El dominio de la lengua - Santiago 3:1-12
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1 Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. 2 Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. 3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!
6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. 10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. 11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? 12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.
La lengua es usted de una manera excepcional. Es una chismosa que dice lo que hay en el corazón y muestra a la persona verdadera.
No solo eso, sino que el mal uso de la lengua es tal vez la manera más fácil de pecar. Hay algunos pecados que tal vez una persona no cometa sencillamente porque no tiene la oportunidad. Pero no hay límite alguno a lo que uno puede decir; no hay restricciones o límites inmanentes.
En las Escrituras, a la lengua se le describe como malvada, engañosa, perversa, inmunda, corrupta, aduladora, difamante, chismosa, blasfema, insensata, jactanciosa, amargada, maldiciente, contenciosa, sensual y vil.
Y esta lista no es exhaustiva. “¡No es de extrañar que Dios la haya puesto en una jaula detrás de los dientes, cercada por la boca! Empleando otra figura, alguien ha observado que como la lengua está en un lugar húmedo, puede escurrirse fácilmente.
La lengua es una gran preocupación para Santiago, mencionándola en cada capítulo de su carta (Santiago 1:19, 26; 2:12; 3:5, 6, 8; 4:11; 5:12 ). En Santiago 3:11 2 emplea la lengua como una prueba más de la fe viva, ya que la autenticidad de la fe de una persona inevitablemente se mostrará por su manera de hablar.
Santiago personifica la lengua y la boca como agentes de la corrupción y la miseria del ser interior. La lengua solo produce lo que el corazón le dice que produzca, allí donde se origina el pecado (Santiago 1:14-15 ).
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias”, declaró Jesús (Mt. 15:19).
Los científicos sostienen que una vez que se pone una onda de sonido en movimiento, continúa en un viaje que no tiene fin, y que, si tuviéramos instrumentos lo bastante complejos, cada onda pudiera ser captada y reproducida en cualquier momento. Si eso es cierto, ¡pudiera recuperarse cada palabra hablada por cualquier persona que haya vivido antes! Desde luego que Dios NO necesita de tal instrumento, y Jesús afirma claramente que “………de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mt. 12:36-37).
En ninguna otra parte es más evidente la relación entre la fe y las obras que en la manera de hablar de una persona. Lo que usted dice revelará inevitablemente lo que usted es.
Pudiera decirse que la manera de hablar de una persona es una medida confiable de su temperatura espiritual, una imagen de su condición humana interior.
Los rabinos se referían a la lengua como una flecha y no como una daga o espada, porque puede herir y matar a larga distancia. Puede causar gran daño aun cuando esté lejos de su víctima.
El primer pecado cometido después de la caída fue un pecado de la lengua. Cuando Dios le preguntó a Adán, en cuanto a que había comido del fruto prohibido, Adán culpó a Dios al sugerir que Él era indirectamente responsable, diciendo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12).
Al describir la total depravación del hombre, Pablo dice: “Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura” (Ro. 3:13-14; cp. Sal. 5:9; 140:3).
Al vislumbrar la gloria y la santidad de Dios, Isaías, convencido de su propio carácter pecaminoso, lo relacionó con su boca, exclamando: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).
Las Escrituras se refieren bastante al mal de la lengua (Sal. 34:13; 39:1; 52:4; Pr. 6:17; 17:20; 26:28; 28:23; Is. 59:3).
Por otra parte, una manera recta de hablar manifiesta un corazón recto en ninguna otra parte se describe de un modo más hermoso que en los Salmos. David se regocijó: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos” (Sal. 8:1). Él declaró: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Sal 19:7); y dio testimonio: “Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos” (Sal 19:8). Sin duda una de las razones por las que David fue un hombre conforme al corazón de Dios (1 S. 13:14) fue su posibilidad de decir con sinceridad: “Mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día” (Sal. 35:28). Cuando una persona recibe a Jesucristo como Señor y Salvador, se vuelve una nueva criatura. Todo su ser es transformado y se convierte en habitación del Espíritu Santo. Por consiguiente, Pablo dice:
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra… Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría… Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca… Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col. 3:1-2, 5, 8, 15-17).
