LOS PARÁMETROS DE LA SALVACIÓN Romanos 10:11-18
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11 Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. 12 Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; 13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
14 ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15 ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! 16 Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? 17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. 18 Pero digo: ¿No han oído? Antes bien,
Por toda la tierra ha salido la voz de ellos,
Y hasta los fines de la tierra sus palabras.
Pablo pasa en seguida a explicar los parámetros y el alcance de la salvación.
Puesto que la mayoría de los judíos manifestaron un rechazo enérgico frente a la noción de que la gracia de Dios se pudiera extender a los gentiles, tomaron la decisión consciente de ignorar la medida y alcance pleno de su provisión para la redención de la humanidad. Como eran el pueblo escogido y especial de Dios, creyeron que también eran el único pueblo que Él había salvado. Por supuesto, sabían que Rut la moabita había sido la bisabuela de David y por ende formaba parte del linaje mesiánico; pero insistían en que aquellos gentiles que se convertían al judaísmo y recibían la bendición de Dios eran excepciones que comprobaban la regla. En consecuencia, tal como habían rechazado a Jesús y su enseñanza, rechazaron con la misma vehemencia la enseñanza de Pablo, otrora fariseo celoso de la ley y perseguidor de la iglesia, quien no solamente afirmaba que Jesús era el Mesías, el Cristo, sino que Cristo lo había designado para ser “instrumento escogido... para llevar [su] nombre en presencia de los gentiles” (Hch. 9:15; cp. Gá. 1:16). Por otro lado, Pablo declara que el hecho de que Dios haya extendido su salvación a todos los gentiles no es algo nuevo. Esa oferta de gracia no empezó con el evangelio de Jesucristo que incluye a toda la humanidad y que los cristianos, la mayoría de los cuales eran judíos, estaban proclamando a todos los que quisieran escucharlo. Por el contrario, como Pablo ya ha citado (Ro 9:33), la Escritura dice a través de Isaías: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado (cp. Is. 28:16). Dios siempre había estado llamando a los gentiles (todo aquel). De hecho, la razón de existir de Israel era convertirse en un testimonio para las naciones, “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éx. 19:6), a fin de predicarle al resto del mundo la salvación que hay en el Dios verdadero.
Las Escrituras del Antiguo Testamento habían enseñado mucho tiempo atrás que “aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, [es] para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia” (Ro. 3:21-22, cursivas añadidas). En otras palabras, la salvación por medio de la fe en Él para cualquiera (todo aquel que en él creyere) siempre ha sido el plan de Dios.
Como Pablo declaró antes: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16, cursivas añadidas).
También como él aseguró a los creyentes de Corinto, muchos de los cuales eran gentiles: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17, cursivas añadidas). Desde la eternidad y hasta la eternidad, la Palabra de Dios ha logrado esta meta divina que siempre ha incluido en su amor y gracia el deseo de que ningún ser humano perezca “sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9).
Esa verdad maravillosa trae equilibrio al gran énfasis que Pablo ha hecho con respecto a la soberanía de Dios (véase por ejemplo, Ro. 9:6-26). Aunque las dos verdades parecen mutuamente excluyentes en nuestras mentes finitas, la elección soberana que Dios hace de cada persona que se salva es, en su mente infinita, perfectamente consecuente con su promesa de que todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamentos dejan en claro que la salvación se otorga únicamente a quienes confían en Dios y que Él ofrece su redención de gracia a toda la humanidad, judíos y gentiles por igual. Ninguno que en él creyere en ningún momento será avergonzado en el sentido de no recibir la salvación que Él en su gracia ofrece a todos por igual.
Por lo tanto, la barrera para obtener la salvación no es racial ni cultural, sino el rechazo personal del Dios quien la ofrece.
