Joel 4
Joel 4
4. LOS SACERDOTES DEBÍAN LAMENTARSE (1:13)
1:13. Se indicó a los sacerdotes que tomaran parte (ceñíos y lamentad … gemid) en ese lamento porque, como ya se dijo (v. 9), carecían de los ingredientes para presentar la ofrenda vegetal. (Acerca del cilicio V. el v. 8.)
C. Llamado al arrepentimiento (1:14)
1:14. Se instó a los sacerdotes no sólo a que lamentaran, sino a que convocaran a todo el pueblo a una asamblea santa en la casa de Jehová. La nación debía ayunar y clamar a Jehová. El ayuno se asociaba con el arrepentimiento (cf. 1 S. 7:6; Neh. 9:1–2; Jon. 3:5). En Joel 2:12–17, se hace hincapié en que la actitud debía acompañar al acto externo.
D. Importancia de la plaga (1:15–20)
1:15. La plaga de langostas fue significativa porque era precursora del tema del día de Jehová (V. el comentario en “Principales problemas de interpretación”, en la Introducción). Las langostas habían destruido las cosechas de los campos (V. esp. el v. 10, donde se usa dos veces el vb. hebr. šāḏaḏ y se trad. “asolado” y “destruido”). De manera similar, ese día venidero sería de destrucción (šōḏ, término relacionado con el vb. šāḏaḏ) por el Todopoderoso (šadday; cf. el comentario de Gn. 17:1. Probablemente ese nombre divino se usó aquí por su similitud fonética con la palabra šōḏ, “destrucción”).
Era natural que el profeta viera esa plaga como una amenazadora señal de un evento extraordinario. En Egipto, la plaga de langostas (Éx. 10:1–20) antecedió a las últimas dos plagas: la de las tinieblas (Éx. 10:21–29; cf. Jl. 2:2) y la de muerte (Éx. 11; 12:29–30). Las maldiciones de Deuteronomio incluyen las plagas de langostas (Dt. 28:38, 42) junto con el exilio y la muerte (Dt. 28:41, 48–57, 64–68).
1:16–18. Los vv. 16–20 contienen una detallada descripción de la situación que imperaba después de la plaga. Centrándose nuevamente en la naturaleza única de ese evento específico, el profeta confirmó su idea que el día de Jehová estaba a la vuelta de la esquina (cf. “cercano” en el v. 15).
El pueblo sabía demasiado bien (porque sucedió delante de sus ojos) que ya no existía su reserva de alimento ni la razón de alegrarse por él (v. 16). La sequía ya era algo permanente porque se secó el trigo. Los terrones (v. 17) se puede trad. también como “sus palas” (i.e., de los campesinos). Cuando los campesinos cavaban el suelo para investigar por qué no había vegetación, las palas descubrían que las semillas no habían germinado. Sin cosechas, los graneros y alfolíes estaban vacíos y deteriorándose. También los animales domésticos (bestias … bueyes … rebaños de … ovejas) sufrían la hambruna.
1:19–20. El profeta, que se solidarizaba con su pueblo sufriente (cf. “mi” aparece tres veces en los vv. 6–7), clamó a Jehová angustiado. Comparó a las langostas con el fuego (en los vv. 19 y 20) que destruye todo lo que encuentra a su paso. Incluso se secaron los arroyos de las aguas, provocando que bramaran buscando agua las bestias del campo afectadas por la deshidratación.
Los sacerdotes son llamados al lamento (1:13–14)
1:13–14. Ahora Joel les habla con una urgencia especial a los sacerdotes: “¡Ceñíos con cilicio! ¡Lamentad!” “¡Gemid! ¡Venid, pasad la noche en cilicio! ¡Proclamad ayuno! ¡Convocad a asamblea! ¡Reuníos, ancianos! ¡Clamad a Jehová!” Por medio de su culto en el templo el pueblo confesó a Jehová como su Dios, reconoció que él había cumplido con su promesa y les había dado la tierra. Recibieron la promesa de su perdón y gozaron de comunión con él. Ahora sin los sacrificios ordenados, los sacerdotes no pueden cumplir con sus funciones de acuerdo con la ley de Moisés. Los signos de la comunión de Israel con Jehová ya no existen. Por lo tanto es apropiado que los sacerdotes se pongan sacos de cilicio, la ropa de los que están de duelo, en vez de la vestimenta blanca de lino que expresa el gozo de adorar al santo Dios de Israel. En vez de entrar en el templo a las horas del culto para ofrecer los sacrificios del pueblo con salmos de alabanza, los sacerdotes deberán permanecer en el templo día y noche para lamentarse ante Jehová.
Y como los sacerdotes representan a todo Israel en el culto, es también apropiado que ellos convoquen a todo el pueblo a que se reúna en el atrio del templo, a que ayune como signo de un arrepentimiento nacional y a que se lamente en una sola voz ante Dios. Jehová puso su templo en Jerusalén para que su pueblo pudiera reunirse allí y orarle en tiempos de necesidad. Después de la dedicación del templo él le dijo a Salomón: “Si yo cierro los cielos para que no haya lluvia, y si mando a la langosta que consuma la tierra, o si envío pestilencia a mi pueblo; si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Cr. 7:13, 14).
La esencia de la oración del pueblo se nos da en los versículos 15 a 20, que podrían ser encerrados en comillas. El profeta mismo guía la oración, pero él ha llamado a todo el pueblo a que se una a él en su lamento. Con la triste evidencia de la plaga de langostas y de la sequía por todas partes, Joel convoca al pueblo a levantar los ojos y a mirar más allá de la calamidad presente hacia “el día de Jehová”.
El día de Jehová (1:15–20)
1:15–20. “¡Ay de ese día!” es la forma en que comienza la oración. Es el gemido de alguien que está experimentando una pérdida terrible. Josué comienza su oración a Jehová con las mismas palabras cuando su pueblo fue derrotado en Hay (Jos. 7:7), y Ezequiel lo dice cuando Dios le muestra la destrucción de Jerusalén (Ez. 9:8).
Las langostas habían destruido el alimento del pueblo y habían hecho imposibles las ofrendas. Los graneros estaban cayendo en la ruina, porque no había cosecha que guardar en ellos. El ganado brama afligido y vaga jadeante buscando agua, porque la sequía que sigue a la plaga de langostas ha secado los riachuelos y las praderas. Hasta las ovejas, que pueden pastar cuando casi no hay nada, están sufriendo por la falta de pasto y de agua. El “fuego” y las “llamas” (vs. 19, 20) dan testimonio de la ira de Jehová (Ex. 19:18; Dt. 4:24), mientras ellos también sirven como comparación para el calor abrasador de la sequía que seca las praderas y los cauces de los ríos. Los animales salvajes que vagan por los riachuelos secos jadean en busca del agua de Dios, mientras que su pueblo hambriento y sediento clama en voz alta a él.
Las palabras claves de esta parte del libro de Joel están en el versículo 15: “¡Ay del día! Porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como una devastación de parte del Todopoderoso”. El mismo pensamiento se repite en 2:1, 2 y otra vez en 2:11. Al leer por primera vez este libro puede ser que quedemos perplejos. ¿Cuál puede ser la conexión que existe entre la plaga de langostas en el tiempo de Joel y el venidero “día de Jehová”?
Para los clarividentes y creyentes ojos del inspirado profeta la historia de su propio tiempo es “transparente” y profética. El día actual es como una ventana que ofrece la vista de otro día por venir, o como la sombra amenazadora de un día futuro más terrible. Joel ve los efectos de las langostas y de la sequía, pero también está mirando a través de esta plaga y más allá de ella al día en que Jehová venga a su pueblo para el juicio. Esto es lo que significa aquí “el día de Jehová”. En verdad, la plaga de langostas misma y la sequía que sigue, son señales del juicio de Dios.
En sus últimas palabras al pueblo de Israel, antes de que entraran a la tierra de Canaán, Moisés les prometió bendiciones si guardaban su pacto de ley con Jehová y maldiciones amenazadoras si lo quebrantaban. “Si no oyes la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones… Jehová te herirá… de inflamación y de ardor, con sequía… Y los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra que está debajo de ti, de hierro. Dará Jehová por lluvia a tu tierra polvo y ceniza” (Dt. 28:15, 22–24). “Sacarás mucha semilla al campo, y recogerás poco, porque la langosta la consumirá… Toda tu arboleda y el fruto de tu tierra serán consumidos por la langosta” (Dt. 28:38, 42).
