OBEDIENCIA FILIAL

Edilerman A Molina
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COLOSENSES 3:20
Hijos, sed obedientes a vuestros padres en todo, porque esto es agradable al Señor.
OBEDIENCIA FILIAL (3:20)
Después de las esposas y los maridos, les toca el turno a los hijos y los padres. Los hijos deben obediencia, respeto y honor a sus padres; y los padres deben ejercer su autoridad paterna con compasión y ternura, de manera que potencien a sus hijos y los animen en su aprendizaje en la vida.
Aunque éste no es un tema tan controvertido en nuestros días como el tema de la sumisión de la mujer, promete serlo de aquí a poco. En nuestra sociedad, cada vez más oímos hablar de «los derechos de los niños», y casi nunca se mencionan los derechos de los padres. Al contrario, el papel de los padres es cuestionado y reducido en Occidente, mientras que el papel del estado en la formación de los niños va en aumento, invadiendo terrenos que eran percibidos antes como pertenecientes al hogar. Pronto llegaremos a la situación en la que, al padre que «exaspera» o «desalienta» a su hijo, el asistente social de turno le quitará la patria potestad; y, mientras tanto, no se hace nada para reforzar la autoridad de los padres o para asegurar la obediencia de los hijos. Al contrario, si un hijo se vuelve desobediente hasta el punto de acabar en la delincuencia, el mismo estado que se ha inmiscuido en la educación de los niños, les ha inculcado sus valores y les ha enseñado a defender sus derechos, ahora tiene por responsables a los padres.
Es decir, estamos a las puertas de un auténtico caos social en torno a la formación moral de los niños. Los padres han perdido el norte y no disciplinan a sus hijos, bien porque no saben cómo hacerlo, bien porque no se atreven a hacerlo en una sociedad que parece desaprobar toda clase de autoridad y disciplina. Mientras tanto, los medios de comunicación llenan la cabeza de los niños con películas que exaltan la violencia o con modelos familiares altamente cuestionables: vez tras vez, los niños se presentan como más sensatos que sus padres y se burlan de la autoridad paterna (¡y de toda clase de autoridad!). Los educadores parten de la premisa errónea de que el niño es bueno e inocente, cuando las Escrituras enseñan que los niños no sólo son inmaduros y, por tanto, necesitados de orientación, sino que son concibidos en pecado y nacen con la terrible propensión adámica al egoísmo y a la desobediencia (Salmo 51:5; Romanos 5:12–14). Como consecuencia, los niños crecen con un egocentrismo endémico que no se frena por ningún tipo de control eficaz. Se les prohibe a los padres el uso de castigos físicos, cuando las Escrituras enseñan que tal prohibición conduce directamente a la perdición del niño (Proverbios 13:24; 19:18; 22:15; 23:13–14), y no se les provee con medidas disciplinarias alternativas. El resultado es que vemos con creciente alarma cómo los jóvenes se ríen impunemente de la autoridad paterna, no hacen caso de las instrucciones de sus padres y se dedican a toda clase de promiscuidad y vicios sin que los padres puedan hacer nada para impedírselo.
Es contra este trasfondo como debemos volver a la Palabra de Dios y atender a las exhortaciones de estos versículos. Notemos en primer lugar que la exhortación del versículo 20 va dirigida a los hijos, no a los padres (lo mismo que la exhortación del versículo 18 se dirigía a las mujeres, no a los maridos). Esto presupone una de dos cosas: o se sobrentiende que la exhortación es para hijos ya adolescentes o mayores; o se sobrentiende que los niños pequeños son capaces de leer y entender la Epístola a los Colosenses. A mi entender, las dos cosas son ciertas: los niños, aun los relativamente pequeños, son capaces de entender el evangelio, convertirse, recibir el Espíritu Santo (quien los potencia para una vida de obediencia y santidad), estudiar Colosenses y acatar estas instrucciones, siempre que se les imparta esta enseñanza de una manera que sean capaces de digerir. Pero, por otra parte, la obligación de respetar y obedecer a los padres no acaba cuando un joven alcanza la adolescencia.