JONAS _______________________________________________________
La gente perece debido a que se niegan a recibir “el amor de la verdad para ser salvos” (2 Ts. 2:10). No obstante, era precisamente ese aspecto universal del evangelio el que muchos judíos resentían. El ejemplo bíblico clásico del orgullo religioso y racial judío con su vacilación en alcanzar a los gentiles, se encuentra en el profeta Jonás cuando respondió al llamado del Señor para predicar el arrepentimiento en Nínive. Jonás vivió en Israel durante el reinado de Jeroboam II, quien gobernó de 793 a 753 a.C. Fue un tiempo de mucha prosperidad para la nación, la cual había expandido sus fronteras hacia el noreste para incluir a Damasco. Debido a que los asirios arremetían periódicamente contra Israel, los judíos albergaban un odio específico hacia Nínive, la capital de Asiria. Algunos dicen que se requerían tres días para atravesar a pie esa ciudad inmensa de unos seiscientos mil habitantes. La gente de Nínive, al igual que todos los demás asirios, eran conocidos por su inmoralidad e idolatría, y los soldados asirios eran notorios por su brutalidad sin clemencia. Nahum habló acerca de Nínive como “ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, [que no se aparta] del pillaje” (Nah. 3:1). Por lo tanto, cuando el Señor llamó a Jonás para que le predicara a esa perversa ciudad gentil, el profeta de inmediato se subió a un barco que le llevara en dirección opuesta. A causa del odio hacia los asirios que él tenía en común con sus hermanos israelitas, lo que preocupaba a Jonás no era que su predicación fallara sino por el contrario, que tuviera éxito. Por esa razón no es una sorpresa que el extraordinario arrepentimiento de todos en Nínive, desde el rey hasta el siervo más humilde, no haya sido del agrado de Jonás, a tal punto que el profeta “se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ‘no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (Jon. 4:1-2). La obra milagrosa de Dios en los corazones de los habitantes de Nínive fue una lección evidente para todo Israel en muchos sentidos. Primero que todo, demostró que el gran poder para la salvación estaba en Dios y su Palabra proclamada, no en el profeta mismo que proclamara la palabra divina. En segundo lugar, también tuvo sin lugar a dudas el propósito de avergonzar a Jonás y a todos los demás israelitas duros de corazón y justos en su propia opinión. Un profeta con todas las reservas e indisposición posibles fue una vez a predicar de mala gana un solo mensaje, ¡y solo con eso Dios hizo que la ciudad entera se arrepintiera! El contraste trágico que esta ilustración hace evidente, es que a pesar de todas las bendiciones que tenían por ser el pueblo llamado de Dios, aquellos con quienes Él había hecho pacto y a quienes dio su ley y envió sus profetas, casi todos en Israel se alejaron de Él en repetidas ocasiones para entregarse a la idolatría y a toda clase de impiedades. Sin embargo los habitantes de Nínive, quienes eran paganos por completo y no contaban con todas esas ventajas en el campo espiritual, en un solo día “creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos” (Jon. 3:5). Unos ocho siglos más tarde, los judíos mantenían un desprecio obstinado hacia los gentiles. Cuando regresaban a Israel de algún viaje a otro país, los judíos sacudían el polvo de sus vestidos y sus pies, a fin de evitar la entrada de suelo contaminado a su propia tierra santa. Nunca entraban a una casa gentil, ni comían o bebían con utensilios gentiles, ni siquiera estaban dispuestos a tocar la mano de un gentil. Cada mañana muchos hombres judíos oraban: “Doy gracias a Dios porque no soy una mujer, ni un esclavo, ni un gentil”. Los judíos vacilaban en tener cualquier trato con los gentiles, y en especial rehusaban comunicar la verdad de la redención ofrecida por su Dios a toda la humanidad, no fuera que, tal como temió Jonás, su “Dios clemente y piadoso, tardo en enojarse y de grande misericordia”, pudiera hacer que hasta los paganos se arrepintieran y también fueran salvos. Pablo sabía que el plan de Dios con el evangelio es que fuera predicado primero “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8), a fin de hacer “discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). Como ya se indicó, Pablo había testificado al comienzo de Romanos que “el evangelio... es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16, cursivas añadidas). Además de esto, sin lugar a dudas fue debido también a otra razón que Pablo siempre testificaba primero en una sinagoga u otro lugar de culto judío. Si le hubiera predicado primero a los gentiles, la indignación judía habría sido tan fuerte que nunca habrían estado dispuestos a escucharle. A medida que más y más judíos creían en Jesús y eran salvados, muchos más se pusieron en su contra y con mayor fiereza en contra de sus seguidores judíos.