Ahora se está llevando a cabo esta amenaza. Según la propia revelación de Jehová por medio de Moisés, la plaga de langostas y la sequía significan que el pueblo de Israel le ha sido infiel a su Dios. Han roto su pacto con él. Él está enojado con su pueblo y envía la plaga de langostas a causa de su desobediencia y de sus pecados de los que no se han arrepentido.
Para escapar de su ira, ellos sólo pueden huir a su misericordia. El propósito mismo de la sequía y de las langostas es guiar a Israel al arrepentimiento, a “volver a Jehová” (véase Lv. 26:40–45; Am. 4:6–9). Esta es la razón por la que Joel ha invocado a toda la gente de la tierra a que se reúna en el templo y a que se lamente ante Jehová. El ganado sediento bramará y los animales salvajes jadearán por el don de Dios del agua sin que nadie los obligue, pero el profeta debe suplicar junto con el pueblo de Israel, al confesar sus pecados y al pedir misericordia a su Hacedor.
Si el pueblo no presta atención cuando el profeta los llama al arrepentimiento, entonces “el día de Jehová” no tardará en venir. Moisés habló de él al concluir las amenazas relacionadas con la desobediencia al pacto: “Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo… Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo” (Dt. 28:64, 65). Este “día de Jehová” significará el fin de Israel como nación en la tierra prometida.
Pero el día de Jehová tal como se describe en el último capítulo del libro de Joel significa un juicio aún más severo. Será un día en que “Jehová rugirá desde Sión, y hará oír su voz desde Jerusalén” (3:16) contra sus enemigos. La tormenta del juicio descenderá no solamente sobre los gentiles descreídos fuera de Israel, sino también sobre la impenitente Israel que ha abandonado su pacto. El día de Jehová traerá la destrucción a los pecadores impenitentes, no salvación, como Amós les recordó a los israelitas de Samaria: “¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas y no de luz” (Am. 5:18).
Si los profetas del Antiguo Testamento generalmente describen “el día de Jehová” en colores oscuros que indican ira, es porque usualmente trataban con gente impenitente y el impenitente sólo puede esperar la ira de Dios cuando él venga a juzgar. Ese día “vendrá como una devastación de parte del Todopoderoso” (v. 15). A los creyentes de Judá, Joel también les presentará el otro lado del cuadro: “Jehová será el refugio de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel” (3:16). En el último versículo de este libro Dios promete perdonar su culpa y morar entre ellos por siempre (3:21).
¿Qué significa esto para el pueblo de Dios del Nuevo Testamento, los miembros de la iglesia cristiana? Nosotros no vivimos bajo los términos del pacto que Jehová hizo con Israel en el Sinaí. En la cruz nuestro Creador hizo un nuevo pacto, sellando su promesa con la sangre de Cristo: “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer. 31:34). En esta relación del nuevo pacto con Dios, nosotros también esperamos “el día de Jehová”. Lo llamamos “el día de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:8), y nos anticipamos a él con gozo, “esperando ansiosamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:7 NVI).
Cuando Jesús describió las señales del fin, también hizo que los fenómenos y desastres naturales de la historia de este mundo fueran “transparentes” y proféticos para nosotros. Vemos a una nación levantándose contra otra nación, grandes sismos, hambrunas como la del tiempo de Joel, epidemias, acontecimientos aterrorizantes y grandes portentos desde el cielo, persecuciones de la iglesia, naciones que viven en angustia y perplejidad. Finalmente habrá las señales en el sol, la luna, y las estrellas, “porque las potencias de los cielos serán conmovidas” (Lc. 21:10–26).
Las palabras de Jesús nos ayudan a mirar a través de estos acontecimientos y más allá de ellos a su segunda venida. Todas estas señales son un presagio de su venida al fin de los tiempos. Las señales del fin traerán un mensaje del Señor Jesús a su pueblo que espera: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lc. 21:28).
El antiguo pacto que Jehová hizo con Israel en el monte Sinaí incluía tanto bendiciones como maldiciones, de modo que Moisés concluyó: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal” (Dt. 30:15). El nuevo pacto que Jesús estableció en el Calvario promete solamente bendiciones. Sin embargo fuera de ese pacto no hay otra bendición para toda la eternidad: “El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado” (Mr. 16:16). Solamente la fe del arrepentido puede levantar los ojos y esperar el día de Jehová con esperanza y gozo.
Fue la incredulidad y la impenitencia, lo que llevó a los israelitas a romper su acuerdo con un Dios que sin medida desde el tiempo de Abraham les había mostrado solamente gracia y misericordia. En la profecía de Joel oímos una advertencia solemne: “No recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Co. 6:1). Cualquiera que esté enredado en la impenitencia y la incredulidad, cuando llegue el juicio, o en el momento de la muerte, cuando su propio tiempo de gracia ya haya pasado, tendrá que decir con el pueblo de la generación del profeta, “¡Ay de ese día!” porque “vendrá como una devastación de parte del Todopoderoso” (1:15).
Cuán bienaventurados somos nosotros que podemos mirar hacia ese día con esperanza y gozo, confiando en Jesús como nuestro Dios y Salvador. Sabemos que compareceremos “ante el tribunal de Cristo” (2 Co. 5:10). Jesucristo, que murió por nuestros pecados y resucitó para justificarnos, vendrá otra vez para ser nuestro juez. ¡El “día de Jehová” será su día!
1:15 ¡Ay de ese día! La frase expresa espanto y conmoción. Para la palabra hebrea ajah traducida ¡ay! o ¡ah!, véase Jos 7:7; Jue 6:22; 2 R 3:10; Jer 1:6; Ez 4:14. está cerca el día del SEÑOR. Muchos de los profetas escribieron del juicio que vendría y lo describieron como el día del SEÑOR. Amós sabía que mucha gente pensaba que éste sería día de juicio para las demás naciones, pero tiempo de regocijo para Israel; pero aclaró que el juicio incluiría también a Israel. Amós (5:18–20), Sofonías (1:7, 14) y posiblemente Malaquías (4:5), dijeron que también Judá sería juzgada. Isaías (13:1, 6, 9), Ezequiel (30:2, 4) y Abdías (15) relacionan ese día como el día del juicio contra las naciones. Al final del cap. 2 Joel dice que en ese día todo aquel que invoque el nombre del SEÑOR será salvo (2:32). En el último capítulo Joel habla de un gran juicio de las naciones, pero habrá también una restauración de Judá; esto también lo anuncia Abdías en los vers. 15–21. Ezequiel llama día del SEÑOR a la invasión babilónica (Ez 30:2, 3, 10, 11).
