Joel 8
Joel 2.28-32
F Dios derrama su Espíritu (2:28–32)
Con este párrafo ingresamos a la segunda sección del libro. La expresión Después de esto divide en dos la profecía. De ahora en adelante, el tercer sentido de la profecía (los últimos tiempos) es consecuencia de los dos anteriores (la plaga de langostas y la invasión). Dios derrama su Espíritu sobre todo el género humano (2:28). Esta situación alcanza a todas las esferas sociales (2:29) sin distinción de género, edad o raza (2:28–29). Esta profecía se proyecta hacia adelante, a un tiempo varios siglos después, según Hechos 2:17–21. Aquí ocurren hechos prodigiosos (2:31) que no son propiamente de la naturaleza, la misma que se halla en proceso de restauración por parte de Dios (ver 2:21–23). Estos solo pueden explicarse en términos de una intervención humana negativa. Las columnas de humo se asemejan a las humaradas de las fábricas (2:30). Los cambios en el color del cielo concuerdan con los de la polución del aire. El origen en los cambios negativos en la naturaleza no puede ser atribuido directamente a esta. Aquí, al tercer sentido cronológico de la profecía falta por completarse.
Preguntas de reflexión
¿De qué manera observamos que el Espíritu Santo ha sido derramado en todo tipo de personas en nuestra iglesia local?
¿Cómo sabemos si los hechos sorprendentes que hemos presenciado son o no de Dios?
Vv. 28—32. La promesa empezó a ser cumplida el día de Pentecostés, cuando fue derramado el Espíritu Santo, y continuó en la gracia que convierte y los dones milagrosos conferidos a judíos y gentiles. —Los juicios de Dios para el mundo pecador solo preceden al juicio del mundo en el día final. Clamar a Dios supone conocimiento de Él, fe en Él, deseo de Él, dependencia de Él, y como prueba de la sinceridad de todo esto, obediencia consciente a Él. Sólo serán librados en el gran día, quienes ahora reciben el llamamiento eficaz para apartarse del pecado a Dios, desde el yo a Cristo, desde las cosas de abajo a las cosas de arriba.
CAPÍTULO III
presencia de Dios con su pueblo (Jeremías 3:16, 17; Apocalipsis 21:3). 28. después de esto—“en los últimos días” (Isaías 2:2) bajo el Mesías después de la invasión y la liberación de Israel del ejército del norte. Habiendo declarado hasta aquí las bendiciones temporales, ahora les levanta la mente hacia la expectación de bendiciones espirituales extraordinarias, las que constituyen la verdadera restauración del pueblo de Dios (Isaías 44:3). Cumplida en realidad (Hechos 2:17) en Pentecostés; entre los judíos y la subsecuente elección de un pueblo de entre los gentiles; en el futuro más cumplidamente en la restauración de Israel (Isaías 54:13; Jeremías 31:9, 34; Ezequiel 39:29; Zacarías 12:10), y en la consecuente conversión del mundo entero (Isaías 2:2; 11:9; 66:18–23; Miqueas 5:7; Romanos 11:12, 15). Como los judíos han sido los sembradores de la electa iglesia juntada de entre judíos y gentiles, siendo los primeros predicadores del Evangelio, judíos de Jerusalén, igualmente judíos serán los segadores de la venidera iglesia mundial, que se establecerá con la aparición del Mesías. Que la promesa no está restringida al primer Pentecostés se deduce de las mismas palabras de Pedro: “La promesa es (no solamente) a vosotros y a vuestros hijos, (sino también) a todos los que están lejos (tanto en distancia como en tiempo), y a tantos cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39). Así aquí “sobre toda carne.” Derramaré—bajo el nuevo pacto; no meramente dejaré caer gotas, como bajo el Antiguo Testamento (Juan 7:39). mi Espíritu—el Espíritu “que procede del Padre y del Hijo,” y al mismo tiempo, Uno con el Padre y con el Hijo (véase Isaías 11:2). hijos … hijas … viejos … mancebos—no meramente sobre unos cuantos privilegiados (Números 11:29) como los profetas del Antiguo Testamento, sino sobre hombres de toda edad y de todos los rangos. Véase Hechos 21:9, y 1 Corintios 11:5, cuanto a hijas, o sea, mujeres que profetizaban. sueños … visiones—(Hechos 9:10; 16:9). Los “sueños” se atribuyen a los “viejos”, como más de acuerdo con sus años; “visiones” a los “mancebos,” adaptadas así a las mentes más vívidas. Los tres modos por los que Dios revelaba su voluntad bajo el Antiguo Testamento (Números 12:6), “profecía, sueños y visiones,” resultan aquí simbólicos de su plena manifestación a su pueblo, no solamente en dones milagrosos a algunos, sino también por su Espíritu inminente en todos, según el Nuevo Testamento (Juan 14:21, 23; 15:15). En Hechos 16:9 y 18:9, el término que se usa es visión; aunque fué de noche, no fué un sueño. No se menciona otro sueño en el Nuevo Testamento, sino aquellos dados a José en el mismo principio del Nuevo Testamento, antes que el evangelio pleno hubiese venido; y a la esposa de Pilato, mujer gentil (Mateo 1:20; 2:13; 27:19). El término “profetas”, se aplicaba en el Nuevo Testamento a todos los que hablaban bajo la inspiración del Espíritu, los cuales no meramente pronosticaban eventos futuros. Todos los verdaderos cristianos son “sacerdotes” y “ministros” de nuestro Dios (Isaías 61:6), y tienen al Espíritu (Ezequiel 36:26, 27). Además de esto, probablemente, ha de ser dado un don especial de profecía y de obrar milagros con la segunda venida del Mesías, o bien, antes de la misma. 29. Y aun también—Los mismos esclavos, por ser ya los siervos del Señor, son los libertos de él (1 Corintios 7:22; Gálatas 3:28; Colosenses 3:11; Filemón 16). Por lo tanto en Hechos 2:18 está citado: “mis siervos” (gr., “esclavas”) y “mis siervas” (gr., “esclavas”), ya que solamente por llegar a ser siervos del Señor, pueden ser libres espiritualmente, y participar del mismo espíritu con los demás miembros de la iglesia. 30, 31. Como la manifestación del Mesías es de pleno gozo para los creyentes, así también tiene un aspecto de ira para los incrédulos, lo cual se representa aquí. Así que por cuanto los judíos no lo recibieron en su venida de gracia, él vino en juicio sobre Jerusalén. Prodigios físicos, masacres, y conflagraciones, precedieron su destrucción (Josefo G. J.). A estas cosas puede que aluda el lenguaje aquí; pero las figuras principalmente simbolizan revoluciones políticas y cambios de los gobernantes del mundo, pronosticados por desastres previos (Amós 8:9; Mateo 24:29; Lucas 21:25–27), y convulsiones tales como las que precedieron el derrocamiento político de los judíos. Algo semejante probablemente ocurrirá en grado más espantoso antes de la destrucción final del mundo impío (“el día de Jehová grande y terrible;” véase Malaquías 4:5). de lo cual la destrucción de Jerusalén es el tipo y la garantía. 32. que invocare el nombre de Jehová—Aplicado a Jesús en Romanos 10:13 (véase Hechos 9:14; 1 Corintios 1:2). Por lo tanto, Jesús es Jehová; y la frase significa: “invocare al Mesías en sus atributos divinos.” será salvo—como lo fueron los cristianos justamente antes de la destrucción de Jerusalén, por retirarse a Pella, advertidos por el Salvador (Mateo 24:16); un tipo de la salvación espiritual de todos los creyentes, y de la postrera salvación del electo “residuo” de Israel, del asalto final del Anticristo. “En Sión y en Jerusalén” apareció primero el Salvador, y allí aparecerá otra vez como el Libertador (Zacarías 14:1–5). como Jehová ha dicho—Joel aquí se refiere, no a los otros profetas, sino a sus propias palabras anteriores. habrá llamado—metáfora de la invitación a una fiesta, la cual es un acto de pura bondad (Lucas 14:16). Asimismo. es el remanente llamado y salvado está de acuerdo con la elección de gracia, y no por méritos, poder ni esfuerzos del hombre (Romanos 11:5).
El derramamiento del Espíritu (2:28–32)
2:28–32. Dios se reveló a él mismo en los tiempos del Antiguo Testamento por medio de sueños y visiones y por medio del don de su Espíritu a sus profetas. Cuando él quiso que José supiera que gobernaría sobre sus hermanos, le dio al joven un sueño (Gn. 37:5–9). Dios quería que Jacob supiera que no debía sentir temor de ir a Egipto, entonces le habló al anciano patriarca por medio de una visión en la noche (Gn. 46:2). Él quería que su pueblo confiara en el Salvador que cargaría con sus pecados, y entonces le dio su espíritu a profetas como Joel e Isaías, para que tuvieran visiones proféticas (Is. 1:1) y para inspirarlos a escribir acerca de “el varón de dolores” en quien Dios cargaría la iniquidad de todos nosotros (Is. 53:3–5).
Estas revelaciones por medio de: sueños, visiones, y profecías, por el don del Espíritu Santo, no se les dieron a todo el pueblo de Dios sino solamente a aquellos que él había elegido. Cuando Jehová de una manera especial tomó el Espíritu que reposaba sobre Moisés, e inspiró a setenta ancianos que iban a ayudar a Moisés a juzgar al pueblo, Josué no consideró apropiado que dos de los ancianos profetizaran en el campamento israelita. Moisés contestó, “¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuera profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!” (Nm. 11:29). Ese deseo expresado por Moisés será otorgado “después”, dice Joel, antes del último gran día de Jehová. El profeta se alegra de antemano en el día en que Jehová pondrá su espíritu en todo el pueblo de Dios: niños y niñas, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, hasta los esclavos de menor categoría. Todos tendrán el privilegio de recibir la revelación de Jehová.
Cincuenta días después de la resurrección de Jesús, cuando todos sus seguidores estaban reunidos en un lugar, “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados” (en griego, como también en hebreo, la misma palabra significa “Espíritu” y “viento”). “Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran” (Hc. 2:1–4). Cuando la gente preguntó: “¿Qué quiere decir esto?”, Pedro se paró y les contestó: “Esto es lo dicho por medio del profeta Joel” (Hch. 2:16). Entonces él citó a Joel 2:28–30 como el texto de su sermón. Pentecostés fue el cumplimiento visible de la profecía de Joel.
Algunos dicen que la promesa de Joel se está cumpliendo nuevamente hoy cuando ellos elevan las manos al cielo, se mecen de un lado a otro y balbucean palabras que nadie puede entender. Ellos animan a todos los cristianos a buscar el don de “hablar en lenguas”. Pero Dios usó: sueños, visiones, y el don de su Espíritu en el tiempo del Antiguo Testamento, para revelarles su voluntad a los hombres. Dios se revela a él mismo hoy día por medio de las palabras de sus profetas del Antiguo Testamento y de sus apóstoles del Nuevo Testamento en las Sagradas Escrituras.
Todo el pueblo de Dios puede leer esta revelación y enseñársela a otros. Dios nos da su palabra a todos nosotros: niños y niñas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, hasta al cristiano más sencillo y más humilde. Dios por medio de la Palabra: derrama su Espíritu en todo su pueblo, crea y fortalece su fe en Jesús, produce frutos de fe en su vida, y los capacita para hablarles de su revelación a otros en el mundo.
Íntimamente relacionado con la profecía de Joel sobre Pentecostés, Dios describe el tiempo antes del fin del mundo. Esta descripción verbal de las imágenes y sonidos de batalla y de las señales en el cielo es similar a la manera en que otros profetas describieron el día de Jehová (por ejemplo, Sof. 1:14–16), a las visones de Juan en Apocalipsis sobre los días finales (6:12; 8:7) y a las palabras de Jesús cuando describió las señales de su venida (Mt. 24:29). En el sermón de Pentecostés sobre este texto Pedro proclamó claramente la liberación del juicio que Jehová había establecido “en el monte de Sión y en Jerusalén”: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo… Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:36–38).
Cuando los profetas de Dios hablan del tiempo “después” o de “aquellos días” (3:1) no dividen el período del Nuevo Testamento en años, décadas ni siglos. En el transcurso de sólo unos versículos Joel habla del Pentecostés y de las señales que anunciarán la segunda venida de Cristo; incluye también todo el tiempo de gracia transcurrido entre estos acontecimientos, la era completa del Nuevo Testamento. Este es el tiempo en que vivimos, cuando el evangelio está siendo proclamado, y “todo aquel que invoque el nombre de Jehová”, es decir el Señor Jesucristo, “será salvo” (v. 32).
Todos nosotros hemos heredado todas las bendiciones de Pentecostés y hemos sido preparados por medio de la fe en el evangelio a enfrentarnos y a sobrevivir el juicio final. Necesitamos recordar que el gran día de gracia de Dios ha sido extendido por una razón. Como dijo Pedro refiriéndose al último versículo del capítulo 2 de Joel: “Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llame” (Hechos 2:39). El apóstol Pablo también cita este versículo en Romanos 10:13. Él imprime en nosotros lo que es la obra de la iglesia: “ ‘Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Ro. 10:13–15).
Algunas iglesias le pueden ofrecer a su comunidad todo tipo de: servicios sociales, actividades recreacionales, y acontecimientos culturales. En ocasiones puede ser que nos sintamos obligados a disculparnos por nuestra propia iglesia cuando todo lo que le ofrece al mundo es la Palabra. Pero ¿verdaderamente necesita el mundo algo más que la Palabra? Las buenas nuevas sobre Jesús son el llamado de Dios a los pecadores que están cerca y que están lejos. El Espíritu obra por medio de la Palabra y del bautismo, para llevarlos a la fe en el Salvador. Por medio de la fe los pecadores sobreviviremos al “gran y terrible día de Jehová” y seremos bendecidos con la vida eterna. La iglesia está aquí para extenderle el llamado de Dios a toda la humanidad, en nuestra tierra natal y en cualquier lugar del mundo. Dios derrama su Espíritu sobre nosotros y sobre nuestros hijos para que podamos extender este llamado de su evangelio a otros. Seremos guiados a hacer fielmente este trabajo hasta que amanezca el día final en que Jesús venga nuevamente a juzgar a los vivos y a los muertos.
2:28 Y sucederá que después de esto. Joel comienza esta parte con una doble expresión de tiempo, sucederá y después de esto, para indicar que ahora va a presentar una nueva profecía. El apóstol Pedro también da la impresión de un futuro lejano y no inmediato, cuando al citar a Joel dice: Y sucederá en los últimos días (Hch 2:17). derramaré mi Espíritu sobre toda carne. La frase toda carne a veces se refiere sólo a Israel (v. Nm 18:15; Jer 45:5; Ez 21:4, 5). En este vers. el Espíritu del SEÑOR estará al alcance de todo Israel. En el Nuevo Testamento los gentiles son incluidos en esta promesa (Hch 10).
