Enemistad entre ti y la Mujer

Novena Guadalupe  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Ayer vimos que el amor y la protección de la Virgen hacia nosotros son un regalo de la infinita bondad de Dios, quien nonos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas (Salmo 103:10). Vimos que, cuando este pueblo más estaba sumergido en el pecado, Dios prodigó más su misericordia, enviando a su Madre. Del mismo modo, en los momentos más difíciles de nuestra vida, Dios nos acerca a nuestra Madre.
Hoy vamos a comenzar a descubrir el papel de María en el plan que Dios había trazado desde el principio (Efesios 3:8) para rescatar a la humanidad caída.

1. La Virgen María es el instrumento por el cual Dios aplasta las obras de la serpiente.

"Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo. Éste te aplastará la cabeza, y tú irás acechando su calcañar" (Gén 3, 15). Así abre el primer libro de la Biblia con esa batalla entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente. Y el último libro de la Sagrada Escritura lo explica de un modo más claro:
Apocalipsis 12: "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Apareció entonces otra señal en el cielo: un gran dragón rojo. El dragón se puso delante de la mujer, que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y dio a luz un hijo varón, el que va a regir a todas las naciones con cetro de hierro. Pero su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. Fue arrojado aquel gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él."
Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al varón. Entonces la serpiente arrojó de su boca como un río de agua tras la mujer, para arrastrarla con la corriente. El dragón se enfureció contra la mujer y se marchó a hacer la guerra al resto de su descendencia, a aquellos que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.
Qué coincidencia: la Biblia habla claramente de la serpiente como símbolo del mal. Sin embargo, antes de Cristo, en muchas culturas, la serpiente era honrada como un dios. Aquí en América, por ejemplo, con el nombre de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, a la cual se le levantaban templos donde chorreaba sangre. Pero María se presenta como aquella que aplasta la serpiente.

2. ¿De qué modo ella aplasta la serpiente?

Por su descendencia, dándonos a conocer a Cristo:
María, en la Sagrada Escritura, aparece como la que trae a Cristo. En la visitación, lleva a Cristo a la incrédula familia de Zacarías; viene a traer la fe en el Veradero. Luego, María da a luz a Cristo, muestra a Cristo a los humildes, a los pastores. La Virgen nutre a Cristo, es también la que le presenta nuestras peticiones a Cristo, como en Caná. Ella es la que acompaña a Jesucristo en los peligros, en el sufrimiento, en Egipto, y en la cruz.
María quiere hacer lo mismo en cada uno de nosotros. Quiere darnos a conocer a su Hijo, por eso se presenta como la Madre del Verdadero Dios. Ella quiere hacer crecer a Cristo en nuestras almas y quiere acompañarnos en los momentos de mayor peligro.
Ten la bondad de enterarte, por favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani, (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani (del Creador de las personas), de Tloque Nahuaque (del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuicahua Tlaltipaque (del Señor del Cielo y de la Tierra). Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templo, para allí mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación.
A ella, que con su hijo aplastó las obras de la serpiente, roguémosle que aplaste en nosotros las obras que el demonio ha sembrado.

3. ¿Cuáles obras queremos que ella aplaste en nosotros?

Primero, nuestra incredulidad. Muchas veces decimos: "Hasta no ver, no creer". No confiamos del todo en Dios. Pero, sobre todo, que destruya en nosotros el orgullo, ese hijo del demonio, que nos impide humillarnos, pedir ayuda y dejarnos guiar por Dios. El demonio, mediante el orgullo, destruye familias y almas. ¿Quién está detrás de esas frases? "Yo no me confieso con otro hombre; yo perdono, pero no olvido; yo no me dejo, yo siempre tengo que tener la razón; yo voy a misa cuando me nazca…" Son frutos de un alma poseída por el orgullo, que no quiere perdonar ni pedir perdón, que no quiere servir a Dios, sino cuando le da la gana.
Por eso, cuando escuches estas ideas: "No te dejes, desquítate", recuerda quién es el padre de estas palabras, la serpiente que quiere hacerte igual que ella, de soberbia.
Es propio del orgullo querer la gloria personal. Por eso, el orgullo va a gastar miles en cosas para que los otros lo vean: ya maquillaje, ya una camioneta, porque quiere ser mejor y distinto que los demás. Y va a buscar cosas que lo hagan sentir más que otros: "mi equipo, mi país", etc. Siempre va a hablar de sí mismo: "yo esto, yo aquello". El soberbio quiere que los otros le sirvan: "tráeme esto, aquello". El soberbio se enoja cuando las cosas no son como él quiere.
En cambio, María nos lleva por el camino de la humildad.
Lo propio de los humildes es que Dios sea exaltado, pues todo lo tenemos por Él: "Oye, qué bonita familia, Dios me la dio. Oye, qué tienes esto, alabado sea Dios, todo de Él lo tenemos". Lo propio de los humildes es buscar servir y no ser servidos.
"Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar; ser comprendido, sino comprender; ser amado, como amar. Porque es: Dando, que se recibe; Perdonando, que se es perdonado; Muriendo, que se resucita a la vida eterna." San Francisco de Asis.
El humilde, como María, quiere servir. Ella se pone en camino a ayudar a su prima. El humilde se abre a la fe, pues dice: "Yo no tengo la razón, en todo me puedo equivocar… Yo me voy a humillar confesando mis pecados, yo voy a perdonar, ya no quiero tener la razón, solo que no haya pleitos, cuando estemos calmados hablaremos. Ya no voy a buscar ser el centro, sino que Dios sea el centro". La humildad trae paz, concordia y perdón a las almas y a las familias.

Oración final:

Oh María, tú que has sido enviada para aplastar con tu Hijo Jesucristo la cabeza de la serpiente, te pido que destruyas sus obras en nuestras vidas, que destruyas el orgullo sembrado en nuestros corazones, que nos impide pedir perdón y perdonar. Que destruyas ese orgullo que siempre trata de conseguir cosas para que otros hablen bien de nosotros. Que nos ayudes a morir a ese deseo de que todos hablen bien de nosotros. Te pido que siembres en nuestra alma los frutos de la humildad, que no tenga más sed de alabanzas, sino un deseo ardiente de que Dios, fuente de todo, sea alabado. Que no busque que otros me sirvan, sino yo servirles. Que no tema a las críticas ni a las humillaciones, pues muchas veces es la medicina que Dios manda para destruir nuestro orgullo. Reina de la humildad, trae el perdón, la concordia y la paz a nuestras familias.
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