EL ROSTRO BRILLANTE

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Alza tus ojos (Enero 20: El rostro brillante)
El rostro brillante ENERO 20
Después descendió Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del Testimonio en sus manos. Al descender del monte, la piel de su rostro resplandecía por haber estado hablando con Dios, pero Moisés no lo sabía.Éxodo 34.29
Éxodo (Éxodo 34:28–35)
1. Descendió enriquecido con el mejor de los tesoros, pues llevaba en sus manos las dos tablas de la ley (v. 29) escritas con el dedo de Dios (cap. 31:18). Es un gran privilegio que se nos entregue la ley; este privilegio se le mostró a Israel (Sal 147:19–20). Es un gran honor ser empleado en la entrega a otros de la ley de Dios; este honor se le concedió a Moisés.
2. Descendió adornado con la mayor hermosura, pues la piel de su rostro resplandecía (v. 29). En su estancia en el monte escuchó en esta ocasión lo que ya había escuchado antes, pero vio más de la gloria de Dios, y al haberla contemplado a cara descubierta, fue en cierta medida transformado de gloria en gloria en la misma imagen (2 Co 3:18). La última vez descendió del monte con la gloria de un juez, para desaprobar y castigar la idolatría de Israel; ahora con la gloria de un ángel, con anuncios de paz y reconciliación. Entonces descendió con una vara, ahora con espíritu de mansedumbre (1 Co 4:21). Ahora bien
[3] Fue el efecto de su visión de Dios. La comunión con Dios:
En primer lugar, hace que el rostro resplandezca con verdadero honor. La fervorosa devoción hace resplandecer el rostro del hombre de tal forma que demanda aprecio y afecto.
En segundo lugar, debería hacer que el rostro resplandeciese en santidad universal. Cuando hayamos estado en el monte con Dios, debemos dejar que nuestra luz alumbre delante de los hombres (Mt 5:16), con humildad, mansedumbre, y en todos los casos de conducta celestial; de este modo, la luz de Jehová nuestro Dios debe estar sobre nosotros (Sal 90:17), es decir, la hermosura de la santidad (1 Cr 16:29; Sal 29:2; 96:9), que todos aquellos con los que nos relacionemos, conozcan que hemos estado con Jesús (Hch 4:13).
(2) En cuanto al resplandor del rostro de Moisés, obsérvese aquí:
[1] Moisés no era consciente de ello: No sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía (v. 29). Así:
En primer lugar, la desdicha de algunos es que, a pesar de que sus rostros resplandezcan con la verdadera gracia, sin embargo, no lo sepan para consolarse con ello. Sus amigos ven mucho de Dios en ellos, pero ellos están dispuestos a pensar que carecen de gracia.
En segundo lugar, la humildad de otros es que, a pesar que sus rostros resplandezcan con excelentes dones y habilidad, sin embargo, no lo saben, para no estar envanecidos por ello. Cualquiera que sea la hermosura que Dios ponga sobre nosotros, deberíamos, con todo, llenarnos de un sentido de humildad por nuestra propia indignidad y múltiples debilidades, que nos harán pasar por alto y aun olvidar lo que hace que nuestros rostros resplandezcan.
[2] Aarón y los hijos de Israel lo vieron, y tuvieron miedo (v. 30). La verdad del hecho fue atestiguada por una multitud de testigos, los cuales eran conscientes del terror que les infundía. No solo los deslumbraba, sino que los atemorizaba tanto que los obligó a retirarse. Probablemente, dudaban si era una muestra del favor de Dios o era de su ira y, aunque parecía más bien que era una buena señal, sin embargo, al ser conscientes de la culpa, temían lo peor, especialmente al recordar la situación en la que Moisés los encontró cuando descendió del monte la última vez. La santidad conduce a la reverencia, pero el sentimiento de pecado hace que los hombres tengan miedo de sus amigos, y aun de aquello que realmente es un privilegio para ellos.
[3] Moisés se puso un velo sobre su rostro (vv. 33, 35) cuando se percató que resplandecía.
En primer lugar, esto nos enseña una lección de modestia y humildad. Debemos estar satisfechos con tener oculta nuestra excelencia, tener un velo sobre ella, no codiciar agradar en la carne (Gá 6:12). Los que verdaderamente desean ser admitidos y aceptados por Dios, desearán igualmente que los hombres no se fijen en ellos ni los aplaudan. Qui bene latuit, bene vixit (El que vive bien, vive inadvertido).
En segundo lugar, enseña a los ministros a adaptarse a las capacidades del pueblo y a predicarles conforme a lo que pueden sobrellevar (Jn 16:12). Sean velados todas esas habilidades y todos esos conocimientos que tienden más a la diversión que a la edificación, y que los fuertes sean condescendientes con las flaquezas de los débiles (Ro 15:1).
