Le integridad en el trabajo
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Chick fil-A una de las cadenas de restaurantes más importantes de los Estados Unidos y fundada en 1946 por Truett Cathy es conocida por algo más que su exclusiva receta para el Sandhich de pechuga: todos sus restaurantes cierran los domingos sin excepción alguna.
Cuando se le preguntó a Cathy la razón por la que un restaurante cerraría el día en el que más se consume comida de restaurante en Estados Unidos, esta fue su respuesta:
«Cerrar el domingo, el Día del Señor, es nuestra forma de honrar a Dios y mostrarle nuestra lealtad», en un libro escrito por el mismo propietario agrega: «Mi hermano Ben y yo cerramos nuestro primer restaurante el primer domingo después de abrir en 1946, y mis hijos se han comprometido a cerrar los domingos después de que me haya ido. Creo que Dios honra nuestra decisión y pone ante nosotros oportunidades inesperadas para hacer un trabajo mayor para Él».
Según la estrategia contraintuitiva, tener esta visión le permite además de honrar al Señor enfatizar la prioridad del descanso y de la familia para sus empleados, lo cual los hace tener un mejor desempeño.
¿Qué es lo que hace que esta particular forma de conducirse en el mundo laboral sea tan llamativa y se lea como una medida drástica? La respuesta es: la coherencia. Personas que deciden vivir en absoluta coherencia con sus principios terminan dando como resultado una corriente “contracultural” y es esa forma de vivir en coherencia con el plan y el propósito de Dios a lo que llamamos integridad.
Es de esto justamente de lo que se me ha pedido hablar para esta charla de integridad, trabajo y cómo se relacionan.
Una tentación que aparece cuando estas dos palabras se juntan es la de saltar inmediatamente a las implicaciones prácticas, entonces vemos la integridad como una actitud más que como un sistema, como una conducta y no como una motivación. De hecho podemos caer en el simplismo de pensar que se trata solo de ser honestos, llegar a tiempo al trabajo y no llevarse los lapiceros para la casa.
Pero antes de plantearles mi argumento, permítanme esbozar algunas ideas previas.
Primero, definamos integridad como la capacidad de mantenerse unido o sin divisiones, pensemos en este caso en una condición que se corresponde con lo esperado, o simplemente la condición de ser coherente.
En el Salmo 26:1 David nos da una idea de este concepto:
Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado; He confiado asimismo en Jehová sin titubear.
La idea es: me he mantenido confiando en el Señor aún cuando las circunstancias han cambiado. Me he mantenido haciendo lo que es correcto sin ambigüedad.
La segunda cuestión es en cuanto al concepto de trabajo. Necesitamos delimitarlo para asegurarnos que estamos enmarcados en el contexto correcto.
Así que les propongo que pensemos en el trabajo en términos de un mandato dado por Dios a la humanidad, un llamado que desarrollamos por medio de una vocación y una forma de servir al Señor mientras servimos al prójimo.
Esta visión triple del trabajo es fundamental para el desarrollo de mi argumento, el cual quiero proponerle en las siguientes palabras:
La integridad en el trabajo se trata de vivir coherentemente con el mandato divino de extender la obra creadora, el llamado a ejercer nuestra vocación y el compromiso a servir con amor al prójimo.
Piensen en el trabajo como un plano de tres dimensiones:
una dimensión vertical que se relación con el mandato de Dios de trabajar como parte de su diseño
Una dimensión horizontal relacionada con el trabajo como una forma de servir al prójimo
Pero también una dimensión interna relacionada con el individuo y su vocación
Así que la integridad en el trabajo es actuar coherentemente con lo que Dios espera o demanda de sus hijos en cada una de dichas dimensiones.
Hechas estas consideraciones, ahora estamos listos para desarrollar nuestra argumento y veamos en primero lugar:
Un andar coherente con el mandato de trabajar
Un andar coherente con el mandato de trabajar
Esta que hemos llamado la dimensión vertical del trabajo se relaciona directamente con el propósito con el cual Dios creó al hombre.
Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».
En la creación Dios da al hombre dos mandatos:
multiplicarse y llenar la tierra
Someter la tierra y ejercer dominio.