2:32 Y sucederá. Los vers. 28–32, citados en Hch 2:17–21, representan un cumplimiento parcial de la profecía de Joel en el Pentecostés. Pedro se refiere a la profecía de Joel sin que necesariamente se haya cumplido toda la profecía. Mucho de esa profecía no se cumplió en aquel día (cp. 2:30, 31; Hch 2:19, 20). Así que el cumplimiento total de la profecía de Joel tendrá lugar en el futuro.
LIBERACIÓN ESPIRITUAL 2:28–32
Un requisito indispensable para la salvación y redención del ser humano, es la presencia del Espíritu Santo en él. Lo mismo se aplica al tema de la liberación o restauración del pueblo de Dios. Joel, quizá más que otro profeta, hizo énfasis en que el programa de liberación requería el derramamiento y presencia del Espíritu de Dios en su gente. La salvación del pueblo escogido debía ser espiritual, lo cual significaba dos cosas: primero, que tal restauración debía proceder del Paracleto y segundo, que no debía ser sólo un acto de liberación sociopolítica, sino más bien, y sobre todo, del pecado. Esta restauración sería perdurable si y sólo si fuere llevada a cabo por la agencia de la tercera persona de la trinidad.
La condición
Para que la salvación espiritual del pueblo se diera, era necesario invocar el nombre de Jehová (v. 32). Invocar significa clamar, implorar, demandar para recibir con fe la salvación que ofrece el Señor. En el día de Pentecostés, esta liberación y el derramamiento del Espíritu que la acompañaba, fueron dadas por Cristo (Hechos 2:33). La gente que quería salvarse debía invocar el nombre de Jesús, quien fue declarado Señor por el Padre, enseñando así que Jehová y Cristo son iguales (Hechos 2:21, 36). Otro aspecto digno de notarse, es que la posibilidad de recibir la salvación y el derramamiento del Espíritu en el período apostólico, se extendía no sólo a los judíos, sino también a los gentiles. Esto en cumplimiento de la promesa original de Joel que tenía connotaciones universales: “… todo aquel que invocare …” (v. 32). En el v. 31 se enseña que hay oportunidad de invocar a Dios (o Jesús) antes de que venga “el día grande y espantoso de Jehová”, lo cual quiere decir que todos aquellos que así lo hagan, podrán encontrar misericordia y no juicio en ese día.
Las señales
La salvación espiritual de Israel vendría acompañada de varios signos extraordinarios: a) de tipo ministerial: “profetizarán vuestros hijos”; b) de tipo milagroso: “sueños, visiones”; c) de tipo cósmico: “prodigios en el cielo, sangre, fuego, columnas de humo”. Las señales no se dieron todas en el día de Pentecostés. Lo anterior parece indicar que esta profecía tendrá un cumplimiento pleno, o si se quiere, un segundo cumplimiento, cuando Cristo venga por segunda vez y entonces, todas las señales que la caracterizan se manifestarán.
PARA TODOS LOS QUE INVOQUEN EL
NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS, EL DÍA DE
JEHOVÁ SERA UNA EXPERIENCIA DE
BENDICIÓN. PARA LOS QUE NO,
SERÁ EL JUICIO.
¡PENSEMOS!
Según Hechos 2, todos los que invocaron el nombre de Jesús fueron salvos y renovados interiormente por el Espíritu Santo. También su conducta y testimonio visible fueron transformados en aquellos primeros miembros de la iglesia de manera que pudieron proclamar a Jesús en otras lenguas y profetizar. Según los siguientes pasajes, Hechos 4:31, Romanos 8:12–15, 1 Corintios 14:20–25, Gálatas 5:16–25, Efesios 5:18–25 y 1 Juan 4:2, ¿qué evidencias de renovación interior y conducta y testimonio espirituales pueden manifestar los creyentes? ¿Cuáles son las señales de una verdadera espiritualidad? ¿Qué nuevas lecciones aprende de estos pasajes con el propósito de mejorar su espiritualidad? ¿Algunos signos de la espiritualidad deben tener prioridad sobre otros? (Vea 1 Corintios 14:5.)
1. Futura manifestación del Espíritu de Dios, 2:28-32
En el texto heb., estos cinco versículos constituyen el cap. 3 (véase nota en la RVA). La expresión sucederá después (v. 28) marca un tiempo indefinido en el futuro. El heb. sugiere la idea de algo que se llevará a cabo “con el correr del tiempo”. La promesa del Señor es espiritual: derramaré mi Espíritu sobre todo mortal. La expresión conlleva un énfasis profético; es decir, la habilidad de entender, interpretar y proclamar la voluntad divina (ser portavoces del Señor). Un don más ampliamente divulgado y/o diseminado entre la gente es el hecho de que Dios iluminará la mente y el corazón de las personas para que puedan discernir y proclamar su palabra (voluntad). No solo permitirá la obediencia personal (Eze. 36:26, 27), sino que también el desarrollo de una mejor relación con el Creador (Isa. 32:14–18; 44:3–5). Todo mortal es, lit., “toda carne” o ser humano. Sin embargo, la expresión vuestros ancianos… jóvenes, parece limitar la promesa al pueblo judío. Esta promesa pareciera cumplir el anhelo que una vez expresara Moisés (Núm. 11:29). Más aún, tanto hombres como mujeres, ancianos y jóvenes, esclavos y libres, participarán de esta labor espiritual (vv. 28b, 29). Los sueños y las visiones son medios por los cuales los antiguos recibían mensajes proféticos, y/o conocían de la voluntad de Dios. La promesa es que Dios derramará su Espíritu como manifestación de su gracia divina. Pedro interpretó la venida del Espíritu Santo en Pentecostés como el cumplimiento de esta promesa; pero él la aplicó tanto a los judíos como a los gentiles (Hech. 2:16 ss.).
Los vv. 30 y 31 parecen sugerir que el derramamiento del Espíritu es otra de las señales o manifestaciones del día de Jehovah. El lenguaje en estos dos versículos es apocalíptico; es decir, usa imágenes simbólicas que presagian eventos relacionados con los planes de Dios. Prodigios tiene que ver con eventos extraordinarios. En los cielos y en la tierra incluye toda la naturaleza, todo lo creado. Lo que sigue son figuras bélicas: sangre, fuego y columnas de humo, todo aquello que acompaña cualquier guerra. El profeta señala al evento mismo y sus resultados. Las señales cosmológicas (v. 31) son figuras que acompañan todo juicio divino (Isa. 13:10; Mar. 13:24; Apoc. 6:12). Sin embargo, hay que recordar que muchas veces el fuego es símbolo de juicio y purificación. De ahí que algunos comentaristas prefieran ver estos versículos como la manifestación del juicio divino sobre las naciones paganas, y como vindicación del pueblo judío; especialmente si se toma en cuenta que el día de Jehovah será algo grande y temible (“espantoso” en RVR-1960. Comp. Mal. 4:5). Sin embargo, el contexto parece apuntar al hecho que el derramamiento del Espíritu estaría acompañado de manifestaciones cósmicas, o señales extraordinarias. Esto pudo haberle servido de clave a Pedro para identificar la venida del Espíritu Santo como el cumplimiento de la profecía de Joel.
El v. 32 apunta al “plan de salvación” de parte de Dios. Invocar el nombre de Jehovah significa entrar en comunión con él, en obediencia y adoración (Gén. 4:26). Es “aceptar” a Dios como su Dios. Esta es la manera de “escapar” del juicio divino: será salvo, ya sea en lo que representaba la plaga de langostas (como en el caso de la nación de Israel) o en el juicio final (Rom. 10:9–13). Sion o Jerusalén es el centro de la manifestación divina, lugar donde estaba el templo y desde donde, según el pensamiento hebreo, Dios comunicaba su voluntad. También era el centro de adoración para los judíos. La figura también puede transmitir un sentido de seguridad, protección y/o salvación. Es el lugar donde estarán los libertados. La promesa de salvación es para aquellos que Jehovah ha llamado, una frase que probablemente alude a quienes han respondido al llamado o invitación de Dios; o quizá se refiera al remanente judío que permanece fiel y obediente a Dios a pesar de cualquier calamidad o adversidad.
3. Derramaré mi Espíritu (2:28–32)
Si las promesas de la generación se pueden resumir con las palabras “Yo pagaré”, sus promesas para un tiempo después se pueden expresar con las palabras Derramaré (28–29). Si miramos 2:28–32, debemos tener cuidado de no establecer una división demasiado fuerte entre los últimos cinco versículos del capítulo 2 y el capítulo 3 entero. Forman una unidad, tal y como indican las primeras frases del capítulo 3: “en aquellos días y en aquel tiempo”.
C. H. Dodd también señala un aspecto general importante de Joel 2 y 3. “Jugaron un papel importante a la hora de formar el lenguaje con el que la iglesia primitiva expuso sus convicciones acerca de lo que Cristo había hecho y lo que iba a hacer”. Proporcionalmente a su extensión, se podría decir que Joel tuvo un mayor impacto en los escritores del Nuevo Testamento que cualquier otro libro del Antiguo Testamento. Y si Isaías 53 es un pasaje clave de las Escrituras para que podamos entender y experimentar la cruz de Cristo, entonces Joel 2 es esencial para que entendamos, enseñemos y experimentemos la venida del Espíritu de Dios.
Nuestra primera y fundamental tarea es hacernos la pregunta (como siempre): ¿Qué significaron aquellas palabras para Joel y sus contemporáneos? ¿Qué significó para el pueblo en tiempos de Joel cuando el profeta mencionó el Espíritu de Dios? De nuevo, nos encontramos algo limitados por nuestra ignorancia con respecto a la fecha de la profecía de Joel. A causa de esta incertidumbre, no podemos tomar acontecimientos y pasajes específicos, y establecer con total seguridad los que habrían condicionado el enfoque de Joel con respecto a la actividad del Espíritu de Dios.
Sin embargo, existe una teología global del Espíritu en las Escrituras del Antiguo Testamento que empieza con “el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”, con actitud creadora (Gn. 1:2). Una gran parte de esta teología se basa en los acontecimientos específicos de la historia de Israel que tuvieron lugar antes de la época de Joel. Los acontecimientos y su recopilación formaban parte de la identidad y la autodefinición de Israel. También lo eran los cultos del templo. Las historias iban pasando de una familia a otra a lo largo de las generaciones. Esta tradición oral era extremadamente fuerte y fiable, fuera cual fuera la naturaleza de las recopilaciones escritas.
La mayoría de las referencias al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento muestran la forma en la que ciertos individuos recibieron poder en momentos específicos para tareas en particular. Como resultado, o a causa de su posición, todos eran líderes en la comunidad. Este otorgamiento de poder era crucial para poder servir a Dios eficazmente y hasta los tiempos de David fue la marca de la persona escogida por Dios. Se esperaba que uno de estos líderes, Elías (quizás por el final poco corriente que tuvo su vida, aparentemente eludiendo la muerte), volviera a la tierra como preludio inmediato a la venida del Mesías. Tal acontecimiento está profetizado específicamente por Malaquías como parte de los preparativos para “el día del SEÑOR, día grande y terrible” (Mal. 4:5).
Por lo tanto, para Joel y su público, existía la experiencia (aunque sólo hubiera ocurrido en su historia en el pasado), pero también la expectativa, de que el Espíritu viniera a los individuos para que hubiera algún tipo de expresión de liderazgo entre el pueblo de Dios. Hay dos acontecimientos que sirven de trasfondo aquí para las palabras de Joel. El primero ocurrió en tiempos de Moisés y el segundo en tiempos de Saúl.
El primero viene descrito en Números 11 y 12. Durante los cuarenta años en los que estuvieron vagando por el desierto, llegó un momento en el que Moisés se hartó de ser el líder de un pueblo tan rebelde. Una mezcla de factores creó una situación a punto de explotar: la ira de Dios hacia el pueblo, la frustración y el cansancio de Moisés, las expectativas del pueblo sobre Moisés, las expectativas de Moisés con respecto a sí mismo, la ira de Moisés hacia Dios por esperar que él actuara como la niñera del pueblo, su sentimiento de fracaso y el hecho de que parecía que todo se iba a acabar. Es un retrato fiel de la soledad que comporta liderazgo.
Dios le dice a Moisés que reúna a setenta ancianos y oficiales en la tienda de reunión: “Entonces descenderé y hablaré contigo allí, y tomaré del Espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos, y llevarán contigo la carga del pueblo para que no la lleves tú solo” (Nm. 11:17). Moisés siguió las instrucciones del SEÑOR y todo empezó a ocurrir como prometió Dios: “el SEÑOR… tomó del Espíritu que estaba sobre él [Moisés] y lo colocó sobre los setenta ancianos. Y sucedió que cuando el Espíritu reposó sobre ellos, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo más” (11:25).
Dos ancianos, Eldad y Medad, no habían ido a la tienda de reunión, pero se encontraron con que el Espíritu reposó sobre ellos en el campamento y comenzaron a profetizar también. Josué, uno de los escogidos (11:28), quiso que Moisés prohibiera a estos dos disidentes que profetizaran en el lugar equivocado en el momento equivocado. Entonces, viene la clásica réplica de Moisés: “¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del SEÑOR fuera profeta, que el SEÑOR pusiera su Espíritu sobre ellos!” (11:29). Moisés había visto lo suficiente como para querer que todos tuvieran la misma experiencia. Ver a Dios poner su Espíritu sobre setenta hombres junto a él en la tienda de reunión era como un bálsamo. Oír que Dios había enviado su espíritu a otros dos también, incluso cuando Él no estaba presente allí, era aún mejor. Si de esto se trataba compartir y soportar la carga, a Moisés le gustaba. Reconoció los celos de Josué, quien estaba siendo preparado para ponerse al frente del liderazgo cuando Moisés ya no estuviera. Pero aquí tenemos la mejor lección de liderazgo espiritual que se pueda recibir: setenta o setenta y dos personas estaban moviéndose con el poder del Espíritu de Dios, no sólo en el “lugar santo”, sino también en “el campamento”.
Miriam y Aarón muestran los celos que tenían de la relación especial de Moisés con Dios y el puesto como portavoz de Dios: “¿Es cierto que el SEÑOR ha hablado sólo mediante Moisés? ¿No ha hablado también mediante nosotros?” (12:2). Josué, Miriam y Aarón ostentaban cargos reconocidos e importantes por debajo de Moisés. Cuando vieron que el Espíritu se movía entre las personas menos cualificadas y con menor autoridad, sospecharon que se trataba de un desarrollo arriesgado y que ellos mismos estaban siendo desautorizados.
Entonces, el SEÑOR les dice a Miriam y a Aarón que su hermano Moisés ciertamente ocupa un lugar especial en sus propósitos: “Cara a cara hablo con él, abiertamente y no en dichos oscuros” (12:8). Pero a la vez: “Si entre vosotros hay profeta, yo, el SEÑOR, me manifestaré a él en visión. Hablaré con él en sueños” (12:6). Es razonable llegar a la conclusión de que esta era la forma como los ancianos profetizaron. Su ministerio profético tomó la forma de visiones y sueños: retratos visuales de un tipo u otro, pero no necesariamente en forma de éxtasis. Básicamente, otras personas que veían a personas conocidas actuar de formas que no conocían, capaces de hacer algo de lo que no eran normalmente capaces.