13. Ceñíos—es decir, de saco (de cilicio); como en Isaías 32:11, la elipsis es suplida (véase Jeremías 4:8). lamentad, sacerdotes—puesto que es vuestro deber dar el ejemplo a otros; y por ser mayor la culpa y más grande el escándalo de vuestros pecados contra la causa de Dios. venid—Versión de los Setenta: “entrad” en la casa de Dios (Véase v. 14). dormid en sacos—como Acab (1 Reyes 21:27). ministros de mi Dios—(1 Corintios 9:13.) Joel afirma la autoridad que tiene para su enseñanza; es en el nombre de Dios y por comisión suya que yo os hablo. 14. Pregonad ayuno—solemne. llamad a congregación—a asamblea solemne; lit., un día de restricción o cese de trabajo, a fin de que todos se entreguen a la súplica (2:15, 16; 1 Samuel 7:5, 6; 2 Crónicas 20:3–13). ancianos—lo opuesto de “niños” (2:16) requiere que se entienda la edad de ancianos aquí, aun cuando se incluye también a los “ancianos” de oficio. Habiendo sido guías del pueblo en la culpa, deberían ser también sus guías en el arrepentimiento. 15. el día de Jehová—(2:1, 11); es decir, el día de su ira (Isaías 13:9; Abdías 15; Sofonías 1:7, 15). Será un anticipo del día del Señor que viene, como Juez de todos los hombres, de donde el día recibe su mismo nombre. Aquí empieza la transición desde la plaga de langostas hasta calamidades peores (2:1–11) por parte de ejércitos invasores que están por sobrevenir a Judea, de los que las langostas eran preludio. 16. Véase el v. 9 y la última parte del v. 12. la alegría—que prevalecía en las fiestas anuales, como también en las ordinarias ofrendas de sacrificio, de las cuales los ofrendantes comían delante del Señor con alegría y hacimientos de gracias (Deuteronomio 12:6, 7, 12; 16:11, 14, 15). 17. El grano se pudrió—“está seco,” “se desvanece,” de una raíz arábiga. (Maurer.) La sequía hace que el grano sembrado pierda su vitalidad. los bastimentos—los graneros; generalmente subterráneos, y divididos en compartimiertos para las diferentes clases de granos. 18. Bestias … turbados … bueyes—denotando los gestos inquietos de los animales mudos en su incapacidad de hallar alimento. Hay un contraste tácito entre el sentido de la creación animal y la insensibilidad del pueblo. también … las ovejas—aun las ovejas, por lo común contentas con pastos menos ricos, no hallan pastos tampoco. fueron asolados—lit. sufren castigo. La inocente bestia comparte el castigo del hombre culpable (Exodo 12:29; Jonás 3:7; 4:11). 19. A ti … clamaré—Joel aquí interpone: Como este pueblo es insensible a la vergüenza y al temor, lo dejaré para dirigirme a ti directamente (véase Isaías 15:5; Jeremías 23:9). fuego—eso es, el calor abrasador. los pastos—los lugares de pastos; de una raíz hebrea por “ser placentero.” Tales lugares se escogerían para “viviendas,” según una lección marginal de la inglesa; pero mejor es la traducción de “pastos.” 20. Las bestias … bramarán … a ti—eso es, mirarán hacia el cielo, levantadas las cabezas, como si fuera de Dios su única esperanza (Job 38:41; Salmo 104:21; 145:15; 147:9; véase Salmo 42:1). Tácitamente censuran la insensibilidad de los judíos en no invocar a Dios ni aún ahora.
CAPITULO 2
Vv. 14—20. El dolor de un pueblo se convierte en arrepentimiento y humillación ante Dios. Con todas las marcas del dolor y la vergüenza, el pecado debe ser confesado y lamentado. Hay un día designado para ese propósito; un día en que el pueblo debe dejar sus ocupaciones corrientes para atender más estrictamente el servicio de Dios; tiene que haber abstención de carne y bebida. Cada uno ha sumado a la culpa nacional, todos comparten en la calamidad nacional, por tanto, cada uno debe unirse al arrepentimiento. —Cuando el gozo y la dicha son cortados de la casa de Dios, cuando la santidad seria decae y el amor se enfría, entonces es hora de clamar al Señor. El profeta describe cuán penosa es la calamidad. Véase que hasta las criaturas inferiores sufren por nuestra transgresión. ¿Y cuánto mejor que las bestias son los que nunca claman a Dios, sino al trigo y al vino, y se quejan de la falta de deleites sensuales? Clamar a Dios en esos casos, avergüenza la estupidez de los que no claman en ningún caso. —Sea lo que sea que lleguen a ser las naciones e iglesias que persistan en la impiedad, los creyentes encontrarán el consuelo de la aceptación de Dios cuando el impío sea quemado con su indignación.
LA CRISIS Y “EL DÍA DE JEHOVÁ” 1:13–2:11
Un tema prominente en Joel y en otros libros proféticos es “el día de Jehová”. Este se consideraba un tiempo específico, no necesariamente un día literal de 24 horas, en el cual el Señor se manifestaría en una manera especial al mundo, para juicio o para salvación. El juicio podía ser dirigido al mismo pueblo de Dios (Amós 5:18–20; Sofonías 2:2–3; Joel 2:12) o a las naciones (Isaías 13:6–7; Jeremías 46:10; Ezequiel 30:3; Zacarías 14:1–3; Joel 3:1–15). Se consideraba como un tiempo para restaurar y purificar a su pueblo (Isaías 61:2; Malaquías 4:5). Este “día” será también el tiempo final cuando Jehová llevará la historia a su consumación y todos sus propósitos se cumplirán. Este tema aparece en 1 Tesalonicenses 5:2, donde “el día del Señor” es sinónimo de la segunda venida de Cristo. Según sus propias palabras, Jesús prometió volver para juzgar a judíos y gentiles, y para preservar a su pueblo fiel del juicio.
Llamado al lamento por el pecado 1:13–20
La experiencia de Judá en el tiempo de Joel ilustraba, en cierta forma, la crítica situación que el pueblo escogido vivirá en el futuro, cuando irrumpa “el día de Jehová” (v. 15). Ante esta perspectiva, el pueblo debía auto-evaluarse y reconocer su maldad. Los signos exteriores del lamento y reconocimiento del pecado eran: el ayuno, vestir de cilicio, rasgar los vestidos, llorar y clamar al Señor (vv. 13–14, 19; compare 2:13, 15). Aun los animales sufrían por la corrupción del hombre y, a su modo, también clamaban a Jehová (v. 20). La maldad no afecta únicamente al ser humano, sino a toda la creación. El pecado no es sólo un mal espiritual o social, sino también ecológico (Romanos 8:20–23).
La confesión de pecado, y la subsecuente conversión, era, es y será, un requisito previo para acercarse al Altísimo y para que se logre el avivamiento del pueblo de Dios en todas las épocas. Será también la única forma de tolerar “el día de Jehová” (compare 2:11; Sofonías 2:3) y escapar del castigo (v. 14).
UN REQUISITO ESENCIAL PARA ACERCARSE
A DIOS Y PARA EL AVIVAMIENTO
DE LA IGLESIA, ES UNA VERDADERA
CONVICCIÓN DE PECADO EN ELLA.
¡PENSEMOS!
La mayor lucha que sostenemos los creyentes es con el pecado en sus diferentes fuentes y formas. ¿Cómo podemos promover en los cristianos una genuina convicción de pecado? ¿Qué efectos tendrá para su iglesia local ignorar el asunto? ¿Cuáles serán las consecuencias para la vida y función de su iglesia local, si maneja bien este tema? Lea nuevamente Joel 1:13–20 y evalúe su vida espiritual y su actitud hacia el pecado. Confiese a Dios cualquier falta que le impida gozar de salud espiritual y de un óptimo nivel de comunión con el Señor y su prójimo.
2. Ocasión del mensaje profético: ¡Una gran devastación!, 1:2-20
Los primeros versículos en esta sección (vv. 2–4) son un llamado para que el pueblo perciba el mensaje, y por lo mismo reaccione ante la gran devastación que ha ocasionado la plaga de langostas. Los ancianos pudieran ser los líderes del pueblo o las personas mayores de edad, responsables de “interpretar” los eventos. Ellos eran los guardianes de las tradiciones y la historia (v. 3). Los habitantes de la tierra (el pueblo) deben también prestar atención a lo sucedido. La pregunta del v. 2 es retórica; ¡nunca se había experimentado un desastre similar! Por eso el relato de esta tremenda devastación habría de quedar indeleblemente plasmado en la mente y el corazón del pueblo, y como un ejemplo para la posteridad (v. 3). La severidad de esta plaga de langostas se describe vívidamente en el v. 4. Según la nota de RVA, la oruga, la langosta, el pulgón y el saltón son términos que “parecen referirse a diversas fases en el desarrollo de este insecto” (se debe notar que en 2:25 se da un orden diferente), aunque algunos comentaristas sugieren que solo son diferentes términos heb. para el mismo insecto.
El escritor bíblico señala los diferentes grupos que se han visto directamente afectados por esta plaga, y las pérdidas sufridas (vv. 5–12). En medio de la crisis, les hace un llamado para considerar seriamente la situación. Al mismo tiempo describe la devastación ocasionada por la plaga de langostas. Los borrachos sufrirían de una manera especial porque se agotaría el suministro de su placer: ¡…el mosto es quitado de vuestra boca! El llamado a despertar puede ser a la sobriedad, o simplemente para que se den cuenta de la amarga realidad.