Esto es lo que comemos como “mandato cultural”. Dios da al hombre el potencial para ambas cosas, tanto para multiplicarse como para administrar.
Lo primero vendría por medio de la procreación y lo segundo por medio de la laboriosidad.
Ambas cosas no en vano son las que se ven directamente afectadas por la caída: dolor al parir y dolor al trabajar.
Así que el hombre tendría como misión extender la obra del creador por medio de transformar lo creado lo cual iba a requerir trabajo y mucha creatividad.
En ese sentido, el trabajo no es una consecuencia del pecado, es lo que Dios quiso que hiciéramos desde el principio y como quiso que viviéramos.
Por eso él no trabaja es tan escandaloso. No solo por lo que representa socialmente y las limitaciones que vienen consigo sino porque es una rebeldía flagrante del mandato cultural.
Pero esta idea es ya de por sí abrumadora: toda tarea que hacemos, sea cual sea, es una colaboración con el creador en la obra creadora.
Dios está creando cosas a través de nosotros por medio de nuestro trabajo.
Por ejemplo, la Biblia dice que Él da pan al que siembra y comida al que come, y eso es una materia prima trabajada. Pero es él quien la da.
El cuida de su creación por medio de los médicos.
Alimenta a los suyos por medio del trabajo agrícola.
Comunica la belleza y el orden de su naturaleza por medio del arte.
Dios provee estabilidad económica al mundo por medio de economistas.
Dios exhibe justicia por medio de los abogados.
Y así, cada persona, aun cuando su trabajo pueda considerarse poco atractivo, está contribuyendo con el creador a extender su obra. Eso es asombroso y cambia radicalmente nuestra comprensión del trabajo.
Es esto lo que hace el trabajo algo digno. Es el ser humano la única especie creada cuyo propósito para el trabajo va más allá de solo alimentarse y sobrevivir.
El filósofo, Al Wolters, escribió:
La tierra estaba completamente desordenada y vacía; en el proceso de desarrollo de los seis días Dios la ordenó y la llenó, pero no por completo. Las personas deben ahora llevar a cabo el trabajo de desarrollo: al ser productivas la llenan aún más; al someterla deben ordenarla aún más […] como representantes de Dios, debemos continuar donde Él lo dejó. Sin embargo, esto va a ser ahora un desarrollo humano de la tierra. La raza humana llenará la tierra con su propia especie, y la ordenará para su propia especie. De ahora en adelante el desarrollo de la tierra creada será de naturaleza social y cultural
Así que la integridad en el trabajo comienza con eso: trabajando.
La mayoría de personas piensan en el día en que por fin ya no trabajen porque para ellos es un mal necesario, pero no, Dios está involucrado en lo que hacemos con nuestras manos o con nuestra mente.
Puede que un día no lo hagamos con la misma fuerza pero debe ser un anhelo hacerlo hasta donde podamos porque incluso lo haremos en la eternidad.
La otra cosa que vemos al respecto de la integridad en este primer punto relacionado con el mandato es el patrón de trabajo y descanso.
Dios no nos diseñó como máquinas para trabajar sin descanso. Él nos modelo un patrón de trabajo y descanso para que pudiéramos contemplar la obra hecha y también para poder disfrutar de sus frutos.
No es íntegro con relación al mandato, es decir, no es coherente con el mandato de Dios, trabajar sin considerar el descanso como parte del diseño de Dios para nosotros, pero dicho descanso, tal como se ve es cíclico y culminante, es una extensión del trabajo que permite retomar nuestro compromiso con continuar la obra creadora pero no puede convertirse en un estado permanentemente.
Algunos aspectos prácticos que podemos extraer entonces de este primer principio:
Es íntegro trabajar con esfuerzo en aquello que tengamos oportunidad porque todo trabajo es digno y no hay trabajos más especiales que otros.
Es íntegro poner todo nuestro esfuerzo en continuar la obra creadora. La pereza es pecado al mismo tiempo que la desobediencia flagrante al mandato cultural
Es íntegro, si tienes una empresa, que proveas a tus empleados los espacios necesarios para el descanso y el disfrute de su trabajo por medio de un pago justo.
