Esperanza para los que sufren
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En los últimos meses, se ha vuelto muy popular un meme que dice: “Como pensé terminar el 2024, como va pintando la cosa...”
Este meme habla de nuestras expectativas acerca de la vida y de la realidad que muchas veces choca con nuestras expectativas.
Reúne la esencia de lo que está sucediendo en la vida de muchos creyentes, al descubrir que las adversidades de la vida tienen la capacidad de enterrar nuestras expectativas.
Es muy común encontrarnos en situaciones en las que lo único que podemos hacer es llorar amargamente frente al dolor, la soledad y la incertidumbre acerca del futuro.
Y cuando nos encontramos en estas situaciones, corremos el riesgo de perder de vista la esperanza que Dios nos ofrece.
Corremos el peligro de olvidar que en Dios hay esperanza para los que sufren. Hay esperanza para los que están sumidos en la adversidad. Hay esperanza para los que no ven una posible salida a sus dificultades.
Aunque la realidad muchas veces entierre nuestras expectativas, hay razones para mantenernos esperando en Dios.
Hoy quiero hablarles acerca de la esperanza para los que sufren, y quiero destacar tres características de esta esperanza.
Lo haremos a partir de Éxodo 2:23–25:
Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.
Estos versículos nos muestran tres verdades importantes de la esperanza para los que sufren:
No depende de las circunstancias
Apela al corazón compasivo de Dios
Descansa en la fidelidad de Dios
Veamos, primero, cómo la esperanza para los que sufren no depende de las circunstancias.
Nuestro texto dice: “Después de muchos días murió el rey de Egipto.”
El capítulo 1 de Éxodo nos cuenta la historia de cómo comenzó la dura esclavitud y servidumbre de los hijos de Israel en Egipto.
Nos cuenta que se levantó un nuevo rey que no conocía a José.
No conocía lo que Dios había hecho por medio de José, para preservar a Egipto de la hambruna.
Al ver el crecimiento de los israelitas, el rey tuvo desconfianza de ellos.
Pensó que los hijos de Israel lo podían traicionar en una eventual guerra, unirse a sus enemigos, pelear contra Egipto, y escapar de su dominio.
Por tanto, ideó un plan para someter al pueblo de Israel a una esclavitud amarga que les haría la vida imposible por décadas, y convirtió la opresión en su política oficial.
A estas alturas del relato, Israel ha estado sufriendo una amarga servidumbre por aproximadamente 80 años.
Y ahora que el rey de Egipto muere, Israel pudo haber visto una luz al final del túnel.
Y aquí es donde descubrimos que la esperanza que Dios ofrece a los que sufren no depende de las circunstancias.
Esto lo decimos generalmente para implicar que no importa qué tan mal esté la situación, podemos esperar en Dios.
¿Pero qué tal si también afirmamos que no importa qué tan óptimas parezcan las circunstancias, debemos seguir esperando en Dios?
Notemos que el cambio de configuración política pudo suponer la liberación de la esclavitud de Israel, pero sucedió todo lo contrario.
El sucesor de Faraón continuó con su política de opresión despiadada.
Por eso nuestro texto dice que los hijos de Israel gemían, o continuaban gimiendo, a causa de la servidumbre.
Ellos pudieron tener expectativas de liberación con el cambio de rey, pero la cosa no pintaba para nada bien.
Esto nos demuestra que el pueblo de Dios no podía confiar ni esperar en las circunstancias humanas para su liberación.
Su esperanza no podía descansar en la configuración política de Egipto.
Ahora podemos preguntarnos:
¿Cuántas veces no nos ha parecido ver una luz al final del túnel?
¿Cuántas veces no hemos pensado que un cambio en los factores de nuestra situación supondrá nuestra liberación de la adversidad?
¿Y cuántas veces el Señor ha permitido que la adversidad continúe en nuestras vidas por mucho más tiempo del que pensábamos?
El Señor hace esto para demostrarnos que su liberación, que nuestra ayuda, no proviene de los factores humanos, sino de él.
Recordemos: La esperanza de los creyentes no depende de las circunstancias, ni cuando estas son demasiado duras, ni cuando estas parecen ser las óptimas para salir de la adversidad.
Veamos, en segundo lugar, cómo la esperanza para los que sufren apela al corazón compasivo de Dios.
Nuestro texto continúa diciendo que los Israelitas “clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre.”
Aunque no dice claramente que los hijos de Israel clamaron a Dios, tenemos textos como Números 20:16, donde relata que algunos de ellos clamaron a Dios:
Números 20:16 (RVR60)
“...y clamamos a Jehová, el cual oyó nuestra voz, y envió un ángel, y nos sacó de Egipto...”
Ahora bien, es muy probable que este “clamor” de ellos fuera un llanto amargo, colmado de dolor, desesperación, angustia.
Probablemente, ellos ni siquiera sabían cómo articular el dolor que sentían y solo se limitaban a llorar amargamente.
Y tienen toda la razón.
Tienen décadas de estar sufriendo injusticias, décadas de esperar una liberación que parece no llegar.
Y cuando al fin ven una pequeña luz al final del túnel con el cambio de rey, la situación no cambia.