El Día del Señor
Es una referencia a un futuro cercano donde los escritores sagrados presagian un gran día de juicio (Mal. 4:1); la eminente llegada de un Mesías y para estos últimos tiempos el retorno del Señor en gloria (I Tes. 5:23; 2 Ped. 3:10). Joel presenta el día de “tinieblas y de oscuridad, de nube y de sombra” descrito por la invasión de langostas como día de juicio, pero a su vez presenta el “día” de la llegada del Espíritu Santo que inauguraría la era del evangelio. Ahora nosotros los cristianos esperamos el “Día del Señor”. Será el día más glorioso que jamás haya existido. Para algunos será de confusión perpetua; mientras que para otros será el día de la victoria completa. ¡Será el día del gran encuentro universal con todos los redimidos y los ángeles; pero sobre todo con nuestro Señor Jesucristo! ¡Qué “día admirable” será ese!
En este lamento comunitario (vv. 13, 14), los sacerdotes… servidores del altar, debían ser los líderes. Ellos mejor que nadie podían interpretar la seriedad de no tener qué ofrecerle a Dios (v. 13). Además, su responsabilidad incluía el ser intercesores del pueblo delante de Dios, y dirigir la adoración pública. Ceñíos, haced duelo, gemid, dormid sobre cilicio son todos elementos de luto o lamento público. El llamado es para que los sacerdotes se entreguen a la oración ferviente a favor del pueblo. Por otro lado, también debían convocar al pueblo y a los líderes (ancianos) a una asamblea pública en la casa de Jehovah para dedicarse al ayuno y la oración (v. 14).
Plagas comunes en Palestina
El v. 15 introduce lo que constituye el tema del libro: el día de Jehovah (2:1, 11, 31; 3:14). Cabe considerar dos cosas muy importantes al respecto: (1) En la mente judía esta frase tenía connotaciones de juicio, pero en el sentido de que Dios castigaría a las naciones paganas, actuando así en favor de su pueblo (Isa. 13:6, Abd. 15; Sof. 1:7). (2) Si se acepta la fecha temprana sugerida para el ministerio de Joel, él fue el primero en acuñar esta frase en un sentido adverso (como juicio) para el pueblo de Dios. Si la fecha aceptada es la tardía, él solo está repitiendo el concepto que se encuentra en otros profetas (Amós 5:18–20). Además, es posible que Joel esté sugiriendo que la plaga es parte de este juicio divino, aunque algunos lo ven solo como un aviso de lo que pudiera ser el día de Jehovah (especialmente si se acepta el tiempo futuro de la traducción: vendrá. En el heb. es un imperfecto, es decir una acción incompleta o “futura”).
Los vv. 16–18 agregan otros de los resultados de la devastadora plaga: ¡Las reservas se han agotado! ¡No hay nada para guardar! (vv. 16, 17). Aun los animales están sufriendo las consecuencias. Su clamor agrega un tono patético a la situación. De manera incidental, se ve que los problemas serán aun mayores en el futuro cercano si los animales no sobreviven (v. 18).
Joel une su ruego al de los varios grupos que él ha nombrado en este primer capítulo. Su oración nos permite entrever que a la plaga le siguió una horrible sequía: el fuego… la llama (v. 19). Los animales no solo no encuentran comida, sino que también les falta el agua (v. 20). La expresión jadean detrás de ti (braman, en otras versiones), describe la desesperación de los animales por la falta del preciado líquido que el profeta proyecta como un clamor delante del Señor. ¡Aun los animales claman por la ayuda de Dios en estos momentos de crisis!
1:13 Ceñíos y lamentad, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid, dormid en cilicio, ministros de mi Dios; porque quitada es de la casa de vuestro Dios la ofrenda y la libación. 14 Proclamad ayuno, convocad a asamblea; congregad a los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová. 15 ¡Ay del día! Porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso.
Ahora el profeta comienza a exhortar al pueblo al arrepentimiento. Habiéndolos representado dolorosamente afligidos por obra de Dios, proclama en este momento que había un remedio a la mano, con tal que solicitaran el favor de Dios. Al mismo tiempo anuncia un castigo futuro más penoso; no hubiera sido suficiente que se les recordaran sus calamidades y males, a menos que también tuvieran temor del tiempo por venir. Así que el profeta, a fin de acuciarlos aún más, dice que Dios todavía les tendía la mano, y que algo peor les esperaba, a no ser que por sí mismos lo barruntaran. Este es el sentido del pasaje. Vengo ahora a las palabras.
Ceñíos y lamentad, sacerdotes; dice, gemid, ministros del altar. El verbo חגרו, chegueru, puede explicarse en dos sentidos. Unos entienden — “Ceñíos de saco,” pues poco después dice, en cilicio. Pero podemos tomarlo sencillamente, “Ceñíos”, es decir, “Apresuraos”, pues esta expresión metafórica ocurre con frecuencia. En cuanto a la intención del pasaje, hay poca diferencia entre leer “Ceñíos de saco”, o “Apresuraos.” Se dirige a los sacerdotes, si bien ofrece después una exhortación general a todo el pueblo. Pero, puesto que Dios a aquellos constituyó guías del pueblo, les incumbía dar ejemplo a los demás. Es deber común de todos los piadosos fomentar la salvación de sus hermanos y orar por ellos; pero es un deber particularmente encargado a los ministros de la palabra y a los pastores. Así también, cuando Dios llama a arrepentimiento a aquellos que presiden sobre otros, debían estos ir delante, por dos razones: primero, porque el Señor no los escogió en vano para esa tarea, sino para exceder en brillantez, y ser luminarias; — segundo, porque los que ostentan cargos públicos debían sentirse doblemente culpables cuando el Señor visita con juicio los pecados públicos. Claro está que individuos privados cometen pecado; pero en los pastores hay culpa de negligencia, y aún más, cuando se desvían siquiera en lo mínimo del camino recto, pues la ofensa es mayor. El profeta, pues, comienza, como es debido, con los sacerdotes, y luego llama a todo el pueblo al arrepentimiento. No sólo les manda vestirse de saco, también, conforme veremos, a proclamar ayuno, y luego convocar una asamblea: vosotros sacerdotes, dice, ceñíos, y vestíos de saco, lamentaos, quejaos, y pasad la noche en cilicio. Entonces los llama ministros del altar y ministros de Dios, aunque en sentido diferente, pues el profeta no sustituye el altar por Dios, ya que de esa manera hubiera creado un ídolo; los llama ministros del altar porque allí ofrecían sacrificios a Dios. Efectivamente y con propiedad eran los ministros de Dios; pero en la función de sacerdotes, cuando sacrificaban, estaban en la presencia de Dios, y como el altar era para ellos el camino de acceso a Él, se les llamaba ministros del altar. Al mismo tiempo los llama ministros de Dios, y según ya hemos dicho, el apelativo es apropiado.
El profeta dice aquí אלהי, elojai, (mi Dios). La letra final (yod), mi, la omiten algunos, como si fuera una letra servil, pero redundante. Yo, sin embargo, no dudo que el profeta menciona a Dios como Dios suyo; porque de este modo se proponía reclamar mayor autoridad para su doctrina. Su preocupación o su lucha era con el pueblo entero; y ellos, sin duda, en su acostumbrada manera, le oponían altaneramente el nombre de Dios como escudo. “Pues qué, ¿acaso no somos el pueblo de Dios?” Así que el profeta, a fin de probar que esta presunción era falsa, hace ver que Dios está de su lado, no el de ellos. Por lo tanto dice, ‘los ministros de mi Dios.’ Si alguien hubiera objetado y dicho que Él era el Dios en común de todo el pueblo, el profeta tenía lista una respuesta, — “Yo soy Su enviado especial, sostengo Su persona, abogo por la causa que me ha encomendado: Él es, pues, mi Dios y no vuestro.” Ahora podemos ver lo que el profeta quiso decir con esta expresión. Y añade, porque quitada es de la casa de vuestro Dios la ofrenda y la libación. Al mismo tiempo confiesa que Él es Dios de ellos respecto al sacerdocio; porque los judíos, según sabemos, nada inventaron presuntuosamente, puesto que el templo se construyó por mandato divino, y los sacrificios se ofrecían conforme a los preceptos de la ley. Luego adscribe al sacerdocio el honor de que Dios regía en el templo; pues Dios, según tenemos dicho, aprobaba aquella adoración porque procedía de Su palabra. A propósito vienen aquellas palabras de Cristo, ‘Nosotros adoramos lo que sabemos.’ Pero aún así los sacerdotes no adoraban a Dios como es debido. Los ritos externos se ajustaban al mandamiento de Dios, pero por tener corazones impuros, es del todo seguro que Dios repudiaba cuanto hacían, hasta que, tocados por el temor de Su juicio, se refugiaban en Su misericordia, como ahora el profeta les exhorta hacer.