¿Entonces qué quiere decir en la práctica eso de «obedecerles en todo»? Aunque la aplicación exacta de esta exhortación variará según la edad del hijo y según factores culturales de cada sociedad y época, creo que podemos decir lo siguiente:
• Quiere decir que la autoridad y el honor de los padres deben ser respetados siempre, incluso en el caso de un padre malhumorado, injusto, violento o borracho. El respeto que les debemos no tiene «fecha de caducidad».
Un buen ejemplo de cómo el respeto filial debe manifestarse aun en un hombre ya mayor lo encontramos en José y su relación con Jacob. Aunque José era primer ministro de Egipto y, a efectos de autoridad política y social, estaba muy por encima de su padre, respetó escrupulosamente la autoridad de Jacob como patriarca de la familia (Génesis 46:28–49:33).
En cambio, un triste ejemplo de la falta de respeto hacia los padres lo encontramos en la denuncia de Jesús contra los escribas y fariseos de Jerusalén:
Astutamente violáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. Porque Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre»; y: «El que hable mal de su padre o de su madre, que muera;» pero vosotros decís: «Si un hombre dice al padre o a la madre: Cualquier cosa mía con que pudieras beneficiarte es corbán (es decir, ofrenda a Dios) »; ya no le dejáis hacer nada a favor de su padre o de su madre; invalidando así la palabra de Dios por vuestra tradición (Marcos 7:9–13; cf. Mateo 15:3–7). La clara implicación de textos como éstos es que la obligación de honrar a los padres, respetarlos y obedecerlos, no acaba ni siquiera con la mayoría de edad, sino que sigue vigente en ciertos niveles «hasta que la muerte nos separa». Aunque, sin duda, Pablo está pensando más bien en este momento en los niños y los jóvenes, la exhortación de Colosenses 3:20 nos atañe en mayor o menor grado a los «hijos» de todas las edades.
• Y, en principio, no hay ningún área de la vida que escape de la autoridad de nuestros padres: debemos obedecerles «en todo»; es decir, en todo lo que no vulnere nuestra conciencia cristiana: por descontado, debemos obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque éstos sean nuestros padres. Debemos obedecer no sólo cuando estamos de acuerdo con sus decisiones, sino también cuando sus órdenes no nos gustan (si no, sólo estamos siguiendo nuestros propios criterios, no obedeciendo a nuestros padres). Esto es lo difícil. Hay ciertas instrucciones paternas que obedecemos inmediatamente porque nos parecen lógicas o porque nos gustan. Pero hay otras que provocan resistencia en nosotros. Sin embargo, la palabra dice que debemos obedecer en todo. En principio, pues, esta exhortación no tiene límite de edad ni de ámbito.
• Sin embargo, cualquier padre sensato sabe intuitivamente que el grado de obediencia que puede exigir cuando su hijo es pequeño no es el mismo que cuando éste se hace mayor. En condiciones normales, el hijo va creciendo de manera natural desde una dependencia total de sus padres en el momento de nacer hasta una plena autonomía con respecto a ellos al casarse y formar su propio hogar. Antes de la adolescencia, él requiere la orientación y la instrucción de sus padres en todo y es apropiado que los obedezca también en todo. Pero, al ir adquiriendo madurez, necesita espacio para tomar sus propias decisiones (aunque éstas, a juicio de sus padres, sean equivocadas). Es decir, con el paso de los años, los padres tienen que conjugar dos principios difíciles de reconciliar entre sí y sobre los cuales no hay (ni puede haber) nada escrito definitivamente: deben ejercer la necesaria autoridad y deben conceder la necesaria libertad. Tienen que abrigar dos deseos aparentemente incompatibles: el de que su hijo adquiera plena madurez e independencia; y el de que no se desvíe de los buenos caminos que le han marcado.
• Mientras el hijo es menor de edad (otro factor más que varía de cultura en cultura, pero cuya realidad es reconocida por Pablo mismo en Gálatas 4:1), debe obedecer a sus padres en todo, mal que le pese. Si es de Cristo, lo hará con agrado como parte integral de su nueva vida en Cristo. Si no lo es, los padres deben imponer su autoridad con firmeza, pero con mucho amor, no dejándose amedrentar por el espíritu insumiso y el antiautoritarismo de nuestros días, sino comprendiendo que la obediencia de los hijos y la autoridad de los padres forman parte de la voluntad de Dios para la familia.