Tal como Jesús había advertido: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Jn. 16:1-2). Cuando Pablo llevó al templo a cuatro hombres judíos quienes habían hecho un voto, con el fin de llevar a cabo su purificación ritual, “unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces: ¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar. Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo” (Hch. 21:27-29). En el estado moderno de Israel, la mayoría de los judíos, incluyendo muchos que no son religiosos, todavía sienten un fuerte resentimiento y oposición hacia la obra misionera de los cristianos en su país. Aunque los judíos consideran falsas a todas las demás religiones, son particularmente virulentos en su oposición al cristianismo. Al igual que los judíos de Jerusalén que censuraron la visita de Pablo al templo, ellos ven al cristianismo como una religión gentil que de manera específica está “contra el pueblo y la ley [judíos]” (Hch. 21:28). Por eso no hacen muchos esfuerzos para convertir a los gentiles al judaísmo. Nada podría ser más devastador para los judíos que el hecho de recordarles que no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan. Aquellos cuyo más grande orgullo se basaba en la creencia de que eran superiores a todos los demás pueblos no podrían tolerar la humildad que se requiere para aceptar esa verdad. En su proclamación del mismo mensaje dado a la iglesia de los gálatas, Pablo escribió: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”; y no solamente eso, el apóstol dijo en seguida algo que podría dejarlos aún más aturdidos: que los gentiles creyentes, al igual que los judíos creyentes, son “ciertamente linaje de Abraham, y herederos según la promesa” (Gá. 3:28-29). Pablo declaró a los creyentes gentiles de la iglesia de Éfeso: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:11-13). Más adelante en esa misma carta él dijo: “Yo Pablo, [soy] prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles” (3:1). El gran “misterio de Cristo”, que los judíos detestaban con gran intensidad, es que “los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (véase vv. 4-6). El mismo quien llamó a Abraham y sus descendientes para ser su pueblo escogido, es Señor de todos los que creen en Él. No obstante, debido a que la mayoría de los judíos estaban esperando la llegada de un libertador nacional y político antes que un Salvador universal, el evangelio de Jesucristo, que se extiende a todos los que le invocan, fue inaceptable. Cristo no es solamente Salvador y Señor de todos los que creen, sino que también es rico para con todos los que le invocan. Los creyentes gentiles reciben la misma bendición de Dios así como la misma salvación que Él ofrece a todos, y del mismo modo en que Dios en su soberanía llama a todos los creyentes a sí mismo, todos también deben invocarle con fe. Con un énfasis adicional en el alcance universal del mensaje de salvación, Pablo cita a otro profeta, Joel, quien siglos antes había declarado a Israel el alcance de la gracia salvadora cuando dijo que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo (véase Jl. 2:32). En el Antiguo Testamento, la frase invocar el nombre del Señor se asociaba de manera especial con la adoración correcta que se rinde al Dios verdadero. Tenía connotaciones de adoración, culto, admiración y alabanza; consistía en exaltar la majestad, poder y santidad de Dios. Con un énfasis en el lado negativo de esa frase, el salmista imprecatorio clamó a Dios: “¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿Estarás airado para siempre? ¿Arderá como fuego tu celo? Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen, y sobre los reinos que no invocan tu nombre” (Sal. 79:5-6, cursivas añadidas). El salmista también exclamó con gozo: “Alabad a Jehová, invocad su nombre; dad a conocer sus obras en los pueblos” (105:1, cursivas añadidas). Una vez más leemos en los salmos: “Invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma. Clemente es Jehová, y justo; sí, misericordioso es nuestro Dios” (116:4-5, cursivas añadidas). En las cuatro referencias recién citadas de Joel y los Salmos, la palabra Jehová o Señor corresponde al nombre de pacto de Dios, que se designaba en hebreo con cuatro letras mayúsculas (YHWH). Por lo tanto, invocar el nombre del Señor no era hacer un grito desesperado pidiendo auxilio a una deidad cualquiera, sin importar quién fuera o dónde pudiera estar, sino más bien una proclamación de fe en el nombre del Dios único y verdadero, el Creador y Señor de todos los hombres y todas las cosas. Como Pablo acaba de declarar, es por confesar con la boca que “Jesús es el Señor” y creer en el corazón que “Dios le levantó de los muertos” que cualquier persona será salva (véase Ro. 10:9). Él es el único y verdadero Señor en quien los judíos fieles siempre habían invocado en actitud de contrición, exaltación y