Transformados por la gracia de Dios
En Espíritu y en Verdad • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 603 viewsNotes
Transcript
¿Alguna vez te han pedido que hagas algo que sabías que no eres capaz de lograr? Nos puede haber sucedido en casi cualquier área de nuestras vidas. La exigencia puede haber tenido que ver con saltar más alto, correr más rápido, memorizar algo, conseguir más dinero, y miles de ejemplos mas.
Pedirnos la obtención de una meta muy alta podría habernos desafiado, pero también podría habernos hecho sentir frustrados por demás, simplemente porque no somos capaces de producir aquel nivel.
Algo así nos podría pasar con el desafío que Dios nos presenta. Pero, justamente, en este hay una diferencia que realmente lo cambia todo.
Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado;como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros,y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.
Para empezar, el nivel del desafío es altísimo. Pedro cita aquí Levítico 11:44-45 y Levítico 19:2.
Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo; así que no contaminéis vuestras personas con ningún animal que se arrastre sobre la tierra. Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.
Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.
¿Por qué Dios nos pediría que seamos como Él? ¿No sabe Dios lo frágiles e imperfectos que somos? Sí, claro que lo sabe, pero Él quiere prepararnos para vivir a su nivel, al nivel para el que nos creó en primera instancia.
¿Quieres vivir a ese nivel o no? ¡Dios te está dando la oportunidad!
Tenemos que empezar por decir: Señor, yo quiero ser santo, como tú eres Santo.
Ahora, al analizar con un poquito más de detenimiento este pasaje observaremos que es una exhortación a cambiar, a ser diferentes.
Ahora, tenemos que ser como hijos obendientes (1 Pedro 1:14).
Dios nos está invitando a ser diferentes, a no comportarnos como todos los que nos rodean, a no seguir la corriente.
Tenemos que recordar que nuestro Padre es también aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno. Eso nos tendría que dotar de un sobrecogimiento permanente. El Padre a quien oramos no es solo “alguien más”, otro ser imperfecto como nosotros, sino el Juez eterno sobre todo lo que existe.
Cuando creímos en Jesús, tú y yo no solamente fuimos rescatados de nuestro pasado, de nuestros errores y pecados anteriores, sino que fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir. Sí, podríamos hacer responsables a nuestros antepasados, pero nosotros también hemos procedido conforme a esa manera de vivir.
Lo que tenemos que valorar es el altísimo precio que se pagó por nuestro rescate, la sangre preciosa de Cristo.
Esa es la razón por la que habiendo dejado el estilo de vida anterior, ahora debemos dedicarnos a una vida caracterizada por el amor.
Al enfrentar este desafío de ser como Dios en lugar de ser como los seres humanos, podemos encontrar esta lucha interior a la que se refirió el apóstol Pablo.
Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.
Necesitamos reconocer esta realidad espiritual: existe una fuerza, un poder que nos afecta desde el interior, que inclina nuestro estilo de vida y nuestras decisiones a hacer las cosas mal, contrariamente a los valores y propósitos de Dios.
Más de uno de nosotros puede identificarse con estas declaraciones de haber hecho justamente lo que aborrecemos, lo que no queríamos hacer.
¿Podrías tú también decir:
…el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo?
¿No te provoca pensar en esta situacióin la necesidad de pedirle ayuda a Dios?
Tú y yo sabemos que ahora vivimos para agradarle a Dios, para honrarle, para reflejar la grandeza de su gracia. Pero en demasiadas ocasiones podemos sentirnos inclinados (y llevarlo a la práctica) a hacer exactamente lo contrario.
Pidámosle ayuda a Dios, porque Él quiere ayudarnos.
Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.
Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia,en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.
Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
El cambio que experimenta una persona que cree en Jesús es, literalmente, de muerte a vida.
Quien cree en Jesús literalmente muere a su vida antigua. No, no se trata solamente de empezar a ir a la iglesia y cantar otras canciones. Es una vida nueva, totalmente diferente, tendiente a reflejar la santidad de Dios.
La culminación, la expresión completa de esta vida, se va a producir cuando estemos efectivamente en la presencia de Dios, cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste.
Entretanto, ahora mismo, en nuestros ambientes y tareas habituales, podemos vivir a otro nivel, de otra manera. Hemos sido transformados en santuarios vivientes de Dios (el Espíritu Santo de Dios habita en nosotros), y eso implica un cuidado muy especial con lo que hacemos, decimos, pensamos y demás.
Hay acciones que necesitamos abandonar, formas de trato que ya no tenemos que repetir, palabras que ya debemos dejar de pronunciar.
Estamos en un poderoso proceso:
y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,
Conforme a nuestra nueva naturaleza, ahora nos tiene que caracterizar el amor, la amabilidad, la humildad (todo esto fruto del Espíritu), la tolerancia, el perdón. Ah, ¡y la paz de Dios!
Llevemos esta transformación más allá de las paredes de la iglesia. No se trata de andar repitiendo versículos o cantando canciones cristianas por doquier. TENEMOS QUE SER DIFERENTES.
En este mundo sin amor, quien ama realmente se destaca.
En este mundo basado en la mentira, llama la atención quien dice la verdad.
En este mundo egoísta, brilla quien hace algo por otro sin esperar una recompensa.
Salgamos y seamos diferentes.
