata la historia de los judíos. Para salvar a los gentiles, Dios tuvo que separar los judíos. “La salvación viene de los judíos” (Juan 4:22).
Dios llamó a los judíos, comenzando con Abraham, para revelarse a través de ellos como el único Dios verdadero. Dios les entregó a los judíos su Palabra, y a través de ellos
dio al mundo el Salvador (Romanos 9:1–5). Israel tenía que ser luz a los gentiles para que ellos también pudieran ser salvos. Es triste decirlo, pero Israel llegó a ser como los gentiles; la luz ardió pero tenuemente. Esto es una advertencia para la iglesia hoy en día. Cuanto menos se parezca la iglesia al mundo, más efectividad tendrá en el mundo.

Reconciliación (Efesios 2:13–18)

Efesios 2:13–18 NBLA
13 Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. 14 Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz, 16 y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. 17 Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. 18 Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu.
El “pero ahora” del versículo 13 es paralelo al “pero Dios” del versículo 4. Ambos se refieren a la misericordiosa intervención de Dios en favor de los pecadores perdidos. Enemistad es la palabra clave de esta sección (vs. 15–16); y verás que es una enemistad mutua: entre judíos y gentiles (vs. 13–15) y entre los pecadores y Dios (vs. 16–18). Pablo describe aquí la misión de paz más grande de la historia: Jesucristo no sólo reconcilió a judíos y gentiles, sino que los reconcilió con él mismo en un solo cuerpo, la Iglesia.
La palabra “reconciliar” significa juntar de nuevo. Un esposo desesperado quiere reconciliarse con su esposa quien lo ha abandonado, una madre preocupada anhela reconciliarse con su hija descarriada, de la misma manera el pecador perdido necesita reconciliarse con Dios. El pecado es el gran separador en este mundo. Ha estado dividiendo a la gente desde el principio de la historia humana. Cuando Adán y Eva pecaron, fueron separados de Dios. No mucho después, sus hijos se separaron el uno del otro y Caín mató a Abel. La tierra se llenó de violencia (Génesis 6:5–13) y parecía que el único remedio era el juicio. Pero aun después del diluvio, los hombres pecaron contra Dios y el uno contra el otro, e inclusive trataron de desarrollar su propio plan para mantener la unidad de su pueblo sin la ayuda de Dios. El resultado fue otro juicio que esparció las naciones y confundió las lenguas. Fue entonces que Dios llamó a Abraham, y a través de la nación de Israel vino Jesucristo al mundo. Fue su obra en la cruz la que abolió la enemistad entre judíos y gentiles y entre los pecadores y Dios.
Efesios 2:13–15 NBLA
13 Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. 14 Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz,
La enemistad entre judíos y gentiles (2:13–15). Dios había puesto una diferencia entre judíos y gentiles para llevar a cabo su propósito de salvación. Pero una vez alcanzado aquel propósito, no hubo más diferencia. De hecho, su propósito era que esas diferencias fueran borradas para siempre, y están borradas a través de la obra de Cristo en la reconciliación.
A la iglesia primitiva se le hizo muy difícil entender esta lección. Por siglos, los judíos habían sido diferentes a los gentiles en religión, en forma de vestir, en alimentación y en leyes. La iglesia no había tenido problemas hasta que Pedro fue enviado a los gentiles, y éstos empezaron a ser salvos en las mismas condiciones de los judíos (Hechos 10). Los judíos creyentes reprendieron a Pedro por ir a los gentiles y comer con ellos (Hechos 11), y los representantes de las iglesias se reunieron para una conferencia importante, en la cual tratarían el lugar de los gentiles en la iglesia (Hechos 15). ¿Era necesario que un gentil se hiciese judío para llegar a ser creyente? Su conclusión fue: ¡No!, judíos y gentiles se salvan de la misma manera, es decir, por la fe en Jesucristo. ¡La enemistad había desaparecido!