Entonces añade, Proclamad ayuno, convocad a asamblea; congregad a los ancianos y a todos los moradores de la tierra. קדש, kadash, significa santificar y preparar. He retenido el sentido recto, santificar un ayuno; pues el mandamiento se refería a la meta, es decir, la santificación. Proclamad ayuno — ¿con qué propósito? Que el pueblo se purgara de todas sus corrupciones, y se presentaran puros y limpios delante de Dios. Convocad a asamblea. A lo que parece, era costumbre celebrar una solemne convocación siempre que se proclamaba un ayuno entre el pueblo, pues no era suficiente que cada uno en la intimidad de su hogar se abstuviera de alimento; todos habían de confesar unánimemente su culpa delante de Dios. Así que al ayuno se unía una solemne profesión de arrepentimiento. Los usos y propósitos del ayuno, ya sabemos, son varios. Pero cuando el profeta menciona un ayuno solemne, sin duda llama al pueblo a solemnizarlo, suplicantes, como los culpables suelen hacer cuando deprecan castigo ante un juez con miras a alcanzar misericordia. Habrá mucho que decir del ayuno en el segundo capítulo; ahora sólo deseo tocar el asunto brevemente.
Después manda, congregad a los ancianos, y añade, a todos los moradores de la tierra. Comienza con los viejos, con razón, porque su culpa es siempre la más gravosa. Pero esa palabra no se refiere a la edad, como en una ocasión anterior. Cuando ayer dijo, ‘Oíd esto, ancianos,’ se dirigía a aquellos que por larga experiencia en el mundo habían aprendido muchas cosas que los jóvenes y los de edad mediana desconocían. Pero en este caso el profeta se refiere a aquellos a quienes se les había confiado el gobierno público; y puesto que por su pereza habían tolerado que la adoración de Dios y toda integridad decayesen, muy justamente el profeta desea que sean ellos los precursores y guías del pueblo en la confesión de arrepentimiento. Además, les incumbía, en razón de su oficio, como ya hemos dicho de los sacerdotes, mostrar el camino. Al mismo tiempo Joel hace ver que todo el pueblo estaba implicado en la culpa, de modo que nadie podía exceptuarse, pues los llama a todos a venir con los ancianos.
Convocadlos, dice, a la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová. Aquí podemos ver porqué hablaba de ayuno y cilicio, es decir, para que humildemente aplacaran la ira de Dios; pues el ayuno por sí mismo sería inútil, y vestirse de saco, ya sabemos, es por sí mismo una señal vacía. La oración es lo que el profeta sitúa en la más alta categoría, y el ayuno es sólo una añadidura, así como el cilicio. Quienquiera que se vista de saco y suspenda la oración, es culpable de escarnio. Nadie puede derivar beneficio del mero ayuno, pero cuando se añaden a la oración, a manera de criados, el ayuno y el cilicio no se practicarán en vano. Entonces podremos observar que el objeto del ayuno y del cilicio no era otro que los sacerdotes juntamente con todo el pueblo se presentaran en súplica delante Dios y confesarse dignos de destrucción, y que no tenían esperanza aparte de Su misericordia gratuita. Eso es lo que significa.
Sigue ahora, ¡Ay del día! Porque cercano está el día de Jehová. Según tenemos dicho, el profeta aquí amenaza algo futuro peor que lo que ya habían sufrido. Hasta ahora ha señalado el entorpecimiento del pueblo; en este momento declara que no habían aún sufrido todos sus castigos, y que había algo peor que temer, a menos que oportunamente se volvieran a Dios. Y prorrumpe en exclamación, como si tuviese el día de Jehová ante los ojos, y lo llama el día de Jehová porque en ese día Dios alargará la mano para ejecutar juicio; pues mientras tolera a los hombres y soporta sus pecados, parece no gobernar al mundo. Aunque este modo de hablar es asaz común en las Escrituras, debemos mirarlo detenidamente, pues todos parecen no entender que Dios a este día llama Su día propio, en el que habrá de resplandecer abiertamente y aparecer como el juez del mundo. Pero mientras sea clemente y no nos castigue, Su rostro parece estar oculto a nuestros ojos; y no sólo eso, sino que también parece no gobernar al mundo. El profeta, por lo tanto, declara aquí que el día del Señor estaba al llegar; pues no puede ser sino que el Señor debe por fin levantarse y ascender a Su trono para castigar a los hombres, aunque por un tiempo los consienta. Pero la interjección, expresiva de dolor, insinúa que el juicio del cual habla el profeta no debía despreciarse ya que sería temible; y se proponía infundirles terror, pues estaban excesivamente confiados. Dice que el día está cercano, para que no dieran largas a las cosas, como solían hacer de un día al otro. Aunque los hombres se sientan tocados por los juicios de Dios, aun así desean que se les prolongue el tiempo, y vienen a Dios muy tardíamente. Así pues, el profeta, a fin de corregir esta gran desidia, dice que el día estaba cercano.
Ahora añade, כשד משדי יבוא keshod mishadai yabo, ‘vendrá como destrucción por el Todopoderoso.’ La palabra שדי shadai, significa conquistador; procede del verbo שדד shadad, que en hebreo es “devastar”, o “destruir.” Al poderoso y al conquistador se le llama שדי, shadai; y de ahí llaman a Dios שדי, shadai, a causa de Su poder. Algunos lo derivan de ubre: luego llaman a Dios שדי, shadai, como si las Escrituras le dieran este nombre porque de Él fluye toda abundancia de buenas cosas como de una fuente. Pero yo prefiero referir este nombre a Su fortaleza y poder, pues los judíos, como es sabido, se gloriaban en el nombre de Dios como de quien está armado para defender la seguridad de Su pueblo. Así pues, cuando los profetas decían que Dios era שדי shadai, el pueblo tomaba esto como base para una falsa confianza, “Dios es todopoderoso, luego nosotros estamos resguardados de todo mal.” Sin embargo, esta confianza no se fundaba en las promesas; y era un atrevimiento absurdo y profano haber así abusado del nombre de Dios. Puesto que los judíos neciamente se jactaban de que Dios los había adoptado por pueblo Suyo, el profeta dice, “Vendrá una desolación de parte del Todopoderoso;” esto es, “Dios es Todopoderoso, pero vosotros os engañáis gravemente pensando que Su poder es garantía de vuestra seguridad; pues, al contrario, se opondrá a vosotros, por cuanto habéis provocado Su ira.” Sigue ahora —
1:16 ¿No fue arrebatado el alimento de delante de nuestros ojos, la alegría y el placer de la casa de nuestro Dios? 17 El grano se pudrió debajo de los terrones, los graneros fueron asolados, los alfolíes destruidos; porque se secó el trigo.