Es íntegro si eres empleado trabajar y respetar los ciclos de descanso, el trabajo incansable, sin pausas, no es una virtud, es una necesidad.
Es íntegro, como diría alguien, que si no tienes trabajo, tu trabajo sea buscar trabajo.
No es íntegro depender del trabajo de otros para nuestro sustento cuando tenemos la fuerza suficiente y la capacidad para ser productivo.
Estamos listos ahora para continuar con la segunda dimensión del trabajo y nuestro llamado a ser coherentes con ello.
Un andar coherente con nuestra vocación
Un andar coherente con nuestra vocación
Quiero continuar esto con una cita del libro “Toda buena obra” de Tim Keller:ç
Los cristianos deben tener en cuenta esta comprensión revolucionaria sobre el propósito de su trabajo en el mundo. No debemos escoger empleos y llevarlos a cabo para sentirnos satisfechos y acumular poder, puesto que ser llamados por Dios a hacer algo es suficientemente motivador. Debemos ver el trabajo como una manera de servirlo a Él y a nuestro prójimo, y por eso deberíamos escoger y llevar a cabo nuestro trabajo según ese propósito. La pregunta en cuanto a nuestra elección laboral ya no es: «¿Cuál me haría ganar más dinero y me daría el mejor estatus?». La pregunta debe ser ahora: «¿Cómo, con mis capacidades y oportunidades existentes, puedo ofrecer más ayuda a otras personas, al saber que lo que hago es la voluntad de Dios y que satisface la necesidad humana?».
Esta es la segunda dimensión del trabajo que abordaremos. La llamamos la dimensión interna, la que se relaciona con el individuo y más específicamente con su vocación.
El trabajo es un llamado. Y ese es un concepto revolucionario. De acuerdo con el diseño de Dios es algo que hacemos para otros, para el Señor y para nuestro prójimo y eso es lo que en esencia es un llamado, es lo que se nos pide hacer, no es algo que hacemos para nosotros mismos
El concepto de vocación es central en la ética del trabajo desde una perspectiva cristiana reformada. A lo largo de la historia de la Reforma, teólogos como Martín Lutero, Juan Calvino y sociólogos como Max Weber han desarrollado y enriquecido esta idea. Para estos pensadores, la vocación no se limita a un llamado religioso específico, sino que abarca todas las áreas de la vida. El trabajo que realizamos en cualquier esfera es visto como una extensión del llamado de Dios, y el propósito último de este llamado es glorificar a Dios y servir al prójimo con gozo, no por la búsqueda de ganancias materiales, sino por fidelidad y gratitud a Dios.
La Perspectiva de la Vocación en Lutero y Calvino
Martín Lutero
Para Lutero, la vocación (Beruf) no se refiere exclusivamente a roles dentro de la iglesia, como el sacerdocio o el monacato, sino que cualquier ocupación legítima tiene igual valor ante Dios. Lutero rechaza la jerarquía medieval que situaba a los trabajos religiosos como superiores a los seculares. En su visión, un agricultor, un artesano o un gobernante, al igual que un predicador, están cumpliendo con un llamado divino. Todos estos trabajos, cuando se hacen con fe y en servicio al prójimo, son formas de adoración.
Lutero también subraya que la vocación es un medio a través del cual Dios provee para la sociedad. Así como Dios alimenta y cuida a Su creación, lo hace a través del trabajo humano. Por tanto, el cristiano debe trabajar no solo por necesidad económica, sino como una respuesta fiel a la gracia de Dios.
La vocación no es algo que se elige simplemente por conveniencia o remuneración, sino que es un llamado a cumplir con el propósito de Dios en el mundo.
En lo días de la reforma protestante, Juan Calvino también desarrolló unas ideas importantes alrededor de la vocación que vinieron como resultado del entendimiento de Dios como el autor de la salvación y los resultados que esta produce.
Calvino enfatizó que el cristiano debe trabajar con gozo, reconociendo que su trabajo es una respuesta a la llamada de Dios, y que las tareas diarias, por más humildes que sean, tienen un propósito divino. Este gozo en la vocación no proviene del resultado financiero, sino del entendimiento de que estamos sirviendo a Dios al cumplir con nuestras responsabilidades en la vida.