adoración. Invocar el nombre de Jesús como Señor equivale a reconocer y someterse a su deidad, su autoridad, su soberanía, su poder, su majestad, su palabra y su gracia. Todo aquel, tanto judío como gentil, que así lo haga, será salvo. Las conjugaciones del verbo hebreo yasha, cuya traducción más común es salvar, se encuentran unas 160 veces en el Antiguo Testamento, y las formas del término griego sōzō (salvo) que le corresponde, se hallan más de cien veces en el Nuevo Testamento. Pablo también emplea el término en cuarenta y cinco ocasiones. A fin de explicar con más detalles el alcance o parámetros universales de la gracia salvadora de Dios, el apóstol hace las siguientes preguntas retóricas: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Con una lógica sencilla y progresiva, Pablo establece que únicamente quienes invocan el nombre del Señor pueden ser salvos, que solamente quienes han creído en Él pueden invocarle, únicamente aquellos que han oído acerca de Él pueden creer en Él, solamente aquellos que tienen quién les predique pueden oír bien acerca de Él, y por último, ningún predicador puede predicar el evangelio verdadero si no ha sido enviado por Dios mismo. Al ver esto desde la otra dirección, Pablo está diciendo que si Dios no enviara predicadores nadie podría oír el mensaje, si nadie pudiera oír ninguno podría creer, y si nadie pudiera creer nadie podría invocar al Señor, y si nadie pudiera invocarle ninguno podría ser salvo. El punto máximo en el argumento de Pablo en este pasaje es que es indispensable que un mensaje claro que suministre un entendimiento de la verdad preceda a la confesión de fe que salva y a la fe misma. Aquí el apóstol recuerda a sus lectores judíos que Dios llamó a Abraham y sus descendientes con este propósito: “Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3). Además, que Él llamó a esos descendientes (Israel) para que fuesen sus testigos delante de toda la tierra, como “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éx. 19:5-6). Tal como lo hizo en el Antiguo Testamento, Dios sigue enviando a sus predicadores para que den testimonio de Él hasta los rincones más lejanos de la tierra. Pablo recurre de nuevo al respaldo del Antiguo Testamento y cita de Isaías: Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (véase Is. 52:7). No es que los pies físicos de los predicadores de Dios sean hermosos, sino la paz y las buenas nuevas que esos pies llevan hasta los confines de la tierra. Ese versículo de Isaías fue escrito para celebrar la liberación de Israel de sus muchos años de cautividad y servidumbre, primero en Asiria y luego en Babilonia. La diferencia es que Pablo se propone demostrar que ese versículo se aplica aun con mayor relevancia al presente, teniendo en cuenta la siguiente declaración de Isaías acerca de un día futuro cuando se dirá: “Jehová desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro” (Is. 52:10, cursivas añadidas). En aquel día, según Juan nos enseña, “los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se [postrarán] delante del Cordero; todos [tendrán] arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Y [cantarán] un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:8-9, cursivas añadidas). Pasando de una nota de gran regocijo a una de gran tristeza, Pablo recuerda a sus lectores judíos: Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? (véase Is. 53:1). La expresión obedecieron es la traducción de hupakouō, que tiene el significado básico de escuchar con atención y cuyo significado derivado es sometimiento u obediencia. Lo trágico es que la oferta de salvación que se proclama a todos los hombres no es atendida por todos los hombres. Como muchos otros pasajes de las Escrituras, este versículo deja en claro que, aun en su soberanía omnipotente, Dios opta por no ejercer un control absoluto sobre los asuntos de los humanos. Contrario a la idea de un determinismo divino como el propuesto por el ultracalvinismo, las buenas nuevas del evangelio deben ser recibidas con fe por parte de quienes las escuchan. Únicamente las teologías desequilibradas y extrabíblicas colocan todas las cosas en el lado de Dios o en el lado del hombre. A fin de producir la salvación, la gracia inmerecida de Dios exige la respuesta positiva del hombre. Algo inherente al plan eterno de salvación de Dios es la fe obediente del hombre. En la declaración más concisa y hermosa del evangelio, Jesús dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16, cursivas añadidas). Lucas nos informa que en la iglesia primitiva misma: “crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hch. 6:7). La frase “obedecían a la fe” es aquí un sinónimo de llegar a ser salvo. Casi al principio de su carta a los romanos, Pablo declaró que por medio de nuestro Señor Jesucristo nosotros “recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre, entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo” (Ro. 