Repite lo mismo que antes, reprochando a los judíos por ser tan tardos en comprender que la mano de Dios estaba contra ellos. ¿No fue arrebatado, dice, el alimento de delante de nuestros ojos?, la alegría y el placer de la casa de nuestro Dios? Con estas palabras reprende la locura de los judíos que no percibían las cosas que tenían delante de los ojos. Por eso dice que eran ciegos rodeados de luz, y que su vista era tal que viendo no veían nada: debieron sentirse afligidos cuando la escasez llegó al templo. Habiendo Dios mandado que las primicias se le ofrecieran, no debían faltar de ninguna manera los sacrificios en el templo; y aunque los mortales perezcan cien veces por el hambre y la necesidad, aun así no se debe defraudar a Dios de Su derecho. Cuando, pues, no había ofrenda ni sacrificio, ¿cuán grande sería la estupidez del pueblo por no sentir esta maldición que debió herirlos más que si el hambre los hubiera consumido cien veces? Vemos aquí la intención de las palabras del profeta, es decir, condenar a los judíos por su estupidez; pues no caían en la cuenta de que los abrumaba un juicio muy gravoso a causa de que el templo estaba despojado de sus acostumbrados sacrificios. Luego añade que la alegría y el placer les fueron arrebatados, pues Dios mandó a los judíos ir al templo para dar gracias y para reconocer sus bendiciones viendo que Dios había escogido establecer Su morada entre ellos. Por esta razón repite Moisés con frecuencia la expresión, ‘Os alegraréis delante de Jehová vuestro Dios.’ Con estas palabras Dios se proponía animar al pueblo a acudir al templo con regocijo; como si dijera, “Yo no tengo necesidad de vuestra presencia, pero sí deseo alegraros con Mi presencia.” Pero ahora que la adoración de Dios había cesado, el profeta dice que el gozo también fue abolido. Los judíos no podían dar gracias a Dios con júbilo teniendo Su maldición delante de los ojos, viendo que Él era su adversario, y además encontrándose desprovistos de las ordenanzas de la religión. Ahora nos percatamos de por qué el profeta enlaza la alegría y el placer con los sacrificios: eran los símbolos de la gratitud.
Señala la causa del mal, El grano se pudrió debajo de los terrones. A las semillas llaman פרדות perudot, por el acto de esparcirlas. Da ese nombre a los granos porque se esparcen; y dice que se pudrieron en los campos, cuando debieron germinar. Y añade que los graneros fueron asolados, los alfolíes destruidos; puesto que no había uso para ellos. De ahí concluimos que la esterilidad de la tierra había llegado a ser sumamente penosa y perpetua; si el hambre hubiera afligido al pueblo durante algunas cosechas pobres o por un año, el profeta no hubiera hablado de esa manera. Entonces el hambre, según ya se ha dicho, tenía que haber durado por un largo tiempo. Procedamos —
1:18 ¡Cómo gimieron las bestias! ¡cuán turbados anduvieron los hatos de los bueyes, porque no tuvieron pastos! También fueron asolados los rebaños de las ovejas.
El profeta intensifica la reprensión diciendo que aun los bueyes y otros animales sentían el juicio de Dios. Estas palabras implican una comparación entre lo que los brutos sentían y la insensibilidad de la gente, como si dijera, “Por cierto, poseen más inteligencia y razón los bueyes y otros animales que vosotros; pues los rebaños gimen, las manadas se quejan, pero vosotros os quedáis estúpidos y confundidos. ¿Tiene esto sentido?” El profeta compara la estupidez del pueblo con lo que los animales sentían a fin de avergonzarlos más.
¡Cómo gimieron las bestias! Esta expresión manifiesta vehemencia. Si hubiera dicho en forma narrativa que los animales gemían, que el ganado estaba confundido, y que los rebaños perecían, el efecto en los judíos hubiera sido menor. Pero, cuando movido por el asombro, exclama, ¡Cómo gimieron las bestias!, sin duda deseaba impresionar a los judíos a fin de que percibieran el juicio de Dios, juicio que habían pasado de largo con ojos cerrados, a pesar de ser muy visible. Sigue ahora —
1:19 A ti, oh Jehová, clamaré; porque fuego consumió los pastos del desierto, y llama abrasó todos los árboles del campo. 20 Las bestias del campo bramarán también a ti, porque se secaron los arroyos de las aguas, y fuego consumió las praderas del desierto.
Cuando el profeta vio que había logrado menos de lo que esperaba, se apartó del pueblo y habló de lo que él mismo había de hacer, A ti, oh Jehová, clamaré. Anteriormente les instaba a llorar, y ¿por qué no recalca lo mismo ahora? Porque podía ver que los judíos estaban tan sordos y sumidos en la indolencia que no daban importancia a ninguna de sus exhortaciones. Por lo tanto, dice, “A ti, oh Jehová, clamaré; pues ni la vergüenza ni el temor los conmueve. Ya que apartan de sí todo cuidado por su propia seguridad, y mis exhortaciones las tienen por nada, los abandonaré y clamaré a ti.” Esto significa — “Señor, veo que todas estas calamidades vienen de tu mano; no voy a dar alaridos como los profanos, pero las atribuiré a ti, pues percibo que procedes como juez en todos los males que sufrimos.” Había ya declarado que los judíos eran más tardos que los animales, y los había reprochado por ser menos sensibles que los bueyes y las ovejas; el profeta dice en este momento que, aunque permanecían obstinados, él se proponía hacer lo que un hombre piadoso y adorador de Dios debía hacer, clamaré a ti. ¿Por qué? Porque fuego consumió los pastos, o las moradas, del desierto.
Vuelve a presentar aquí un temible registro de los juicios de Dios. Aunque el calor queme regiones enteras, sabemos bien que los pastizales no se agostan con rapidez, particularmente en territorios montañosos; y a esos fríos pastos es que alude. Sabido es que no obstante la fertilidad de las montañas, en ellas prevalece la frescura, y que en la peor sequía las regiones montañosas están siempre verdes. Pero el profeta nos habla de algo insólito: que las moradas del desierto estaban consumidas por el fuego. Algunos traducen נאות neot, pastos, praderas; otros, moradas. Pero se puede tomar un sentido o el otro, pues el profeta se refiere a regiones frías y húmedas que nunca carecen de agua en el calor más sofocante. Algunos traducen- los parajes hermosos del desierto, pero impropiamente. Sin duda se refiere a los pastos, o las moradas, o los hatos. El fuego, pues, ha consumido las moradas, o los pastos del desierto. Esto no era lo que corrientemente sucedía; no ocurría según el curso regular de la naturaleza: se sigue, entonces, que se trataba de un milagro. Por esto es que el profeta dice que este era el momento de clamar a Dios; ya que no parecía ser fortuito que el calor hubiera quemado regiones que de ordinario eran húmedas y bien regadas. La llama ha abrasado todos los árboles del campo, declara.
Ahora añade, Las bestias del campo bramarán también (el verbo está en el número plural). El profeta expresa más claramente con estas palabras lo que ya había dicho, que aunque las bestias brutas estaban desprovistas de razón, sentían el juicio de Dios, y constreñían a la gente, con el ejemplo, a sentir vergüenza, porque bramaban a Dios: las bestias del campo claman. Les atribuye el clamor, como en otro lugar se atribuye a los cuervos, cosa que, hablando con propiedad, los cuervos no hacen. Aun así, el salmista dice que confiesan, alzando el pico, que no hay abasto para su necesidad a menos que Dios los mantenga. De la misma manera, el profeta menciona aquí que las bestias claman a Dios. Claro que es una figura retórica que se llama personificación, puesto que esto no se puede decir propiamente de las bestias. Pero cuando las bestias gemían acuciadas por el hambre, ¿no era esto acaso invocar a Dios según su naturaleza propia lo permitía? Así pues, hasta donde la naturaleza de los animales brutos lo permita, puede decirse que buscan su sustento del Señor cuando emiten alaridos y gemidos lastimeros, y de esa manera manifiestan que les oprime el hambre y la necesidad. Cuando, por consiguiente, el profeta atribuye el clamor a las bestias, al mismo tiempo reprocha a los judíos por su estupidez, por no invocar a Dios. “¿Qué significa esto?,” pregunta. “Mirad a los animales brutos; están demostrando lo que vosotros debíais hacer; es una enseñanza que debía hacer efecto en vosotros. Si todo lo que yo y los otros profetas hemos hecho ha sido esfuerzo inútil, si Dios en vano ha ejercido el oficio de maestro en medio vuestro, a lo menos sean los bueyes mismos vuestros enseñadores; es una vergüenza ser discípulos de los bueyes, pero es mayor vergüenza aun no prestar atención a lo que os enseñan, pues los bueyes por su ejemplo os guían a Dios.”
