PARTE I: EL CAMBIO DESDE UNA PERSPECTIVA BÍBLICA

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Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos
LA NECESIDAD DE UN CAMBIO INTERNO
Cuando un matrimonio se ha vuelto un combate de boxeo, cuando un hombre tiene dificultad para conservar un trabajo, cuando una persona es tan miedosa que no quiere salir de su recámara, o cuando un niño trata de envenenar a sus padres, casi todos estarán de acuerdo en que es necesario un cambio.
Cuando a alguien le es difícil llevarse bien con otros, la mayoría está de acuerdo en que algo debe cambiar y, por lo tanto, la consejería está a la orden.
El consejero cristiano está de acuerdo. Pero a diferencia de su contraparte secular, el cristiano considera que la incapacidad de una persona de llevarse bien con Dios es una causa aún más básica para la consejería. Cualquiera cosa que sean los problemas de uno, no puede haber ningún cambio que sea aceptable a Dios y, a la larga, para el aconsejado, hasta que no haya ocurrido un cambio positivo y fundamental hacia Dios.
La mayoría de los consejeros, aún muchos de los consejeros cristianos, pasan por alto este factor crucial. Preocupados con los problemas en el plano horizontal, ignoran u olvidan que los problemas primero se deben colocar en vertical.
Los dos van juntos. La suma de los mandamientos es el amor hacia Dios y el amor hacia el prójimo.
Al vincular estos dos grandes mandamientos, Jesús dejó en claro que debemos considerar completamente ambas dimensiones.
Juan, en su primera carta, demostró de la misma manera cómo usted no puede tener una sin tener la otra (1 Juan 4:8; 5:1, 2).
1 Juan 4:8 RVR60
El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
1 Juan 5:1 RVR60
Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.
1 Juan 5:2 RVR60
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.
El cambio bíblico debe tomar en cuenta totalmente ambos grupos de obligaciones.
Al tomar en serio la dimensión vertical es imposible llamar al hogar convertido en arena de boxeo sólo un problema de inmadurez o incompatibilidad o alguna otra dificultad horizontal.
Si una pareja persiste en una relación incorrecta con Dios, no puede mantener por mucho tiempo una relación correcta hacia el otro.
A la inversa, las malas relaciones no resueltas del uno hacia el otro descartan una buena relación con Dios. (Vea, e.g., 1 Pedro 3:7: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.”)
Las relaciones humanas son un asunto de tres vías, no de dos. Esto significa que el cambio que se acepta bíblicamente toma en cuenta las relaciones de una persona tanto con Dios como con el hombre.
Hasta este punto es complejo, a diferencia de los esfuerzos simplistas, llevar a cabo un cambio sin hacer referencia a Dios.
Cualquier consejero que desee aconsejar bíblicamente debe considerar las dificultades del cambio.
Lamentable es que muchos cristianos han adoptado teorías y prácticas simplistas en la consejería, ideadas por incrédulos, que no tienen lugar para Dios y mucho menos para Su centralidad.
Cuando los consejeros aceptan estos enfoques, incluso sus resultados aparentemente positivos son malos.
Sus mejores resultados sólo son aparentemente buenos.
Si se ha ignorado a Dios en el procedimiento de la consejería, no hay manera de que los resultados aparentemente buenos se puedan sostener a la larga. El tiempo lo dirá.
¿Cómo es eso de que los resultados sólo sean aparentemente buenos?
Si se mitigan los temores de alguien, si se estabiliza un matrimonio, si uno que no podía mantener un trabajo aprende cómo hacerlo ¿qué hay de malo en eso?
La pregunta es fundamental y merece una respuesta minuciosa.
A los ojos del judío promedio, el fariseo era un buen hombre. Guardaba la ley, era un ciudadano modelo y cumplía los rituales religiosos necesarios.
En apariencia él era un hombre recto cuya vida estaba en orden y cuyos problemas no se le salían de control.
Y como el joven gobernante rico, que pensaba que era bueno, el fariseo promedio debía estar bastante satisfecho consigo mismo.
Pero Jesús veía esto de manera muy diferente:
“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 5:20).
Al señalarlos, la justicia del escriba (maestro religioso) y del fariseo (un miembro de la secta religiosa más estricta de los judíos) era un puro espectáculo sin fondo porque no era del corazón (vea Mt. 6:1–5, 16–18, 15:1–20, etc.). Esto no agradaba a Dios.
Mateo 6:1–5 RVR60
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
Mateo 6:16–18 RVR60
Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Con todo, esta religiosidad externa socialmente apreciada, que seguía las tradiciones de los ancianos, era aparentemente satisfactoria a aquellos que la buscaban.
Sabemos esto porque Jesús representó al fariseo como una persona autosuficiente y satisfecha consigo misma en Su parábola del fariseo y el recolector de impuestos (Lucas 18:9–14) y en otra ocasión declaró, “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lucas 5:31).
Los fariseos no se arrepentían de sus pecados porque precisamente pensaban que ya eran buenos. A sus propios ojos, ellos no estaban “enfermos” como las “otras personas.” ¡No veían la necesidad del Gran Médico!
