Propósito del libro de Juan

Evangelio de Juan   •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Juan no se contentó sencillamente con explicar un tema. Fue un evangelista que quería lograr un objetivo. Quería que sus lectores creyeran en Jesucristo ¡y fueran salvos! No estaba escribiendo una biografía para entretener, o una historia para educar. Estaba escribiendo un evangelio para cambiar las vidas de los hombres. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
No había necesidad de que Juan describiera todo milagro que realizó nuestro Señor; de hecho, Juan implica que un historial completo jamás podría ser escrito (Juan 21:25). La vida y ministerio de Jesucristo fueron tan ricos y completos que ningún escritor, por inspirado que fuera, redactara un historial completo. Pero no es necesario tener un historial completo. Todos los hechos básicos están aquí para que los leamos y consideremos. Hay suficiente verdad para que cualquier pecador crea y sea salvo. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
El tema del evangelio de Juan es “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios”. Juan presentó una prueba triple para su tesis: las obras de nuestro Señor, el andar de nuestro Señor, y las palabras de nuestro Señor. En este evangelio verás a Jesús realizando milagros, le ves viviendo una vida perfecta en medio de sus enemigos, y le oyes diciendo palabras que nadie más podía decir. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
El Evangelio según Juan es el libro más extraordinario que jamás se haya escrito. “Quita tus zapatos de tus pies; porque el lugar donde estás es santo”. Bien pudiera ser ésta la actitud de cualquiera que pisa el umbral de estudio de este libro; porque si su testimonio es verdadero, entonces la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios ha recibido una confirmación gloriosa. Pronto se verá la razón de esta afirmación. William Hendriksen.
El libro nos dice que, evidentemente en los días del emperador Tiberio y del tetrarca Herodes Antipas, vivía en Palestina un judío (4:19), llamado Jesús, que afirmaba que era el dueño legítimo de todas las cosas, el Pan de Vida, el Agua Viva, el Buen Pastor que daría su vida por sus ovejas, aquel que resucitaría a los muertos en el último día, el Mesías mismo, el Camino a Dios, el objeto legítimo de la fe y la adoración, una persona tan completamente divina en todos los sentidos, que podía decir: “Yo y el Padre una cosa somos”. William Hendriksen.
Esto es, en verdad, asombroso. Pero más maravilloso aun es esto: ¡el escritor del libro acepta estas afirmaciones como verdaderas! Al “Jesús de la historia” le atribuye los títulos más exaltados. Lo llama el Verbo (Logos) de Dios, y nos dice que este Verbo había estado “con Dios” desde la eternidad, habitando en la presencia inmediata del Padre. Osadamente el escritor incluso le llama Dios, ¡Y esto en el primer versículo! Para el escritor, Jesús no es en nada menos de lo que dice ser. El Dios hecho carne (1:1, 14). William Hendriksen.
¿Quién es este escritor que acepta tales afirmaciones y hace tan extraordinarias declaraciones? ¿Es acaso un extranjero que vive en un país alejado del escenario que describe, de forma que la distancia le ha dado cierto encanto a su relato? ¿O tal vez escribe mucho tiempo después de los sucesos, y por ello el “héroe” de la historia se ha transformado gradualmente en un obrador de milagros, y, luego, en rigurosa obediencia a las leyes de la leyenda y del folklore, ha llegado a la larga a ser un dios? ¡Todo lo contrario! El escritor del cuarto Evangelio aparece como alguien que pertenece a la misma raza, tronco y familia que su “héroe”. Se presenta como contemporáneo y testigo ocular (21:24; cf. 1 Jn. 1:1–4). No sólo pertenece al amplio círculo de los seguidores del Maestro, sino que según la tradición es también uno de los doce, y dentro de ese grupo de doce es uno de los tres (Mr. 5:37; 9:2; 14:33). Pero aun en el caso de que alguien pusiera reparos a estas citas de los Sinópticos y quisiera limitarse tan sólo al cuarto Evangelio, tendría que admitir que en él se considera al escritor como uno de los dos primeros discípulos (1:35, 40). Esta es la conclusión lógica a que se llega, a menos que se adopte la improbable opinión de que el discípulo sin nombre en 21:24 es alguien distinto del discípulo anónimo en 1:35, 40. Y, de estos dos, él es el que se describe a sí mismo como el discípulo “al cual Jesús amaba” (13:23). William Hendriksen.
