JESUS LA LUZ DEL MUNDO
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MATEO 5:14–16
Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero; y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
No tiene que haber sido ninguna sorpresa para los discípulos el que Jesús pronunciara sus famosas palabras: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida… Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo (Juan 8:12; 9:5). No les habrá sorprendido, porque el Antiguo Testamento ya había empleado este símil con referencia al Siervo de Yahveh: Yo soy el Señor, en justicia te he llamado; te sostendré por la mano y por ti velaré, y te pondré como pacto para el pueblo, como luz de las naciones… Te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Isaías 42:6; 49:6).
En cambio, podemos suponer que a esos discípulos su sorpresa habrá sido mayúscula al escuchar las palabras de nuestro texto: Vosotros sois la luz del mundo. Quizás nosotros también debamos iniciar nuestra meditación de estas palabras cobrando la misma sensación de asombro. Jesús se vuelve hacia todos los que le siguen de corazón y manifiestan su carácter muchos decimos :
¿Quién, yo? ¡Pobre de mí! ¡Si yo no soy nada; no tengo importancia!—; mas Jesus les dice: Vosotros sois la luz del mundo. Y esto nos incluye a nosotros, discípulos suyos en el siglo XXl
Evidentemente, los discípulos, al haber emprendido su caminar con Cristo, eran personas en las cuales la obra de la gracia divina estaba empezando a surtir efecto; pero quizás no hubiera llegado aún muy lejos en la transformación real de su carácter. Todavía sus debilidades y errores destacaban más que la influencia de Cristo. Desde luego, no eran la luz del mundo a causa de virtudes que poseyeran antes de conocer a Cristo —él no los eligió porque previamente hubieran dado luz al mundo—, sino como consecuencia del compromiso que habían adquirido con él. Si ellos habían empezado a brillar, sólo era porque Jesús los había alumbrado (Juan 1:9).
Aunque sea probable que Cristo pronunciara estas palabras aplicadas a sí mismo con posterioridad a las mismas palabras aplicadas a los discípulos, sigue siendo cierto que éstos sólo eran luz del mundo en virtud de estar siguiendo a Cristo.
CARACTERÍSTICAS DE LA LUZ
La luz tiene muchos significados en las Escrituras, y podemos suponer que muchos de ellos tienen cabida en las palabras de Jesús:
1. Eran luz en la medida en que eran fieles a su mensaje, y el carácter de Jesús se formaba en ellos.
2. Iban a ser luz después de Pentecostés, porque el Espíritu de Jesús haría su morada en ellos para transformarlos a su imagen. Él es la gran luz original; ellos las pequeñas luces reflejadas. Él es el sol, que tiene luz en sí; ellos la luna, que brillan sólo mientras permanecen en él.
3. Nosotros también participamos de esta luz. Para seguir un momento con la misma metáfora, es como si el sol se hubiera escondido durante un tiempo y estuviéramos a la espera de su pronto amanecer. Mientras tanto y hasta su llegada, los que reflejamos la luz del sol debemos brillar en el mundo para iluminar a los hombres. Ellos no pueden ver a Jesucristo. La única manera en la que conocerán su luz es viéndola reflejada en nosotros. Nuestro cometido es alto y glorioso.
LAS DOS ILUSTRACIONES (v. Mateo 5:14b–15)
La ilustración de la ciudad (v. 14b)
A primera vista, puede resultar difícil ver la conexión entre la ilustración de la ciudad y la de la luz. Una ciudad situada sobre un monte no desprende luz ni brilla. Pero —bien pensado— la ciudad es visible sólo porque está «en la luz». Por la noche —¡siempre suponiendo que no disponga de luz artificial y que no haya luna llena!—desaparece; en cambio, bajo la luz del día, es imposible que se esconda.
Así, el que es alumbrado por Cristo está puesto para ser visible. Dios quiere que su vida sea conocida por sus prójimos y les sirva de testimonio. La obra de gracia en la vida del creyente debe ser claramente visible a todos.
La ilustración del candelero (v. 15)
Las lámparas de aquel entonces no eran de gran potencia. Para que pudiesen alumbrar la casa, debían estar colocados en un lugar alto y estratégico: es decir, en el «candelero», normalmente un soporte de metal o de piedra que salía de la parte alta de la pared. Nadie sería tan necio como para encender una de estas lámparas y esconderla en un lugar en que su luz no alumbrase nada; por ejemplo, debajo de un «almud» o «celemín» (o sea, una vasija utilizada para guardar cierta medida de grano). Sería una negación del propio propósito de la luz. La razón por la que se enciende una lámpara es para que dé luz a todos los que están en la casa; a todos, porque las casas de los humildes —es decir, de la inmensa mayoría de los oyentes de Jesús— tenían una sola habitación.
Nota:hoy tu puedes encender la luz de Jesús en tu vida y en tu corazón y llevarla a casa para que tu casa sea llena de Dios y para Dios
