Sermón sin título (2)
Creciendo Juntos: La Fuerza de la Unidad en Cristo
Efesios 4:14-16
La concepción protestante. Los protestantes afirman que la unidad de la Iglesia no es principalmente de un carácter externo sino de uno interno y espiritual. Es la unidad del cuerpo místico de Jesucristo, de la cual todos los creyentes son miembros. Este cuerpo está controlado por una Cabeza, Jesucristo, que también es el Rey de la Iglesia, y es animada por un Espíritu, el Espíritu de Cristo. Esta unidad implica que todos aquellos que pertenecen a la Iglesia participan en la misma fe, son cimentados juntos por medio del lazo común del amor y tienen la misma perspectiva gloriosa en cuanto al futuro. Esta unidad interior procura y también adquiere, hablando relativamente, expresión exterior en la profesión y la conducta cristianas de los creyentes, en su adoración pública del mismo Dios en Cristo, y en su participación en los mismos sacramentos. No puede haber dudas del hecho de que la Biblia afirma la unidad, no solo de la invisible sino también de la Iglesia visible. La figura del cuerpo, como se encuentra en 1 Corintios 12:12–31, implica esta unidad. Más aún, en Efesios 4:4–16, donde Pablo enfatiza la unidad de la Iglesia, evidentemente también tiene la Iglesia visible en mente, porque habla de la designación de los portadores de oficios en la Iglesia y de sus labores en nombre de la unidad ideal de la Iglesia. En virtud de la unidad de la Iglesia una iglesia local fue amonestada en cuanto a suplir las necesidades de otra, y el concilio de Jerusalén asumió resolver una cuestión surgida en Antioquía. La Iglesia de Roma enfatizaba fuertemente la unidad de la Iglesia visible y la expresaba en su organización jerárquica. Y cuando los reformados rompieron con Roma, no negaron la unidad de la Iglesia visible sino que la mantuvieron. No obstante, no encontraron el lazo de unión en la organización eclesiástica de la Iglesia son en la verdadera predicación de la Palabra y la correcta administración de los sacramentos. Este también es el caso en la Confesión Belga. Citamos solamente las siguientes declaraciones de dicho texto: «Creemos y confesamos una única Iglesia Católica universal, la cual es una santa congregación de los verdaderos creyentes en Cristo, quienes toda su salvación la esperan en Jesucristo, siendo lavados por su sangre, y santificados y sellados por el Espíritu Santo».13 Las marcas por las cuales la verdadera iglesia es conocida son estas: «Los signos para conocer la Iglesia verdadera son estos; la predicación pura del Evangelio; la administración recta de los Sacramentos, tal como fueron instituidos por Cristo; la aplicación de la disciplina cristiana, para castigar los pecados. Resumiendo: si se observa una conducta de acuerdo a la Palabra pura de Dios, desechando todo lo que se opone a ella, teniendo a Jesucristo por la única Cabeza. Mediante esto se puede conocer con seguridad a la Iglesia verdadera, y a nadie le es lícito separarse de ella». La unidad de la Iglesia visible también fue enseñada por los teólogos reformados del período post-Reforma y fue siempre enfatizado con mucha firmeza en la teología escocesa. Walker incluso dice: «Las verdaderas iglesias de Cristo, lado a lado unas con otras, formando organizaciones separadas, con gobiernos separados, les parecieron a ellos (los teólogos escoceses) totalmente inadmisibles, a menos que pudiera ser en un sentido muy limitado, y por alguna razón de conveniencia temporal».15 En los Países Bajos, esta doctrina fue eclipsada en años recientes en la medida en que la multiplicidad o la pluriformidad de las iglesias fue enfatizada en deferencia de los hechos de la historia y la condición existente. En el presente es nuevamente enfatizada en algunas de las discusiones en curso. En vistas de las actuales divisiones de la Iglesia, resulta natural plantear la cuestión sobre si estas no militan en contra de la doctrina de la unidad de la Iglesia visible. En respuesta a esto debe decirse que algunas divisiones, tales como aquellas causadas por diferencias de localidad o de lenguaje, son perfectamente compatibles con la unidad de la Iglesia; pero que otras, tales como aquellas que se originan en perversiones doctrinales o abusos sacramentales, realmente perjudican esa unidad. Lo primero viene como resultado de la guía providencial de Dios, pero lo segundo se debe a la influencia del pecado: al entenebrecimiento del entendimiento, el poder del error o la terquedad del ser humano; y por tanto la Iglesia tendrá que esforzarse por el ideal de derrotar estas cosas. Aun podría plantearse la cuestión sobre si la Iglesia invisible no debería hallar expresión en una sola organización. Difícilmente pueda decirse que la Palabra de Dios requiere explícitamente esto, y la historia ha mostrad que esto no es factible e incluso es de valor cuestionable. El único intento que ha sido hecho por unir la Iglesia en su conjunto dentro de una gran organización externa, no demostró producir buenas resultados, sino que condujo al externalismo, el ritualismo y el legalismo. Más aún, la multiplicidad de iglesias, tan característica del protestantismo, en la medida en que resultó de la guía providencial de Dios y de un modo legítimo, surgió de la forma más natural, y está en armonía con la ley de la diferenciación, según la cual un organismo en su desarrollo evoluciona de lo homogéneo a lo heterogéneo. Es muy posible que las riquezas inherentes del organismo de la Iglesia encuentren una expresión mejor y más plena en la presente diversidad de iglesias de lo que podrían tener en una sola organización externa. Esto no significa, desde luego, que la Iglesia no deba esmerarse por una mayor medida de unidad externa. El ideal siempre debe dar la expresión más adecuada a la unidad de la Iglesia. En el presente hay un movimiento bastante sólido de unión de la Iglesia, pero este movimiento, como se ha desarrollado hasta el momento, aunque brota indudablemente de los motivos loables de parte de algunos, todavía es de un valor bastante dudoso. Sea cual fuere la unión externa efectuada, debe ser una expresión natural de una unidad interna existente, pero el movimiento actual procura fabricar parcialmente una unión externa donde no se halla ninguna unidad interna, olvidando que «ninguna agregación artificial que busque unificar las disparidades naturales puede ofrecer una garantía contra la lucha de las partes dentro de la agregación». Es antibíblico en cuanto a que ha estado procurando la unidad a expensas de la verdad y ha estado montado en la ola del subjetivismo en la religión. A menos que cambie de color y se esmere por una mayor unidad en la verdad, no producirá unidad real sino solo uniformidad, y aunque pueda hacer de la Iglesia algo más eficiente desde un punto de vista empresarial, no añadirá nada a la auténtica eficiencia espiritual de la Iglesia. Barth está en lo cierto cuando dice lo siguiente: «La búsqueda por la unidad de la Iglesia debe ser ciertamente idéntica a la búsqueda de Jesucristo como la Cabeza y el Señor de la Iglesia. La bendición de la unidad no puede separarse de Aquel que bendice, en Aquel que tiene su fuente y su realidad, a través de Su Palabra y Su Espíritu esto se nos revela y solo en la fe puede volverse una realidad entre nosotros».