Se puede ver aquí cuánta vehemencia encierran las palabras del profeta al decir que aun las bestias del campo clamarán a Dios, porque se secaron los arroyos de las aguas, y fuego consumió las praderas del desierto. De nuevo enseña lo que no ha mucho expresé, que la esterilidad procedía del evidente juicio de Dios, y que debió horrorizar al pueblo pues era una especie de milagro. Cuando, pues, las corrientes de las aguas se secaban en los montes, ¿cómo podría pensarse que esto era natural? אפיקים, afikim, significa corrientes de aguas, o valles por los que las aguas fluyen. El profeta se refiere, sin duda, a aquellas regiones que, por la abundancia de agua, retienen siempre la fertilidad. Si aun los valles estaban consumidos por el fuego, debieron ciertamente reconocer que algo portentoso había ocurrido. Por tal razón atribuye el clamor a los hatos y a los animales brutos; y no cualquier clase de clamor, sino aquel con el que invocaron a Dios. Lo que resta lo pospondremos hasta mañana.
1:13, 14. Mandamiento a los sacerdotes a que se humillen.
El profeta manda ahora a los sacerdotes a que se humillen delante de Dios y a que digan al pueblo que haga lo mismo. Por cuanto ya no recibían las ofrendas del pueblo, los sacerdotes tenían que reconocer en esto una prueba del enojo de Dios con ellos, y debían humillarse delante de Dios y pregonar ayuno al pueblo, convocándolos con el fin de clamar a Dios por su ayuda.
1:15. El día de Jehová
El profeta Joel introduce ahora su tema, el Día de Jehová. La llegada de éste había de ser con destrucción, una destrucción sugerida a su mente por la devastación de las langostas. Los profetas miraban adelante hacia un gran día de juicio sobre la tierra. Las calamidades que sucedían eran siempre sugestivas de las del día de Jehová, aunque siempre menores en efecto e importancia. Este concepto de un gran día de juicio llenaba la teología profética. Los profetas lo usaban continuamente para instar a su auditorio al arrepentimiento.
Muchos de los profetas anunciaban un día de juicio de Jehová, el que no era el mismo en toda época. Así la destrucción de Samaría y del reino septentrional de Israel era un día de Jehová. La destrucción de Jerusalén en 586 era un día aún más importante de Jehová, siendo esto típico de otro día en una generación posterior, como la destrucción de Jerusalén en el año 70 de la era cristiana anunciada por Jesús en Mc. 13:2 y sig. Este era típico del fin del mundo, como se ve en un estudio detenido de este pasaje en Marcos. Todo esto se debe al carácter repetidor de la profecía comentado en el capítulo sobre La Profecía y su Interpretación, 1. ii.
Así el cristianismo ha heredado este concepto, y nosotros tenemos que mirar adelante hacia un gran día de juicio que se llama en el Nuevo Testamento el día del Señor (1 Tes. 5:2), siendo Señor aquí una traducción del griego kurios, que en la Septuaginta se empleaba como equivalente de Jehová. También Pablo lo llamó día de Jesucristo (Filip. 1:6) y día de Cristo (Filip. 2:16). Esperamos ver cumplido este día cuando Cristo vuelva a esta tierra.
1:16. ¿No es quitado el mantenimiento …?: La comida (VM, Bover-Cantera, etc.). ¿ … el placer de la casa de nuestro Dios?: Referente a las fiestas anuales (Henderson, Bewer, etc.), especialmente las grandes fiestas de la cosecha, que no podían ser celebradas cuando no había comida.
Ahora pasan a primer plano las implicaciones éticas de esta profecía. Hay un llamamiento a los sacerdotes, los ministros del altar (13), para que presenten súplicas al Señor día y noche. Ellos, a su vez, han de llamar a los ancianos y a todos los moradores de la tierra al arrepentimiento en casa de Jehová, vuestro Dios (14). El mandato es: Proclamad ayuno; esto es, designad un tiempo de ayuno como un servicio de oración al Señor a falta de los sacrificios de la mañana y la tarde.
En el versículo 15, Joel introduce la idea central del libro: el día de Jehová. ¡Ay del día! porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso. Con Amós, Joel lo interpreta en su presente contexto como un tiempo de juicio sobre Israel.
“El ‘Día de Jehová’ es tan inminente que no queda tiempo para otra cosa que para hacer sentir al pueblo que la mano del Señor ha sido puesta sobre ellos, que su visitación era un acto de Dios llamándolos al arrepentimiento y a volver a El, a quien habían olvidado.”
Ese día vendrá como la devastación de las langostas—Yom Yehovah es el gran día de Jehová, el Todopoderoso, quien destruirá a todos los que se exaltan contra El.
Jehová es el Señor de la naturaleza y expresa su justicia a través de acontecimientos naturales. Era de esperar, pues, que los versos 16–18 describieran esos acontecimientos como expresión del desagrado divino. Delante de nuestros ojos (16) indica que el pueblo presenció la calamidad. Pero fueron impotentes frente a los estragos que suspendieron los sacrificios en el templo y les arrebataron la alegría y el placer.
El grano se pudrió debajo de los terrones, los graneros fueron asolados, los alfolíes destruidos (17). Las praderas fueron destruidas, de modo que los hatos de los bueyes (18) se vieron obligados a vagar buscando agua y pastos (1 R. 18:5). Aun las ovejas y las cabras sufrieron, aunque sus necesidades eran menores en comparación con los bueyes.
El primer capítulo termina con un clamor del corazón del profeta pidiendo la ayuda de Jehová (19). Puesto que la naturaleza y las bestias (20) sufren, Joel clama a Jehová, que puede ayudar a ambas (Sal. 36:6). Fuego y llama (19) se usan para indicar el ardiente calor de la sequía que siguió a la plaga.
El capítulo 1 ofrece una oportunidad para entender las condiciones del arrepentimiento nacional: (1) El inevitable juicio de Dios sobre la nación por sus transgresiones, 1:15 ss.; (2) El llamado a la oración, el ayuno y el arrepentimiento por los pecados de la nación, 1:14; (3) La fuente de la liberación está en Dios solamente, 1:19a.
A. LA DEVASTACIÓN DE LA INVASIÓN DE LANGOSTAS (1:15–20)
1:15–20 Entre dos amonestaciones para que el pueblo se arrepienta (1:13–14; 2:12–17) hay advertencias sobre la proximidad del día del Señor (1:15; cf. 2:1). Las referencias históricas al “día del Señor” sirven como advertencia de Dios sobre el “día del Señor” en los últimos tiempos. Esta referencia es en primer lugar una advertencia de juicio, pero en segundo lugar es un mensaje de restauración. La devastación (hb. shod, “desolación, destrucción”, 1:15, el único uso de la palabra en el libro de Joel; cf. Is 13:6; Os 7:13) que siguió a la plaga de langostas (o a las repetidas invasiones enemigas) demostró el tipo de circunstancias desesperadas que Dios permitiría para llamar la atención de su pueblo.
El juicio de Dios sobre su pueblo también había traído sufrimiento a los animales salvajes y domésticos, que dependen de las provisiones de la tierra y de que el hombre la cultive (vv. 16–18). Esta ilustración subraya que las consecuencias del pecado se extienden más allá de la experiencia inmediata del individuo o grupo pecador.
El inicio del versículo 19 a Ti clamo, oh Señor se refiere presumiblemente al profeta Joel, que clamó al Señor a la vista de lo que el fuego y las llamas habían destruido. El mensaje de Joel se dirigió inicialmente a sus coetáneos, ya que identificó con audacia sus pecados y los llamó al arrepentimiento. Pero no se detuvo ahí, sino que señaló la futura venida del Espíritu Santo (cf. 2:28–32). Dos veces se lamentó Joel de la pérdida de LOS PASTOS DEL DESIERTO (hb. naʾah, “donde reposan los rebaños, es decir, un lugar seguro”, con midbar, “llanura deshabitada”), una frase que solo aparece seis veces en el Antiguo Testamento, incluyendo Joel 1:19–20; 2:22. El hecho de que el don de la abundancia de Dios se viera en cómo “Destilan los pastos del desierto” (Sal 65:12) da sentido al llamado del Señor en otro lugar para que se toque y/o cante una “elegía” (cf. Jer 9:10) sobre la tierra “quemada” que queda en lugar de “los pastos del desierto”. Esta pérdida es el resultado del juicio del Señor sobre “las ciudades de Judá” por abandonar Su ley para seguir a los ídolos (cf. Dt 32:22). Del mismo modo, “se han secado los pastos del desierto” y “la tierra se ha enlutado” porque estaba “llena de adúlteros” (Jer 23:10).