La servidumbre sigue. Las injusticias continúan.
Es natural que clamen.
Es natural que lloren amargamente.
Es natural que no sepan cómo articular sus oraciones.
Es natural que lo único que puedan hacer es derramar sus corazones delante de Dios con humildad.
Pero la esperanza bienaventurada de los creyentes que sufren apela al corazón compasivo de Dios.
Salmo 103:13: Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen.
Aquellos que son padres entenderán esto mucho mejor.
¿Acaso no se sobresaltan al escuchar el llanto de sus hijos?
¿Acaso no se les rompe el corazón al ver a sus hijos sufrir?
Pues cuánto más el Señor se podía compadecer de su pueblo.
Salmo 51:17: Tú, oh Dios, no desprecias al corazón contrito y humillado.
A los oídos del Señor llegó algo que le resulta irresistible: el clamor de aquellos que él escogió como su pueblo.
Y esto es importante para tiempos de adversidad en los que pareciera que el Señor no nos escucha porque no responde en el momento que nosotros deseamos.
La espera puede llevarnos a pensar que Dios no está dispuesto a escuchar nuestro clamor.
En el caso de Israel, habían pasado más de 80 años de esclavitud.
En nuestro caso, es posible que la adversidad haya durado algunos meses o años.
Pero la duración de nuestra adversidad no indica que Dios no nos escucha.
Él nos escucha y se compadece de nosotros.
De hecho, nuestro clamor humilde llega más pronto a sus oídos que nuestras oraciones bien elaboradas.
Cuando probablemente no sabes qué decir, cuando lo único que sabes hacer es llorar, clamar, gemir a causa de tu adversidad, es cuando tu clamor sube hasta el Señor y él te escucha con atención.
Recuerda: La esperanza de los creyentes que sufren apela al corazón compasivo de Dios.
Y en tercer lugar, veamos cómo la esperanza para los que sufren descansa en la fidelidad de Dios.
Hace unos años participé en la escritura de una serie de artículos sobre los atributos de Dios.
Me tocó escribir sobre el atributo de la fidelidad de Dios.
Y una de las enseñanzas más importantes que aprendí en aquella ocasión es que: Sobre todas las cosas, Dios es fiel a sí mismo.
Nuestro texto dice: “Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.”
El Señor se acordó de que había prometido a los patriarcas que Israel sería esclavo en Egipto, pero no sería esclavo para siempre.
Génesis 15:13-14: “Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza.”
El clamor de los hijos de Israel llevó al Señor a recordar su pacto de liberarlos de la esclavitud.
No solo era el clamor de su pueblo el que le ablandaba el corazón, sino el honor de su propio nombre.
Dios había empeñado su Palabra y jurado por sí mismo que bendeciría la nación de Israel.
Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.
El Señor había empeñado su Palabra y había prometido bendecir a su pueblo.
El honor de su nombre dependía de cumplir sus promesas a Israel.
Esta es una gran seguridad para todos los creyentes: Dios escucha nuestro clamor y se identifica con nosotros. Eso le impulsa a recordar sus promesas de liberación para nosotros y le mueve a actuar en nuestro favor.
El Señor podría ser un Dios que se complace en nuestro sufrimiento.
Podría ser un Dios que, aún complaciéndose de nuestro sufrimiento, se doliera al vernos clamar.
Pero sin tener un pacto en el cual ha empeñado su Palabra, nada le haría moverse a liberarnos de la adversidad.
Por fortuna, tenemos un Dios que es compasivo al vernos clamar y que es fiel a sus promesas de socorro para con sus hijos.
La esperanza para los que sufren descansa en la fidelidad de Dios a su pacto.
Nosotros estamos en una relación de pacto con Dios.
Tenemos un pacto que él nos ha querido otorgar, en el cual nos invita a ser su pueblo y él se convierte en nuestro Dios.
Es por virtud de este pacto que apelamos a su fidelidad en medio de nuestra adversidad.
Es por virtud de este pacto que él no nos abandonará del todo.
Es por virtud de este pacto que podemos acercarnos confiadamente para pedir su socorro en medio de nuestras adversidades.
Conclusión
Jóvenes, yo no sé cuál es la adversidad que ustedes puedan estar atravesando.
Pero sí sé que, si son creyentes, ustedes forman parte de la familia del pacto de Dios, y tienen acceso a esta esperanza.
Esta esperanza que no depende de las circunstancias que estén atravesando.
Esta esperanza que apela al corazón compasivo de Dios.
Esta esperanza que descansa en la fidelidad de Dios a su pacto.
Es mi deseo que el Señor les brinde esta esperanza y que pronto, muy pronto, el Señor les provea liberación de sus dificultades.
Oremos al Señor con estas palabras:
Señor, esperanza nuestra, nuestros corazones están afligidos por la adversidad y necesitamos tu socorro. Te rogamos que escuches nuestro clamor, que te compadezcas de nosotros, y que cumplas tus promesas conforme a tu voluntad en nuestra vida. Permítenos vivir confiados en ti, aunque nuestra liberación tarde un poco más, porque somos tus hijos, porque te pertenecemos, y porque nuestra vida solo está segura en ti. En Cristo Jesús lo pedimos, amén.