El deseo de acumular riqueza no es parte de una vocación piadosa, sino que el trabajo debe ser motivado por un sentido de fidelidad a Dios y servicio a los demás. El dinero es una provisión de Dios, pero no es el fin último del trabajo.
Max Weber
Max Weber, en su análisis sociológico de la ética protestante del trabajo, mostró cómo la visión reformada de la vocación influyó profundamente en el desarrollo del capitalismo en Occidente. Según Weber, los calvinistas, debido a la doctrina de la predestinación, trabajaban arduamente, no por ambición económica, sino porque veían el éxito en su trabajo como una posible señal de bendición divina. Este esfuerzo disciplinado y la racionalidad aplicada al trabajo fomentaron un sentido de responsabilidad y eficiencia, una ética que impulsó un verdadero sentido de productividad.
Para Weber, lo que diferencia la ética protestante del trabajo es que los creyentes no ven el trabajo simplemente como una actividad económica, sino como un llamado espiritual. La acumulación de capital, la innovación y el esfuerzo diligente no eran fines en sí mismos, sino subproductos de una vida dedicada a la glorificación de Dios a través del trabajo honesto y disciplinado.
La autora, Dorothy Sayers, relata sobre la cantidad de hombres y mujeres que hallaron una nueva comprensión del trabajo durante los días sombríos de la Segunda Guerra Mundial:
El hábito de pensar sobre el trabajo como algo que uno hace para ganar dinero está tan arraigado en nosotros que nos cuesta imaginar el cambio revolucionario que supondría pensar en él en términos del trabajo hecho […].77 Hay una comprensión cristiana del trabajo, estrechamente relacionada a la actividad creativa de Dios y a la imagen divina en el hombre, en concreto, que el trabajo es un ejercicio y función natural del hombre, que es hecho a la imagen de Su Creador […]. La herejía [moderna] fundamental […] es que el trabajo no es la expresión de la actividad creativa del hombre en el servicio a la sociedad, sino solo lo que uno hace para ganar dinero y placer
Ella añadiría lo que sucede como un resultado: «En principio los doctores no practican la medicina para aliviar el sufrimiento, sino para ganar dinero; la cura del paciente es algo que pasa en el camino. Los abogados aceptan casos no porque sientan pasión por la justicia, sino porque el derecho es la profesión que les permite vivir». Sin embargo, durante la guerra muchos se alistaron en el ejército y descubrieron un nuevo y sorprendente sentido de realización en su trabajo. «La razón por la que a menudo los hombres se encuentran felices y satisfechos en el ejército es que por primera vez en sus vidas están haciendo algo, no por el pago, el cual es miserable, sino por hacer algo que es digno de hacerse».79
Visto desde la perspectiva de la vocación, la integridad es actuar coherentemente en nuestro trabajo como lo que es: un llamado.
Es íntegro trabajar con gozo en lo que Dios nos ha llamado independientemente de que no sea algo que tenga alta demanda. Se trata de trabajar con los ojos puestos en el llamado y no necesariamente en lo que a los otros juzgan como digno.
Es íntegro esforzarme y hacer todo lo que esté a mi alcance por desarrollar mis talentos y dones para ser cada vez más excelente en mi vocación.
No es íntegro envidiar el trabajo o los frutos del trabajo de otros.
No es íntegro desacreditar el trabajo de otros
Es íntegro animar a otros a desarrollar sus dones y talentos en la medida en que cultivemos gozo y contentamiento con los que Dios nos ha dado.
Es íntegro trabajar principalmente en función del ejercicio de nuestra vocación y no solo por el dinero que podamos recibir como pago.
Hemos visto entonces la dimensión vertical e interna del trabajo y algunas formas en las que se ve la integridad en la práctica en cada una, pero nos queda la tercera dimensión según lo que planteé en mi argumento inicial:
Un andar coherente con el propósito
Un andar coherente con el propósito
En la perspectiva cristiana, el trabajo es mucho más que una actividad económica; es un instrumento de servicio al prójimo y una manera en que Dios cuida Su creación a través de nosotros.