Nadie conoció a Jesús mejor que él. Anduvo con él día tras día y, por tanto, tuvo sobradas oportunidades para observar las faltas de su carácter y los defectos de su personalidad, si los hubiera habido. En la noche más sagrada de todas, la noche de la Cena, se reclinó en su pecho. Permaneció junto a su cruz. Llegó, incluso, a entrar en el sepulcro (13:25; 19:26; 20:8). Y, con todo, es este mismo discípulo el que, como escritor del cuarto Evangelio, no se retrae de proclamar abiertamente a todos que este Jesús de la historia a quien él conoció tan bien, ¡es Dios mismo! William Hendriksen.
Y no sólo esto, sino que ya en el primer capítulo nos presenta a otros testigos oculares. Nos dice que aquellos hombres quedaron tan profundamente impresionados en su primer encuentro con Jesús que dieron expresión a sus pensamientos y emociones de la siguiente manera:
Andrés: “Hemos hallado al Mesías”.
Felipe: “Hemos hallado a aquel de quien escribieron tanto Moisés en la ley como también los profetas”.
Natanael: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (1:41, 45, 49).
A esto podemos añadir el testimonio de Juan el Bautista que también queda registrado en el primer capítulo:
“No soy digno de desatar la correa de las sandalias.… He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.… He dado testimonio que éste es el Hijo de Dios” (1:27, 29, 34).William Hendriksen.
I. EL propósito por el cual este evangelio fue escrito.
Este párrafo tiene toda la apariencia de una conclusión del Evangelio y también expresa el propósito que el autor tuvo en escribirlo. Por esta razón, muchos comentaristas opinan que el texto original termina aquí. Parece que el propósito del Evangelio se ha logrado. Jesús se había aparecido a todos los discípulos, les había comisionado y les había dado simbólicamente el Espíritu Santo, Tomás había pronunciado la confesión más elevada y Jesús había pronunciado una bendición especial sobre los que creerían en él, sin verlo. Por esto, se piensa que el cap. 21 fue agregado más adelante por el mismo autor. Mundo Hispano
La expresión Por cierto o “ciertamente”, según Mateos-Barreto, traduce dos partículas griegas que tienen la idea de “por consiguiente”, “por lo tanto” o “entonces”, lo cual enfatiza la conclusión de lo que antecede, en vez de lo que sigue. Juan mira hacia atrás y afirma que Jesús hizo muchas otras señales, refiriéndose a todos los milagros que había realizado durante su ministerio terrenal, no sólo a las apariciones después de la resurrección. Luego afirma dos cosas acerca de todas esas señales: no fueron hechas en secreto, sino en presencia de sus discípulos, y muchas no fueron registradas en este Evangelio (ver 21:25). Juan insinúa que había escogido de entre todas las señales de Jesús las que más claramente apuntaban a él como el Hijo de Dios. Entonces, es un Evangelio selectivo con un propósito definido. Mundo Hispano
El verbo traducido han sido escritas (v. 31) está en el tiempo perfecto, enfatizando el valor permanente del Evangelio (ver 19:22). En este versículo el autor expresa en forma clara y concisa el propósito del Evangelio. La conjunción de propósito, para que (jina2443), usada tan frecuentemente en este Evangelio, introduce el propósito. El verbo traducido creáis es un subjuntivo en el tiempo aoristo en la mayoría de los mss., pero en el tiempo presente en otros. Si se toma como aoristo, enfatizaría el comienzo de la fe, pero si se toma como presente, enfatizaría la continuación y afirmación de la fe ya existente. El Evangelio cumple ambos propósitos: anima la fe inicial de salvación, y fortalece y aumenta la fe de los que ya son creyentes. Por otro lado, Beasley-Murray advierte del peligro de interpretar con demasiado rigor el significado del tiempo de los verbos. Mundo Hispano