El segundo acontecimiento tuvo lugar con Saúl, hijo de Cis y primer rey de Israel. Samuel, de quien “se dice a menudo que fue el último de los jueces y el primero de los profetas”, después de haber ungido a Saúl como rey, anunció proféticamente una serie de hechos que le acaecerían. Uno de ellos era que un grupo de profetas se encontraría con él, que el Espíritu del SEÑOR vendría sobre él, y que profetizaría. Cuando ocurrió tal y como había predicho Samuel, Saúl fue “cambiado en otro hombre” (1 S. 10:6) y “todos los que le conocían de antes vieron que ahora profetizaba con los profetas, los del pueblo se decían unos a otros: ¿Qué le ha sucedido al hijo de Cis? ¿Está Saúl también entre los profetas?” (1 S. 10:11).
Esta última frase se convirtió en un proverbio para el pueblo de Israel (1 S. 10:12; cf. 19:24). Por lo tanto, Joel lo conocería de alguna forma u otra y el pueblo también. Así que, para Joel y su generación, era significativo el hecho de pensar y hablar de que Dios enviaría su Espíritu a las personas que tenían el liderazgo o que iban a ser líderes. Incluso albergarían la esperanza de que Dios actuara durante su tiempo.
Volviendo al texto de Joel, vemos que la actividad del Espíritu de Dios aquí tendría lugar después (“después de esto”), después de que las promesas de restauración (2:19–27) hubieran sido cumplidas en la tierra sustancialmente, o completamente. Del mismo modo, las palabras vuestros hijos y vuestras hijas (¿por qué no “vosotros”?) sugiere que sería durante la próxima generación, o algunas generaciones más tarde, pero no tiene fecha y tampoco se puede fechar.
La palabra derramaré es muy importante. En el contexto inmediato, se puede relacionar con el tema anterior de la lluvia: alegraos en el SEÑOR vuestro Dios; porque Él os ha dado la lluvia temprana (23). Como la lluvia para una tierra sedienta, así es el Espíritu de Dios para un alma sedienta y un pueblo sediento. Dios promete que llegará el día en el que derramará su Espíritu.
La imagen y la realidad de Dios derramando su Espíritu, siendo diferente de poner su Espíritu en las personas, representan algo más dinámico. El profeta describe un hecho más abundante, exuberante, casi derrochador. No escatima nada y no hay nada que hacer excepto disfrutarlo y estar presente cuando el Espíritu sea derramado. No es una llovizna, sino un chaparrón. Esta es la forma de actuar del Espíritu que preveían otros profetas, como Isaías, Ezequiel y Zacarías.
Dios derramará su Espíritu sobre toda carne. Bíblicamente, esta frase se puede referir a toda criatura viviente, humana o no. Aquí queda claro que alude a los seres humanos, aunque teniendo en cuenta el episodio de cuando el SEÑOR abrió la boca del asna de Balaam y permitió que hablara como un ser humano; no debemos ser inflexibles. Se debate si toda carne, para Joel y sus contemporáneos, significaba todo el pueblo de Israel o todas las personas del mundo. De hecho, puede ser que permaneciera ambiguo tanto para el profeta como para el pueblo.
El derramamiento del Espíritu claramente tendrá un impacto dramático en la vida de la comunidad del pueblo de Dios. A medida que va siendo afectado cada uno de los individuos, las distinciones sociales y de otro tipo menguarán y tendrán menos peso. La actividad del Espíritu no discriminará por edad, sexo ni condición social.
La gente mayor siempre ha sido respetada en Israel. En este pasaje, puede haber una indicación de que las diferencias de edad se igualan, a medida que los jóvenes sienten el impacto y muestran el efecto del Espíritu de Dios en su vida. También tendrá lugar un cambio importante en las posiciones de los hombres y las mujeres como resultado de la actividad del Espíritu, pues aquí se muestran equivalentes. Aunque el Antiguo Testamento no favorece de manera uniforme a los hombres, principalmente describe una sociedad dominada por los hombres.
Pero lo que de verdad demuestra que el antiguo orden va a ser cambiado es la forma en la que el Espíritu desciende sobre los siervos y las siervas. Los siervos y las siervas recibirían tanto como los demás. Aunque los israelitas a veces eran vendidos como esclavos entre su propio pueblo (normalmente, a causa de adversidad temporal y de niños para dar margen a los padres y una esperanza para recuperarse), los siervos eran normalmente extranjeros comprados durante los viajes o después de las campañas militares. Aunque se integraran en la comunidad, aceptaran y adoptaran las costumbres y prácticas, seguían siendo forasteros. “Es importante que el lector moderno no se pierda el carácter radical de lo que anuncia Joel Joel prevé una renovación sociológica La afirmación de Joel se debe contrastar con la oración antigua que hacían los hombres judíos al amanecer: ‘Dios, te doy gracias porque no nací gentil, ni esclavo ni mujer’.”
El impacto de este derramamiento sobre todos sin excepción será que
vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán,
vuestros ancianos soñarán sueños,
vuestros jóvenes verán visiones.
¿Qué significaba, entonces, que profetizarían? ¿Qué significaba soñar sueños? El cumplimiento de la promesa, cuando ocurriera, no tenía por qué limitarse al entendimiento y las expectativas de Joel. Pero las respuestas aún se deben identificar antes de seguir con los acontecimientos siguientes.
¿Qué significaba profetizar en tiempos de Joel? El verbo en hebreo, nāba’, aparece como verbo 115 veces en el Antiguo Testamento, pero sólo una vez en el Pentateuco: en el capítulo clave de Números 11, que describe la experiencia de Moisés con los ancianos. Los profetas eran personas que hablaban las palabras que Dios les daba. (Normalmente, eran hombres, pero se mencionan al menos tres profetisas: Miriam, Débora y Hulda.) Esto se describe con una serie de frases comunes, como “Así dice el SEÑOR” y “Vino palabra del SEÑOR a…” (literalmente, “era a” o “se hizo realidad para”). Algunos escribieron libros, otros eran consejeros de reyes, pero por lo general existía una relación incómoda, y ciertamente compleja, entre los profetas y los gobernantes. No es normal hallar un profeta que vivía en la corte; normalmente, iban de un lado para otro llevando la palabra de Dios a su pueblo.
Se dice que Dios habló su palabra a la mayoría de los profetas, pero a algunos les dio sueños y visiones. ¿Qué significaba soñar sueños y ver visiones? Los sueños son algo común en el Antiguo Testamento. Son importantes en la vida de personas como Abraham, Jacob, José, Gedeón, Salomón y Daniel. Los sueños también son significativos en la vida de los individuos en otras naciones aparte de Israel.78 Ya fuera entre ellos o en Israel, los sueños siempre requieren una interpretación.
La Biblia ofrece dos apreciaciones opuestas del tema de los sueños y los soñadores. En tiempos más antiguos, esta forma de recibir un mensaje de Dios aparentemente se veía con menos recelo que en la época de Jeremías, por ejemplo, quien consideraba que los mensajes que supuestamente venían de parte de Dios por medio de los sueños equivalían casi a una profecía falsa.
Así que los sueños y las visiones pueden ser una comunicación auténtica por parte de Dios, pero requieren interpretación. Hay otra forma más directa de ser inspirado por el Espíritu: oír y hablar la palabra del SEÑOR. Este género probablemente fuera más respetado en tiempos de Joel. Su profecía aquí, mientras que no daba carta blanca a un ministerio profético con un enfoque más gráfico, lo aprobaba y sus oyentes lo habrían recibido de esta forma.
Del mismo modo, las visiones gozaban de un pasado respetable en la historia de Israel. Eran parecidas a los sueños, pero normalmente se recibían cuando la persona estaba despierta, no dormida. Estaban íntimamente relacionadas con las personas llamadas “videntes” (h,ōzeh, vidente; h,āzôn, visión) y eran casi “un término técnico para la revelación divina”. No existía ni el mismo escepticismo ni la misma hostilidad hacia aquellos que tenían visiones como hacia los que soñaban sueños. En los primeros capítulos de Zacarías, hay ejemplos de tales visiones, presentadas con frases como “vi un hombre que iba montado en un caballo rojo”, “alcé mis ojos y miré…” y “me dijo: ¿Qué ves?”.81
Está aún abierta la pregunta de si la profecía de Joel sobre los ancianos soñando sueños y los jóvenes viendo visiones tiene implicaciones características; por ejemplo: ¿los ancianos normalmente veían visiones y los jóvenes soñaban sueños? Otra pregunta abierta es la de hasta qué punto se habrían esperado manifestaciones extáticas durante la actividad profética en tiempos de Joel. Históricamente, había precedentes que incluían tales experiencias, pero no eran necesarias ni importantes a la hora de recibir un mensaje de Dios. En realidad, las manifestaciones más inusuales eran más frecuentes en la profecía pagana y a menudo eran el resultado de trances deliberados o experiencias estimuladas artificialmente. El ministerio de un profeta genuino de Israel normalmente se compara con papeles similares que jugaban adivinos, astrólogos, hechiceros o incluso los “profetas de Baal” (1 R. 18) en otras naciones.
Las palabras proféticas de Joel acerca del Espíritu de Dios habrían tenido un gran impacto en una nación que estaba saliendo en esos momentos de un túnel largo y oscuro. En la profundidad de su desolación, se habrían preguntado si volverían a experimentar la presencia del SEÑOR en medio de ellos. Ahora, Joel está trayéndoles un mensaje glorioso del SEÑOR diciendo que toda carne recibiría un derramamiento glorioso del Espíritu: un mensaje que venía reforzado por la repetición de la frase derramaré mi Espíritu.
Esta promesa del Espíritu, sin embargo, está colocada inflexiblemente en el contexto del día del SEÑOR, grande y terrible (31). Los párrafos anteriores han contenido una bendición tan absoluta que cuando nos confrontan con las imágenes dramáticas del lenguaje apocalíptico nos resulta chocante: Y haré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del SEÑOR, grande y terrible (30–31).
¿Qué significan estos prodigios? Sangre, fuego y columnas de humo tienen su equivalente en el relato del éxodo. La sangre del cordero de Pascua garantizó a los israelitas la seguridad y la protección del juicio santo del SEÑOR sobre los egipcios. Una columna de humo condujo al pueblo a través del desierto por la noche.84 Una nube de humo envolvió la montaña cuando el SEÑOR descendió a Sinaí para hablar con Moisés. Los tres prodigios expresaban la abrumante realidad de un Dios santo presente entre su pueblo, protegiendo, preservando, proveyendo, proclamando y llamando así su atención y la del mundo para que rindieran cuentas.
Antes de que venga el día del SEÑOR, grande y terrible, habrá otra demostración similar de la santidad de Dios que todo lo consume: El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre (31). Jesús mismo habló de realidades similares cuando describió “la venida del Hijo del Hombre”. También se intuyeron estos acontecimientos penúltimos en el terremoto y la oscuridad de mediodía que tuvieron lugar cuando Jesús murió.87 El libro de Apocalipsis utiliza de nuevo el lenguaje apocalíptico de Joel y Jesús. En cada caso, la realidad suprema es el miedo provocado por acontecimientos que desvelan la majestuosidad aterradora del Dios todopoderoso, expresada con la terrorífica paradoja de “la ira del Cordero”.89
Así que el pueblo del tiempo de Joel tiene que volver y enfrentarse al día del SEÑOR. La plaga de langostas se está yendo, pero Joel ya ha enfatizado tres veces que las langostas presagiaban un desastre aún mayor. Así que la restauración de las langostas, seguida del pueblo entero experimentando el derramamiento del Espíritu de Dios sobre ellos, expresaba la intervención divina lista para el gran día del juicio.
El objetivo del regalo del Espíritu no era la satisfacción personal ni la recuperación y la estabilidad nacional. Serviría para fortalecer al pueblo de Dios para que ocupara la posición de liderazgo profético entre las naciones en un mundo que se dirigía hacia un día apocalíptico de rendición de cuentas. Si los profetas individuales tenían la tarea de llevar la palabra de Dios a una nación que corría el riesgo de sufrir el juicio divino, un pueblo inspirado proféticamente habría tenido la tarea de llevar la palabra de Dios a un mundo que estaba a punto de sufrir el juicio final.
La perspectiva de Joel incluye la advertencia de que vivir en el monte de Sion y en Jerusalén no garantizaría la supervivencia en aquel día de juicio. Será terrible (que inspira terror y profundo temor) para todos, tanto para Israel como para las naciones. El juicio es lo principal de ese día y, por lo tanto, el único tema que tiene relevancia es el siguiente: ¿alguien podrá escapar a él? ¿Habrá sobrevivientes? Sí, dice el SEÑOR a través de Joel, los habrá (32).
Estos sobrevivientes se definen con dos frases paralelas: todo aquel que invoque el nombre del SEÑOR y los que el SEÑOR llame (32). Parecen dos caras de la misma moneda, reflejando la iniciativa de Dios al dejar claro su llamado y la responsabilidad de los oyentes de responder invocando el nombre del SEÑOR.
Por lo tanto, este es el escenario que Joel prevé que sucederá posteriormente, después de que la plaga de langostas haya sido quitada y la tierra y su pueblo restaurados. Ahora podemos considerar cómo y por qué Pedro tomó este pasaje varios siglos después para explicar lo que les ocurrió a los seguidores de Jesús en Jerusalén el día de Pentecostés.
Debe destacarse que la promesa del SEÑOR a través de Joel con respecto al derramamiento del Espíritu sobre toda carne no se cumple hasta muchos años después. Según cuándo fechemos el libro de Joel, la promesa se hizo entre 400 y 900 años antes de cumplirse. Esto en sí nos enseña la verdad importante, pero casi imposible de digerir, acerca de los propósitos y la actividad de Dios. Parece ser que Él no tiene tanta prisa como nosotros y tampoco comparte nuestra opinión de que todo tendrá lugar en nuestra generación.
Sin embargo, Pedro tenía claro que a las nueve de la mañana el día de Pentecostés, que cayó en el tercer día del mes tercero del año, tuvo lugar el cumplimiento de la promesa de Dios hecha a Joel. Durante la hora anterior al acontecimiento, había presenciado y pasado una increíble experiencia de poder espiritual. No tenía ni tiempo ni la teología para explicar de manera plausible los acontecimientos que se produjeron de forma pública y no en un rincón de forma privada. Pero estaba seguro de que era “lo que fue dicho por medio del profeta Joel” (Hch. 2:16).
La importancia que tiene el hecho de que Dios escogiera el día de Pentecostés para derramar su Espíritu por medio de Jesús sobre los 120 discípulos es fascinante. Esa fiesta judía debía comenzar siete semanas desde el momento en que empezaran a meter la hoz a la mies: en este caso, siete semanas desde que Jesús fue crucificado. Era el día de las primicias de la cosecha que traía el pueblo al templo para dar a Dios, pero que disfrutaban los sacerdotes. Bajo el nuevo pacto de la sangre de Jesús, el “real sacerdocio”92 de todos los creyentes de Jesús disfruta el regalo de Dios del Espíritu a su pueblo como las primicias de su herencia completa.