Una naturaleza transformada producirá una conducta transformada. Y la nueva conducta implica una nueva forma de hablar, y hablar de una manera que corresponda con una vida salva y santificada y que refleja la naturaleza santa del que ha dado la nueva vida.
La Biblia tiene muchas verdades inescrutables que, a primera vista parecen ser contradictorias o inconsecuentes, y que no se pueden reconciliar entre sí por mentes finitas. Por ejemplo, los creyentes son escogidos para salvación por la gracia soberana de Dios, antes de la fundación del mundo. Sin embargo, ellos deben ejercer la fe a fin de ser salvos. Como creyentes, somos guardados seguros en Cristo por el decreto soberano de Dios, pero debemos perseverar. Podemos vivir en santidad solo gracias al poder del Espíritu Santo; sin embargo, se nos manda a obedecer.
Como ha señalado Santiago en el primer capítulo de su carta, padeceremos pruebas y debemos soportarlas. Recibiremos la Palabra; sin embargo, debemos recibirla.
Seremos amables con los necesitados sin mostrar parcialidad; sin embargo, debemos ser amables con ellos sin mostrar parcialidad.
Produciremos buenas obras; sin embargo, debemos producirlas.
Donde hay fe viva genuina y transformación espiritual, esas cosas, y muchas otras, serán el resultado y deben ser el resultado.
Aquí Santiago menciona otra de esas incomprensibles realidades: Los verdaderos creyentes poseerán una lengua santificada; sin embargo, deben mantener una lengua santificada.
En Santiago 3:1-12, presenta cinco razones apremiantes para controlar la lengua:
su potencialidad para condenar (vv. 1-2a);
su poder para controlar (vv. 2b-5a);
su propensión para corromper (vv. 5b-6);
su carácter primitivo para combatir (vv. 7-8);
y su perfidia para que hagamos concesiones (vv. 9-12).
SU POTENCIALIDAD PARA CONDENAR
Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas veces. ( Santiago 3:1-2)
Didaskaloi (maestros) se empleaba a menudo para referirse a los rabinos y a cualquiera que desempeñaba funciones en la enseñanza o la predicación (cp. Jn. 3:10), sugiriendo que Santiago se estaba refiriendo al oficio de enseñanza de la iglesia (cp. 1 Co. 12:28; Ef. 4:11).
Por encima de todo, los rabinos eran maestros expertos, y sus compatriotas judíos les conferían gran honor y respeto. Como se refleja en los Evangelios, muchos rabinos se complacían en este prestigio y privilegio. Jesús dijo de los escribas y de los fariseos, muchos de los cuales eran rabinos, que se sentaban “en la cátedra de Moisés… Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí” (Mt. 23:2, 5-7).
En algunos círculos judíos, a los rabinos se les respetaba tanto, que el deber de una persona con su rabino se consideraba mayor que el que debía a sus propios padres, porque sus padres solo lo traían a la vida de este mundo, mientras que su rabino lo traía a la vida del mundo venidero. Se escribió que si un enemigo capturaba al padre de un hombre y a su rabino, el rabino debía rescatarse primero. Aunque a los rabinos no se les permitía recibir dinero por sus servicios, sino que debían sostenerse a sí mismos con un empleo, se consideraba un acto muy piadoso que alguien llevara a alguno a su casa y lo sostuviera en todo lo que le fuera posible. Las motivaciones egoístas que caracterizaban a muchos rabinos eran anatema para Jesús y no tienen lugar alguno en la vida de su pueblo. Pero es obvio que había algunos entre aquellos a quienes Santiago escribió, que tenían tales motivaciones y que deseaban convertirse en maestros por una razón equivocada.
