El Dios tres veces Santo

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En junio de 1953, millones de personas alrededor del mundo presenciaron con asombro la coronación de la reina Isabel II en la Abadía de Westminster. La ceremonia fue un despliegue de reverencia y solemnidad, donde líderes de naciones, altos dignatarios y ciudadanos comunes se postraron ante una monarca terrenal.
Los participantes llevaban trajes ceremoniales, se inclinaban profundamente y pronunciaban votos de lealtad. Incluso el cetro y la corona, símbolos del poder real, eran manejados con gran cuidado, como si tocaran algo más allá de lo humano.
Este tipo de respeto y reverencia hacia un rey o una reina puede ser impresionante, pero sigue siendo un reflejo limitado y terrenal de algo mucho más trascendente: la reverencia que pertenece únicamente al Rey del universo, el Dios Santo.
Esta recreación a pequeña escala de la reverencia, nos permite pensar en perspectiva lo que produce estar delante de un Rey lleno de gloria infinita y perfecta pureza y que entre más conscientes estamos de Su grandeza, más conscientes somos de nuestra propia indignidad.
Y esta e precisamente la idea o el argumento del que quiero persuadirlos cn la exposición de este pasaje:
Dios es Santo y perfecto y el hombre pecador solo puede adorarle en la medida en que lo conoce.
Lo desarrollaremos a la luz de los siguientes encabezados:
El Dios santo (1-4)
El hombre pecador (5)
El Dios que redime y el hombre que adora (6-7)

El Dios santo (1-4)

El relato inicia en un momento crucial: "En el año que murió el rey Uzías". Esta frase no es solo un marco temporal, sino una clave teológica. Uzías, un rey que había disfrutado de un reinado prolongado y próspero, terminó sus días marcado por el juicio divino debido a su orgullo al intentar usurpar las funciones sacerdotales (2 Crónicas 26:16-21). Su muerte simboliza el fracaso de los sistemas humanos y la fragilidad de los gobiernos terrenales.
En contraste, Isaías ve al Señor en su trono, exaltado y eterno. Esto resalta una verdad fundamental: el gobierno humano es temporal y defectuoso, pero el Reino de Dios es eterno y perfecto. Mientras Uzías se corrompió en su orgullo, el Señor permanece inmutable en su santidad. Este contraste señala que solo Dios es digno de total confianza y adoración (Salmo 93:2; Daniel 4:34-35).

1.2 El Trono de Dios y la Visión de Su Majestad

Isaías describe al Señor "sentado sobre un trono alto y sublime" (v.1). Este trono es una imagen central en la Biblia para simbolizar el poder absoluto de Dios como Rey soberano (Salmo 45:6; Apocalipsis 4:2-3). Este no es solo un trono físico, sino un símbolo de autoridad universal. La altura y sublimidad del trono muestran que ningún poder terrenal puede rivalizar con Él.
El trono también está rodeado por su manto, "que llenaba el templo". Este detalle subraya la gloria omnipresente de Dios. En el Antiguo Testamento, el templo era el lugar donde la presencia de Dios habitaba entre su pueblo (Éxodo 40:34-35). Ahora, en esta visión, el templo no puede contener su majestad; su gloria llena toda la tierra (Salmo 72:19).

1.3 Los Serafines y Su Papel en la Visión

En el relato, los serafines tienen un papel crucial: ellos proclaman la santidad de Dios (v.3). Estos seres angelicales, cuyo nombre significa "los ardientes", están en constante adoración, cubriendo sus rostros con dos alas en reverencia a la gloria de Dios, y sus pies con otras dos en señal de humildad. Su proclamación: "Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos" enfatiza la perfección suprema de Dios, ya que la repetición triple es una forma hebrea de expresar el superlativo.
La Santidad de Dios: Esta no es solo la ausencia de pecado, sino la pureza absoluta y la separación total de Dios respecto a toda creación. Él es único, completamente distinto de cualquier ser creado (Éxodo 15:11; 1 Samuel 2:2).La Función de los Serafines: Los serafines cumplen un rol que aparece también en otros textos bíblicos: glorificar a Dios y custodiar su trono. En Apocalipsis 4:6-8, los seres vivientes alrededor del trono proclaman día y noche la santidad de Dios, mostrando que este atributo es fundamental en la identidad divina.

