La Bendición de la Justificación

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Buenas noches, bienvenidos a este nuevo Tiempo con Dios del viernes 19 de julio de 2024.
‌Me da mucho gusto saludarlos, yo soy Hector Viruega, y soy el responsable de los grupos pequeños de nuestra iglesia. Y para mi es un gusto el poder estar con ustedes en esta noche.
Antes de comenzar, quiero dar unos breves anuncios:
Bosquejos de doctrina fundamental V. La justicia otorgada

V. La justicia otorgada

En el Evangelio se revela una Justicia que Dios otorga al creyente, y éste es el gran tema de Romanos 1:16–5:21. El «corazón» del sublime asunto se halla en Romanos 3:21–6, versículos que deben analizarse con todo cuidado. En vista de que el hombre era incapaz de procurar la justicia mediante la obediencia a la Ley, Dios tomó la iniciativa por Su gracia, mandando a Su Hijo, quien satisfizo las exigencias de la Ley en el Calvario: «Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo …» (Ro. 3:21 y 22).

VI. La justicia recibida

El medio de conseguir la justicia otorgada por la gracia de Dios es la Fe, que, en el sentido bíblico, es la confianza total del hombre que, arrepentido de sus pecados, descansa en Cristo para la salvación de su alma. Sólo esta actitud del alma puede establecer contacto con Aquel que cumplió la Ley por nosotros para revestirnos de Su propia justicia (2 Co. 5:21). Cristo «nos ha sido hecho justificación» (1 Co. 1:30) y, recibiéndole a Él, tenemos la justificación, y no de otra manera. La fe hace posible que Dios nos impute (abone en cuenta) Su justicia, como en el caso de Abraham (Ro. 3:22, 26; 4:3, 5 y 22; Gá. 3:22–26, etc.). Somos justificados por la gracia de Dios, que es el origen de la bendición (Ro. 3:24); por la sangre, que es su base (Ro. 5:9), y por la fe, que es el medio (Ro. 5:1).

VII. La justicia manifestada

La justicia no es una mera declaración legal de nuestra nueva posición ante Dios, sino que es una obra vital, que supone nuestra unión espiritual con Cristo, de modo que la justicia recibida ha de producir sus frutos en nuestra vida (Fil. 1:11). Este tema se desarrollará bajo el epígrafe de la Santificación (capítulo 17).

SALUDOS
ORACIÓN
Antes de comenzar
Este capítulo es una explicación de la última palabra del capítulo 4: justificación. Un claro entendimiento del argumento de Pablo es esencial para captar el significado de la justificación por fe.
El 14 de septiembre de 1996, Marina y yo nos casamos.
En ese lluvioso sábado mi papá organizó una pequeña reunión en su casa, llegó el juez, llevó a cabo la ceremonia de boda, y posteriormente tuvimos una comida.
Nos cayó un aguacero, pero la pasamos muy bien. Ya llegada la noche, los que nos quedamos, decidimos ir a cenar unos tacos. Al llegar a la taquería me encontré con un amigo, lo saludé, y en eso volteé adonde estaba Marina, y le dije a mi amigo: te presento a mi… a mi… esposa.
Esa fue la primera vez que presenté a Marina como mi esposa.
Lo chistoso es que cuando terminamos de cenar, llevé a Marina a su casa, la casa de sus papás, y yo regresé a la mía, la casa de mi papá.
Aunque estábamos casados, parecía que nuestra situación no había cambiado. Durante los siguientes 15 días, yo iba a visitar a Marina a casa de sus papás, y salíamos en citas como antes. PERO algo importante era diferente: desde el punto de vista legal, estábamos casados. Nuestra situación legal era totalmente diferente.
Tenga presente que la justificación es la declaración de Dios de que el pecador que cree es justo en Cristo. Es justicia imputada, puesta a nuestra cuenta. Santificación es justicia impartida, puesta en práctica en y a través de nuestras vidas por el Espíritu. Justificación es nuestra posición delante de Dios; santificación es nuestro estado aquí en la tierra delante de otros. La justificación nunca cambia; la santificación sí. Nótese las bendiciones que tenemos en la justificación.

A. Tenemos paz (v. 1).

En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Algo que debemos tener claro es que hubo un tiempo en que éramos enemigos de Dios (v. 10); pero ahora en Cristo tenemos paz con Dios.
No dice que tenemos la paz de Dios, que también eventualmente llega, y es un fruto del Espíritu, sino que dice que tenemos paz con Dios.
Paz con Dios significa que nuestro problema con el pecado ha quedado resuelto por la sangre de Cristo. Dios es nuestro Padre, no nuestro Juez.

B. Tenemos entrada a Dios (v. 2a).

Antes de nuestra salvación estábamos «en Adán» y condenados; pero ahora en Cristo tenemos una perfecta posición delante de Dios y podemos entrar a su presencia (Heb 10.19–25).

C. Tenemos esperanza (v. 2b).

Literalmente «nos enorgullecemos en la esperanza de la gloria de Dios». Lea Efesios 2.11, 12 y note que el inconverso está «sin esperanza». No podemos ufanarnos en las buenas obras que traen salvación (Ef 2.8–9), pero sí podemos hacerlo en la maravillosa salvación que Dios nos ha dado en Cristo.

D. Tenemos confianza diariamente (vv. 3–4).

«También nos gloriamos en las tribulaciones». El verdadero cristiano no sólo tiene una esperanza para el futuro, sino que tiene confianza en las presentes aflicciones de la vida. La «fórmula» es como sigue: la prueba más Cristo igual a paciencia; paciencia más Cristo es igual a prueba [experiencia]; prueba más Cristo igual a esperanza. Nótese que no nos gloriamos en las tribulaciones o respecto a las pruebas; sino en las pruebas. Compárese Mateo 13.21; 1 Tesalonicenses 1.4–6; y Santiago 1.3ss.

E. Experimentamos el amor de Dios (vv. 5–11).

F. Tenemos al Espíritu Santo (v. 5)

G. Somos librados de la ira de Dios (v. 9)

I. Tenemos gozo (v.11)

Por el Espíritu Dios derrama su amor en nosotros y a través de nosotros. Dios reveló su amor en la cruz cuando Cristo murió por los que estaban «débiles», que eran «indignos», «pecadores» y «enemigos», probando así su gran amor. El argumento de Pablo es este: si Dios hizo todo eso por nosotros mientras todavía éramos sus enemigos, ¡cuánto más hará ahora que somos sus hijos! Somos salvos por la muerte de Cristo (v. 9), pero somos también salvos por su vida (v. 10), según «el poder de su resurrección» (Flp 3.10) que opera en nuestras vidas. Hemos recibido «reconciliación» (v. 11) y ahora experimentamos el amor de Dios.
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