Además de los rabinos oficiales, a cualquier judío respetable podía dársele la oportunidad de hablar en el culto de una sinagoga. Aunque Jesús no era un rabino oficial, a menudo leía las Escrituras y daba una interpretación en el día de reposo, al menos una vez en su pueblo natal de Nazaret (Lc. 4:15-21, 31; Mt. 4:23; 9:35). De igual manera, Pablo y Bernabé, que tampoco tenían la categoría de rabinos, hablaban con frecuencia en las sinagogas cuando visitaban una ciudad (p. ej. Hch. 13:5, 14-15; 14:1). Al parecer era también común en la iglesia primitiva que un cristiano de experiencia tuviera la oportunidad de hablar en un culto. Pablo dictó normas para la iglesia de Corinto al escribir: “Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación” (1 Co. 14:26). A lo largo de la historia de la Iglesia, y sin duda en las iglesias actuales, hay muchas personas, como consejeros, maestros de escuela dominical, líderes de estudio bíblico y otros que no son llamados y ordenados al ministerio, pero que tienen una legítima contribución que hacer en la enseñanza de la Palabra de Dios.
Al advertirles no os hagáis maestros muchos de vosotros, Santiago por supuesto no quiere desalentar a tales personas de que transmitan su conocimiento de las Escrituras. Ni tampoco desea entorpecer de manera alguna a aquellos que Dios había realmente llamado para que fueran maestros oficiales de su Palabra. Más bien estaba diciendo que aquellos que creían tener ese llamamiento divino, debían probar primero su fe para estar seguros de ser salvos. Él ha puesto en claro que, “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). Si ese principio se aplica a todo el mundo en la iglesia, ¿cuánto más se aplica a los maestros que presumen estar delante del pueblo de Dios para interpretar y explicar la Palabra de Dios?
Es la voluntad de Dios que todo su pueblo presente su verdad tan exacta y meticulosamente como le sea posible. Cuando Josué puso objeciones a la profecía por el Espíritu de Eldad y Medad, Moisés suavemente le reprendió, diciendo: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Nm. 11:29).
En la Gran Comisión, todos los cristianos son llamados a “[ir] y [hacer] discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20).
Pablo dijo: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado [predicador y maestro], buena obra desea” (1 Ti. 3:1).
De sí mismo escribió: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).
Lo que Santiago quiere decir es que ningún creyente debe comenzar alguna forma de enseñanza de la Palabra de Dios sin un sentido profundo de la seriedad de esta responsabilidad. Pecar con la lengua cuando estamos solos o con o tres personas es bastante malo; pero pecar con la lengua en público, sobre todo cuando estamos en función de hablar de parte de Dios, es inmensurablemente peor. Hablar por Dios tiene grandes implicaciones, tanto para bien como para mal.
La seria responsabilidad de predicar la Palabra de Dios se presenta dos veces en el libro de Ezequiel. Por medio de ese profeta, el Señor dijo:
“Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma” (Ez. 3:17-19).
El escritor de Hebreos se refiere a predicadores, maestros y otros líderes de la iglesia que “velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (He. 13:17). Con santa satisfacción, Pablo pudo decir a los ancianos de Éfeso que se reunieron reunieron con él en Mileto: “Yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hch. 20:26-27).
La enseñanza de teología errónea, engañosa y confusa fue un problema en la iglesia de Éfeso mientras Timoteo estuvo predicando allí. Por lo tanto, Pablo le dijo:
“Como te rogué que te quedases en Efeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Ti. 1:3-7).
Algunos estaban incluso enseñando una blasfemia y habían naufragado “en cuanto a la fe” (1 Ti. 1:19-20 ).
Pedro y Judas ofrecen las advertencias más severas posibles contra los maestros heréticos. Pedro dijo:
“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 P. 2:1-3).
Judas escribió:
“No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores… Pero éstos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales… Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho” (Jud. 8, 10, 16).
La advertencia de Pablo a la iglesia de Éfeso, dada por medio de Timoteo, es aplicable a los maestros de todas las iglesias:
“Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad” (1 Ti. 6:3-5).