Nótese que el propósito no es de crear fe como el objeto final, sino de convencer a los hombres de la naturaleza verdadera de Jesús. No es un mero hombre, ni tampoco sólo un buen hombre, sino que es el Cristo, el Mesías de Dios, prometido largamente a través del AT, el enviado personal de Dios con una misión especial y encarnado en la persona de Jesús. Pero tampoco termina allí, sino que el Evangelio tiene el propósito de convencer a los hombres que ese Mesías es divino, es el Hijo de Dios, y es Dios mismo, tal cual confesó Tomás. Como en las palabras de Tomás, ese convencimiento debe llevar a una confianza y compromiso con Cristo como “su Señor y su Dios”. Mundo Hispano
El segundo propósito, o mejor dicho, la finalidad última del Evangelio y el resultado benéfico de creer se expresa en la cláusula para que creyendo tengáis vida en su nombre. Este libro frecuentemente se llama “El Evangelio de vida”. El término vida se refiere a la plenitud de vida espiritual o “vida eterna” que sólo se logra en su nombre (ver 1:4; 3:15; 10:10). El verbo traducido tengáis es un subjuntivo en el tiempo presente. Una vez que uno cree en Cristo como el Hijo de Dios (primera cláusula) recibirá la vida, y seguirá teniendo vida para siempre (segunda cláusula). Mundo hispano
Entonces el Evangelio de Juan tiene un propósito decididamente evangelístico y misionero. Está en perfecto acuerdo con el propósito para el cual Jesús vino al mundo. En esta forma y en el último versículo, Juan une magistralmente los dos temas dominantes en el Evangelio: “creer” y “vida”. Mundo hispano
¿Tenía el evangelista el propósito de combatir ciertas ideas erróneas referentes a Juan el Bautista?
Es interesante observar que fue exactamente en Efeso, el mismo lugar donde Juan vivía y compuso este libro, donde se encontraron ciertos hombres que habían sido bautizados en el bautismo de Juan (Hch. 19:3). Es casi seguro que habían sido bautizados en el nombre de Juan. Por esta causa fueron bautizados de nuevo “en el nombre del Señor Jesús” (Hch. 19:5). Pues bien, en su Evangelio Juan indica repetidamente que el Bautista hacía resaltar a su Señor y no a sí mismo (1:19–23, 25–27, 29, 36; 3:27–36), y que él quería dar testimonio de la Luz para que los hombres depositasen su confianza en ella (1:7–9).
Por consiguiente, incluso el combatir algunas ideas erróneas sobre el Bautista se puede considerar como algo que contribuye al propósito principal del cuarto Evangelio: fijar la atención de los lectores en la trascendente grandeza de Cristo (20:30, 31). William Hendriksen.
¿Es cierto que Juan escribió este Evangelio para refutar los errores de Cerinto?10
Este hereje enseñaba que Jesús no era más que un hombre, hijo de José y María por generación natural; pero que, sin embargo, era más justo y sabio que ningún otro; y que en el bautismo el Cristo había descendido sobre él en forma de paloma, pero que lo había abandonado en la víspera de su sufrimiento, de forma que no fue Cristo el que sufrió, murió y resucitó, sino Jesús (Ireneo, Contra herejías I, xxvi, 1; Hipólito, Refutación de todas las herejías, VII, xxi). William Hendriksen.
Ahora bien, Cerinto vivió en los días del apóstol. Ireneo cuenta que habían algunos que habían oído a Policarpo que Juan, el discípulo amado, yendo un día a tomar un baño en Efeso, y viendo que Cerinto estaba dentro, salió de los baños precipitadamente sin bañarse y exclamando: “Huyamos, no sea que hasta los baños se derrumben; porque Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro” (Contra herejías III, iii, 4). William Hendriksen.