• A partir de la mayoría de edad, a efectos legales y sociales, el hijo ya es responsable por sí mismo. Los padres pueden aconsejarle y advertirle, pero también deben reconocer la libertad de su hijo y su derecho a valer por sí mismo, e incluso a equivocarse. Mientras siga viviendo en el hogar paterno, debe acatar las normas de convivencia impuestas por sus padres. Si no desea hacerlo, bien por su propia insumisión, bien porque considera que son normas demasiado restrictivas, debe salir de su casa y afrontar la responsabilidad de establecer su propio hogar.
• Para poder poner por obra este mandamiento, es necesario haber nacido de nuevo. Lo normal en los hijos carnales es que empiecen a discutir las órdenes de los padres («Hoy no me toca a mí lavar los platos; lo hice ayer; le toca a Juan; Pedro tampoco quiere, Andrés no corto la grama, Santiago no quiso barrer, Felipe se hizo el loco, Bartolomé no saco la basura, Tomas se perdió el culto. no es justo») o a manipularlos con pataleos, morros, lágrimas de cocodrilo y toda clase de chantaje emocional. En cambio, el hijo regenerado desea imitar al Señor Jesucristo quien, aun consciente de ser el Hijo de Dios, continuó sujeto a José y María (Lucas 2:51) y, como Hijo, aprendió obediencia (Hebreos 5:8). Si Jesús no se hubiera sometido a la disciplina de obedecer a padres humanos capaces de equivocarse, ¿habría obedecido al Padre celestial cuando éste le mandó a la cruz? De igual manera, la sumisión del hijo creyente a sus padres es una excelente preparación para el discipulado y el ministerio.
• El solo hecho de la comunicación directa de este versículo a los hijos confirma esta idea: sugiere (como en el caso de las esposas) que la clase de obediencia que se les exige no se presta a ser impuesta por los padres, sino que sólo es posible cuando se produce voluntariamente como resultado del profundo cambio interior obrado por la regeneración. Por naturaleza carnal, nadie obedece de buen grado. Sólo es cuando somos renovados por obra del Espíritu Santo cuando adquirimos el carácter de Cristo y manifestamos su espíritu obediente y sumiso. En otras palabras, para los hijos, la nueva vida en Cristo se manifiesta en primera instancia en la relación con sus padres: si Cristo es realmente el Señor de su vida, obedecerá en el Señor a sus padres.
DESALIENTO FILIAL (3:21) De la misma manera que la insumisión de la esposa puede provocar reacciones carnales en el marido (3:19), la desobediencia del hijo suele provocar reacciones carnales en el padre. Entonces éste, en vez de tratar a su hijo con respeto y consideración y de educarlo con firmeza y disciplina, pero con amor, asume aires prepotentes y acritudes ariscas con él (cf. Proverbios 19:18: Corrige a tu hijo mientras hay esperanza, pero no desee tu alma causarle la muerte); o, peor aún, se lava las manos de él, mantiene distancia y le deja sin orientación y disciplina alguna.