No solamente los falsos maestros, sino también los que descuidadamente interpretan la Palabra a fin de impresionar a los demás con su conocimiento, son un gran peligro para la iglesia, y corren peligro de ser condenados por Dios. Muchos maestros de la iglesia actual están muy poco arraigados en las Escrituras y mal preparados para enseñarla. Tales maestros que tergiversan la Palabra de Dios pueden hacer más daño espiritual y moral al pueblo de Dios que un centenar de ateos o librepensadores que atacan desde afuera. Por eso es tan insensato y espiritualmente peligroso tener a personas de renombre recién convertidas, o cualquier otro recién convertido, así como maestros irresponsables y no preparados, hablando y enseñando. Pablo advirtió que un obispo no debía ser “un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Ti. 3:6). Cuando el propio apóstol se convirtió, el Señor lo preparó en el Desierto Arábigo de Nabatea por unos tres años antes de comenzar su ministerio apostólico (Gá. 1:17-18; vea también Hch. 9:19-22).
Santiago no intenta refrenar a los que tienen el llamado de Dios para enseñar, aquellos que están realmente calificados, que conocen y están preparados, pero aconseja a cualquiera que tenga la oportunidad de enseñar, que con toda seriedad consideren la enseñanza de la Palabra de Dios y que estén seguros de tener una comprensión correcta de cualquiera de las verdades que intentan enseñar. Al igual que Moisés, debe esforzarse por estar seguro de que lo que dice corresponde con “lo que habló Jehová” (Lv. 10:3). Aun después de cuidadoso estudio, debe orar con suma sinceridad: “Señor, permíteme decir solo lo que Tú estás diciendo en este pasaje, y ayúdame a presentar esta verdad de forma clara para los que me escuchen”.
El gran reformador escocés Juan Knox estaba tan atemorizado y cargado por la responsabilidad de declarar la Palabra de Dios fielmente que, antes de su primer sermón, lloró incontrolablemente y tuvo que salir, junto a algunos hermanos, del púlpito hasta que pudo controlarse. Se comenta que un pastor dijo de la predicación lo que puede decirse también de la enseñanza: “No hay honor especial en la predicación. Solo hay un quebrantamiento especial. El púlpito llama a quienes están consagrados a él, al igual que el mar llama a sus marineros; y como el mar, maltrata y lastima y no descansa… Predicar, realmente predicar, es morir un poco cada vez, y saber cada vez que lo haces, que debes hacerlo nuevamente”.
Hermanos míos indica que Santiago se está dirigiendo a los que invocan el nombre de Cristo, entre ellos a quienes tienen una fe indudablemente genuina, exhortándoles a que estén seguros de que su deseo de enseñar está en concordancia con la voluntad del Señor, no simplemente de la suya. Como un hablar correcto es una forma tan evidente de mostrar la fe verdadera, a los maestros se les exige un alto nivel en lo que dicen, por la obvia razón de que lo que dicen ejerce una poderosa influencia en otros. Los maestros se enfrentan al especial peligro de usar mal su lengua y, en consecuencia, recibir una mayor condenación por parte de Dios. Como Santiago ha advertido antes, deben ser “[prontos] para oír [y tardos] para hablar” (1:19). En ese contexto, se está refiriendo en especial a oír y hablar acerca de la Palabra de Dios. Es importante observar que Santiago se incluye [recibiremos] con los que han de recibir mayor condenación. Ni siquiera los apóstoles y escritores de la Biblia estaban exentos. Todo maestro, sin excepción, debe ser diligente en presentarse “a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15; cp. 1 Ti. 4:6-16).