¿Qué relación tiene todo esto con el cambio?
Simplemente esto: el cambio externo puede parecer bueno para los demás, aún para uno mismo, cuando a los ojos de Dios no lo es.
Si, por ejemplo, usted deja de robar a las personas, ellas tienen su dinero y usted no va a la cárcel: los resultados son socialmente buenos.
Pero, si ese cambio externo no incluye un cambio de corazón hacia Dios, éste crea una persona satisfecha consigo misma quien, hasta ese punto, se ha vuelto un fariseo.
Los cambios externos que no son el resultado de un cambio interno hacia Dios siempre alejan más a la persona del Señor. Así que el cambio que es socialmente bueno puede resultar religiosamente malo.
“Pero, ¿no es bueno que la gente deje de robar a otros?”
Ciertamente, y el cristiano debe apoyar las leyes que hagan más difícil robar. Pero eso no está de acuerdo con la consejería que está diseñada para producir un cambio, que sea agradable a Dios, en la vida del ladrón.
Refrenar el mal no es lo mismo que promover el bien.
Existen dos clases de “bienes” que compiten en este mundo.
Jesús tenía esto en mente cuando reprendió al gobernante joven y rico diciéndole, “No llames a ningún hombre bueno.”
Como él tenía una perspectiva humanista de la bondad, el joven pensaba que se había hecho bueno guardando los mandamientos y juzgó a Jesús con el mismo estándar.
Por lo tanto, al llamar a Jesús “bueno,” él quiso decir lo contrario de lo que Jesús quiso decir con esa palabra.
“A menos que estés dispuesto a llamarme bueno como Dios es bueno,” le dio a entender Jesús, “para nada me debes llamar bueno.”
Jesús ilustró la aguda diferencia entre la bondad aparente, externa, social, farisaica y humanista del joven y la bondad que fluía de Su propio corazón sin pecado.
Asimismo, los consejeros deben distinguir entre el cambio justo, el cual viene de Cristo, y el cambio con pretensiones de superioridad moral de los escribas y fariseos de hoy en día.
Es absolutamente esencial que el consejero opte por un cambio que satisfaga a Dios, no uno sólo socialmente bueno.
Por supuesto, es mejor que la gente no le robe a los demás — ¡especialmente por los “demás”!
Pero al aconsejar, el consejero cristiano no está ni haciendo las leyes ni haciendo que se cumplan…
El está ministrando la Palabra de Dios a los corazones de las personas.
Dios no lo llamó a producir fariseos que sólo lo son en apariencia. El consejero cristiano debe ministrar la Palabra de Dios de una manera tal que transforme la vida, de tal forma que Dios mismo cambie al aconsejado – del corazón hacia afuera.
El ministerio del consejero es un ministerio no de reforma sino del evangelio, que siempre es un ministerio de transformación.
El cambio que él busca debe ser sustancial, en el cual Dios atraiga al aconsejado más cerca de Él mismo.
La consejería simplista, superficial e inconsistente le enseña a la gente a confiar en ella misma o en otros hombres, ignorando a Dios.
Se lleva a los aconsejados a pensar que ellos “se pueden llevar bien sin el Espíritu Santo, gracias.”
Dios no ha llamado a los consejeros cristianos a producir más fariseos; ya existen suficientes.
La consejería no cristiana más exitosa consiste en aliviar los males y las miserias de los aconsejados y ayudarlos a seguir la corriente de su cultura, lo que produce más fariseos.
La regeneración es esencial para el cambio divino. Y enseñan, asimismo, que el cambio aceptable en la vida de una persona regenerada debe provenir de la obra santificadora del Espíritu dentro de ella.
Ellos se conforman con un procedimiento de cambio que sólo produce resultados sociales externos.
Pero Jesús hizo un llamado a una justicia que “excede” la justicia de los fariseos, la cual es como trapos de inmundicia a la vista de Dios.
Los fariseos, “ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Ro. 10:3).
Romanos 10:3 RVR60
Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios;
Los aconsejados no deben ser guiados por el mismo camino de injusticia de aquellos que deberían saberlo mejor. Dios ha nombrado a los consejeros cristianos como guías del cambio que esté dirigido hacia la santidad.
Tal cambio:
1. Proviene de un cambio interno del corazón.
2. Es logrado por el Espíritu Santo.
3. Por lo tanto es enteramente aceptable a Dios.
Nada menos que esto funcionará.
Como puedes ver, el procedimiento del cambio que deben seguir los consejeros cristianos, por la naturaleza misma de las cosas, difiere radicalmente de todos los procedimientos que dirigen el cambio sólo en el nivel horizontal.
Es un cambio sustancial porque Dios mismo lo ha producido. Es por esto que debemos estudiar cuidadosamente lo que Dios ha dicho acerca del procedimiento del cambio, familiarizarnos completamente con él y estar listos y dispuestos todo el tiempo para buscarlo en la consejería.
Tarea
A la luz de esta lección, estudie Proverbios 15:8, 9, 29; 21:4, 27; Romanos 8:8. Prepárese para comentar estos versículos en clase.
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