El que peca voluntariamente
Introducción
Caer en la apostasía no es tan difícil como parece. No está muy lejos de nosotros. Sabemos lo que dice la Palabra acerca de aquel que piensa estar firme (1 Corintios 10:12). Unos versículos atrás, veíamos algo de la facilidad con que la incredulidad puede arraigarse en nosotros. Un primer paso puede ser el dejar de congregarnos, una desvinculación de la comunión con los santos, el pensar que “yo me basto a mí mismo” y no necesito la exhortación y el apoyo de mis hermanos (10:25). Esto, a su vez, conduce al peligro de la “fluctuación”: quizás, inicialmente, una fluctuación anímica; luego ética, porque quien no se nutre de la Palabra en la comunión de los santos, ¿de qué se alimenta? De los medios de comunicación, con su bombardeo constante en contra de la ley del Señor Jesucristo. Así, de maneras muy sutiles, se van socavando el compromiso, la confianza y la ética de muchos que profesan ser creyentes. Después de la fluctuación ética, empiezan las fluctuaciones doctrinales, las reservas y dudas en cuanto a la fe una vez dada a los santos. Finalmente, sin apenas darse cuenta de ello, la persona se encuentra a la deriva (2:1). Ya no va encaminada hacia el puerto. Su vida se va a estrellar contra las rocas.