La causa de aquella enemistad era la Ley, porque hacía una distinción clara entre judíos y gentiles. Las leyes alimentarias les recordaban a los judíos que Dios había establecido una diferencia entre lo limpio y lo inmundo (Levítico 11:44–47). Pero los gentiles no obedecían estas leyes, por lo tanto eran inmundos. El profeta Ezequiel les recordó a los sacerdotes que su tarea era enseñar a los judíos “a discernir entre lo limpio y lo no limpio” (Ezequiel 44:23). Las ordenanzas divinas que Dios le había dado a Israel se levantaban como una pared entre los judíos y las otras naciones. De hecho, había una pared en el templo judío, que separaba el atrio de los gentiles del resto del templo. Los arqueólogos han descubierto una inscripción en el templo de Herodes, que dice lo siguiente:
Se prohibe a cualquier extranjero pasar la barrera que rodea el santuario y demás recintos. Cualquiera que sea sorprendido en el acto, causará con ello su propia muerte.
Era ésta la barrera que los judíos pensaron que Pablo y sus amigos gentiles habían cruzado, por lo cual lo arrestaron en el templo y lo amenazaron con la muerte (Hechos 21:28–31).
Para que los judíos y los gentiles se reconciliaran tenía que derribarse esta pared, y Jesús lo hizo en la cruz. El precio de la destrucción de esta enemistad fue la sangre de Cristo. Cuando el murió, el velo del templo fue literalmente rasgado en dos, y la pared de separación (en forma figurada) se rompió. Jesús quitó la barrera que separaba a los judíos de los gentiles, cumpliendo con las exigencias de la ley (de vivir una vida justa), y llevando sobre sí mismo la maldición de la ley, al morir en una cruz (Gálatas 3:10–13). Jesús quitó la barrera legal que separaba a los judíos de los gentiles. Por siglos, había una diferencia entre ellos. Pero ahora, “no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:12–13).
Efesios 2:14–15 RVR60
14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,
En Jesucristo, judíos y gentiles llegan a ser uno. “El es nuestra paz” (Efesios 2:14). A través de Cristo el gentil alejado es hecho cercano (vs. 13, 17), y tanto el judío como el gentil son hechos uno. Las consecuencias de la obra de Cristo son, entonces, la destrucción de la enemistad por medio de la abolición de la ley y la creación de un nuevo hombre, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. La palabra abolir simplemente significa hacer nulo. La ley ya no rige más sobre judío o sobre gentil, ya que en Cristo los creyentes no están bajo la ley, sino bajo la gracia. La justicia de la ley, que revela la santidad de Dios, sigue siendo la norma de Dios. Pero ésta se cumple en el creyente por el Espíritu Santo (Romanos 8:1–4). A la iglesia primitiva le llevó mucho tiempo acostumbrarse al hecho de que “¡no hay diferencia!” De hecho, algunos grupos religiosos todavía no han aprendido la lección, porque están tratando de hacer que los creyentes se vuelvan a colocar bajo la ley (Gálatas 4:8–11; 5:1; Colosenses 2:13–23).
Cristo “es nuestra paz” (Efesios 2:14) e hizo la “paz” (v. 15). El verbo usado en el versículo 15 es “crear”. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, es la nueva creación de Dios (2 Corintios 5:17). En la antigua creación todo se está desmoronando por causa del pecado, pero en la nueva creación hay unidad por causa de la justicia. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Se puede contrastar la antigua posición de los gentiles con la nueva posición, y ver cuán maravillosamente obró Cristo a favor de ellos en la cruz:
Antigua Posición Nueva Posición
“sin Cristo” “en Cristo” (Efesios 2:13)
“alejados” “nación santa” (1 Pedro 2:9)
“ajenos” “ya no sois extranjeros” (Efesios 2:19)
“sin esperanza” “llamados en una misma esperanza” (Efesios 4:4)
“sin Dios” (Efesios 2:12) “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 1:3)
Efesios 2:16–18 RVR60
16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.17 Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
La enemistad entre los pecadores y Dios (2:16–18) La reconciliación entre los gentiles y los judíos no era la única necesaria. ¡Ambos necesitaban reconciliarse con Dios! Esta es la conclusión a la que llegaron los apóstoles en el Concilio en Jerusalén que relata Hechos 15. Pedro dijo que “ninguna diferencia hizo [Dios] entre nosotros [judíos] y ellos [gentiles], purificando por la fe sus corazones… Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:9, 11). El asunto no era que el gentil se hiciera judío para llegar a ser creyente, sino que el judío reconociera ser un pecador tal como el gentil lo era. “…Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22–23). La misma ley que separaba al gentil del judío separaba también a los hombres de Dios, y Cristo llevó la maldición de la ley.