La intención del Señor era que la vista de la campiña ennegrecida, donde los verdes pastos y huertos habían adornado el horizonte, fuera desgarradora: las consecuencias de la ira de Dios. Los pecados de su pueblo se habían vuelto tan graves y sus corazones tan rebeldes que el castigo, más que la misericordia, era la expresión necesaria de su amor (cf. Is 13:9–13).
El “día del Señor” tiene dos características clave: Está cerca (Jl 1:15; 2:1; 3:14; cf. Abd 15; Sof 1:7, 14), y trae consigo una destrucción inimaginable (Jl 2:11; cf. Am 5:18–20). Para el público inmediato de Joel, “el día del Señor” había llegado en forma de plaga de langostas o de invasiones enemigas profetizadas a través de Jeremías y otros. La nueva experiencia del juicio de Dios por parte del público proporcionó un anticipo de otro futuro “día del Señor”, es decir, si estaban en estado de ruina, ¿qué les ocurriría cuando se revelara el “día del Señor” definitivo?
Llamado al arrepentimiento
1:13. Cilicio. El cilicio estaba hecho de pelo de cabra o camello, y era áspero e incómodo. En muchos casos, el cilicio era apenas un taparrabos. El sarcófago de Ahiram ilustra a mujeres que hacen luto con lo que probablemente sea cilicio que envuelve sus caderas por sobre sus faldas.
1:14. Ayuno santo. Existen pocas evidencias del ayuno en el antiguo Cercano Oriente fuera de la Biblia. Por lo general, se lo encuentra en el contexto del luto. En el AT, el uso religioso del ayuno a menudo está relacionado con la presentación de una petición a Dios. El principio es que la importancia del pedido lleva a una persona a preocuparse tanto por su condición espiritual que las necesidades físicas pasan a un segundo plano. En este sentido, el acto de ayunar tiene el propósito de ser un proceso que conduce a la purificación y humillación personales delante de Dios (Sal. 69:10). En relación con el llamado al arrepentimiento, Joel convoca al ayuno a fin de quitar todo pecado u otro obstáculo que pudiera haber sido la causa de la devastación que han sufrido.
EL DÍA DE YAHVÉ
En Mesopotamia, cada año (y en algunos casos dos veces al año) se realizaba un festival de entronización para el rey de los dioses. En el transcurso de este festival de akitu, la deidad determinaba el destino de sus súbditos y restablecía el orden, de la misma manera en que lo había hecho hacía mucho tiempo cuando derrotó a las fuerzas del caos. Por ejemplo, durante el festival se leía el Relato de la creación *Enuma Elish, que narra la derrota de *Tiamat a manos de *Marduc y la promoción de éste a cabeza del panteón. Aunque los textos nunca se refieren al festival de akitu como el “día de *Marduc”, existen algunas similitudes. El día de *Yahvé se refiere a la ocasión en que Yahvé ascenderá a su trono con el propósito de atar al caos y traer justicia al orden mundial. Los destinos de sus súbditos serán determinados cuando los justos sean recompensados y los malvados sufran las consecuencias de su rebelión y pecado. No existe evidencia firme en cuanto a que en Israel esto se representara en un rito regular, pero de alguna manera se ve reflejado en una expectativa histórica. En consecuencia, como sucede a menudo, hasta donde existe una relación, Israel parece haber incorporado a la historia lo que en otras partes existe en el ámbito del mito y los *ritos. El día de Yahvé tiene también elementos de *teofanía, por lo general relacionados con el guerrero divino que derrota a los poderes desbaratadores (ver el comentario sobre 1 Sam. 4:3–7). Tales teofanías a menudo están acompañadas de efectos cósmicos (ver el comentario sobre 1 Rey. 19:11–13). Los efectos cósmicos frecuentemente describen a un mundo al revés (ver el comentario sobre Jer. 4:23–26). El día de Yahvé era un día trascendental, y estas son las clases de sucesos que característicamente acompañan a los días trascendentales. Todo esto ayuda a nuestra comprensión del Día de Yahvé, al mostrarnos que el pensamiento israelita y la comunicación de los profetas se cruzaban con un amplio espectro de ideas propias de la cultura. La originalidad de la literatura israelita no está en la creación de patrones totalmente nuevos sino en la manera singular de combinar y aplicar ideas conocidas.
1:14. Asambleas sagradas. Las asambleas eran ocasiones para la adoración corporativa. A menudo eran parte de las fiestas anuales regulares, pero se podían convocar en tiempos de necesidad. En este contexto parece ser una convocatoria de los ancianos y quizá incluyera, junto con los *ritos, la toma de algunas decisiones.
Versículos 13–14
Los sacerdotes, aunque ya estaban de duelo (v. 9) por falta de productos que ofrecer en el santuario, han de ser los primeros en dar buen ejemplo de arrepentimiento, pasando la noche en saco (v. 13b), es decir, vestidos de áspero sayal en señal de duelo y penitencia. Se les ordena (v. 14) proclamar (lit. hacer santificar—hebr. quiddeshú—) ayuno como expresión de humillación personal en oración (comp. con Hch. 13:3—aquí, como prueba de completa dependencia en Dios—). Todos estos signos exteriores no valen nada sin la genuina disposición del corazón (v. 2:12, 13), pero el texto sagrado pone aquí cierto énfasis en las manifestaciones exteriores, las cuales son buenas como testimonio y como ejemplo con el que se puede influir en los demás y hacer que se glorifique a Dios; sólo son malas cuando encubren hipocresía. Es bueno que tomemos buena nota de esto, ya que, por un motivo o por otro, es muy fácil irse a uno de los dos extremos.
Versículos 15–20
1. Esta porción se abre con un «¡ay!» impresionante (v. 15): «¡Ay de ese día!, porque cercano está el día de Jehová» (comp. con 2:1, 11, 31; 3:14; Is. 13:6; Ez. 30:3; Abd. v. 15 y Sof. 1:7). Ese día—añade el profeta—vendrá como devastación (hebr. shod) de parte del Shadday (nótese el juego de palabras: shod, que procede del Shadday), esto es, del Todopoderoso o, mejor, del Todosuficiente (v. el comentario a Gn. 17:1).
2. Yoel ve en la plaga de langostas un presagio y un símbolo profético del Día de Jehová (comp. con Am. 5:18–20). Dice Buck: «El día del Señor es una noción muy compleja, un día nefasto y de tinieblas, pero también un día de luz y de promesas». En 1 Corintios 4:3, Pablo habla de un «día humano», en contraste con el «Día» de 1 Corintios 3:13. El primero es el día de hoy, cuando el hombre juzga y gobierna. Este día del hombre tocará a su fin cuando venga el día de Jesucristo (Fil. 1:6), en el que ocurrirá el arrebatamiento de la Iglesia. Tras de ese día comenzará el día de Jehová, que comprenderá el período de la Gran Tribulación—la septuagésima semana de Daniel 9:27—y, con la Segunda Venida de Cristo, el Milenio (v. Is. 2:1–21; Am. 5:18; Sof. 1:14–2:2). Todo eso está comprendido en la expresión «el Día de Jehová». Al final de ese Día de Jehová puede decirse que comienza el día de Dios (el día octavo) en que los elementos se fundirán (v. 2 P. 3:10 comp. con 1 Co. 15:28 y Ap. 20:11 y ss.). Ese día durará por toda la eternidad.
3. A la plaga acompaña (vv. 16–20) una tremenda sequía, que es como otro incendio (nótese la repetida mención del fuego en los versículos 19 y 20) que acaba con todo lo que aún quedaba (v. 19). Así, los animales sufren también las consecuencias («toda la creación gime a una»—Ro. 8:22—). «Con razón se dice—hace notar Buck—que la Biblia es zoófila» (v., por ej., Jer. 3:24; 14:3–6; Hab. 3:16, 17; Sof. 1:3). «Hasta las bestias del campo—dice el profeta—jadean tras de ti», esto es, de Jehová (v. 1:18; Sal. 42:1; 104:21; 145:15; 147:9). Las bestias jadean porque no pueden orar, deben hacerlo por ellas los moradores de la tierra (v. 14) y, especialmente, el profeta mismo (v. 19): «A ti, oh Jehová, clamo», frase que era ya una fórmula litúrgica tradicional (v. Sal. 28:1; 30:9; 86:3, etc.).