Hay varios cambios más o menos importantes desde el texto de Joel hasta el de Pedro. El cambio de después a “en los últimos días” es posiblemente el más importante. Varía el tema central del pasaje: pasa de ser una afirmación históricamente lineal a una afirmación expresamente escatológica. En lugar de la promesa de Dios de derramar su Espíritu en un futuro, se convierte en un acontecimiento inextricablemente unido al fin de la historia y al cumplimiento de los propósitos eternos de Dios.
El derramamiento del Espíritu de Dios en Pentecostés indicaba que el capítulo final de la historia del mundo de Dios había comenzado con el nacimiento, la vida, la muerte, el enterramiento, la resurrección y la ascensión de Jesús de Nazaret. Como les dijo Pedro a las multitudes que se reunieron en Jerusalén: “Exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2:33).
El último cambio de Pedro tiene gran importancia: omite la última parte de Joel: porque en el monte Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho el SEÑOR, y entre los sobrevivientes estarán los que el SEÑOR llame. A primera vista resulta extraño que Pedro excluya la mención a Jerusalén cuando está hablando en esa ciudad explícitamente a “todos los que vivís en Jerusalén” (Hch. 2:14).
Parece ser que el Espíritu Santo mismo hubiera interrumpido la cita de Pedro porque los sentimientos de Joel 2:32 sí aparecen unos minutos más tarde en las palabras de Pedro al pueblo. Después de hablarles directa y francamente sobre la verdadera identidad de “este Jesús a quien vosotros crucificasteis” (Hch. 2:23), el pueblo está tan compungido de corazón que le preguntan qué deben hacer. Pedro dice: “Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame” (Hch. 2:37–39).
Después de omitir anteriormente la referencia a aquellos en el monte Sion y en Jerusalén, Pedro añade aquí la frase dramática: “todos los que están lejos”, matizando la aparente falta de discriminación con la frase de Joel (o algo parecido): “tantos como el Señor nuestro Dios llame”. La promesa, dice Pedro, también es para las generaciones futuras (“vuestros hijos”), pero además es para los que están lejos. Ni el tiempo ni el espacio serán obstáculos para que alguien sea partícipe del derramamiento del Espíritu. ¿Qué quería decir Pedro, o pensaba que quería decir, con la frase “todos los que están lejos”? El Pedro del día de Pentecostés quizás habría respondido de manera distinta que el Pedro que conoció a Cornelio, y de forma más diferente aún que el Pedro que tuvo que enfrentarse a la oposición de Pablo con respecto a la plena comunión en Cristo entre los creyentes judíos y gentiles.95 A Pablo, le resultaba más fácil que a Pedro entender quiénes eran “todos los que están lejos” y lo que significaba que fueran incluidos como parte del pueblo de Dios.
Cuando Pedro tuvo algo más de tiempo para reflexionar, escuchar, orar y observar a Dios obrando en diferentes partes del mundo, se dio cuenta de lo que quería decir cuando “olvidó” las últimas palabras de Joel e “inventó” aquellas palabras poderosas de invitación universal. Sus cartas a los discípulos de Cristo, tanto judíos como gentiles, repartidos por Oriente Medio, escritas unos treinta años más tarde, condensan de forma brillante la verdad que articuló aquella mañana de Pentecostés en Jerusalén: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia” (1 P. 2:9–10).
Cada una de las frases de estos dos versículos representa un comentario perfecto de la profecía de Joel, la venida del Espíritu en Pentecostés, el uso creativo de Pedro de las palabras de Joel y el impacto de esos acontecimientos y de esa predicación tanto en aquellos que estuvieron presentes como en generaciones futuras y otras culturas. A través de la obra de Jesús en su iglesia, Dios continúa derramando su Espíritu sobre toda carne.
La promesa, a causa de su naturaleza y por quién era su autor, no iba a ser un acontecimiento que fuera a ocurrir una vez y ya está, un repentino temporal tropical de lluvias torrenciales del Espíritu. Dios ha seguido derramando su Espíritu sobre toda carne. Hoy en día, no tenemos que saltar dentro del lago provocado por la actividad de Dios en Jerusalén en Pentecostés. Se nos invita a regocijarnos en un Dios que aún sigue derramando su Espíritu sobre todos aquellos que, humildemente y con gusto, responden a su llamado, que se vuelven a Él para ser salvos, salvos de las garras del pecado y del poder de la muerte, pero sobre todo del día del juicio. “Sed salvos de esta perversa generación” (Hch. 2:40). Entonces pasan a formar parte del pueblo de Dios, un “remanente” llamado y preparado para llevar su palabra a su propia generación y, por medio de este ministerio, formar un liderazgo santo en todos los ámbitos de la sociedad.
A. Avivamiento espiritual y liberación (2:28–32)
2:28–29. El Señor anunció que su “día” (v. 31) vendría acompañado de un derramamiento del Espíritu Santo sobre toda carne. El contexto que sigue indica que “toda carne” se refiere específicamente a todos los habitantes de Judá (cf. el cuádruple uso de vuestros en el v. 28, así como los pasajes paralelos de Ez. 39:29; Zac. 12:10). Esto se cumplirá en todos sin importar edad, género, o condición social, (incluso en los siervos y … siervas; Jl. 2:29).
En ese tiempo, los que reciban el Espíritu ejercerán los dones proféticos (profetizarán … soñarán; y tendrán visiones) que anteriormente habían sido privilegio de una minoría (cf. 1 S. 10:10–11; 19:20–24). Quizá es una alusión a Números 11:29, donde Moisés, en respuesta al celo equivocado de Josué en el momento que recibieron el Espíritu los 72 ancianos (cf. Nm. 11:24–28), dijo: “¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!” Este amplio derramamiento del Espíritu señalará la llegada de la bendición divina (contrástese con 1 S. 3:1, donde la ausencia de visiones proféticas provocó un período de pecado y juicio).
2:30–31. El día grande y espantoso de Jehová será precedido por señales ominosas (prodigios) de un juicio inevitable (cf. v. 10; Ez. 32:6–8 para algunos paralelismos literarios). Sangre … fuego, y columnas de humo hablan de los efectos de la guerra. El hecho de que la luna se convierta en sangre es una forma poética de decir que se oscurecerá (cf. el paralelismo, el sol se convertirá en tinieblas, y Jl. 2:10; 3:15). Aunque tales fenómenos presagiarán el castigo de los enemigos de Dios, su pueblo debía entenderlos como precursores de su liberación (cf. Mt. 24:29–31; Mr. 13:24–27; Lc. 21:25–28).
2:32. En esa época de juicios universales, todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo (i.e. librado físicamente del peligro; cf. el comentario de Ro. 11:26). “Todo aquel” no se refiere a todo el pueblo, sino a todos aquellos sobre los que fue derramado el Espíritu que se mencionan en Joel 2:28–29. En Romanos 10:13 Pablo relacionó este pasaje con la salvación de los gentiles (y también judíos), pero ahí propuso una simple analogía, no el cumplimiento cabal de Joel 2:32, que pertenece a Israel.
En el día de Jehová, Jerusalén será refugio de los sobrevivientes que el Señor hubiere llamado. Ese remanente con quien el Señor iniciará una relación especial (para el significado de “llamar” aquí, V. Is. 51:2) quizá sea el grupo descrito en Joel 2:28–29, 32a (cf. Wolff, Joel and Amos. “Joel y Amós”, págs. 68–69), aunque algunos (e.g., Driver, The Books of Joel and Amos, “Los libros de Joel y Amós”, págs. 68–69) consideran que se trata de los que retornan del exilio.
En el día de Pentecostés, Pedro citó Joel 2:28–32 en relación con el derramamiento del Espíritu (cf. Hch. 2:17–21). Sus palabras iniciales (cf. Hch. 2:16, “esto es lo dicho por el profeta Joel”) parecen indicar que él creía que en esa ocasión se estaba cumpliendo completamente la profecía de Joel. Sin embargo, es evidente que los eventos de ese día, aunque extraordinarios, no corresponden cabalmente a los que predijo Joel.
Al tratar de resolver ese problema, se debe reconocer que en los primeros caps. de Hechos de nuevo se estaba ofreciendo el reino a Israel. Pedro exhortó a la gente a que se arrepintiera para que pudiera recibir el Espíritu prometido (cf. Hch. 2:38–39 donde alude a Jl. 2:32). Poco después, Pedro previó los “tiempos de refrigerio” y el retorno de Cristo en respuesta al arrepentimiento nacional (cf. Hch. 10:19–21). No fue sino hasta después que Pedro comenzó a entender mejor el programa de Dios para los gentiles de la época actual (cf. Hch. 10:44–48). Cuando él observó el derramamiento del Espíritu en Pentecostés, correctamente lo interpretó como la primera etapa del cumplimiento de la profecía de Joel. Es evidente que creía que en ese entonces se estaba ofreciendo el reino a Israel y que el derramamiento del Espíritu Santo señalaba la venida del milenio. Sin embargo, el cumplimiento total de la profecía (con respecto tanto a la amplitud de la obra del Espíritu como a los demás detalles) fue pospuesto por causa de la incredulidad de los judíos (para una discusión más amplia, V. el comentario de Hch. 2:16–21; 3:19–21).
Versículos 28–32
1. «Y después de esto» (v. 28); como comenta Ryrie, «después del futuro arrepentimiento y restauración de Israel (Zac. 12:10; 13:1) en conexión con la segunda venida de Cristo, según es atestiguada por los portentos del versículo 30 … Entonces será derramado el Espíritu Santo sobre todas las clases de Israel que pertenecen al remanente fiel (v. 32)». Esta expresión («Y después de esto»), de tono escatológico, se halla, en forma parecida, en Isaías 2:2: «en lo postrero de los tiempos», en Oseas 3:5: «Después … en el fin de los días», y en Hechos 2:17: «en los últimos días».
2. En cuanto a lo de «derramaré mi Espíritu sobre toda carne», es de notar que: (A) es una figura tomada de la lluvia (comp. con el v. 23); (B) se demuestra así que el Espíritu Santo desciende del cielo, (C) se da en abundancia y sobre todos; (D) se da de los tres modos mencionados en Números 12:6: sueños, visiones y profecía, pues en dicho versículo 28 leemos: «profetizarán … soñarán sueños … verán visiones». En cuanto a la cita que de este versículo 28 hace Pedro en Hechos 2:17, 18, dice Feinberg que, en Hechos, esta promesa fue cumplida en parte (ingl. prefilled), no del todo (ingl. fulfilled), puesto que Pedro no dijo que «así se cumplía», sino «esto es lo dicho por el profeta Joel» (Hch. 2:16). Además, lo sucedido el día de Pentecostés no agotaba en modo alguno los detalles que aquí figuran en la efusión del Espíritu de Dios.
3. No es ésta la primera vez que las Escrituras mencionan la efusión del Espíritu Santo, ni será la última (v. Is. 32:15; 44:3, 4; Ez. 36:27, 28 37:14; 39:29; Zac. 12:10). Pero ese día (vv. 30, 31) traerá ira y juicio sobre los incrédulos, e irá acompañado de grandes transformaciones en el cielo y en la tierra. Lo que en Éxodo 7:17; 9:24; 19:18 eran fenómenos localizados ahora serán cósmicos. La versión de Bover y Cantera dice: «No hay que excluir la posibilidad de que esta descripción aluda a guerras exteriores y civiles que aterrarán los últimos días del hombre».
4. Junto al castigo de los incrédulos está (v. 32) la salvación para los creyentes (Ro. 10:13). El propio Buck opina que esto afecta primeramente a los súbditos de la teocracia judía. Es de notar el doble uso del verbo llamar: (A) llamar a Dios comporta liberación y salvación: «Y todo aquel que INVOQUE el nombre de Jehová se pondrá a salvo», que también se halla en Jeremías 33:3; Hechos 2:21 y Romanos 10:13. (B) Ser llamado por Dios. Dice el final del versículo 32: «y entre los supervivientes estarán los que Jehová llame»; éstos son los que forman el remanente de Abdías versículo 17; Sofonías 3:12 y Zacarías 14:1–5, los cuales serán una bendición para toda la tierra. Los que tienen mayor conocimiento del pecado y de la gracia son los que más han de ejercitar el arrepentimiento y la fe.
. “EL VALLE DE LA DECISIÓN”
Joel 2:28–3:21 Después de declarar las bendiciones externas que seguirían al arrepentimiento, Joel revela las extraordinarias bendiciones espirituales que le esperaban. El derramamiento del Espíritu, descrito en Hechos 2:16, 17, no agota estas gloriosas palabras. Esta bendición es para todos aquellos a los que el Señor nuestro Dios llame a sí mismo, y como uno de aquellos a los que ha llegado su llamado, usted tiene perfecto derecho a reclamar su parte en Pentecostés. La promesa es para todos los que están “lejos” en el espacio y en el tiempo. Los mismos esclavos, los más degradados y despreciados de los hombres, se vuelven libres cuando se entregan a Jesús y tienen igual derecho al mismo Espíritu.
2:32 «Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado». Siempre habrá salvación para las personas, aun en los peores momentos. Cuando el día se convierte en noche y la vida se torna en muerte, cuando el báculo de la vida se quiebra y la esperanza abandona a todos, aún hay salvación en Dios, en la persona de Su amado Hijo; salvación para todos los que invoquen el nombre del Señor.
Debemos invocar al Dios verdadero, no a un ídolo ni a una imagen, ni a una idea vaga en nuestra mente. Debemos invocar al Dios viviente, a aquel que se revela a sí mismo en la Biblia; invocar a aquel que se revela en la persona de Su amado Hijo. Porque todo aquel que invoque a este Dios será salvo.
Esta forma de salvación —invocar el nombre de Jehová— glorifica a Dios. El Señor no nos pide nada; tan solo que le pidamos todo a Él. Nosotros somos los mendigos y Él es el benefactor. Nosotros estamos en problemas y Él es nuestro libertador. Lo único que tenemos que hacer es confiar en Él y suplicarle. Es bastante fácil. Esto pone el asunto en manos del Señor y lo quita de las nuestras.
2:28 Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.
Ya hemos explicado el motivo de que el profeta comenzara con bendiciones terrenales. Muy bien pudiera uno pensar que este orden no es el normal: Cristo no nos recuerda en vano que debemos buscar el reino de Dios primero, y que otras cosas serán añadidas en su lugar apropiado, (Mateo 6;) pues el alimento y todas las cosas que pertenecen a esta frágil vida son, por así decirlo, añadiduras a la vida espiritual. El profeta intencionalmente alude primero a la confirmación del favor de Dios manifestado en mercedes externas; pues vemos cuán lento es el discernimiento humano, y cuán indolentes son en procurar la vida espiritual. Puesto que los hombres logran las cosas de arriba con tanta dificultad, el profeta se sirve de los mejores recursos pues es menester que se nos trate de la manera en que habitualmente tratamos a los niños. Como los niños no están dotados del discernimiento suficiente para entender razones, les exponemos lo que sea apropiado para su escasa comprensión. Esto es lo que hace el profeta: señala primero que Dios mostraría Su bondad a los judíos proveyéndoles el alimento del cuerpo, y usando esto como apoyo, añade, Después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne.