Hay muchas maneras en las que el padre puede «exasperar» a su hijo, y muchas maneras en las que el hijo puede reaccionar «desalentándose». Pablo emplea términos generales para que todas las formas de provocación y de irritación puedan ser incluidas. Sin embargo, algunas de las formas específicas que él puede haber tenido en mente son las siguientes:
• El padre debe ejercer su autoridad en el temor de Dios. Si su hijo debe rendirle cuentas, él tendrá que rendir cuentas a su Padre celestial. Además, Dios es el modelo que debe seguir en su paternidad. El centurión que despertó la admiración de Jesús a causa de su fe (Mateo 8:5–10) había aprendido lecciones muy importantes acerca del ejercicio de la autoridad. Él explicó a Jesús que sus soldados le obedecían enseguida no tanto porque él era un hombre con autoridad, sino porque era un hombre bajo autoridad. Al estar bajo la autoridad del imperio romano, todo el peso de Roma estaba detrás de sus órdenes. Por eso, sus hombres le obedecían. La implicación de sus palabras (yo también soy hombre bajo autoridad) es, por supuesto, que Jesús da órdenes a las enfermedades y éstas le obedecen porque, detrás de sus palabras, está todo el peso de la autoridad de Dios. Pero lo que nos interesa ahora es este principio: para ejercer autoridad de una manera legítima y eficaz, hay que estar bajo autoridad. El padre tiene autoridad sobre el hijo no porque es mayor que él o más inteligente o más experimentado, sino porque ha recibido esa autoridad de Dios y la ejerce en el temor de Dios. El padre sólo tiene derecho a ejercer autoridad porque es «un hombre bajo autoridad». Si el padre pretende tener autoridad en sí, o si ejerce una autoridad tiránica y arbitraria, sólo provocará rebeldía y frustración en su hijo. Sólo cuando el hijo ve detrás del padre la autoridad de Dios (es decir, cuando ve que su padre teme a Dios y se somete a su voluntad), dará el debido respeto a la autoridad paterna.
• El padre debe ejercer su autoridad sobre la base de las Escrituras. Basarse en sus propios criterios no es suficiente. Cuando los hijos cuestionan sus decisiones o sus instrucciones, el padre debería poder contestarles no solamente: «Porque lo digo yo»; sino: «Porque lo dice Dios». En el texto paralelo de Efesios 6:4, Pablo añade la frase: educadlos en la instrucción y amonestación del Señor. Evidentemente, pues, la «exasperación» de los hijos incluye toda forma de educación que no se basa en una instrucción fundamentada adecuadamente en la voluntad del Señor tal y como se revela en las Escrituras. Éstas proveen el único cimiento sólido para la actuación disciplinaria de los padres.
• Una falta de disciplina produce hijos mimados, consentidos, egoístas e inmaduros. Acostumbrados siempre a salirse con la suya, estos hijos estarán mal preparados para afrontar las responsabilidades y las obligaciones de la vida adulta. Recordemos la enseñanza de Hebreos 12:7, 11: Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina?… Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia.
• Un exceso de severidad produce hijos con serios problemas emocionales. Acaban pensando: No importa lo que haga; siempre está mal. Terminan desanimados, con espíritu de resignación, apatía o depresión, o complejo de inferioridad. Luego, el desánimo puede ir a más, conduciendo a otros males, y los hijos se vuelven cobardes o crueles, retraídos o agresivos, manipuladores o ariscos, acomplejados o violentos.
• Las Escrituras entienden que la autoridad paterna debe ser acompañada por mucho afecto paterno. La disciplina de los hijos debe llevarse a cabo en un ambiente cálido de amor y aceptación: Hijo mío, no rechaces la disciplina del Señor ni aborrezcas su reprensión, porque el Señor a quien ama reprende, como un padre al hijo en quien se deleita (Proverbios 3:11–12; Hebreos 12:5–6). El cariño sin disciplina no es verdadero amor, como tampoco lo es el castigo aplicado con justicia, pero sin afecto. Ambos extremos producen efectos nocivos. El amor y la disciplina deben ir cogidos de la mano. La autoridad paterna debe ser templada por amplias medidas de paciencia y compasión. El padre hace bien en recordar sus propias torpezas infantiles. Más aún, hace bien en recordar la mucha paciencia y compasión que el Padre celestial muestra hacia él: Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen; porque él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos sólo polvo (Salmo 103:13–14). La compasión no debe conducirnos a mimar a nuestros hijos, pero sí debe concedernos paciencia, ternura y benevolencia.
• La disciplina debe ejercerse con justicia y equidad. No debe aplicarse en base de la condición anímica del padre (no debe pegar a sus hijos cuando está de malhumor y reírse de sus travesuras cuando está alegre), sino en base de las acciones del hijo. Debe darle siempre al hijo lo que se merece, ya sea retribución o recompensa. El castigo justo da una buena orientación al hijo, pero el castigo injusto engendra en él resentimiento y amargura. En el peor de los casos, el hijo acaba odiando a su padre.