La biblia, con marcada frecuencia relaciona nuestro trabajo como un servicio al Señor mientras lo damos al prójimo
El trabajo es una herramienta que Dios utiliza para proveer lo necesario a las personas. Por ejemplo, el pan que comemos no aparece mágicamente; depende del trabajo del agricultor, del molinero, del panadero, y así sucesivamente. Dios cuida a Su creación a través de cada uno de estos trabajadores. En este sentido, nuestro trabajo se convierte en un servicio a Dios cuando lo hacemos con amor y excelencia para el bien de los demás.
Servir a los Hombres es Servir a Dios
La Escritura nos recuerda que, aunque nuestro trabajo impacta a los hombres, en última instancia estamos trabajando para Dios. Pablo, en su carta a los Colosenses, exhorta:
"Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís" (Colosenses 3:23-24).
Este pasaje nos recuerda que cuando servimos a los demás en nuestro trabajo, en realidad estamos sirviendo a Dios. Esto da a nuestro trabajo un valor eterno, pues incluso los esfuerzos más sencillos y mundanos son actos de adoración cuando se realizan con la intención de honrar a Dios. La integridad en el trabajo implica que nos esforzamos en todas nuestras tareas, no solo por cumplir con los estándares humanos, sino porque nuestro verdadero “Jefe” es Dios.
De igual forma, en Efesios 6:7, Pablo dice:
“Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres”.
Este versículo subraya que la actitud con la que trabajamos es crucial. Trabajamos de buena voluntad, sabiendo que nuestro servicio a otros es, en última instancia, un servicio a Dios. Esta mentalidad transforma nuestro trabajo, convirtiendo cada tarea en una oportunidad de expresar nuestro amor y obediencia al Señor.
Esto es asombroso, el Señor está diciendo: sirvan a los hombres como si me estuvieran sirviendo a mi. Eso es revolucionario si consideramos la la dignidad del trabajo que hacemos y el mandato que tenemos de parte del Señor.
Por ejemplo, un médico que actúa con integridad y compasión mejora directamente la vida de sus pacientes. Un maestro que enseña con excelencia moldea el futuro de sus estudiantes. Un trabajador que cumple con sus responsabilidades promueve la estabilidad y el bienestar en su empresa y en la comunidad. Así, la integridad en el trabajo se convierte en un canal de bendición para todos los que están a nuestro alrededor.
A menudo nos frustramos en nuestros trabajos porque no lo vemos como una oportunidad de servicio y creemos que servir al Señor es solo en el marco de las cosas que hacemos como iglesia.
Esta vision nos ayuda a disfrutar más de lo que hacemos y a verlo como una adoración constante.
Principios Prácticos de Integridad en el Servicio
es íntegro Trabajar con amor y compasión: La integridad en el trabajo nos llama a actuar con un amor genuino hacia aquellos a quienes servimos, ya sean clientes, colegas o empleadores. Este amor se refleja en la forma en que realizamos nuestras tareas, mostrando respeto y atención al detalle para brindar un servicio que realmente ayuda a los demás.
Es íntegro añadir valor a lo quehacemos buscando trabajar con excelencia
No es íntegra la mediocridad. Trabajar solo por ganar dinero y no por dar un buen servicio
Es íntegro trabajar con honestidad y transparencia asignando un valor justo a todo lo que hacemos
Es íntegro tratar a los demás con respeto. No con menosprecio y tampoco con adulación
Es íntegro decir no cuando somo concientes que no disponemos del tiempo o las fuerzas para dar un buen servicio
Es íntegro tratar a los demás con amor sabiendo que estamos sirviendo al Señor de todo corazón
Ser íntegro es usar los recursos generados con el trabajo para practicar la generosidad con los necesitados
conclusión:
Resumen de las ideas planteadas y del argumento
reconocer las dificultades de todo esto por causa del pecado
Presentar una perspectiva de la redención en la que el Señor nos capacita para ser íntegros
Mostrar la eternidad como el lugar en el que todo esfuerzo hecho aquí tendrá sentido.