1.4 La Santidad de Dios en Toda la Escritura

La visión de Isaías resuena con otros relatos bíblicos que enfatizan la santidad de Dios. Algunos ejemplos incluyen:
Éxodo 19:16-25: En el Monte Sinaí, Dios manifiesta su santidad con truenos, relámpagos y fuego, subrayando la necesidad de reverencia.Levítico 10:1-3: La santidad de Dios exige obediencia; Nadab y Abiú son consumidos por ofrecer fuego extraño.Apocalipsis 4:8-11: Los seres vivientes y los ancianos adoran a Dios en su trono celestial, proclamando su santidad eterna.
Estos pasajes nos muestran que la santidad de Dios no es un atributo estático, sino una realidad que exige una respuesta de reverencia, obediencia y adoración.
La visión de la santidad de Dios no deja a Isaías en una postura neutral. Al contrario, la perfección y majestad de Dios iluminan de inmediato su propia condición como hombre pecador. El contraste es ineludible: al contemplar la santidad de Dios, Isaías ve claramente su indignidad.
La transición ocurre de forma orgánica en el relato: los serafines proclaman la gloria de Dios, y esa gloria sacude los umbrales del templo y llena el lugar con humo (v.4). La respuesta inmediata de Isaías no es admiración, sino desesperación: "¡Ay de mí! Estoy perdido".
Esto nos enseña algo profundo sobre el efecto de la santidad de Dios en el hombre: la revelación divina expone la corrupción humana. Así como la luz revela lo que está oculto en la oscuridad, la santidad de Dios expone el pecado de Isaías. Este es un patrón que vemos repetidamente en la Biblia:
Cuando Pedro reconoce la divinidad de Jesús, su reacción inmediata es: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas 5:8).Job, al final de su prueba, confiesa: "Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:6).

El Hombre Pecador (Isaías 6:5)

2.1 La Reacción Humana Ante la Santidad de Dios

Isaías 6:5 marca un giro dramático en el relato. Después de contemplar la majestad y santidad de Dios, Isaías clama: "¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros, y han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos".
El contraste entre la santidad de Dios y la condición humana es devastador. Isaías no puede permanecer indiferente ante la visión; la luz divina revela su verdadera naturaleza: pecador e indigno. Este patrón es constante en las Escrituras, donde la presencia de Dios produce temor, convicción y confesión (Éxodo 33:20; Jueces 13:22; Lucas 5:8).

2.2 El Reconocimiento del Pecado Personal

Isaías no intenta justificarse ni ocultar su condición. Su confesión es espontánea y abarca dos aspectos clave:
Confesión personal: Isaías declara que es un hombre de labios impuros. Este reconocimiento es profundo porque los labios, que simbolizan el habla, reflejan lo que hay en el corazón (Mateo 12:34). La impureza de los labios evidencia la corrupción interna del ser humano.Confesión colectiva: Isaías también reconoce que vive entre un pueblo de labios impuros. No solo es consciente de su propio pecado, sino también del pecado de la comunidad. Esta declaración refuerza la doctrina bíblica de la universalidad del pecado (Romanos 3:10-12, 23).
La confesión de Isaías nos enseña que un encuentro genuino con Dios no solo revela su gloria, sino también nuestra miseria. Esta es la experiencia de todos los que han sido confrontados con la santidad divina:
Job dice: "He aquí, yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca" (Job 40:4).El apóstol Pablo declara: "Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7:24).

2.3 La Corrupción del Hombre Ante el Rey Santo

Isaías declara que está perdido porque ha visto al "Rey, el Señor de los ejércitos". Esto conecta con el primer punto: la visión del trono de Dios no solo muestra su autoridad y santidad, sino también nuestra total incapacidad de permanecer en su presencia. En Éxodo 33:20, Dios dice a Moisés: "No podrás ver mi rostro; porque nadie puede verme y vivir." La gloria de Dios es tan pura que nuestra impureza no puede soportarla.
La gravedad del pecado: El pecado no es simplemente una falta de conducta, sino una ofensa contra la naturaleza misma de Dios. Es un rechazo de su autoridad y santidad (Salmo 51:4).La imposibilidad de autojustificación: Isaías no intenta excusarse ni negociar. Su declaración de estar "perdido" refleja que no tiene esperanza en sí mismo. Necesita desesperadamente una intervención externa.

2.4 La Doctrina del Pecado en Toda la Escritura

La condición de Isaías no es única. Las Escrituras dejan claro que todos los hombres están en esta misma posición ante Dios:
Génesis 3: Desde la caída, el pecado ha separado al hombre de Dios. Adán y Eva escondieron su rostro porque no podían soportar la santidad divina.Romanos 5:12: El pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, y así la muerte pasó a todos los hombres.Efesios 2:1-3: Los hombres están muertos en sus delitos y pecados, siguiendo el curso de este mundo y siendo por naturaleza hijos de ira.
El relato de Isaías subraya la gravedad de esta condición. No solo es un problema moral, sino una barrera ontológica entre un Dios santo y el hombre caído.