El sustantivo griego krima (condenación) es neutro y puede ser tanto positivo como negativo. Pero en el Nuevo Testamento se emplea la mayoría de las veces de forma negativa, como una advertencia, y es claro que este es el tipo de condenación que Santiago tiene en mente aquí. Para los inconversos, el tiempo futuro (recibiremos) se refiere al juicio ante el gran trono blanco de que nos habla Juan en Apocalipsis 20:11-15. Los creyentes, por otra parte, recibiremos juicio en la forma de castigo en esta vida, y en el tribunal de Cristo para recompensa eterna, cuando “cada uno de nosotros [dé] a Dios cuenta de sí” (Ro. 14:12),
“y la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Co. 3:13-15).
La recompensa eterna del maestro reflejará la fidelidad de su enseñanza (Hch. 20:26-27; He. 13:17). La declaración de Santiago de que todos ofendemos muchas veces refuerza la verdad de que nadie está exento en cuanto a los peligros de la lengua y a otras formas de pecado contra Dios. ofendemos se refiere a cualquier falta moral, el no hacer lo que está correcto. muchas veces se explica por sí mismo. El escritor de Proverbios pregunta retóricamente: “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Pr. 20:9), y el cronista declara categóricamente que “no hay hombre que no peque” (2 Cr. 6:36), anticipándose a la declaración muy conocida y a menudo citada de que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23), y la de Juan que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn. 1:8; cp. v. 10).
SU PODER PARA CONTROLAR
Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. ( Santiago 3:2-5)
La lengua tiene extraordinario poder para controlar, hasta el punto de que Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto. Teleios (perfecto) tiene dos posibles significados. Uno denota el concepto de perfección absoluta, de ser sin defecto o error alguno. Si eso es lo que Santiago quiere decir aquí, es obvio que está hablando hipotéticamente, ya que ningún ser humano, salvo Jesús, calificaría para tal grado de perfección al hablar.
Pero el término también puede significar completo, o maduro. Si ese es el sentido que se pretende aquí, la idea es que una persona que no ofende en palabra da prueba de un corazón puro y maduro, que es la fuente de un hablar correcto. Parece probable que Santiago tuviera en mente ese segundo significado. Nunca podremos ser perfectos en el sentido en que Jesús es perfecto, en el hablar o en otro aspecto, pero podemos, en el poder del Espíritu Santo, tener madurez espiritual y corazón santificado, que se expresa mediante un hablar y enseñar que sea maduro, santo y honre a Dios. La idea es que solo los creyentes espiritualmente maduros pueden controlar su lengua. En el mismo grado en el que nuestra santidad se acerque a la de Cristo, seremos espiritualmente perfectos o maduros. Como en todo lo demás, Él es nuestro ejemplo supremo y glorioso. “Pues para esto fuisteis llamados”, nos recuerda Pedro, “porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P. 2:21-23).
Luego Santiago hace una afirmación notable al declarar que un cristiano que puede refrenar su lengua es capaz también de refrenar todo el cuerpo. En este contexto, cuerpo parece referirse a la persona en general, a todo su ser. En otras palabras, si podemos controlar nuestra lengua, que responden tan fácil e ilimitadamente al pecado, entonces podremos controlar todo lo demás. Si el Espíritu Santo tiene control de la parte más inestable e indomable de nuestro ser, ¿cuánto más susceptible a su control será el resto de nuestra vida? Ese principio también apoya el segundo significado de perfecto (maduro, completo), el cual, si llevara la idea de perfección absoluta, no tendría significado práctico aquí. Cuando la manera de hablar de una persona exalta a Cristo, honra a Dios y edifica, se puede estar seguro de que el resto de su vida está espiritualmente saludable, y viceversa.
Warren Wiersbe cuenta la historia de un pastor amigo que le habló de una mujer de su congregación, que era una terrible chismosa. Un día le dijo: “Pastor, el Señor me ha hecho sentir la culpa de mi pecado por tanto chisme. Mi lengua me está metiendo a mí y a otros en problemas”. Cuando él con cautela preguntó: “Bueno, ¿qué piensa usted hacer al respecto?”, ella respondió: “Quiero poner mi lengua en el altar”.