Ireneo también dice concretamente que Juan trata, por medio de la proclamación del Evangelio, arrancar el error que Cerinto había sembrado entre los hombres (Contra herejías III, xi, 1). William Hendriksen.
Es muy probable que al escribir el Evangelio el apóstol tuviera en cuenta el error de Cerinto. Así podemos explicar por qué insiste tanto en el hecho de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y de que este Cristo no se limitó a cubrir a Jesús sin establecer una unión real y permanente, sino que adquirió realmente la naturaleza humana y nunca se volvió a despojar de ella. Aun admitiendo que lo que Ireneo presenta como propósito del cuarto Evangelio sea verdad, debemos repetir que también este objetivo es de carácter secundario: el propósito negativo (combatir el error de Cerinto) estaba subordinado al positivo, que tan maravillosamente se declara en 20:30, 31, y al cual dirigimos ahora nuestra atención. William Hendriksen.
II. Propósito principal.
La vida eterna no es tiempo interminable, porque incluso los perdidos van a vivir para siempre en el infierno. “Vida eterna” quiere decir la misma vida de Dios experimentada hoy. Es una cualidad de vida, no una cantidad de tiempo. Es la experiencia espiritual del cielo en la tierra hoy. El creyente no tiene que morir para tener esta vida eterna; la posee en Cristo hoy. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
“Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que continuéis creyendo que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, continuéis teniendo vida en su nombre”. William Hendriksen
Se debe tener en cuenta que los mejores manuscritos dicen “para que continuéis creyendo” (πιστεύητε). Los errores de hombres como Cerinto, que enseñaba que Jesús no era Dios y que Cristo no había venido en carne (no había adoptado la naturaleza humana), estaban minando la fe de los creyentes. El apóstol, viendo este peligro y dirigido por el Espíritu Santo, escribe su Evangelio para que la iglesia permanezca en la fe con respecto a Cristo. William Hendriksen
En consecuencia, el propósito de Juan no es, en absoluto, el de escribir una biografía completa de Jesús. Esto no hubiera sido posible: si todas las cosas se hubieran relatado, los libros no hubieran cabido en todo el mundo (21:25). El escribe para confirmar a los creyentes en la doctrina que habían recibido. William Hendriksen
Una vez bien entendido este propósito, no será difícil comprender por qué Juan, de todos los sucesos que habían ocurrido y de todas las palabras que se habían pronunciado, selecciona precisamente material adicional, es decir, material que no se encuentra en los otros Evangelios, y que era el más apropiado para sacar a la luz del día la gloria del Señor, o sea, su oficio mesiánico y su divinidad en el sentido más exaltado de la palabra. Teniendo esto en cuenta obsérvense los relatos distintivos de Juan:
(a) Las bodas de Caná. “Jesús hizo esto como un principio de sus señales en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (2:11).
(b) La conversación con Nicodemo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo, el unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (3:16).
(c) La conversación con la mujer samaritana. La mujer le dijo: “Sé que el Mesías viene (el que es llamado Cristo); cuando él venga nos declarará todas las cosas”. Jesús le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (4:25, 26; cf. también 4:29, 42).
(d) La curación del hombre de Bethzatha y el discurso que sigue. “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo también trabajo” (5:17; cf. 5:18: “… también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios”).
(e) La alimentación de los cinco mil y el discurso que sigue. “Porque esta es la voluntad de mi Padre: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:40).
(f) El discurso sobre el agua viva, pronunciado en la fiesta de los Tabernáculos. “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva” (7:37, 38).
(g) El discurso sobre la simiente de Abraham. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres … ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?… De cierto, de cierto os digo, si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte” (8:36, 46, 51).
(h) La curación del ciego de nacimiento. “… y le adoró” (9:38).
(i) El discurso sobre el Buen Pastor. “Yo y el Padre una cosa somos” (10:30).
(j) La resurrección de Lázaro. “Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (11:40)
(k) El lavamiento de los pies de los discípulos. “Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, …” (13:3).
(l) Los discursos en el aposento alto, y la oración sacerdotal (capítulos 14–17). “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí … Esta es la vida eterna: que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado … Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (14:6; 17:3, 5).