Un hombre entró a mi oficina un día y dijo que quería ayuda. “¡Mi esposa y yo necesitamos una recancelación!”, exclamó de súbito. Sabía que quería decir “reconciliación”. Pero en un sentido, “re-cancelación” era la palabra correcta. Ellos habían pecado el uno contra el otro (y contra Dios), y no podía haber armonía hasta que aquellos pecados fuesen cancelados. Dios en su amor quiere reconciliar al pecador con él (Dios mismo), pero en su santidad debe ver que el pecado sea juzgado. Dios resolvió el problema al enviar a su Hijo para ser el sacrificio por nuestros pecados. De ese modo reveló su amor y cumplió con las exigencias de su justicia. Fue en realidad una “re-cancelación” (ve Colosenses 2:13–14).
Jesucristo es nuestra paz (Efesios 2:14). El hizo la paz (v. 15), y anunció la paz (v. 17). Como Juez, podría haber venido a declarar la guerra. Pero en su gracia, vino con el mensaje de paz (Lucas 2:8–14; 4:16–19). En Cristo, judíos y gentiles están en paz el uno con el otro, y ambos tienen abierto el acceso a Dios (Romanos 5:1–2). Esto nos recuerda el velo rasgado en el momento de la muerte de Cristo (Mateo 27:50, 51; Hebreos 10:14–25). ¡La reconciliación está hecha!

Unificación (Efesios 2:19–22)

Efesios 2:19–22 NBLA
19 Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. 20 Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, 21 en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. 22 En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
Pablo ha repetido la palabra “uno” para enfatizar la obra unificadora de Cristo: “de ambos pueblos hizo uno” (v. 14); “un solo y nuevo hombre” (v. 15); “un solo cuerpo” (v. 16); “un mismo Espíritu” (v. 18). Cristo ha vencido todas las barreras espirituales existentes. En los versículos finales de este capítulo, Pablo presenta tres ejemplos que ilustran la unidad de creyentes judíos y gentiles en la Iglesia.
Una nación (2:19a). Israel era la nación escogida de Dios, pero ellos rechazaron a su Redentor y sufrieron las consecuencias. Se les quitó el reino y fue entregado a “gente que produzca los frutos de él” (Mateo 21:43). Esta nación nueva es la Iglesia, “linaje escogido… nación santa, pueblo adquirido” (1 Pedro 2:9; Éxodo 19:6). En el Antiguo Testamento las naciones eran reconocidas por su descendencia desde Sem, Cam o Jafet (Génesis 10). En el libro de los Hechos vemos estas tres familias unidas por medio de la salvación en Cristo. En Hechos 8, un descendiente de Cam, el tesorero etíope; en Hechos 9, un descendiente de Sem, Saulo de Tarso, quien llega a ser Pablo el apóstol; y en Hechos 10, los descendientes de Jafet, los gentiles de la casa del soldado romano, Cornelio. El pecado divide a la humanidad, pero Cristo une por su Espíritu. Todos los creyentes, sin importar su trasfondo nacional, pertenecen a aquella nación santa con ciudadanía en el cielo (Filipenses 3:20–21).
Una familia (2:19b). A través de la fe en Cristo, entramos a la familia de Dios, y Dios llega a ser nuestro Padre. Esta maravillosa familia se encuentra en dos sitios, “en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:15). Los creyentes que han muerto están en el cielo, los demás están en la tierra. Ninguno de los hijos de Dios está “debajo de la tierra” (Filipenses 2:10) ni en ningún otro lugar del universo. Todos nosotros somos hermanos de una familia, sin importar qué distinción racial, nacional o física podamos tener.