Conexión Natural entre el Punto Dos y el Tres

El reconocimiento de pecado no es el final del relato. Isaías clama, "Estoy perdido", pero no es abandonado en su desesperación. Aquí vemos la transición hacia el tercer punto: la redención divina. La misma visión que lo condena también proporciona la solución.
En el versículo 6, uno de los serafines vuela hacia Isaías con un carbón encendido tomado del altar y purifica sus labios, declarando que su culpa ha sido quitada y su pecado perdonado. Este acto conecta el punto dos y tres al mostrar que:
El pecado del hombre es una realidad ineludible. Isaías no puede resolverlo por sí mismo.La solución proviene de Dios. Es Dios quien provee el medio para purificar a Isaías y reconciliarlo consigo.
Este patrón es consistente con el evangelio:
En Romanos 3:23-24, Pablo explica que todos han pecado, pero son justificados gratuitamente por la gracia de Dios mediante la redención que es en Cristo Jesús.En Efesios 2:4-5, después de describir nuestra muerte espiritual, Pablo declara: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo."
Esta transición enfatiza que la santidad de Dios no solo revela nuestro pecado, sino que también apunta hacia su provisión para nuestra redención.
Conclusión del Segundo Punto: Isaías 6:5 nos recuerda que el hombre no puede permanecer en pie ante un Dios santo. Nuestro pecado nos condena y nos separa de Él, pero la historia no termina ahí. El clamor de Isaías, "Estoy perdido", prepara el escenario para el acto redentor de Dios, quien provee el camino para nuestra purificación. En este punto, vemos claramente que la santidad de Dios y nuestra pecaminosidad se encuentran en el altar donde su gracia redentora interviene. Esto nos lleva al tercer punto: el Dios que redime.

El Dios que Redime (Isaías 6:6-7)"

3.1 La Iniciativa de Dios en la Redención
El relato da un giro crucial en el versículo 6: "Y voló hacia mí uno de los serafines, trayendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas". En este acto, Dios toma la iniciativa para solucionar el problema del pecado de Isaías. Isaías no busca su propia redención ni ofrece nada para conseguirla.
Este patrón refleja la doctrina de la gracia soberana: es Dios quien siempre da el primer paso para reconciliar al hombre con Él mismo. Desde Génesis 3:21, cuando Dios cubrió la desnudez de Adán y Eva con pieles, hasta Juan 3:16, donde "Dios amó al mundo y dio a su Hijo unigénito", es claro que la redención es obra divina.
El carbón encendido tomado del altar subraya esta verdad:
El altar como símbolo del sacrificio: En el sistema sacrificial del Antiguo Testamento, el altar era el lugar donde se ofrecían sacrificios para expiar el pecado (Levítico 17:11). Este acto anticipa la obra perfecta de Cristo, quien se ofreció como el sacrificio definitivo (Hebreos 10:10-14).La pureza del sacrificio: El carbón simboliza el fuego purificador que quema la impureza. Dios no solo quita la culpa de Isaías, sino que lo transforma mediante su poder.
Esta visión del fuego y su relación con la pureza y la redención es asombrosa y aparece a lo largo de toda la escritura, desde el jardin del Edén custodiado por una espada encendida hasta las imágenes del altar del sacrificio en el tabernáculo.
la idea de un sacrificio que debe ser quemado es la recreación simbólica de que el acto de quitar la culpa de un pecador involucra quemarla por completo hasta para que lo que quede sea agradable al Señor.
Es la ira de Dios y la misericordia conjugadas para un mismo propósito, poder tener comunión con el pecador sin tener que pasar por encima de su propia santidad.
Es justo eso lo que vemos en la cruz del calvario, donde la espada encendida de la ira de Dios cae sobre el justo e inocente, como si se tratara de una ofrenda presentada en el altar y ahora, el humo de su sacrificio sea el recordatorio de nuestra redención.
Es esa mezcla de ira y misericordia lo que está tocando los labios de Isaías y que está produciendo perdón.
3.2 La Purificación del Pecador
El serafín toca los labios de Isaías con el carbón y declara: "He aquí, esto ha tocado tus labios, y tu culpa ha sido quitada y tu pecado perdonado" (v.7). Este acto es una representación vívida de la expiación: el pecado de Isaías es eliminado y su estado es cambiado.
La culpa quitada: La expresión "tu culpa ha sido quitada" enfatiza la acción de Dios al remover la barrera que separaba a Isaías de su presencia. Esto resuena con el Salmo 103:12: "Tan lejos como está el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones."El pecado perdonado: Más allá de quitar la culpa, Dios declara a Isaías perdonado, justificándolo para poder servirle. Este acto se alinea con Romanos 8:1: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús."