(m) Algunas secciones en el relato de la Pasión y de la Resurrección. “Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!” (20:28).
Obsérvese que todo este material, que sólo se encuentra en el cuarto Evangelio, tiene su centro en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, y tiene por propósito el que la iglesia continúe creyendo en él para vida eterna.
Los milagros que se encuentran en este Evangelio también dirigen la atención hacia el poder divino de Cristo. En consecuencia, el hijo del noble es curado a distancia (4:46–53); el hombre de Bethzatha había estado enfermo durante treinta y ocho años (5:5); el ciego de Jerusalén era ciego de nacimiento (9:1); y Lázaro ya habia estado cuatro días en la tumba (11:17). (Cf. L. Berkhof, New Testament Introduction, Grand Rapids, Michigan, p. 104).
Los lectores a quienes en primer lugar se dirigió este Evangelio vivían en Efeso y la comarca vecina, aunque, como es natural, en última instancia se compuso para la iglesia de todas las épocas, cf. 17:20, 21. Los primeros eran esencialmente cristianos procedentes del mundo gentil. Esto explica el porqué de las notas aclaratorias que el evangelista añade con relación a las costumbres y situaciones judías: 2:6; 4:9; 7:2; 10:22; 18:28; 19:31, 41, 42. También explica su forma especial de situar los lugares de Palestina: 4:5; 5:2; 6:1; 11:1, 18; 12:1, 21. William Hendriksen.
30. Ahora bien, Jesús hizo ciertamente muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que continuéis creyendo que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, continuéis teniendo vida en su nombre. William Hendriksen
Con la gloriosa confesión de Tomás, “Señor mío, y Dios mío”, el escritor ha logrado su propósito. Debería compararse esta confesión con la sublime declaración de 1:1: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. El propósito del evangelista ha sido todo el tiempo el mismo: mostrar que Jesús es realmente Dios (o, si se prefiere, el Hijo de Dios; y por ello, de la esencia misma de Dios). La resurrección y sobre todo la aparición a los discípulos, incluyendo a Tomás, ha tenido el efecto de producir esta confesión del corazón y la boca del “desalentado y dedicado”. William Hendriksen
La resurrección fue la mayor señal de todas. En cuanto al significado del término señal véase sobre 2:11. Había habido muchas señales. Se realizaron en la presencia de los discípulos, de modo que estos hombres pudieran ser testigos calificados, es decir, para que pudieran dar testimonio competente respecto a lo que ellos mismos habían visto, oído o experimentado. Véase sobre 1:7, 8. Es cierto que ninguno vio de hecho la resurrección. Pero los discípulos vieron al Cristo resucitado, y esto ciertamente implicaba la realidad de la resurrección. Juan no “demitologiza”. (Contrastar con R. Bultmann). William Hendriksen
Además de la gran señal de la resurrección, las señales que se relatan en el cuarto Evangelio son: la tranformación del agua en vino, la curación del hijo del cortesano, la curación del hombre “seco” en la piscina de Bethzatha, la milagrosa alimentación de cinco mil, la devolución de la vista al ciego de nacimiento, y la resurrección de Lázaro. Pero esto no es todo en modo alguno. Se podría preguntar, “¿Acaso la purificación del templo no fue una señal? ¿Acaso la entrada triunfal en Jerusalén no fue otra señal?” Además, como se ha señalado en relación con 2:11, la señal nunca va sola. No es sólo una obra poderosa. Siempre hay algo más: el milagro introduce cierta enseñanza con relación a Cristo. A veces esa enseñanza está implícita; a menudo se expresa por medio de largos discursos. De ahí que lleguemos a la conclusión de que desde el principio hasta el fin el cuarto Evangelio es un libro de señales. Relata las acciones maravillosas de Cristo y su significado. William Hendriksen