Con tales palabras el profeta nos recuerda que la gente se conduce de manera absurda cuando se satisfacen con cosas que se esfuman, cuando le ruegan a Dios nada más extraordinario que ser consentidos como animales brutos. ¿En qué se distinguen los hijos de Dios de burros y perros, si no es en aspirar a la vida espiritual? El profeta, pues, después de mostrarles cosas bajas, como si fuesen niños, ahora les presenta una doctrina más sustancial (así era menester guiarlos,) y les brinda un gusto del favor de Dios en las señales externas. “Remontaos ahora,” les dice, “a la vida del espíritu; la fuente es una, y la misma; aunque cuando tenéis la mente ocupada y absorta en beneficios terrenales, sin duda los contamináis. Pero Dios no os sustenta para llenaros y mimaros, pues no desea que seáis como animales brutos. Sabed, entonces, que Dios os alimenta el cuerpo y os sostiene a fin de que apetezcáis la vida espiritual; a esto Él os conduce de la mano; sea esta, pues, vuestra mira.” Entendemos ahora porqué el profeta no habló primero de la gracia espiritual de Dios; pero a eso llega en este momento. Comenzó con beneficios terrenales porque era preciso guiar por grados a un pueblo inculto, para que con toda su flaqueza, lentitud y embotamiento hicieran buen progreso hasta entender que Dios les sería Padre para llevarlos a feliz término.
CUADRAGESIMA QUINTA CONFERENCIA
Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Mencionamos en la última disertación por qué el profeta por fin habla de la gracia espiritual de Dios, después de hablar de los beneficios terrenales. El orden parecería estar trastornado, pero tiene fácil explicación. El profeta dijo primero que Dios manifestaría abiertamente Su reconciliación con el pueblo por señales externas, reanudando la abundancia de vino y granos. Puesto que el hambre y la necesidad habían casi inutilizado al pueblo, siendo esto la confirmación de la venganza divina, el profeta hizo que el testimonio de la reconciliación se diese en demostraciones de diferente especie. Pero a causa de que la restauración de la Iglesia no consiste en la fecundidad de la tierra, ni en la abundancia de provisiones, el profeta ahora eleva los pensamientos de los piadosos, y les hace buscar la gracia espiritual de Dios; por lo tanto dice, después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne.
El profeta, sin duda, promete algo superior a lo que bajo la Ley los padres habían conocido. Según sabemos, aun los antiguos poseían el don del Espíritu; pero el profeta no promete aquello que los fieles habían antes recibido, sino, como hemos dicho, algo mejor; lo cual puede deducirse sin dificultad por la palabra que usa, “derramaré;”. שפך, shepek, no significa destilar, sino derramar profusamente; y Dios no derramó Su Espíritu Santo tan abundante y liberalmente bajo la ley como después de la manifestación de Cristo. Considerando que el don del Espíritu le fue concedido más copiosamente a la Iglesia después del advenimiento de Cristo, el profeta se vale aquí de una inusitada expresión — que Dios derramaría Su Espíritu.
Se añade otra circunstancia, sobre toda carne. El número los profetas era limitado, aunque, según se sabe, tuvieron en otros tiempos sus colegios. Ya que el don de profecía escaseaba en aquel entonces entre los judíos, el profeta, para demostrar que Dios trataría más generosamente a Su nueva Iglesia cuando fuere rehabilitada, dice que Él derramaría Su Espíritu sobre toda carne. Luego insinúa que todos en común serían copartícipes del don del Espíritu y de su rica abundancia, mientras que en la ley sólo algunos tuvieron un ligero gusto del don. Vemos ahora que la mira del profeta era hacer una diferencia manifiesta entre el estado del pueblo antiguo y el estado de la nueva Iglesia, de la restauración de la que ahora habla. La comparación es que Dios no dotaría sólo a unos pocos con Su Espíritu, sino a toda la muchedumbre del pueblo, y luego que enriquecería a Sus fieles con toda clase de dones de modo tal que el Espíritu parecería derramarse en plena abundancia. Entonces derramaré mi Espíritu sobre toda carne. De ahí vemos lo absurdo de la traducción del intérprete griego, “Derramaré de mi Espíritu:” porque menoscaba esta promesa al decir, “De mi Espíritu,” como si Dios prometiera una pequeña porción de Su Espíritu; mientras que, en cambio, el profeta habla de abundancia, y así se propuso expresarlo.
Sigue, profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Procede ahora el profeta a explicar lo ya dicho, desplegando ampliamente lo que quiso decir con la expresión “sobre toda carne,” a saber, — que el pueblo entero profetizaría, o que el don de profecía sería común y prevalecería en todas partes entre todos los judíos de una manera nueva e inusual. Los antiguos también tuvieron profetas, aunque pocos; pero ahora el profeta extiende este don y favor a todos los órdenes: profetizarán vuestros hijos e hijas, dice; así que no excluye a las mujeres.
Menciona entonces dos géneros de profecía, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. “Jóvenes” significa literalmente “escogidos”, בחורים (bachurim). En la edad mediana la fuerza prevalece en el hombre, y a los que poseen vigor y juicio, y todavía retienen su fuerza, se les llama “escogidos:”. Por lo tanto, los escogidos son aquellos de edad madura. Cuando Dios se manifestaba a los profetas, solía hacerlo, como ya sabemos, en sueños y visiones, según se dice en el capítulo doce de Números: este era, podemos decir, el modo acostumbrado. El profeta se refiere a estos dos modos de comunicación y dice que el don de profecía lo poseerían en común hombres y mujeres, ancianos y los de edad mediana. Así puede verse la significación de este verso. No hay, pues, diferencia entre sueños y visiones; el profeta sólo nombra ambas cosas a fin de que los lectores puedan razonar mejor que lo que él había expresado anteriormente de modo general vendría a ser posesión de todos en común.
Pero ya tengo dicho que esta profecía debe referirse al advenimiento de Cristo; pues sabemos que lo que aquí se describe no se cumplió sino después que Cristo apareció en el mundo. Y el profeta predica ahora de la nueva restauración de la Iglesia que, según sabemos, estuvo suspendida hasta que se proclamó el evangelio. Veamos ahora si Dios, después de la revelación de Cristo, cumplió lo que había hablado por Su profeta. Pedro, en el segundo capítulo de los Hechos, dice que esta profecía se cumplió cuando se derramó el Espíritu. Pero se puede objetar que el don de profecía no se concedió a todos, aun cuando Dios abrió todos los tesoros de Su gracia. Y Pablo dice que tampoco todos eran profetas cuando la Iglesia florecía; y la experiencia demuestra lo mismo. ¿Cómo, pues, puede Pedro decir que esto — que Dios derramaría Su Espíritu sobre toda carne — se cumplió? Dar una respuesta a esta interrogante no es difícil; sólo recordemos que el profeta está hablando comparativamente, como la Escritura suele hacer. Pedro no afirma en términos directos que todos serían partícipes de este don, sino que en comparación con la Iglesia antigua este don sería común, y que así fue es bien sabido. Si se compara la Iglesia primitiva con la abundancia que Dios concedió a Su pueblo posterior a la venida de Cristo, se verá que es cierto lo que digo — que el Espíritu de Dios, que pocos recibieron bajo la ley, se derramó sobre toda carne. Cierto es, pues, lo que el profeta dice, con tal que se entienda este contraste — que Dios fue mucho más generoso para con Su nueva Iglesia que anteriormente para con los padres: los profetas no eran muchos en aquel entonces, pero sí muchos en tiempo del evangelio.
Debemos recordar asimismo que el profeta ensalza hiperbólicamente la gracia de Dios; pues somos tan estúpidos y apagados que nunca somos capaces de comprender de manera suficiente la gracia de Dios, a menos que se nos presente en lenguaje hiperbólico. No es que haya exceso en la cosa misma, si la miramos debidamente; pero como apenas entendemos una centésima parte de los dones de Dios cuando nos los pone delante de los ojos, era necesario añadir un encomio calculado para elevar nuestros pensamientos. Al Espíritu de Dios le es necesario entonces hablar con hipérbole a causa de nuestro embotamiento, o más bien desidia. No hay necesidad de temer, sin embargo, de que nuestros pensamientos superen las palabras, pues cuando Dios quisiera llevarnos más allá de los cielos apenas podremos ascender dos o tres pies.
Ahora vemos porqué el profeta menciona toda carne sin excepción: primero, el número de profetas, como he dicho, era mayor bajo el evangelio que bajo la ley; así que la comparación es muy apta. En segundo lugar el profeta no habla aquí del oficio público de instruir; denomina profetas a aquellos que no habían sido llamados a enseñar, pero que habían sido dotados de tanta luz de la verdad que pudieran compararse con los profetas. Ciertamente el conocimiento que floreció en la Iglesia primitiva era tal que los más humildes eran, de muchas maneras, iguales a los antiguos profetas; pues ¿qué confirió Dios a los profetas antiguos excepto la facultad de predecir algún evento venidero? Era un don singular y privativo a muy pocos hombres. Además, estas predicciones son apenas dignas de compararse con la sabiduría celestial que se da a conocer en el evangelio. La fe, por tanto, después del advenimiento de Cristo, si se le estima conforme a su valor, supera por mucho el don de la profecía. Así que aquí el profeta, no sin razón, enaltece con tan honorable nombre a aquellos que fueron individuos particulares, y a quienes no se les encargó el oficio de la enseñanza entre el pueblo, sino que solo recibieron iluminación. La luz que tenían era muy superior al don de la profecía de muchos que vivieron bajo la ley. Así se puede entender lo que el profeta quiere decir cuando hace que el Espíritu de Dios sea común, sin distinción, entre todos los piadosos, de modo que posean aquello que supera al don de profetizar.
En cuanto a las dos géneros de dones aquí indicados, hemos de observar que el profeta habló ciñéndose a lo que era corrientemente sabido entre el pueblo. Los judíos estaban acostumbrados a sueños y visiones, y el profeta, por lo tanto, usó dichos términos; esta modo de hablar ocurre con frecuencia en los profetas, cosa que debemos tener presente. Cuando hablan de la adoración de Dios mencionan sacrificios, ‘Vendrán trayendo incienso y oro; conducirán camellos cargados de la riqueza de la tierra.’ En una palabra, en sus profecías erigen altares y edifican un templo: y con todo, nada de eso se vio después de que Cristo apareciera, pues los gentiles no se presentaron en Jerusalén a ofrecer sacrificios. Es más, poco después de que el templo fuera destruido no había altar en medio de ellos y cesó toda la adoración legal. ¿Cómo, pues, debemos entender expresiones tales como — gentes vendrán de muchos lugares para sacrificar juntos? De esta manera — que exhibieron en forma visible la adoración espiritual de Dios. Eso es lo que aquí ocurre; puesto que lo usual entre los antiguos era que Dios se manifestara a los profetas en sueños y visiones, asimismo dice, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Sin duda el profeta presenta en estos discursos aquella luz de conocimiento en que la nueva Iglesia descollaba después que Cristo apareció. Efectivamente, compara la luz de la fe con la profecía, según ya apuntamos; pero adapta su manera de expresarse o su discurso a la comprensión del pueblo, porque sabía a quién se dirigía. Todos los profetas han seguido la misma regla; ‘Se ofrecerá sacrificio,’ dice Malaquías, ‘desde donde el sol nace hasta donde se pone’, (cf. 1:11). ¿De qué sacrificio se trata? Los papistas dicen que es la misa. “En el reino de Cristo habrá alguna clase de sacrificio; y puesto que ahora no ofrecemos a Dios ovejas y becerros, se sigue que el sacrificio será de pan y vino.” Y esto lo presentan como si el profeta hubiera filosofado tan refinadamente de la palabra ‘sacrificio’; siendo que enseñaba a un pueblo tosco ajustándose a lo que eran capaces de entender. Pero lo que quiso decir es que la adoración a Dios sería universal entre todas las naciones. Lo mismo que Joel dijo: derramaré mi Espíritu sobre toda carne; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Así se ve toda la intención del profeta. Proseguimos —
2:29 Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
En hebreo la partícula גם gam sirve para amplificar, y parece extraordinario que el profeta limite a unos pocos un don que todos tienen en común, pues previamente dijo, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y ahora, sobre los siervos y sobre las siervas; y pone “también”. Si hubiera dicho sencillamente sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu, no habría inconsecuencia, pues esto sería la explicación de su afirmación anterior. Sabemos que lo que el profeta apunta de todos los hombres debe tomarse con excepción por cuanto muchos de los que eran incrédulos no poseían este don, y aun aquellos que anteriormente sobresalían en alguna sabiduría divina. Los judíos eran ciegos, y sabemos que no todos entre el vulgo eran partícipes de este excelente don. No hay duda, por lo tanto, de que esto que se dice de “toda carne” deba limitarse a la Iglesia. Entonces no parecería extraño que el profeta añadiera ahora, sobre los siervos y sobre las siervas;” pero las partículas וגם, ugam, “y también”, crean una dificultad: es una manera de hablar para amplificar lo que se ha dicho, pero aquí no parecen ampliar, pues derramar el Espíritu sobre todo el pueblo va más allá que derramarlo sobre siervos y siervas. La dificultad se resuelve de dos modos: las partículas וגם ugam en ocasiones se usan para confirmar. ‘Yo le bendije,’ dijo Isaac de su hijo Jacob, ‘y será bendito’, (Gén. 27:33). Así pues, en este lugar podemos tomar las palabras del profeta en el sentido de sí, ciertamente, a modo de repetición que sirve para confirmar lo que se dijo. Pero yo prefiero otro sentido; el profeta, no tengo duda, quiso agregar algo más increíble que lo que anteriormente dijo, “Sobre siervos y sobre siervas derramaré mi Espíritu,” esto es, aun sobre aquellos que antes fueron profetas, pues serán beneficiados con un nuevo don, y lograrán mayores conocimientos después de la restauración de la Iglesia, que ya se acerca. Entendemos que este es el sentido de las palabras. Había él prometido la gracia del Espíritu a todo el conjunto de los fieles, cosa que se ve, según he dicho, al comparar el antiguo estado con el nuestro. Pero ahora, habiendo hablado de la masa, o de la gente común, viene a los profetas, que eran superiores a otros que antiguamente habían ejercido el oficio de la enseñanza y que habían alcanzado rango en la Iglesia. Estos igualmente se verán favorecidos; esto es, “Mi Espíritu será conspicuo no sólo en los ignorantes y en el vulgo, sino también en los profetas mismos.”