1:4-6). Aquí vemos otra vez los dos lados de la salvación. Aquellos que demuestran su “obediencia a la fe” son creyentes que han sido “llamados a ser de Jesucristo”. Más adelante en la carta, Pablo declara la verdad paralela que se deriva de ello: “Pero ira y enojo [de Dios] a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” (2:8). Además, el apóstol dice después: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” (6:16-17). Pablo le aseguró a la iglesia de los tesalonicenses que “cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, [también vendrá para] para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:7-8). De forma similar, el escritor de Hebreos dice que Cristo “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (He. 5:9). Las Escrituras enseñan con claridad que la fe salvadora se distingue por la obediencia en sumisión a la verdad justa de Dios, y que la incredulidad se hace manifiesta por la desobediencia a esa verdad (cp. 2 Ts. 2:10-12). Juan declara que “si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:6-7). Como el apóstol continúa diciendo, la salvación verdadera no trae una perfección ausente de pecado en esta vida. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1:8-10). Cuando los creyentes auténticos caen en pecado, acuden al Señor para buscar y recibir el perdón que Él ofrece de continuo a quienes le pertenecen. Ser salvo es someterse por voluntad propia al señorío de Jesucristo. Jesús no está dispuesto y no puede ser Salvador para aquellos que no quieren recibirle como Señor. “Ninguno puede servir a dos señores”, aseveró Jesús, “porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24). En otra ocasión Jesús declaró a un grupo de judíos quienes afirmaban creer en Él: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:31-32). Cuando ellos alegaron que ya eran libres, Jesús les contestó: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (v. 34). A su aserción de ser linaje de Abraham Él respondió: “Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros” (v. 37). Frente a su afirmación de que Abraham era el padre de ellos, Jesús dijo: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham” (vv. 39-40). Por último, ante la afirmación de que Dios era su Padre, Jesús les respondió: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió... Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer; él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él” (8:41-42, 44). Tener un padre espiritual es tener un señor espiritual. Esas relaciones son inseparables. No existe algo que pueda llamarse paternidad parcial o señorío parcial. De la misma forma, tener a Cristo como Salvador es tenerle como Señor. Cristo no existe en partes divididas y no puede ser aceptado por partes. Aquellos para los cuales Cristo no sea tanto Salvador como Señor, Él no es ni Salvador ni Señor. Quienes no le han aceptado como Señor tampoco le han aceptado como Salvador.
Los que no han aceptado al Hijo como Señor no pueden reclamar que son hijos de su Padre, por el contrario, siguen siendo esclavos del pecado y están todavía bajo la paternidad y el señorío de Satanás. Cuando Isaías escribió las palabras citadas por Pablo en Romanos 10:16, el profeta estaba hablando acerca del Salvador, quien sufrió y murió en substitución por nosotros, quien “herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5). El anuncio del cual hablan Isaías y Pablo es la buena nueva del evangelio, la buena noticia de que Cristo murió para que pudiéramos vivir, la verdad gloriosa de que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:16-17). Lo triste es que debido a que tanto entre los judíos como entre los gentiles no todos obedecieron al evangelio, Jesús declaró en seguida que “el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3:18). Más adelante en su relato del evangelio, Juan informó que Jesús, “a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?” (12:37-38). Como Pablo y Bernabé explicaron a algunos judíos incrédulos en Antioquía de Pisidia: “A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles” (Hch. 13:46). Para resumir lo que ha dicho en los versículos 1-16, Pablo declaró: Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. La salvación no viene por intuición, experiencia mística, meditación, especulación, consenso o mucho filosofar, sino por oír y tener fe en la palabra de Dios. Por ende, proclamar la Palabra salvadora de Dios es el propósito central y esencial del evangelismo: ir y hacer “discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). Pablo recordó a los ancianos de la iglesia de Éfeso, que en obediencia a esa gran comisión, él testificaba con solemnidad “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). El propósito del evangelismo no consiste en hacer uso de la persuasión humana y de maniobras avezadas para manipular confesiones