Ahora bien, Juan no ha relatado todas las acciones y enseñanzas de Cristo. Ha sido selectivo. Probablemente dio por sentado que los lectores ya habían estudiado los evangelios anteriores; véase II de la Introducción. Además, en algunas de estas acciones no se revelaba de manera tan clara como en otras la divinidad de Cristo. Y finalmente, el relatar todas las acciones y palabras significativas de Jesús habría sido imposible. Pero este último punto se menciona no aquí en 20:30, 31 sino en 21:25. Véase ese pasaje. William Hendriksen
¿Cuál fue, pues, el propósito de Juan al referir las señales que relata? La respuesta se expresa en las palabras, “Pero éstas se han escrito para que continuéis creyendo que Jesús es el Cristo …” Nótese: continuar creyendo. ¡Recuérdese a Cerinto, que trataba de socavar la fe de la iglesia en la divinidad de Cristo! Debe fortalecerse esa fe. Debe repelerse al enemigo. En la última parte del II de la Introducción se encuentran más comentarios acerca de este aspecto del propósito de Juan. En cuanto a Jesús el Hijo de Dios, véase también sobre 1:1, 14. William Hendriksen
Cuando la iglesia sigue aceptando a Jesús como el divinamente enviado y calificado (o sea, como el divinamente ungido), es decir, como el Cristo, el cumplimiento de todas las esperanzas y promesas del Antiguo Testamento; cuando sigue reconociéndolo como el Hijo de Dios, en el sentido más excelso de la palabra, seguirá teniendo vida—vida eterna; véase sobre 1:4; 3:16—en su nombre, es decir, en y por medio de la bendita aceptación de su revelación en la esfera de la redención. William Hendriksen
31. Pero estos están escritos, para que puedas creer. Con estas palabras quiere decir que se comprometió a escribir lo que debería satisfacernos, porque es suficiente para confirmar nuestra fe; porque tenía la intención de responder a la vana curiosidad de los hombres, que es insaciable y se permite una indulgencia excesiva. Además, John sabía muy bien lo que habían escrito los otros evangelistas; y, como nada estaba más lejos de su intención que dejar de lado sus escritos, sin duda no separa su narración de la suya. Calvino.
Juan no podía terminar su libro sin presentar a sus lectores el milagro de la resurrección. No debemos mirar a Tomás y a los otros discípulos y envidiarlos, como si no pudiéramos experimentar en nuestras propias vidas el poder de la resurrección de Cristo. Para eso Juan escribió su Evangelio, para que gente de toda época pudiera saber que Jesús es Dios y que la fe en él da vida eterna. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
No es necesario ver a Jesucristo para creer. Sí, fue una bendición para los primeros creyentes ver a su Señor y saber que estaba vivo; pero no fue eso lo que los salvó. Fueron salvos, no por ver, sino por creer. El énfasis en todo el Evangelio de Juan es en creer. Hay casi cien referencias en este evangelio a creer en Jesucristo. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
Tú y yo hoy no podemos ver a Cristo físicamente, ni podemos verle hacer los mismos milagros (señales) que Juan mencionó en este libro. Pero el relato está allí, y eso es todo lo que necesitamos. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17; y nota 1 Juan 5:9–13). Al leer el relato de Juan te ves frente a frente a Jesucristo; cómo vivió, lo que dijo y lo que hizo. Toda la evidencia apunta a la conclusión de que en verdad él es Dios venido en carne, el Salvador del mundo. Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
Las señales que Juan seleccionó y describió en este libro son pruebas de la deidad de Cristo. Son importantes. Pero los pecadores no son salvos creyendo en milagros; sino al creer en Jesucristo. Muchos de los judíos de Jerusalén creían en Jesús debido a sus milagros, pero ¡Jesús no creía en esos judíos! (Juan 2:23–25). Nicodemo creyó en sus milagros (Juan 3:2), pero ciertamente no había sido salvo. Grandes multitudes le seguían debido a sus milagros (Juan 6:2), pero al final la mayoría lo abandonó (Juan 6:66). Incluso los dirigentes religiosos que tramaron su muerte creían que él hacía milagros, pero esta fe no los salvó (Juan 11:47ss). Warren W. Wiersbe, Transformados en Cristo.
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