MUERTE DE SANSON

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La muerte de Sansón
Jueces 16:28 “Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos.”
INTRUCCION
Jueces 16:28–31 nos presenta a Sansón orando a Jehová (Jue. 16:28); actuando con una fe sobrenatural (Jue. 16:19), ofreciendo su vida heroicamente para acabar con los filisteos allí presentes (Jue. 16:30); y finalmente vemos su cadáver recogido por sus hermanos para sepultarlo junto a su padre Manoa «entre Zora y Estaol» (Jue. 16:31), en el mismo lugar donde comenzó su ministerio de poder Jueces 13:25 “Y el Espíritu de Jehová comenzó a manifestarse en él en los campamentos de Dan, entre Zora y Estaol.”
1. La oración de Sansón
«Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos» (Jue. 16:28).
Aquí vemos a Sansón orando. Su caída y las pruebas le habían enseñado que la oración era importante en su vida. Sansón se había vaciado de sí mismo y se había llenado más de Dios. En esta etapa de su vida había aprendido que lo que se habla con Dios determina lo que Dios hace con uno.
Su autosuficiencia humana, que Dios por Su misericordia le respaldó con Su poder, se le esfumó, ahora es un hombre que ha aprendido a depender totalmente de Dios. Por eso leemos: «Entonces clamó Sansón a Jehová…».
«… Señor Jehová acuérdate ahora de mí…». El ladrón arrepentido en el Calvario, crucificado cerca del Señor Jesucristo, le oró a este diciendo: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» Lucas 23:42 “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”
Sansón por haber jugado con el don de Dios en su vida, hecho prisionero de los filisteos, sintiendo el abuso estos, se sintió olvidado por Dios. En su oración le llamó «Señor Jehová», haciendo teología con nombre y título, reconociendo la grandeza y el poder del mismo.
«… acuérdate ahora de mí…». Allí, donde se burlaban de él y lo obligaban a bailar con la casa llena de filisteos, con miles de espectadores, él quería que Dios estuviera con él. En esos momentos difíciles de la vida pidámosle a Dios que se acuerde de nosotros, que nos ayude cuando estemos indefensos, que nos defienda cuando se ríen burlonamente de nosotros.
«… Y fortaléceme…». Le pidió a Dios por fuerza, por poder, por unción del Espíritu Santo. Quería volver a ser lo que había sido antes. Reconoció que él no era la fuente de poder, Dios era su fuente de poder. La fuente de su fuerza no era suya, esta venía del cielo, de arriba, de Dios.
«… Te ruego solamente esta vez…». Solo quería ser usado por Dios una vez más. Deja que Dios te use todas las veces que Él quiera. Hazte disponible para ser su instrumento siempre, cada día, todos los meses, todos los años. ¡Úsame Señor! Esa debe ser nuestra oración. Si Sansón le hubiera pedido a Dios más de una vez, este se lo hubiera concedido, pero limitó su propósito a solo una vez. Su oración ponía límites a Dios, ora sin límites, pídele a Dios más de lo que puedas necesitar.
«… Oh Dios, para que tome venganza de los filisteos por mis dos ojos». Es una oración típica del judío en el Antiguo Testamento. Oro por venganza. La gracia nos enseña a orar sin venganza en nuestros corazones. Lo más que Sansón sintió en su vida fue que los filisteos lo dejaron ciego. Como humano se lo quería cobrar, pero Dios muchas veces utiliza incluso nuestra imprudencia, nuestra insensatez, nuestra falta de cordura, y si algo hemos dicho u orado al revés, Él lo puede escuchar al derecho. No es tanto lo que dijo Sansón, sino lo que el Dios de Sansón haría por él.
2. La acción de Sansón
«Asió luego Sansón las dos columnas de en medio sobre las que descansaba la casa, y echó todo su peso sobre ellas, su mano derecha sobre una y su mano izquierda sobre la otra» (Jue. 16:29).
Bien dijo el escritor Santiago: «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma» (Stg. 2:17). Sansón le puso pies y manos a la fe, oro y accionó: «Asió luego Sansón las dos columnas de en medio, sobre las que descansaba la casa…». Tal parece que el «martillo hebreo» se abrazó a las dos columnas que estaban en el centro de la casa o templo.
En la vida cristiana son muchas las cosas que tenemos que aguantar. Las pruebas son como aquellas columnas, que en ocasiones las tenemos que abrazar, pero más podremos nosotros con la ayuda de Dios, que ellas contra nosotros. Busquemos el centro del problema, «de en medio». En aquel centro, donde estaban aquellas columnas la construcción se mantenía o se destruía. Sansón sabía que allí estaba su victoria.
«… y echó todo su peso sobre ellas, su mano derecha sobre una y su mano izquierda sobre la otra». Con una columna abrazada con su mano izquierda y la otra columna abrazada con su mano derecha, Sansón dejó caer su peso.
Aquel arquitecto que determinó la distancia de aquellas columnas nunca se imaginó que la distancia que dibujó en aquellos planos, era la distancia exacta de la extensión de los brazos de Sansón. Fueron construidas para él. Muchas cosas se han construido para nosotros, los hijos de Dios y servidores de Jesucristo.
