La Vida Cristiana - Su Destino
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INTRODUCCIÓN
Para comenzar tenemos que afirmar que Dios siempre es el destino de nuestra vida. Si así no lo fuera no podríamos decir que llevamos una verdadera vida cristiana. Todo lo que hacemos es para él y por medio de él.
El fin de nuestra vida es la gloria, estaremos con él y sentiremos el gozo de su poder. Pero, aún estamos aquí y debemos vivir la experiencia de su poder, que nos demuestra tanto la asistencia de Dios, como la esperanza que hay para nosotros.
Por ejemplo, debemos saber que:
1. Al obedecer su palabra nos constituimos en sus discípulos (Juan 8:31).
2. Al pertenecer a Jesucristo nos transformamos en santos (Romanos 1:6–7).
3. Al vivir en el poder de Dios andamos como luminares (Filipenses 2:15).
Las luminares, las estrellas que alumbran en la noche, son las que todos ven, aunque no sepan cómo se inicia o engendra la luz, mas nosotros sí, sabemos que nuestra luz viene del Señor, porque él es la luz del mundo (Juan 8:12). Todos los cristianos debemos vivir la vida cristiana con poder y victoria, debemos vivir el gozo que es el anticipo de la eternidad.
El destino—nuestra meta— es el cielo, y diariamente debemos vivir de acuerdo a esa expectativa, para ello tenemos que afianzarnos en por lo menos las siguientes experiencias:
1. La fe constituye la base de la vida cristiana (Romanos 5:2; Hebreos 4:2–3).
2. La experiencia demuestra el progreso de la vida cristiana (1 Tesalonicenses 1:3).
3. Las pruebas confirman la eficacia de la vida cristiana (1 Pedro 4:12–13).
4. La esperanza corona la expectativa de la vida cristiana (1 Tesalonicenses 2:9; 1 Pedro 1:13).
Esta esperanza forma parte de toda la experiencia. Nacimos por la fe del evangelio y vivimos así hasta su consumación.
La Escritura aplica la esperanza para:
1. Consolarnos (1 Tesalonicenses 4:16–18).
2. Santificarnos (1 Juan 3:2–3).
3. Sostenernos (2 Timoteo 4:7–8).
CONCLUSION
La acción del enemigo es distraernos y hacernos pensar que nuestra vida es igual a cualquier otra, que cuando morimos todo concluye. Pero, no es así, porque el Espíritu ha puesto eternidad en nuestros corazones (Eclesiastés 3:11).