• Normalmente, la disciplina debe ejercerse en privado, en la intimidad del hogar. Reprender o castigar al hijo en público lo avergüenza de una manera malsana, de manera que le resulta difícil levantar cabeza delante de los testigos de su humillación. De igual manera, el hijo se sentirá terriblemente humillado y se entregará a los celos y a la envidia si el padre acostumbra a compararle desfavorablemente con otro joven.
• Si el padre es inconstante y voluble en sus demandas, el hijo se sentirá confundido y perdido. Las normas de la casa deben ser claramente enunciadas y aplicadas con constancia. Si un día el hijo recibe un castigo por cierto comportamiento y, al día siguiente, no le pasa nada por hacer lo mismo, no sabrá a qué atenerse y perderá su norte en cuanto a la ética y los valores morales. Pasará algo semejante si los padres no actúan en armonía: por ejemplo, si el padre dice que no y, luego, la madre dice que sí.
• Las demandas del padre deben ser razonables. El hijo necesita aprender que la convivencia en comunidad requiere la colaboración de todos y él, como los demás, debe contribuir al bien común con determinadas tareas domésticas y obligaciones de estudio y trabajo. Algunos padres yerran al no exigir al hijo ninguna colaboración, por lo cual crece egoísta y consentido. Pero otros yerran al ir al otro extremo y tratar al hijo casi como el esclavo de la casa, negándole momentos de ocio y juego. Entonces el hijo crece resentido.
• Si el discurso del padre es siempre negativo («no hagas esto; no hagas aquello») o si el padre no hace más que predicar sermones al hijo, éste acabará harto y buscará emanciparse del control paterno por medios clandestinos y engañosos. En todo caso, la relación entre padre e hijo estará seriamente dañada. Las amonestaciones negativas, que desde luego son necesarias, deben ser complementadas por palabras de ánimo, gratitud y alabanza. Es otro ejemplo más de cómo debemos «vencer con el bien el mal» (Romanos 12:21). Este principio es especialmente importante en nuestra generación con sus prisas y su pluriempleo. Muchos padres están fuera de casa tantas horas que apenas tienen tiempo para estar con sus hijos. Si el poco tiempo que están con ellos se dedica a la reprensión, los hijos sufren las consecuencias. El padre debe crear espacios para pasar tiempo con sus hijos, jugar con ellos, animarlos, enseñarles y guiarlos con su ejemplo. Sólo cuando se ha establecido la necesaria relación de amor y bondad paterna, entonces la amonestación o medida disciplinaria se encaja correctamente en su lugar debido.
• Recordemos que la sabia reprensión y la explicación coherente son más eficaces que el castigo corporal. Éste se hace a veces necesario, pero debe ser reservado para casos extremos. La represión penetra más en el que tiene entendimiento, que cien azotes en el necio (Proverbios 17:10).
• El padre debe recordar que el hijo no es su posesión particular. Pertenece a Dios. Por así decirlo, Dios le ha dejado al hijo «prestado» para que lo eduque y críe para él (cf. Éxodo 2:9). Y, puesto que no es su posesión, debe estar dispuesto a soltarlo y dejarlo libre cuando el Señor lo llama.
La tarea del padre no es fácil. Si es demasiado complaciente con su hijo, éste crecerá mimado, indisciplinado e incapacitado para enfrentarse con la vida de una manera madura, sensata y desinteresada. Si es demasiado exigente y severo, o si siempre está castigando y reprendiendo al hijo, éste crecerá acomplejado y con fuertes problemas emocionales. En todo caso, si el padre no lleva bien esta responsabilidad, el hijo tendrá que cargar con las pesadas consecuencias. Muchos hijos que no han conocido el calor del afecto paterno tienen gran dificultad toda la vida en relacionarse con Dios como Padre. Muchos hijos que han sido castigados injustamente acaban teniendo un carácter arisco y antipático (y, así, continúan la cadena de abusos con sus propios hijos). Muchos hijos que no han sido disciplinados adquieren un egocentrismo intolerable: son unos mimados malcriados.
Edilerman Molina 6/24
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