Con toda seguridad, es más grande que reciban enseñanza los que anteriormente fueron superiores a otros, a quienes el Señor había puesto sobre la Iglesia, y que emerjan como nuevos hombres, habiendo recibido un don que el Señor no les había concedido previamente. Cuando, por lo tanto, una nueva luz aparece en tales hombres, esto es ciertamente algo mayor que cuando el Espíritu se derrama sobre la gente común. De esta manera se ve lo que el profeta quiere decir en cuanto a los siervos y a las siervas.
Entonces repite en aquellos días, insinuando que tan súbito e increíble será el cambio, que los profetas parecerán haber sido hombres sin instrucción, por razón de que se les dará una doctrina mucho más excelente. Luego Dios derramará Su Espíritu de tal manera que todas las antiguas profecías parecerán obscuras y sin valor, cuando se las compare con la gran y extraordinaria luz que Cristo, el Sol de Justicia, traerá al levantarse. Y menciona “siervas”, porque habían, según se sabe, profetisas en tiempos de la Ley. Prosigamos ahora —
2:30 Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre y fuego y columnas de humo. 2:31 El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
El profeta parece contradecirse, hasta aquí había prometido que Dios trataría a Su pueblo bondadosa y abundantemente. Todo lo que ha dicho se dirigía a exaltar el ánimo del pueblo y llenarlos de gozo: pero ahora parece amenazarlos de nuevo con la ira de Dios y fustigar con el temor a hombres miserables, que aún no habían tenido un respiro ya que cuando el profeta habló los judíos, ya sabemos, estaban sumidos en la mayor congoja. ¿Cuál será entonces su propósito al añadir una nueva causa de sufrimiento, como si no tuvieran penas y lamentaciones suficientes? Pero esto es más amonestación que amenaza. El profeta les advierte lo que sucedería si los fieles se prometieran un estado de felicidad en este mundo, eximiéndose de todo cuidado y aprieto, pues bien sabemos cuán indulgentes son los hombres consigo mismos. Cuando Dios promete algo, se forjan ilusiones y abrigan vanos pensamientos, como si estuvieran más allá del alcance de la calamidad, y libres de penas y de todo mal. La carne se da maña para tales indulgencias. De ahí que el profeta nos recuerde que a pesar de que Dios prometió hacer provisión plena para Su Iglesia, abastecer a Su pueblo de alimentos, y refrendar por señales externas Su amor paternal, y también derramar Su Espíritu (señal mucho más significativa), aún así las ansiedades y dificultades continuarían acosando a los fieles. Dios no se propone tratar a Su Iglesia en este mundo con excesiva delicadeza, pero cuando da muestras de Su bondad, al mismo tiempo entremezcla pruebas de paciencia, no sea que los fieles vengan a ser indulgentes consigo mismos o se duerman en las bendiciones terrenales, sino que continuamente sigan las cosas de arriba.
Podemos ahora ver lo que el profeta se propone. No es su intención amenazar a los fieles, sino más bien darles aviso para que no se engañen con ensoñaciones fútiles, o que esperen lo que jamás ha de ser, es decir, gozar de un feliz reposo en este mundo. Además, el profeta tiene otra consideración. Sabemos, por cierto, que apenas se puede dirigir a los hombres a procurar la gracia de Dios, excepto cuando, por decirlo así, se les arrastra a regañadientes. Por ese motivo, cuando gozamos de toda clase de providencias en esta tierra, se desatiende la vida espiritual y todo lo que pertenece al reino celestial. El profeta alaba la gracia espiritual de la cual habla, porque miserable sería la condición de los hombres si el Señor no les contentara el corazón y los refrescara con el solaz que ya hemos notado. ¿Cómo es esto? Daré prodigios en el cielo y en la tierra, el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, y todas las cosas quedarán trastornadas y en oscuridad espantosa. ¿Qué sería entonces de los hombres si Dios no los iluminara con la gracia de Su Espíritu para sostenerlos en tal confusión de cielo y tierra, y para demostrarles que es su Padre?
Vemos, pues, que esto se agregó para la mayor alabanza de la gracia de Dios, para que los hombres reconociesen que serían mucho más miserables si Dios no los llamare por la refulgente luz de Su Espíritu. Que esta fue la intención del profeta se puede ver del discurso de Cristo a Sus discípulos poco antes de morir. Cuando Él les recordó la destrucción del templo, preguntaron cuál sería la señal de Su venida (Mat. 24). Especularon que Él de inmediato lograría el triunfo del que habían oído, y que ellos serían partícipes de aquella bienaventuranza eterna de la cual Él les había hablado con frecuencia. En aquel momento les advirtió que no se dejaran engañar por tan craso error. Habló de la destrucción de Jerusalén, y luego declaró que todas estas cosas habrían de ser sólo presagios de males — “Esto,” dice, “será sólo el preludio; se suscitarán tumultos, habrá guerras, y por todas partes calamidades; en una palabra, se manifestará una inmensa masa de todos las desdichas.” Así como Cristo corrigió aquel error que embebía la mente de los discípulos, el profeta refrena vanas ilusiones por temor de que los fieles pensaran que el reino de Cristo iba a ser terrenal y fijaran la mente en el grano y el vino, en placeres y sosiego, en las comodidades de la vida presente. Os daré, dice, prodigios en el cielo y en la tierra, sangre y fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
Ahora vemos por qué el profeta añade este triste catálogo, y cuán bien armonizan estas cosas, — que la manifestación de Cristo confirmaría el amor paternal de Dios, — y que daría señales ostensibles de Su ira que llenarían al mundo entero de angustia y temor. Lo que dice de sangre y oscuridad ha de entenderse, sin duda, en sentido metafórico de circunstancias desquiciadas, ya que las calamidades se comparan a menudo con cerrazón y tinieblas. Es como si dijese, “Tan grave será la sucesión de males que parecerá que el orden entero de la naturaleza quedará revuelto y que los elementos mismos tomarán formas nuevas. El sol, que ilumina la tierra, se convertirá en oscuridad, la luna en sangre; las calamidades que se avecinan arrebatarán toda señal de la bondad de Dios. Nada restará entonces, sino que los hombres, sumidos en el abismo más profundo de todos las desgracias, buscarán siquiera una chispa de la gracia de Dios y no la hallarán; el cielo estará oscuro, la tierra cubierta de espesa negrura.” Notamos, pues, que el profeta no expresa palabra por palabra lo que habrá de ser, ni debemos entender que habla, según dicen, literalmente, sino que emplea un modo figurativo de hablar. Así expone un estado de cosas tan aterrador que los elementos mismos asumirán nuevas apariencias; el sol no ejercerá su oficio, y la luna le negará su luz a la tierra. Puesto que Dios retirará todas las señales de Su favor, el profeta, por sangre, oscuridad y negras nubes, presenta aquel infortunio que necesariamente poseería la mente de los hombres.
Alguien pudiera preguntar por qué en la venida de Cristo la ira de Dios se intensificó más contra los hombres, pues aparentemente no hay explicación para ello. Mi respuesta es que esto fue, como si dijéramos, accidental: pues si a Cristo se le hubiera recibido como debió serlo, si todos lo hubieran abrazado con la reverencia debida, Él hubiese sido el dador no solo de gracia espiritual, sino también de bonanza terrenal. La felicidad de todos, pues, hubiera sido completa en todo respecto por la venida de Cristo, si su iniquidad e ingratitud no hubiera enardecido de nuevo la ira de Dios. Ya vemos cuán grande inundación de males se desató inmediatamente después de la predicación del evangelio. Al considerar la severidad con que afligió Dios a Su pueblo anteriormente, no podemos decir sino que mucho más onerosas han sido las calamidades del mundo desde la manifestación de Cristo, — ¿por qué? Porque la ingratitud del mundo había llegado a su punto culminante, como hoy también, a la verdad. La luz del evangelio ha brillado una vez más, y Dios se ha mostrado por Padre al mundo, y vemos cuán grande es la maldad y la perversidad del hombre que rechaza los dones de Dios. Vemos a algunos rechazar con desprecio el Evangelio, y a otros impelidos por furia satánica a resistir la doctrina de Cristo; los vemos jactarse de sus blasfemias; encendidos en cólera inhumana y respirando matanzas contra los hijos de Dios. Vemos el mundo lleno de impíos y de los que desprecian a Dios; vemos prevalecer por doquier una repulsa atroz de la gracia de Dios; vemos un libertinaje tan desenfrenado en la iniquidad, que debía darnos vergüenza y hastiarnos de la vida. Por cuanto el mundo muestra tal ingratitud por tal favor, ¿será de extrañar que Dios manifieste señales más temibles de Su venganza? Ciertamente en estos días, cuando examinamos de cerca la condición del mundo, hallamos que todos son miserables, aún aquellos que se aplauden a sí mismos y a quienes el mundo admira y tiene por semidioses. ¿Cómo podrá ser de otro modo? El pueblo común, sin duda, gime bajo el peso de su miseria a causa de que Dios castiga el desprecio de la gracia que nos ha ofrecido de nuevo, y que tan indignamente rechazamos. Considerando que la vil ingratitud de la humanidad ha provocado la ira de Dios, no es de extrañar que el chasquido de Sus azotes se oiga en todas partes; el siervo que conoce la voluntad de su amo y no la hace, merece, según declara Cristo, muchos azotes (Lucas 12:47, 48). Y lo que sucede en todo el mundo es que después que Dios ha resplandecido en Su evangelio, después que Cristo por todo el mundo ha proclamado reconciliación, abiertamente se apartan y dejan ver que prefieren que Dios esté enojado y que no les sea propicio. Cuando se rechaza el evangelio, ¿qué es sino declararle la guerra a Dios, desdeñar y no aceptar la reconciliación que Él está pronto a conceder y de la cual trata con los hombres espontáneamente?
No extraña, pues, que el profeta diga que el mundo estaría lleno de oscuridad después de la manifestación de Cristo, el Sol de la Justicia, y quien nos ha resplandecido con Su salvación. Pero fue accidental, por decirlo así, que Dios mostrara tanta severidad al mundo siendo todavía el tiempo aceptable, el día de salvación y de buena voluntad. El mundo no toleró que se cumpliera lo que Dios nos prometió por el profeta Joel, ni recibió al Espíritu de adopción mientras podían buscar amparo seguro en Dios; y aún más, cuando Dios estaba dispuesto a abrigarlos en Su seno. Pero siendo refractarios e indóciles, forzoso fue que Dios visitara aquella perversidad con demostraciones extraordinarias. Con razón el profeta dice que en aquellos días daré prodigios en el cielo y en la tierra, el sol se convertirá en tinieblas, etc., antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
Se podría preguntar a qué día alude el profeta; pues que ya ha hablado del primer advenimiento de Cristo, y parece haber aquí alguna inconsecuencia. Yo digo que el profeta incluye el reino todo de Cristo, desde el comienzo hasta el fin; esto se entiende bien, y en otros lugares hemos dicho que los profetas frecuentemente así hablan. Cuando el discurso trata del reino de Cristo, a veces se refieren solo al comienzo, y otras hablan del fin; pero muchas veces designan con un rasgo toda la trayectoria del reino de Cristo, desde el inicio hasta la culminación; y tal es el caso aquí. El profeta, al decir, ‘Después de aquellos días derramaré mi Espíritu,’ sin duda quiso decir que esto se cumpliría, como hemos explicado, cuando Cristo comenzara Su reino, y lo diera a conocer por la divulgación del evangelio: Cristo derramó entonces su Espíritu. Pero como el reino de Cristo no es cosa que dure por sólo unos días, o por un corto tiempo, sino que continúa su curso hasta el fin del mundo, el profeta dirige su atención hacia aquel día o aquel tiempo, y dice, “Vendrán mientras tanto las peores calamidades; y quienquiera que no se apresure a refugiarse en la gracia de Dios se hallará en gran desgracia; no hallará jamás reposo ni consuelo, ni la luz de la vida, pues el mundo estará sumido en lobreguez. Dios despojará de las señales de Su favor al sol, a la luna, a los elementos, y a todo otro auxilio, y se mostrará en todo lugar airado y ofendido contra los hombres.” El profeta señala, además, que estos males de que habla no serían para pocos días o años, sino perpetuos; ‘antes que venga,’ dice, ‘el día grande y espantoso de Jehová.’ En breve, dice que todos los azotes de Dios, que hasta aquí ha mencionado, serían preparativos para refrenar los corazones humanos, a fin de que con reverencia y acato recibieran a Cristo. Por lo tanto, a causa de que los hombres tienen por naturaleza espíritu altanero y no pueden doblar la cerviz para recibir el yugo de Cristo, el profeta dice que habrían de ser subyugados por duros azotes, al retirar Dios todos los indicios de Su amor y llenar el cielo y la tierra de espanto. Así, pues, en cierto modo modificaría la dureza y la contumacia congénitas de los hombres, para que advirtieran que estaban tratando con Dios. Y al mismo tiempo el profeta les hace recordar que, a menos que se enderezaran por efecto de estos azotes, algo más temible les esperaba, — el Juez finalmente vendría del cielo, no solo para revestir de oscuridad el sol y la luna, sino también para tornar la vida en muerte. En efecto, sería mucho mejor para los réprobos morir cien veces que vivir siempre y así sufrir la muerte eterna en la vida misma.
El profeta, por ende, quiere decir que los que persistan en su obstinación se enfrentarán con algo más grave y más funesto que los males de esta vida, pues todos ellos tendrán al fin que comparecer ante el tribunal del Juez celestial: porque el día de Jehová, grande y espantoso, ha de venir. Se refiere con estas palabras a los incrédulos y rebeldes contra Dios; ya que cuando Cristo venga será Redentor de los piadosos; ningún otro día en toda su vida los alumbrará con tanto deleite. Tan lejos estará este día de traerles pánico y temor, que se les manda, mientras esperan, erguir la cabeza, en señal de contento y júbilo. Pero como el objeto del profeta Joel era abatir el orgullo presuntuoso de la carne, y porque se dirigía a los refractarios y rebeldes, no extraña que les pusiera de frente lo espantoso y horrendo.
CUADRAGESIMA SEXTA CONFERENCIA
2:32 Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.
Dijimos ayer que el profeta anunció calamidades futuras con el fin de estimular a la gente, acongojados por muchos males, a buscar a Dios: bien sabemos cuán morosos somos por naturaleza, si el Señor no nos aguija continuamente. El tema que ayer discutíamos se dirigía a demostrar que incontables y graves calamidades oprimirían a los judíos, y que vivirían míseramente a menos que acudieran a Dios. Solo esa consolación les quedaría en medio de sus extremados trastornos. Pero el profeta añade oportunamente, todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo. Habiéndolos estimulado a buscar a Dios, les da firme certeza de ser salvos, siempre y cuando que con sinceridad y de corazón buscaran a Dios.
