El escriba/fariseo interior
Centraban la religión en la observancia de la Ley, enseñando que Dios solamente otorga su gracia a aquellos que se ajustan a sus preceptos. De esta manera, la piedad se hizo formalista, dándose menos importancia a la actitud del corazón que al acto exterior. La interpretación de la Ley y su aplicación a todos los detalles de la vida cotidiana tomaron una gran importancia
Los primeros fariseos, expuestos a la persecución, se distinguían por su integridad y valor; eran la élite de la nación. El nivel moral y espiritual de sus sucesores descendió. Los puntos débiles de su sistema se hicieron hegemónicos, y les atrajeron duras críticas. Juan el Bautista llamó a los fariseos y a los saduceos «raza de víboras». Jesús denunció su orgullo, hipocresía y su negligencia de los elementos esenciales de la ley, en tanto que daban la mayor importancia a puntos subordinados (Mt. 5:20; 16:6, 11, 12; 23:1–39). En la época de Cristo, los fariseos formaban una astuta camarilla (Ant. 17:2, 4) que tramó una conspiración contra Él (Mr. 3:6; Jn. 11:47–57). Sin embargo, siempre hubo entre ellos hombres sinceros, como Nicodemo (Jn. 7:46–51). Antes de su conversión, Pablo fue fariseo. Hizo uso de ello en sus discusiones con los judíos (Hch. 23:6; 26:5–7; Fil. 3:5). Gamaliel, que había sido su maestro, era también fariseo (Hch. 5:34).