Como ya había dicho lo mismo muchas veces y nunca había cambiado, él le dijo: “No hay un altar lo bastante grande” (The Bible Exposition Commentary [El comentario expositivo de la Biblia] [Wheaton, Ill.: Victor, 1989], 2:358).
Hay, por supuesto, un altar que es lo bastante grande, porque nuestro Señor nos asegura que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). Pero la frustración subyacente del pastor es comprensible. El problema estaba en la no disposición de la mujer de realmente poner su lengua en el altar. Ella sabía muy bien cuál era su pecado y lo que necesitaba hacer para su remisión. Sencillamente ella no estaba dispuesta a pagar el precio. Le gustaba el chisme más que la justicia. No estaba dispuesta a decidir junto con David: “Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí” (Sal. 39:1).
Santiago emplea dos analogías para mostrar el poder de la lengua para controlar. Primero señala que ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Esta ilustración es muy apropiada, ya que el freno se pone en la parte superior de la lengua del caballo y cuando se une a las bridas y riendas, le es posible al jinete usar ese freno para hacer que el caballo le obedezca. Al controlar la boca de los caballos, se controla su cabeza, la que, a su vez, dirige todo su cuerpo.
Aun los caballos mansos, que han sido montados durante muchos años, no se pueden controlar sin un freno en la boca. Mientras se quiera que rindan un servicio, ya sea para montarlos o para que tiren de un vagón o arado, requieren de ese control. Es lo mismo con los creyentes. Para ser útiles para Dios, necesitaremos controlar nuestra lengua, y con esto, todo lo demás en sumisión a Él.
La segunda ilustración es la de una nave. Mirad también las naves; continúa Santiago, aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Las más grandes naves de aquel tiempo eran pequeñas comparadas con los gigantescos trasatlánticos y buques de guerra de los tiempos modernos. Pero la nave en la que hizo Pablo su viaje a Roma tenía un total de doscientas setenta y seis personas a bordo, entre la tripulación, los soldados y los presos (Hch. 27:37), lo que indica que era un navío bastante grande. En todo caso, lo que quiere decir Santiago es que, comparado con el tamaño total, el timón de una nave es muy pequeño, no obstante puede fácilmente dirigir la nave por donde el que las gobierna quiere.
Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. Como el freno en la boca de los caballos y el timón de un barco, la lengua tiene poder para controlar el resto de nosotros. Es un control maestro para todo el cuerpo, dirigiendo prácticamente cada aspecto de la conducta. El comentarista J. A. Motyer escribe:
“Si nuestra lengua estuviera tan bien controlada que se negara a expresar las palabras de autocompasión, las imágenes de concupiscencia, los pensamientos de enojo y de resentimiento, entonces estas cosas serían cortadas antes de que tengan la oportunidad de vivir: el interruptor maestro las ha privado de todo poder para “encender”esa parte de nuestra vida. El dominio de la lengua es más que una prueba de madurez espiritual; es el medio hacia ella. (The Message of James [El mensaje de Santiago] [Downers Grove, Ill.: InterVarsity, 1985], 121)
Santiago no da detalles específicos al decir que la lengua… se jacta de grandes cosas. Pero es obvio que tiene en mente la tendencia natural del hombre a jactarse, a estar centrado en sí mismo, y en contra de lo que dice la psicología popular, tener una elevada imagen propia. Cada vez y de cualquier manera que la lengua se jacte, deja una estela de destrucción. Arruina a otros; destruye iglesias, familias, matrimonios y relaciones personales. Puede incluso conducir al asesinato y a la guerra.
A fin de que la lengua controle nuestra vida de forma correcta, debemos resistir la tendencia y la tentación, siempre presentes, a jactarse y alardear. Debemos hablar solo palabras amables, afables, palabras que edifiquen y no palabras que arruinen, que motiven, consuelen, bendigan y alienten. Deben ser palabras de humildad, gratitud, paz, santidad y sabiduría. Tales palabras, por supuesto, solo pueden proceder de un corazón donde no solo more el Espíritu Santo, sino que también esté completamente sometido a su control.
