Santificados y Apartados: Volviendo a la Esencia de una Vida SantaSermón sin título
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Título: “Santificados y Apartados: Volviendo a la Esencia de una Vida Santa”
Mateo 5:8:
“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”
Introducción:
Hermanos y hermanas, hoy vamos a hablar de algo profundo, algo que no es solo una sugerencia divina, sino una orden, un mandato santo. Dios nos ha llamado a ser santos, a ser apartados del mundo y consagrados a Él. Pero ser santo en un mundo impío no es fácil, y es precisamente ahí donde se pone a prueba nuestra fidelidad. Vivir en santidad es vivir en el filo de la obediencia, negándonos a nosotros mismos, y eso es algo que no podemos tomar a la ligera. Hoy quiero que enfrentemos este llamado con la seriedad que Dios merece. Porque, como dice en Hebreos doce: “sin santidad, nadie verá al Señor”.
1. La Santidad como Mandato de Dios: Una Demanda Sin Excusas
Dios no está pidiendo un esfuerzo a medias. En Levítico once, Él nos dice claramente: “Sed santos, porque Yo soy santo.” Este es un llamado directo y definitivo. A veces, escucho a personas decir: “Bueno, Dios entiende que soy humano, que tengo mis errores”. Pero, ¿sabes qué? Ese argumento no va a justificar la falta de compromiso cuando estemos delante de Su trono. La santidad no es una opción, sino una condición de vida para quienes han decidido seguir a Cristo. No podemos servir a Dios y a las pasiones de este mundo. Como lo dijo Jesús: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo seis). La santidad es un todo o nada.
Ejemplo fuerte: Imagina que alguien está limpiando su casa. Quieren que esté impecable, pero dejan una habitación llena de basura, con la puerta cerrada. ¿Podemos decir que esa casa está limpia? Así mismo, muchas veces creemos que podemos vivir en santidad mientras guardamos una parte de nuestra vida contaminada con el pecado. Pero Dios lo ve todo, y Él demanda limpieza total, santidad completa.
2. La Santidad Comienza en el Corazón: La Lucha Contra la Hipocresía
Jesús nos enseñó que la verdadera pureza nace en el corazón. Él dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo cinco). Pero, ¿cuántas veces vivimos una vida de apariencia? Hablamos de santidad, predicamos sobre pureza, pero nuestros corazones están lejos de Dios. ¿De qué sirve una fachada si en el interior hay orgullo, envidia, lujuria o resentimiento?
Ejemplo fuerte: Es como una fruta que parece perfecta por fuera, pero al abrirla, está podrida. Dios no se impresiona con nuestra “apariencia” de santidad. Si nuestro corazón está corrompido, nuestra vida no puede agradarle. Tal como Jesús confrontó a los fariseos, quienes parecían justos externamente pero tenían sus corazones lejos de Dios, Él hoy también nos confronta a nosotros y nos llama a ser genuinos en nuestro andar con Él.
3. La Santidad como Estilo de Vida: No Vivimos Como el Mundo Vive
El mundo nos ofrece placeres temporales y nos dice: “Sigue tu corazón, haz lo que te haga feliz.” Pero el corazón humano es engañoso, y vivir en santidad significa decir “no” a nuestros deseos carnales. Romanos doce nos lo deja claro: “No os conforméis a este siglo.” No podemos vivir como vive el mundo y llamarnos santos. La santidad nos exige apartarnos de las prácticas que nos contaminan y de los entretenimientos que nos desvían de Dios.
Ejemplo fuerte: Imagina a alguien diciendo que quiere vivir en santidad mientras consume contenido que glorifica el pecado, lo que daña su espíritu y lo aleja de Dios. Es como tratar de apagar un incendio echándole más combustible. No puedes llenarte de las cosas del mundo y esperar ser transformado por el Espíritu Santo. Debemos cortar de raíz todo lo que nos aleja de la presencia de Dios.
4. La Santidad es el Fruto de Nuestra Relación con Dios: No Hay Santidad Sin Comunión
La santidad no puede surgir de nuestro esfuerzo humano; es el fruto de permanecer en Cristo. Jesús nos dijo en Juan quince: “Permaneced en mí, y yo en vosotros.” Si realmente deseamos vivir en santidad, tenemos que estar conectados a Él constantemente. Sin Él, la santidad es imposible. No podemos esperar tener una vida santa si nuestra relación con Dios es superficial. Pasar tiempo con Dios en oración, en la Palabra y en comunión con el Espíritu Santo es el único camino.
Ejemplo fuerte: Es como una rama separada del árbol. Si la cortas, se seca, se debilita y, eventualmente, muere. De la misma manera, si nuestra vida está separada de Dios, no tendremos la fortaleza para vivir en santidad y seremos fácilmente arrastrados por el pecado. La santidad es el fruto de una relación continua con Dios, y sin Él no podemos lograrlo.
5. La Santidad como Testimonio para el Mundo: Un Reflejo Que No Se Puede Ocultar
Nuestra santidad no solo es para nosotros, sino para el mundo. Jesús dijo en Mateo cinco: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres.” No vivimos en santidad para que otros nos admiren, sino para que otros conozcan a Cristo a través de nuestras vidas. Un cristiano que vive en santidad es un testimonio vivo de que el poder de Dios transforma.
Ejemplo fuerte:
Imagina a alguien que se declara cristiano, pero sus acciones contradicen su fe. Si esa persona vive en el pecado y el mundo lo ve, ¿qué imagen de Cristo se está mostrando? Es como ver una lámpara sin luz. Vivir en santidad es ser esa lámpara encendida, y mostrar a los demás que hay esperanza, que hay un camino diferente y que Dios transforma.
Conclusión:
La santidad es un llamado urgente, una prioridad para nuestras vidas. No es un estilo de vida a medias; es un compromiso total. Hebreos doce nos recuerda: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Hoy te animo a reflexionar sobre tu vida. ¿Hay algo que te aleje de la santidad que Dios te pide? ¿Hay áreas de tu vida que necesitan ser purificadas?
Dios nos ha dado la promesa de Su presencia, y con Su ayuda, podemos vivir una vida santa. Así que, no tomemos este llamado a la ligera. La santidad es nuestra respuesta a la grandeza de Dios, y es nuestra manera de reflejarlo al mundo. Que cada uno de nosotros decida hoy caminar en verdadera santidad, no por apariencia, sino como un reflejo de nuestro amor y devoción al Dios que nos ha llamado. Amén.