En tercer lugar, este velo significó la oscuridad de esa dispensación. Las instituciones ceremoniales contenían mucho de Cristo, mucho de la gracia del evangelio, pero se les puso un velo para que los hijos de Israel no fijaran la vista en (2 Co 3:13) los bienes venideros de los que la ley tenía la sombra (He 10:1). Era una hermosura velada, oro en la mina, una perla en la concha; pero, gracias a Dios, por el evangelio se sacan a luz la vida y la inmortalidad (2 Ti 1:10), y el velo […] es quitado del Antiguo Testamento (2 Co 3:14). Sin embargo, sigue sobre los corazones de los que cierran los ojos contra la luz. De este modo expone el apóstol este pasaje en 2 Corintios 3:13–15.
[4] Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, en el
Matthew Henry, Éxodo, ed. Demetrio Cánovas Moreno, trans. Mercedes Alonso Gajón, Emilio Díaz Ojeda, y Mercè Gómez de Travesedo Ferré, Primera edición., Comentario expositivo y práctico de toda la Biblia (Ciudad Real, España: Editorial Peregrino, 2020), 471–473.
Matthew Henry, Éxodo, ed. Demetrio Cánovas Moreno, trans. Mercedes Alonso Gajón, Emilio Díaz Ojeda, y Mercè Gómez de Travesedo Ferré, Primera edición., Comentario expositivo y práctico de toda la Biblia (Ciudad Real, España: Editorial Peregrino, 2020), 469–470.
¡La persona que pasa tiempo con Dios no puede evitar ser transformado! ¿Acaso algún otro pasaje ilustra mejor esta verdad? La intensidad del encuentro entre el profeta y Jehová había sido tal que hasta la piel del rostro le brillaba. Nos recuerda inmediatamente a la transfiguración de Cristo, donde los discípulos vieron que «Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede dejar tan blancos» (Mr 9.3). Y este brillo no era meramente el resplandor de la tela de sus vestimentas, sino el brillo producido por la presencia de algo espiritual.
Cuando leo este pasaje, pienso: ¡A cuántos nos gustaría experimentar algo similar a esto! Los que andamos en Cristo anhelamos tanto esa experiencia de cercanía al Señor, aunque sea que nos fuera concedido siquiera tocar el borde de su manto. ¿Qué se sentirá al vivir una experiencia como esta? ¿Podremos mantenernos en pie frente a semejante visitación de Dios?
Nuestra «envidia santa» de la experiencia que le fue concedida a Moisés, sin embargo, no repara en un pequeño detalle en el versículo que hoy compartimos. Es que el profeta no sabía que le brillaba el rostro. Cosa insignificante, ¿verdad? En este detalle, sin embargo, encontramos parte del misterio de la transformación que obra en nosotros. Esa transformación, juntamente con las experiencias espirituales que la acompañan, no son primordialmente para nuestro deleite. Muchas veces ni siquiera sabemos que él está obrando en nuestras vidas. El objetivo de su obra es que los demás vean la gloria de Dios reflejada en nuestras vidas, no para que nosotros mostremos con orgullo nuestra madurez espiritual.
Por esta razón conviene que examinemos con cuidado las motivaciones escondidas de nuestros corazones. Muchas veces veo entre pastores un forcejeo sutil para ver quién recibe mayor honra en las reuniones y encuentros con otros líderes. El apóstol Pablo anima a la iglesia de Filipo: «nada hagáis por rivalidad o por vanidad» (Flp 2.3). La «vanagloria» es aquella que parece ser genuina, pero que en realidad no tienen valor alguno. Es el reconocimiento y los aplausos que vienen de los hombres, y no la palabra de aprobación que viene de nuestro Padre celestial. Como tal, está destinada al olvido.
Como líderes debemos procurar una vida de santidad e intimidad tal, que nuestra vida brille con gloria de lo alto. Nuestra sola presencia testificará de la magnificencia del Dios que servimos. Pero sepa usted que ni bien tome conciencia de ese resplandor se desvanecerá. Nuestro buen Padre sabe cuán rápido nos enorgullecemos de lo que, en realidad, no es nuestro. Por eso le fue dada a Pablo una espina en la carne. Para que la extraordinaria grandeza fuera de Dios, y no del apóstol.
Para pensar:
Considere el siguiente consejo de uno de los grandes santos del siglo XIX: «Piense lo menos posible en usted. Aparte con firmeza todo pensamiento que le lleve a meditar en su influencia, sus muchos logros o el número de sus seguidores. Pero sobre todas las cosas, hable lo menos posible de usted».
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