Este es, en realidad, un pasaje extraordinario, pues aquí Dios declara invocar Su nombre en una situación desesperada es un puerto seguro. Lo que el profeta había dicho era incuestionablemente horrible, — que todo el orden de la naturaleza se alteraría de tal manera que no se vería ni una destello de luz, y que la oscuridad llenaría todo lugar. Lo que ahora apunta, por consiguiente, es igual que si declarara que si los hombres invocaran el nombre de Dios, descubrirían la vida en la tumba. Aquellos que parecen haber perdido la esperanza, y a quienes Dios parece haber quitado toda expectativa de gracia, serán salvos siempre que invoquen el nombre de Dios, como señala el profeta, aunque estén en grande desesperación y en abismo profundo. Esta circunstancia debe observarse cuidadosamente; si alguno toma este dictamen del profeta en sí mismo, aunque entonces no sería una cosa fría, tampoco sería tan impresionante. Pero cuando estas dos cosas se unen, — que Dios será el juez del mundo que no excusará la iniquidad de los hombres, sino que ejecutará una temible venganza, — y que aun así serán salvos todos cuantos invoquen el nombre del Señor, vemos cuán eficaz es la promesa, pues Dios nos ofrece la vida en la muerte, y luz en la más oscura tumba.
La expresión והיּה v’jayá, ‘Y sucederá’, es, por consiguiente, de gran importancia; esta frase copulativa ha de tomarse como adverbio de tiempo, ‘Entonces todo aquel que invocare el nombre del Señor,’ etc. Usa la palabra “salvo;” porque era menester señalar que los salvos en nada se diferencian de los perdidos. Si el profeta hubiera usado la palabra “preservado,” la expresión hubiera sido menos clara; pero ahora que promete liberación, nos manda poner este escudo enfrente de aun las peores desgracias, pues Dios posee poder suficiente para salvarnos, con tal que lo invoquemos.
Ahora se puede entender lo que el profeta tenía presente: hace ver que Dios desea que lo invoquemos no sólo en la prosperidad, sino también en la desesperación extrema. Es como si Dios hubiera convocado a los muertos y les declarara que tenía el poder para devolverles la vida y sacarlos de la tumba. Visto que Dios invita a los perdidos y a los muertos, no hay razón para que aun las mayores calamidades nos impidan la entrada, o las oraciones; tenemos que abrirnos paso a través de todos estos obstáculos. Cuanto más lastimeros sean nuestros apuros, tanta más confianza debemos tener, pues Dios ofrece Su gracia no sólo a los miserables, sino también a los que se hallan en total desesperanza. El profeta no amenazó a los judíos con un mal común; más bien declaró que en la venida de Cristo todas las cosas estarían llenas de horror: después de esta denuncia, añade, ‘todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo.’
Pero como Pablo cita este pasaje en Romanos 10, y lo extiende a los gentiles, debemos inquirir el giro que da al testimonio del profeta. Pablo quiere probar que la adopción era común para los gentiles, que era legítimo que ellos acudieran a Dios y lo invocaran con familiaridad como Padre: dice, ‘todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo.’ De aquí demuestra que el Evangelio debió predicarse a los gentiles, puesto que la invocación se suscita de la fe: pues a no ser porque Dios nos alumbre por Su palabra, no podemos venir a Él. La fe, luego, es siempre madre de la oración. A lo que parece, Pablo subraya la partícula universal, todo aquel, como si dijera que Joel no habla solamente de los judíos, sino también de los gentiles, testificando que Dios sin distinción o excepción recibiría a todos los que lo buscaran. Pero aparentemente Pablo hace mal uso de las palabras de Joel; éste, sin duda, se dirige al pueblo para quien fue nombrado maestro y profeta. Lo que Pablo aplica universalmente a todos, el profeta parece no haberlo destinado al mismo propósito. Pero hay fácil respuesta a esto; después de hablar del reino de Cristo, los profetas tenían sin duda esta verdad delante, que la bendición en la simiente de Abraham se había prometido a todas las naciones. Cuando más adelante describió el miserable estado en que el mundo se encontraría, por cierto quiso animar a los gentiles, que habían sido extraños a la Iglesia, a que buscaran a Dios juntamente con el pueblo escogido. La promesa que sigue de inmediato se dirige asimismo a los gentiles, de otro modo el discurso del profeta no sería consecuente. Vemos, por tanto, que Pablo con gran acierto acomoda este lugar a su tema: pues lo principal es esto, que la bendición en Cristo se prometió no solo a los hijos de Abraham, sino igualmente a todos los gentiles. Cuando el profeta entonces describe el reino de Cristo, no es mucho que se dirija tanto a judíos como a gentiles. Luego, lo que dijo de la condición del mundo, que estaría envuelto en horrible oscuridad, sin duda se refiere no solo a lo judíos, sino además a los gentiles. ¿Por qué hacer esto, excepto para señalarles que nada les queda sino ampararse en Dios? Vemos entonces que se abre aquí una puerta a los gentiles para que unánimemente invoquen a Dios junto con los judíos.
Si se promete salvación y liberación a todo aquel que invoque el nombre del Señor, se sigue, según el razonamiento de Pablo, que la doctrina del evangelio pertenece a los gentiles también, pues de otro modo tendrían que cerrar la boca, y aún más, todos nosotros igualmente. Si Dios no se nos hubiera adelantado por Su palabra ni nos hubiera exhortado a la oración, hubiésemos permanecido mudos. Hubiera constituido gran presunción en nosotros presentarnos delante de Dios, a menos que nos diera confianza y prometiera escucharnos. Si, luego, la libertad de orar la tenemos en común todos, lo propio habrá de decirse de la doctrina de la salvación. Tenemos que añadir ahora que, siendo la liberación promesa para todos los que invoquen el nombre del Señor, el poder viene de Dios cuando la salvación no se busca sino sólo en Dios; este es un ofrecimiento que Él reserva exclusivamente para Sí mismo. Si, pues, deseamos ser liberados, el único remedio es invocar el nombre de Jehová.
Añade luego, Porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová. El profeta insinúa que, aunque parezca que el pueblo haya sido destruido, Dios recordaría Su pacto para congregar al remanente. Tal fue, en verdad, la mortandad en el pueblo, que no quedaba, según la carne, ninguna esperanza; pues fueron esparcidos por muchas partes del mundo. No subsistió el cuerpo social, ni la nación definida, ni gobierno civil, ni adoración de Dios. ¿Quién, entonces, podía pensar que la Iglesia de Dios permanecería? Es más, era muy probable que en unos treinta o cincuenta años el nombre de Abraham y el de su descendencia se hubieran extinguido porque unirse en un cuerpo con los caldeos y los asirios. Aquella dispersión significó casi la muerte de toda la nación. Pero Dios, por medio de Joel, declaró que aún habría salvación en el monte de Sion y en Jerusalén. Es decir, “Pese a que por un tiempo exterminaré este pueblo, y que la tierra quede yerma, habrá restauración y una vez más juntaré un cuerpo, una Iglesia, en el monte de Sion y en Jerusalén.” He ahí la médula del pasaje.
Aquí descubrimos que por mucho que Dios aflija a Su Iglesia, ella se perpetuará en el mundo; jamás podrá ser destruida, como tampoco la verdad de Dios, que es eterna e inmutable. Dios no sólo promete que el estado de la Iglesia será perpetuo, promete también que habrá en la tierra, mientras el sol y la luna brillen en el cielo, gente que invoque Su nombre. Puesto que así es, se sigue que nada podrá subvertir a la Iglesia ni hacer que perezca del todo, por muy severa y duramente que el Señor la castigue. Con todo lo desparramada que pueda estar la Iglesia, el Señor aun así juntará miembros a fin de que haya un pueblo en la tierra para demostrar que Aquel que está en el cielo es verdadero y fiel a Sus promesas. Esta verdad merece que le prestemos atención cuidadosa; cuando vemos la Iglesia dispersada, de inmediato esta duda nos invade la mente, “¿Tiene Dios la intención de destruir totalmente a todo Su pueblo, — quiere exterminar toda la descendencia de los fieles?” Que nos venga entonces a la mente este pasaje, “En el monte de Sion habrá salvación,” una vez que el Señor haya castigado a los profanos que con desprecio miran Su nombre, que abusaron de Su paciencia y profesaron Su nombre falsamente.
Pero añade, como ha dicho Jehová, lo cual viene a confirmar lo que ya dijo; el profeta nos manda poner los ojos en Dios antes que en nuestras circunstancias. Si damos crédito a lo que ven los ojos, a veces no podemos evitar pensar que es el fin de la Iglesia. Cuando Dios inflige castigos severos sobre Sus siervos, nos parece que no hay remedio; y cuando creemos que son incurables los males de la Iglesia, de inmediato decae el corazón, salvo que la promesa de Dios nos acuda a la mente. Por lo cual el profeta nos hace volver el pensamiento a Dios, como diciendo, “No juzguéis la seguridad de la Iglesia por la vista, sino estad firmes y confiad en la palabra de Dios: Él ha hablado, Él ha dicho que la Iglesia será perpetua.” Plantemos el pie en esta promesa, y nunca dudemos que el Señor habrá de cumplir lo que ha declarado.
Pero acto continuo dice a modo de corrección, y entre el remanente al cual él habrá llamado. Era necesario apuntar esto claramente, no fuese que los hipócritas, según acostumbran, hicieran mal uso de lo dicho. Aquellos que ocupan puestos superiores en la Iglesia, y pasan, en nombre, por hijos de Dios, se ensoberbecen con gran confianza y temerariamente se burlan de Dios. Piensan que Él les está obligado cuando hacen un espectáculo de emblemas o de profesión, cosas en que se glorían delante de los hombres: les parece que tal despliegue es suficiente. De muchas partes de la Escritura se desprende que los judíos estaban inflados con esta falsa presunción de la carne, y se imaginaban que Dios estaba encadenado a ellos. Por esto el profeta indica que no se dirigía a todos los judíos indistintamente porque muchos de ellos eran hijos espurios de Abraham y se habían degenerado. Si por solo esta pretensión deseaban echar mano a la promesa de salvación, el profeta les señala que estaban excluidos de la Iglesia de Dios por no ser hijos legítimos habiéndose apartado de la fe y piedad de su padre Abraham. Así que menciona remanente: y con esta palabra quiere decir, sucintamente, que no toda la multitud podía salvarse, sino solo un reducido número.
Cuando, pues, hablamos de la salvación de la Iglesia, no debemos juntar en un haz todos los que profesan ser hijos de Dios; apenas uno en un ciento adoran a Dios en verdad y sin hipocresía, y la mayoría profanan Su nombre. Vemos en estos días cuán fraudulenta es la jactancia de los papistas, que piensan que la Iglesia de Dios vive entre ellos, y nos desprecian porque somos pocos. Cuando decimos que la Iglesia de Dios debe distinguirse por la Palabra y la administración de los sacramentos, dicen: “¿De veras puede Dios desertar tanta gente entre quienes se ha predicado el evangelio?” Creen ellos que una vez que se haya dado a conocer a Cristo, Su gracia permanece fija y que no puede quitarse, cualquiera que sea la impiedad de los hombres. Ya que los papistas reclamaban tan vergonzosamente el nombre de Iglesia por ser muchos en número, no sorprende que el profeta, que sostenía la misma contienda con los judíos israelitas, mencionara expresamente un remanente. Es como si dijera, “En balde se ufanan los impíos del nombre de Dios, pues Él no los mira como pueblo Suyo.” La misma verdad puede observarse en el Salmo 15, y en el 24, en que se describen los ciudadanos de la Iglesia; no son los que se vanaglorian en símbolos externos, sino que adoran a Dios de corazón sincero, y tratan honradamente con el prójimo; esos hacen su morada en el monte de Dios. No era cosa difícil para los hipócritas imponer su presencia en el santuario y allí ofrecer sus sacrificios a Dios; pero el profeta señala que Dios no reconoce a ninguno de ellos, sino a aquellos que poseen un corazón sincero y manos puras. Así también en este lugar Joel dice que esta Iglesia sería en efecto salva, pero no la numerosa multitud, — ¿quién, entonces?, solo el remanente.
Pero hay que tomar cuenta de la cláusula que sigue, al cual él habrá llamado. Ya hemos visto que la Iglesia de Dios con frecuencia consta de un número muy pequeño, pues Dios no tiene a nadie por hijo sino a aquellos que se dedican sinceramente y de corazón a Su servicio. Como Pablo dice ‘Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Dios’ (cf. 2 Tim. 2:19); y de estos no se hallan muchos en el mundo.
Pero no basta con sostener que la Iglesia de Dios es sólo el remanente; es necesario añadir que el remanente persiste en la Iglesia de Dios por la única razón de que el Señor lo ha llamado. ¿De dónde, pues, es que hay en la Iglesia una porción que permanecerá segura, mientras que el mundo entero parece estar destinado a la destrucción? Del llamamiento de Dios. Y no cabe duda de que el profeta, con la palabra “llamado”, quiere decir elección gratuita. En efecto, se dice frecuentemente que el Señor llama a los hombres cuando los invita por la voz de Su evangelio; pero hay algo que va más allá, un llamado oculto por el cual Dios destina para Sí aquellos a quienes se propone salvar. Hay, pues, un llamamiento interno, que reside en el consejo secreto de Dios; y luego viene el llamado por el cual nos hace en verdad partícipes de Su adopción. El profeta quiere decir que los que compondrán el remanente no se mantendrán por sus propias fuerzas, sino porque han sido llamados desde lo alto, es decir, elegidos. Concedo que la elección de Dios no ha de separarse del llamado externo; pero se debe mantener este orden, que Dios, antes de declarar Su elección a los hombres, primero los adopta por Su consejo secreto. El significado es que el llamado está opuesto a todo mérito humano, y a la virtud y esfuerzo del ser humano. Es como si dijera, “Por sí mismos los hombres no logran ser el remanente y tener seguridad cuando Dios visita los pecados del mundo; sino que los salvaguarda Su gracia sola, porque fueron escogidos.” Pablo también habla del remanente en el capítulo once de Romanos, y considera sabiamente aquel pasaje, ‘Me he reservado siete mil.’
Es, pues, atribución particular de Dios guardar a aquellos que no se abaten; y por eso dice Pablo que ellos son el remanente de gracia, porque si la gracia de Dios fuese quitada no existiría remanente entre todo el género humano. Todos indistintamente, bien sabemos, son dignos de muerte. Por lo tanto, es la elección de Dios lo que establece la diferencia entre unos y otros. De modo que vemos al profeta ensalzar la bondad gratuita de Dios diciendo que habrá de salvarse un remanente que el Señor reunirá, pues en sí mismos no tienen los hombres poder para preservarse si no son elegidos; la bondad gratuita de Dios es la seguridad de su salvación. Continuamos ahora —
2:28–32. Promesa de bendiciones espirituales
El profeta ve como una característica de la era mesiánica una intensa y universal manifestación de la presencia espiritual de Dios entre su pueblo. Pedro, en su gran sermón el día de Pentecostés, aplicó este pasaje al descenso del Espíritu que había sucedido ese día. Las expresiones vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros viejos … vuestros mancebos … los siervos … las siervos (vs. 28, 29) sirven para resaltar el hecho de la universalidad del don del Espíritu: lo recibiría toda clase de persona, sin distinción de edad o rango social.