En la primera de Pedro 5:7 leemos: «Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros». Echemos el peso de la ansiedad, los problemas que esperamos sobre el Señor Jesucristo, y Él cuidará de nosotros. Muchos llevan cargas innecesarias que deben soltar en las manos del Señor Jesucristo. Esa mochila de pruebas, de fracasos, de luchas, de sufrimientos, de intranquilidades… debe ser soltada a los pies del Calvario. ¡Suelta ya lo que te está pesando!
Aprendamos a descargar en Dios todas nuestras preocupaciones, nuestros temores, el enfrentar lo desconocido, el aceptar los fracasos, el enfrentar las adversidades.
Así como Sansón apoyó y extendió sus manos sobre las columnas del templo filisteo, Jesús de Nazaret extendió sus brazos clavados sobre el travesaño de la cruz, pero echar abajo el imperio de la muerte y de los reinos de este mundo.
3. El clamor de Sansón
«Y dijo Sansón: Muera yo con los filisteos. Entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Y los que mató al morir fueron muchos más que los que había matado durante su vida» (Jue. 16:30).
«… muera yo con los filisteos…». Deseó la muerte para derrotar a sus enemigos. Esto no fue suicidio, fue un acto heroico de un guerrero, de un hombre de fe, de un creyente que entendió finalmente cual era su propósito y su destino. Aun tarde en su vida cumplió con la voluntad de Dios.
«Entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo que estaba en ella…». Dios escuchó el clamor de Sansón. Esto implica que esa «fuerza» que se manifestó en él, era la «fuerza» del Espíritu Santo.
Aquel templo se desplomó, su techo cedió, tres mil hombres y mujeres se precipitaron desde el segundo piso, otros que estaban en el primer piso fueron mortalmente alcanzados, los cinco príncipes de la pentápolis filistea, murieron también. Si Sansón en su vida mató a muchos, en su muerte superó todos sus números: «Y los que mató al morir fueron muchos más que los que había matado durante su vida».
Sansón murió con las botas puestas, murió como todo un héroe, murió dándole el golpe más fuerte a sus enemigos. En su rostro tuvo que haber una sonrisa de satisfacción. ¡Terminó bien su ministerio, aunque muchas veces le falló a Dios! Concluyó como había comenzado, lleno del Espíritu Santo. El «nazareo» de Dios se graduó con honores en la Universidad en Teología. Recibió su diploma de la vida eterna. ¡Sansón, aunque te colgaste varias veces en tu vida, te graduaste con excelencia!
«Y descendieron sus hermanos y toda la casa de su padre, y le tomaron, y le llevaron, y le sepultaron entre Zora y Estaol, en el sepulcro de su padre Manoa. Y él juzgó a Israel veinte años» (Jue. 16:31).
El solitario tenía hermanos. ¿Dónde estaban los hermanos de Sansón? Muchos miembros de la familia solo aparecerán en el funeral, cuando ya no se les podrá ver, ni escuchar, ni abrazar. Y estos le dieron sepultura en la tierra que le vio nacer (Jue. 13:2; 13:25; cf. 16:31), sus restos descansaron en el sepulcro de su padre Manoa. Se le enterró con dignidad.
Aunque Sansón fue un desobediente, fue un carnal, tomaba decisiones sin importarle las consecuencias; tenía una familia que lo quería y que sintió su muerte. En el momento del funeral la familia olvida las diferencias y se une en el dolor emocional que produce la muerte.
Lo último que leemos de Sansón en su vida de subidas y bajadas es: «… y él juzgó a Israel veinte años» (Jue. 16:31). En Jueces 15:20 se nos dice: «… y juzgó a Israel en los días de los filisteos veinte años». Con sus fragilidades y fortalezas logró juzgar por dos décadas a Israel, pudo haber juzgado más tiempo si no hubiera cometido tantos errores. ¡Pero fue juez!
En el mural de los héroes de la fe del libro de Hebreos 11, se mencionan a muchos héroes, ¿pero sabías tú, que allí está la nomenclatura de Sansón?: «¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros» (Heb. 11:32–34, NVI).
Y la gran sorpresa es que en ese listado no se menciona a Débora, pero sí a Barac. Y eso es sobreentendido por ser ella mujer. Pero Salomón es excluido del listado. Y Sansón con todas sus faltas y fallos, sí ha sido incluido.
Jesús de Nazaret, también en el Calvario, con su muerte echó abajo el techo de los principados y potestades. Todo le fue doblegado al gobernador de este mundo. Los principados y potestades fueron vencidos para siempre. Hoy la Iglesia de Jesucristo disfruta de esa gran victoria de los siglos.
Conclusión
Orar debe ser un recurso que nunca se debe olvidar en la vida de un creyente y mayormente cuando estamos en afrenta y en pruebas. Tenemos que aprender a echar todo nuestro peso y ansiedad sobre Aquel, Jesucristo, que puede sostener todo por nosotros. Terminar en victoria es la mayor meta para cualquiera que haya sido llamado por Dios.
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