de fe en Cristo, sino proclamar fielmente el evangelio de Cristo, por medio de lo cual el Espíritu Santo traerá convicción y salvación a aquellos que escuchen y acepten la palabra de Dios. Es trágico que muchos llamados a la salvación son un llamado para confiar en alguien y en algo que no se conoce en absoluto. Las respuestas positivas a tales llamados vacuos al altar no son más que invitaciones a tener fe en la fe, una confianza ciega, sin arrepentimiento ni sumisión, depositada en un mensaje sin contenido que resulta en un falso sentido de seguridad espiritual. Tal evangelismo falso comete la gran crueldad de llevar a los no salvos a creer que ya se han salvado, y los deja en sus pecados sin acceso al Salvador y sin la salvación verdadera. Pablo continúa con esta pregunta retórica: Pero digo, ¿No han oído?, y responde con una cita del Salmo 19:4 en la versión Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento): Antes bien, por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras. En otras palabras, incluso David entendió acerca de los parámetros universales de la oferta de salvación de Dios, la cual ya ha salido (en tiempo pasado) por toda la tierra. David empieza ese salmo con la declaración: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz” (vv. 1-3). Al decir la voz de ellos y sus palabras se hace referencia a la revelación que Dios ha hecho de Él mismo, la cual por toda la tierra ha salido y ha sido proclamada hasta los fines de la tierra, a todos los hombres y mujeres que han vivido y vivirán jamás. Esa es la misma verdad que Pablo acentúa con tanto vigor en el primer capítulo de Romanos: “[A] los hombres que detienen con injusticia la verdad... lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (1:18-20). Todos los hombres tienen evidencia tanto interna como externa de Dios. Así como los cuerpos celestes son vistos en toda la tierra y se extienden hasta los confines del mundo en la revelación natural de Dios, también su evangelio toca todos los rincones de la tierra y se extiende hasta el fin de la tierra con su revelación específica. Dios no puede ser arbitrario o injusto. Aquellos que se niegan a confiar en Él lo hacen porque “detienen con injusticia la verdad” (v. 18). El camino de salvación siempre ha sido ofrecido a todos los hombres en todas partes. Como el Señor prometió en su gracia por medio de Jeremías: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). La seguridad absoluta y universal que Dios da a todos los hombres es que ninguna persona que le busque con sinceridad dejará de hallarle. El Cristo encarnado vino al mundo como “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Jn. 1:9, cursivas añadidas), y ese mismo Cristo encarnado declaró: “Y será predicado este evangelio del reino [de Cristo] en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones” (Mt. 24:14). Por esa razón, aun desde el primer siglo Pablo pudo declarar: “La palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros” (Col. 1:5-6). Aunque es probable que el apóstol estuviera hablando aquí con relación a las partes del “mundo” en las que ya se había proclamado todo el evangelio, el beneficio del evangelio ya estaba disponible por toda la tierra y hasta los fines de la tierra. En Romanos 10:11-18, Pablo afirma que el evangelio no es algún invento cultural u otra religión pagana de misterio, sino las buenas nuevas de salvación que Dios siempre ha procurado que sean proclamadas a todas las naciones y a todas las personas, a judíos y gentiles por igual. Es ese alcance universal del evangelio la causa de que muchos judíos hayan rechazado a Jesús como su Mesías. Los fariseos reprendieron a los oficiales que les dieron un informe acerca de las enseñanzas y las obras de Jesús realizadas con autoridad divina, y preguntaron con arrogancia: “¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?” (Jn. 7:48). En otras palabras, un judío común y corriente era tenido por presumido si creía y confiaba en el Mesías, quien no había sido reconocido por sus líderes religiosos. Lo trágico de esto es que muchos judíos rechazan hoy día a Jesús como su Mesías por la misma y necia razón. Cuando Galileo fue llamado a comparecer ante la inquisición católica romana por enseñar que la tierra giraba alrededor del sol y que el sol no giraba alrededor de la tierra, fue acusado de hereje. Cuando se ofreció a demostrar la verdad de sus hallazgos diciéndoles que miraran a través de su telescopio, ellos se negaron. En sus mentes ya habían resuelto el asunto, de modo que rehusaron considerar cualquier evidencia en contra, por fehaciente que fuera. Con esa misma actitud de obstinación, la mayor parte de Israel, desde tiempos del Nuevo Testamento hasta el presente, se ha negado a siquiera considerar las enseñanzas y afirmaciones del evangelio. En consecuencia, no han podido conocer a Dios, ni a Jesucristo, ni a la fe que salva.