Pero, con las bendiciones a los hijos de Dios en el reino mesiánico, vendrían juicios sobre los enemigos (vs. 30, 31): Daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, etc.: Aquí tenemos figuras apocalípticas, que no han de tomarse literalmente.
La apocalíptica es parecida a la parábola, a la alegoría, y a la fábula, en que el hilo de la narración de éstas no es lo importante, sino la lección espiritual o moral que con ellas se enseña. Difieren en algo la una de la otra: La parábola es una extensión del símil, la alegoría es una extensión de la metáfora, y la fábula es una extensión de la personificación, o prosopopeya. La parábola y la alegoría tienen su verificación en la esfera de la naturaleza, mientras que la narración de la fábula, en que animales y cosas inanimadas actúan como personas humanas, es contraria a la naturaleza. La apocalíptica es como la fábula en que sus figuras son contrarias a la experiencia y a la naturaleza, muchas veces grotescas en carácter, como se ve en Joel, Zacarías, Ezequiel, Daniel, Marcos, cap. 13, y el Apocalipsis. Ningún intérprete pensaría que, en la fábula de Joatam (Juec. 9:7–20), el autor sagrado quisiese decirnos que los árboles realmente hablaban; estamos acostumbrados a las fábulas y fácilmente las entendemos. La apocalíptica es una característica de la literatura hebrea, es ajena a nuestra experiencia y cultura, y algunos intérpretes hierran interpretándola literalmente. Algunos pasajes apocalípticos son parabólicos en carácter, en que enseñan una lección general; otros son alegóricos en carácter, cada detalle teniendo un significado espiritual; su clasificación queda al juicio del intérprete. Pero, igual a la fábula, el hilo de la narración o la descripción no es literal, sino simbólico, representando una lección espiritual, o una profecía en esferas espirituales, morales, sociales, o políticas.
En este pasaje (2:30, 31) tenemos descripciones hiperbólicas y apocalípticas de cataclismos cosmológicos que representan catástrofes en el orden espiritual, social, y político. Comparan con lo que el Señor Jesús dice de la destrucción de Jerusalén, y del fin del mundo, y de su segundo advenimiento, en su último discurso escatalógico (Mc. 13:24, 25), y representan el juicio final sobre el mundo: antes que venga el día … de Jehová (2:31), cuando viene Jesús para terminar con este mundo e inaugurar el próximo (Mc. 13:26).
2:32. Y será que cualquiera que invocare el nombre de Jehová, será salvo: La oportunidad universal y fácil de salvación en la época mesiánica resalta aquí, siendo necesario solamente el invocar el nombre de Jehová (comp. Rom. 10:13). Esta salvación se ofrece en el monte de Sión y en Jerusalem, lo que se refiere, por sinécdoque, al pueblo de Dios. Nosotros lo vemos cumplido en la predicación del evangelio en el Reino de Dios (comp. el uso figurado de Jerusalén por Pablo en Gál. 4:26, y la nota sobre Joel 2:1).
C. LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO, 2:28–32
Vemos ahora la bendición superior que es presentada al pueblo de Dios como: (1) El derramamiento del Espíritu de Dios sobre toda carne; (2) El juicio de las naciones; y (3) La glorificación del pueblo de Dios. Si bien estas características no se mantienen estrictamente separadas, no obstante están claramente indicadas y estrechamente relacionadas entre sí.
Los versículos 28–32 son muy conocidos para el estudiante del Nuevo Testamento como la gloriosa promesa citada por Pedro el día de Pentecostés e identificada como “lo dicho por el profeta Joel” (Hch. 2:16–21).
Y después de esto (en algún tiempo futuro), derramaré mi espíritu sobre toda carne (28). Si el Señor les había dado lluvia temprana y tardía en bendiciones materiales, estaba dispuesto también a derramar (Is. 32:5; Ez. 39:29) la bendición espiritual del don de su Espíritu. En este sentido, las palabras de Pedro son el comentario de Joel.
Si la primera gran enseñanza de Joel es el arrepentimiento ante la tribulación, la segunda es el derramamiento del Espíritu sobre toda carne. La promesa es una ampliación de Números 11:29 cumplida, como ya hemos señalado, el día de Pentecostés descrito en Hechos 2. Toda la promesa es preeminentemente escatológica, pero destinada “a consolar al pueblo en los mismos días del profeta”. Robinson continúa diciendo que es “afín a la promesa de Jeremías de un ‘nuevo pacto’ (Jer. 31:31–34). Aunque en el libro de Joel no hay predicción alguna sobre el Mesías, como bien observa Horton, nuestro estudio de este libro debiera conducirnos a Cristo y el bautismo con el Espíritu. De este modo, Joel empieza a salvar el abismo hacia el reino de la gracia”.
La promesa del Espíritu a toda carne va seguida por una descripción de los fenómenos que acompañarían al gran acontecimiento y que Pedro más tarde identificaría con el día de Pentecostés. En Números 12:6, sueños y visiones son las dos formas de revelación profética. Esta alusión en Joel significa que hijos, hijas, ancianos y jóvenes recibirán el Espíritu de Dios con sus dones.
La promesa se extiende también a siervos y siervas (29; esclavos de ambos sexos). El evangelio habría de romper los grillos de la esclavitud, una conclusión que los expositores judíos (LXX y los fariseos) no pudieron aceptar.7
La promesa del Espíritu marca el nivel más alto de la profecía de Joel. (1) Es una promesa universal, 28–29; (2) Es la promesa de un nuevo pacto, 32; (3) Es una promesa para aquellos que creen, 32.
El día grande y espantoso de Jehová (31; cf. Mal. 4:5) está estrechamente relacionado con la promesa del Espíritu. Los fenómenos mencionados en el verso 31 son descripciones figuradas del juicio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos (Is. 13:10; Mr. 13:24; Ap. 6:12).
Tanto Pedro como Pablo (Ro. 10:13) citan a Joel al aplicar el principio de la salvación por la fe a los hombres de todas las generaciones. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo (32). Hay la invocación al Señor ante el juicio, y la promesa de liberación para aquellos que se arrepientan. La última frase del verso 32 implica que el remanente, aquellos que crean verdaderamente, será salvo. Ya en época tan temprana como la de Joel, la respuesta humana de fe constituye el complemento de la elección divina. Dios elige salvar (liberar) a aquellos que claman en el nombre del Señor.
IV. LAS MARAVILLAS DE DIOS EN LA TIERRA (2:28–32)
2:28–32 Algunas características distinguen la segunda parte del libro de Joel:
• Los acontecimientos descritos en esta parte del libro se sitúan casi por completo en el futuro.
• El comportamiento destructivo de las naciones hacia Israel y su futura destrucción se discuten en esta parte del libro.
• Esta segunda parte del libro está dominada por los temas de las bendiciones materiales y espirituales concedidas a Israel.
Después de esto parece referirse a los acontecimientos que vendrán después del cumplimiento de la restauración que el Señor prometió en los versículos 18–27. “Después de esto” forma una inclusio con la frase en esos días, es decir, las dos frases funcionan como sujetalibros alrededor del texto incluido entre ellas (vv. 28–29; cf. “en los últimos días”, Hch 2:17). En el Antiguo Testamento, el objeto del verbo DERRAMAR (hb. shaphak, “verter, derramar”, v. 28) suele ser la sangre (Ez 22:3–4; 36:18) o la ira de Dios (p. ej., Is 42:25; Lm 4:11; Ez 7:8; Os 5:10; Sof 3:8). La palabra “derramar” sugiere que algo se da o se distribuye generosamente, fluyendo desde un recipiente de arriba (análogo al cielo, donde reina Dios; cf. Is 32:15) hacia o sobre algo de abajo (análogo a los habitantes terrestres, “toda la humanidad”; cf. Is 44:3).
La promesa de Dios de derramar su Espíritu “sobre toda la HUMANIDAD” (hb. basar, “carne”, Jl 2:28) ha sido interpretada de diversas maneras. En otros contextos en los que basar se refiere a todas las criaturas vivas, la traducción de la RV60 utiliza a menudo “carne” —por ejemplo, en el relato de Noé y el diluvio (p. ej., Gn 6:17, 19; 7:15–16, 21; 8:17; 9:11, 15–17; cf. “todo ser viviente”, Sal 136:25; “todos”, Sal 145:21)— aunque “humanidad” en algunos casos sería una mejor traducción cuando la agencia moral se atribuye a “toda carne” (p. ej., Gn 6:12–13). Tanto “toda la humanidad” (hb. basar) como “toda la carne” (hb. basar) aparecen en varios pasajes proféticos que, como Joel 2:28, también enfatizan que la obra redentora del Señor en Jesús el Mesías está disponible para todos —sin importar la edad, el sexo o la clase social— y/o que él revelará su gloria y ejecutará el juicio a su regreso (Is 40:5; 66:16, 23–24; Jer 25:31; cf. “todo el pueblo”, Zac 2:13).
El Nuevo Testamento aclara que la redención y, por tanto, la morada del Espíritu de Dios, está disponible para todos, pero solo a través de Jesucristo (Jl 2:32; cf. Jn 3:5–7, 13–16, 34–36; 7:39; Hch 2:21). El Nuevo Testamento también afirma que la salvación está igualmente disponible para hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, esclavos, así como para hij os e hijas (Jl 2:28–29), judíos y gentiles (todo aquel que invoque el nombre del Señor, v. 32; cf. Hch 10:38–47; Gá 3:28).
Pedro citó esta profecía de Joel (Jl 2:28–32), aplicándola al día de Pentecostés (Hch 2:16–17), pero no afirmó que toda la profecía de Joel se hubiera cumplido. Más bien señaló que Pentecostés era un ejemplo de la predicción de Joel de que se acercaba el día del Señor, grande y terrible (Jl 2:31). Está claro que no toda la profecía de Joel se cumplió en Pentecostés. Hay más cosas por venir, como las señales y prodigios generalizados en la tierra y en el cielo (vv. 30–31; Hch 2:19–20) y la restauración de los cautivos de Judá.
IV. LAS MARAVILLAS DE DIOS EN LA TIERRA (2:28–32)
2:28–32 Algunas características distinguen la segunda parte del libro de Joel:
• Los acontecimientos descritos en esta parte del libro se sitúan casi por completo en el futuro.
• El comportamiento destructivo de las naciones hacia Israel y su futura destrucción se discuten en esta parte del libro.
• Esta segunda parte del libro está dominada por los temas de las bendiciones materiales y espirituales concedidas a Israel.
Después de esto parece referirse a los acontecimientos que vendrán después del cumplimiento de la restauración que el Señor prometió en los versículos 18–27. “Después de esto” forma una inclusio con la frase en esos días, es decir, las dos frases funcionan como sujetalibros alrededor del texto incluido entre ellas (vv. 28–29; cf. “en los últimos días”, Hch 2:17). En el Antiguo Testamento, el objeto del verbo DERRAMAR (hb. shaphak, “verter, derramar”, v. 28) suele ser la sangre (Ez 22:3–4; 36:18) o la ira de Dios (p. ej., Is 42:25; Lm 4:11; Ez 7:8; Os 5:10; Sof 3:8). La palabra “derramar” sugiere que algo se da o se distribuye generosamente, fluyendo desde un recipiente de arriba (análogo al cielo, donde reina Dios; cf. Is 32:15) hacia o sobre algo de abajo (análogo a los habitantes terrestres, “toda la humanidad”; cf. Is 44:3).
La promesa de Dios de derramar su Espíritu “sobre toda la HUMANIDAD” (hb. basar, “carne”, Jl 2:28) ha sido interpretada de diversas maneras. En otros contextos en los que basar se refiere a todas las criaturas vivas, la traducción de la RV60 utiliza a menudo “carne” —por ejemplo, en el relato de Noé y el diluvio (p. ej., Gn 6:17, 19; 7:15–16, 21; 8:17; 9:11, 15–17; cf. “todo ser viviente”, Sal 136:25; “todos”, Sal 145:21)— aunque “humanidad” en algunos casos sería una mejor traducción cuando la agencia moral se atribuye a “toda carne” (p. ej., Gn 6:12–13). Tanto “toda la humanidad” (hb. basar) como “toda la carne” (hb. basar) aparecen en varios pasajes proféticos que, como Joel 2:28, también enfatizan que la obra redentora del Señor en Jesús el Mesías está disponible para todos —sin importar la edad, el sexo o la clase social— y/o que él revelará su gloria y ejecutará el juicio a su regreso (Is 40:5; 66:16, 23–24; Jer 25:31; cf. “todo el pueblo”, Zac 2:13).
El Nuevo Testamento aclara que la redención y, por tanto, la morada del Espíritu de Dios, está disponible para todos, pero solo a través de Jesucristo (Jl 2:32; cf. Jn 3:5–7, 13–16, 34–36; 7:39; Hch 2:21). El Nuevo Testamento también afirma que la salvación está igualmente disponible para hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, esclavos, así como para hij os e hijas (Jl 2:28–29), judíos y gentiles (todo aquel que invoque el nombre del Señor, v. 32; cf. Hch 10:38–47; Gá 3:28).
Pedro citó esta profecía de Joel (Jl 2:28–32), aplicándola al día de Pentecostés (Hch 2:16–17), pero no afirmó que toda la profecía de Joel se hubiera cumplido. Más bien señaló que Pentecostés era un ejemplo de la predicción de Joel de que se acercaba el día del Señor, grande y terrible (Jl 2:31). Está claro que no toda la profecía de Joel se cumplió en Pentecostés. Hay más cosas por venir, como las señales y prodigios generalizados en la tierra y en el cielo (vv. 30–31; Hch 2:19–20) y la restauración de los cautivos de Judá.
F Dios derrama su Espíritu (2:28–32)
Con este párrafo ingresamos a la segunda sección del libro. La expresión Después de esto divide en dos la profecía. De ahora en adelante, el tercer sentido de la profecía (los últimos tiempos) es consecuencia de los dos anteriores (la plaga de langostas y la invasión). Dios derrama su Espíritu sobre todo el género humano (2:28). Esta situación alcanza a todas las esferas sociales (2:29) sin distinción de género, edad o raza (2:28–29). Esta profecía se proyecta hacia adelante, a un tiempo varios siglos después, según Hechos 2:17–21. Aquí ocurren hechos prodigiosos (2:31) que no son propiamente de la naturaleza, la misma que se halla en proceso de restauración por parte de Dios (ver 2:21–23). Estos solo pueden explicarse en términos de una intervención humana negativa. Las columnas de humo se asemejan a las humaradas de las fábricas (2:30). Los cambios en el color del cielo concuerdan con los de la polución del aire. El origen en los cambios negativos en la naturaleza no puede ser atribuido directamente a esta. Aquí, al tercer sentido cronológico de la profecía falta por completarse.
Preguntas de reflexión
¿De qué manera observamos que el Espíritu Santo ha sido derramado en todo tipo de personas en nuestra iglesia local?
¿Cómo sabemos si los hechos sorprendentes que hemos presenciado son o no de Dios?