Un templo (2:20–22). En el libro de Génesis, Dios “caminó” con su pueblo (Génesis 5:22, 24; 6:9), pero en Éxodo, decidió habitar con su pueblo (Éxodo 25:8). Dios habitó en el tabernáculo (Éxodo 40:34–38) hasta que el pecado de Israel ocasionó que la gloria se apartara (1 Samuel 4:21–22). Luego Dios habitó en el templo (1 Reyes 8:1–11); pero, lamentablemente, Israel pecó de nuevo y la gloria se fue (Ezequiel 10:18–19). La siguiente habitación de Dios fue el cuerpo de Cristo (Juan 1:14), el cual los hombres tomaron y clavaron en una cruz. Hoy, a través de su Espíritu, Dios habita en la Iglesia, el templo de Dios. Dios no habita en templos hechos por hombres (Hechos 7:48–50). El habita en el corazón de aquel que ha confiado en Cristo (1 Corintios 6:19–20), y en la Iglesia en forma colectiva (Efesios 2:20–22).
El fundamento para esta Iglesia fue puesto por los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento. Jesucristo es el fundamento (1 Corintios 3:11) y la principal piedra del ángulo (Salmo 118:22; Isaías 8:14). La piedra angular une la estructura; de esta manera Jesucristo ha unido a gentiles y a judíos en la Iglesia. Esta referencia al templo sería significativa tanto para judíos como para gentiles en la iglesia de Éfeso: los judíos pensarían en el templo en Jerusalén, y los gentiles en el gran templo de Diana. Ambos templos serían destruidos, pero el templo que Cristo está construyendo durará para siempre. “Edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). El Espíritu Santo construye este templo tomando piedras muertas del pozo de pecado (Salmo 40:2), dándoles vida y colocándolos amorosamente en el templo de Dios (1 Pedro 2:5). Este templo es “bien coordinado” como el cuerpo de Cristo (Efesios 2:21; 4:16), de modo que cada parte cumple el propósito que Dios tiene en mente.
Al analizar este capítulo de Efesios, uno no puede sino alabar a Dios por lo que él, en su gracia, ha hecho por los pecadores. A través de Cristo, él nos ha levantado de los muertos y nos ha sentado en el trono. Nos ha reconciliado y nos ha colocado en el templo. ¡Ni la muerte espiritual ni la barrera espiritual pueden derrotar la gracia de Dios! Pero él no nos ha salvado sólo en forma individual, sino que también nos ha hecho parte de su Iglesia en forma colectiva. ¡Qué tremendo privilegio es ser parte del programa eterno de Dios!
Esto nos lleva a dos aplicaciones prácticas para concluir este estudio.
En primer lugar, ¿has experimentado en forma personal la gracia de Dios? ¿Estás muerto espiritualmente? ¿Estás alejado de Dios? ¿Has confiado en Cristo y recibido la vida eterna que sólo él puede dar? Si no estás seguro de tu posición espiritual, te animo a volver a Cristo por fe y a confiar en él. Como en el caso de la nación de Israel, puede ser que hayas tenido muchos privilegios espirituales, pero que hayas rechazado a Dios quien te los dio. O, como en el caso de los gentiles, quizá te hayas alejado de Dios para vivir deliberadamente en pecado y desobediencia. En cualquiera de los casos, “no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22–23). Invoca a Cristo, él te salvará.
En segundo lugar, si eres un verdadero creyente en Cristo, ¿estás ayudando a otros a confiar en él? ¿Andas en vida nueva ya que has sido levantado de los muertos? (Romanos 6:4). ¿Compartes estas buenas nuevas de vida eterna con otros? Ya que no estás en enemistad con Dios, ¿estás esparciendo las buenas noticias de paz con Dios entre aquellos que aún pelean con él?
Jesucristo murió para hacer posible la reconciliación. Tú y yo debemos vivir para hacer que el mensaje de reconciliación sea personal. Dios nos ha dado el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18). Somos sus embajadores de paz (2 Corintios 5:20). Nuestros pies deben estar calzados “con el apresto del evangelio de la paz” (Efesios 6:15). “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).
Un misionero estaba predicando en un pequeño mercado, y algunos estaban riéndose de él porque no era muy apuesto. Lo aguantó por un rato, hasta que le dijo a la multitud: “Es cierto que no tengo una hermosa cabellera, porque estoy casi calvo. Tampoco tengo una hermosa dentadura, porque en realidad no son míos; fueron hechos por el dentista. No tengo una cara bonita, ni puedo comprar ropa hermosa. Pero esto sí sé: ¡Tengo pies hermosos!” Y citó el versículo de Isaías: “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien…” (Isaías 52:7). ¿Tienes pies hermosos?
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