3.3 La Provisión de un Sustituto

Aunque el relato no menciona explícitamente un sacrificio, el altar implica la provisión de Dios a través de un sustituto. Esto apunta hacia el sacrificio final y perfecto de Jesucristo:
Isaías 53:4-6: El Siervo sufriente lleva nuestras transgresiones y por sus heridas somos sanados.2 Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."
Dios no compromete su santidad para redimir al hombre; Él satisface su justicia a través de Cristo, quien recibe el castigo que merecemos y nos da su justicia como un regalo.

3.4 La Doctrina de la Redención en Toda la Escritura

El acto de redención en Isaías 6:6-7 no es un evento aislado. Es parte de la gran narrativa de la salvación en la Biblia, donde Dios interviene para reconciliar al hombre consigo mismo:
Éxodo 12: La sangre del cordero pascual en Egipto señala el medio por el cual Dios redime a su pueblo.Juan 1:29: Juan el Bautista proclama que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.Hebreos 9:13-14: Los sacrificios del Antiguo Testamento apuntaban a la obra perfecta de Cristo, quien purifica nuestra conciencia para servir al Dios vivo.

3.5 La Transformación que Acompaña la Redención

La redención no solo elimina la culpa de Isaías, sino que lo transforma. Inmediatamente después de ser purificado, Isaías escucha la voz de Dios diciendo: "¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?" (v.8). La redención capacita a Isaías para responder: "Heme aquí, envíame a mí."
Este es un patrón constante en la Biblia: la redención no solo nos restaura, sino que nos da un propósito. Ejemplos incluyen:
Pedro (Lucas 5:8-10): Después de confesar su pecado, Jesús llama a Pedro a ser pescador de hombres.Pablo (Hechos 9:4-6): Después de su encuentro con Cristo, Pablo es comisionado como apóstol a los gentiles.
La redención en Isaías 6:6-7 subraya que la santidad de Dios, aunque inicialmente inalcanzable para el hombre, es accesible gracias a su gracia redentora. Este relato nos lleva a reflexionar sobre varias verdades fundamentales:
Dios no ignora el pecado, pero lo aborda con justicia y misericordia. La provisión del altar muestra que la santidad de Dios no es anulada por su gracia; al contrario, ambas se complementan perfectamente en la redención.La redención nos transforma. Así como Isaías pasa de un estado de condenación a uno de misión, los redimidos son llamados a vivir para la gloria de Dios (2 Corintios 5:15).

CIERRE

Es muy tentador ver este pasaje con un asombro lejano. De esas cosas que se ven exhibidas en un museo. Pero isaías 6 es un pasaje que cobra mucha importancia para todo creyente hoy porque es la hendija de la puerta por la que vemos adentro de la casa en la que se esconden cosas gloriosas que no nos han sido reveladas con detalle; pero no podemos perder de vista que esta gloria nos ha venido en una forma aun mucho más complete. Dios se ha revelado de una forma perfecta en la humanidad de su hijo Jesucristo
Ese ese mismo Juan que dijo que la gloria de Dios habitó entre nosotros (Juan 1:14) y fui vista por los apóstoles, posiblemente refiriéndose a la visión en la transfiguración, lleno de gracia y de verdad.
Más adelante este mismo Juan explicando acerca de la misión de Jesús y como algunos endurecieron sus corazones contra él dijo: Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane. Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él (Jn. 12:37-41).
Juan nos esta poniendo de cara frente a la realidad de que la gloria que Él vio había sido la del Cristo preencarnado, la segunda persona de la tirnidad, la misma que se hizo carne y habitó entre nosotros.
Y es justamente eso lo que le da sentido a la respuesta que Jesús le da a la mujer samaritana en Juan 4 cuando pregunta: ¿Dónde adoraremos? y el Señor le responde:
La hora viene y ahora es cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad.
Ella responde diciendo que en efecto, el Mesías les enseñará estas cosas y él le dice a ella lo que no le dijo directamente a Nicodemo: Yo soy, el que habla contigo.
Jesús está diciendo que la verdadera adoración proviene de un entendimiento correcto de quién es Dios y al conciencia de que Él puede ser adorado en cualquier lugar donde su nombre sea invocado.
No estamos teniendo todos los días una visión de la santidad de Dios como la de Isaías, pero tenemos una revelaci´n mucho más completa de Su ccrácter, misericordia, poder, santidad, en la persona de Cristo.
Es a ese a quien Juan ve al final en el apocalipsis, Sentado en un trono lleno de gloria y majestad, adorado por los Ángeles y los querubines. El cordero que ha vencido y que es digno.
La verdadera adoración se produce cuando conocemos al Señor y cuando más le conocemos, cuando más estrecha es nuestra comunión con él por medio del entendimiento del Evangelio, mayor será nuestra comprensión de su gloria, de nuestra indignidad y mayor nuestra adoración.
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