EL SACRIFICIO QUE LE AGRADA A DIOS)
El Sacrificio que Trasciende el Tiempo
Mt 26:1, Mt 26:2, Mt 26:3, Mt 26:4, Mt 26:5, Mt 26:6, Mt 26:7, Mt 26:8, Mt 26:9, Mt 26:10, Mt 26:11, Mt 26:12, Mt 26:13
1. Prevé el Propósito de Dios
2. Planifica con Propósito Divino
3. Perfuma con Puro Amor
4. Percibe el Poder del Sacrificio
5. Promete un Proceso Eterno
La posición social de la mujer hebrea
En los pueblos orientales, la mujer ha vivido recluida de modo casi total. Estuvo siempre dedicada al quehacer doméstico y a la crianza de sus hijos. Pero entre los hebreos, la aceptación de la mujer en la sociedad no era tan restringida. Había costumbres que debían respetarse, tales como no hablar con desconocidos, llevar siempre un velo, tener cubierta la cabeza, no andar con el cabello suelto en público. En las reuniones de hombres no debían aparecer sino para el servicio. Y en el templo había un patio donde debían reunirse durante el culto, que se llamaba precisamente "patio de las mujeres". No obstante lo dicho, los hebreos aceptaron en muchas oportunidades la participación de la mujer en los asuntos nacionales como el caso de Débora, o al festejar triunfos de guerras (1 Sam. 18:6
o el caso de Ester que salvó a su pueblo. De los trabajos ya mencionados de la mujer podemos agregar el tan conocido como el cuidado de los rebaños, acarrear agua con cántaros, ayudar a recoger la cosecha y moler el trigo. En el aspecto espiritual había respeto por las mujeres consagradas, que incluían algunas profetisas como Ana (Luc. 2:36). De todo lo que podamos seguir diciendo de la mujer hebrea, lo más importante es el hecho que Dios eligió a una gran mujer para ser madre de su Hijo.
Los tres sueños
¿Quién no ha sentido alguna vez en su vida el deseo de hacer algo notable para el Señor? ¿Y quién no ha tenido la sensación de que, cuando hizo algo, el valor de su trabajo ha sido ignorado? Y muchos han tenido la impresión de que pasó la vida y nada pasó en sus vidas. Pero no es así. Hay hombres y mujeres que han servido al Señor anónimamente, y su servicio ha trascendido más allá de lo que pudiéramos suponer.
En este caso nos acordamos del hombre dueño del pollino (21:3), que entregó el animal sin titubear. Y ahora nos encontramos con el dueño del aposento donde Jesús tuvo la cena. El texto habla de cierto hombre (v. 18) que fue quien preparó todo, pero nosotros no sabemos quién o quiénes eran. Lucas es un poco más narrativo, pero todo sigue en el anonimato. Es muy probable que ni ellos mismos supieran el valor del servicio que habían prestado.
Es como aquella leyenda que surgió de Irlanda y que tomada por editores de muchos países nos ha llegado hasta hoy sin que sepamos quién realmente fue el primero que la imprimió. Se dice que en la época del nacimiento del Salvador, tres árboles conversaban cerca de Jerusalén. Uno de ellos preguntó a los otros dos qué es lo que les gustaría llegar a ser en la vida. Uno respondió diciendo que quería ser la cuna de un rey, pero de un gran rey. El otro contestó que le gustaría ser el mástil de un gran barco, de un barco importante que llevara gente importante. Luego los dos árboles pidieron al promotor de ese juego circunstancial que dijera cuál era su deseo, y éste dijo: "Quisiera ser una gran señal puesta en el cruce de los grandes
caminos, como en la vía Apia de Roma, señalando el camino a los hombres para que lleguen a la gran ciudad del imperio, Roma. Así nadie se perderá, y al mirarme yo me sentiré muy feliz." Estaban hablando aún cuando vinieron los hacheros y cortaron uno de los árboles, y su tronco sirvió para hacer el cajón del pesebre donde pusieron al Gran Rey.
