El contentamiento, sus opuestos y antídotos

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Introducción

Amados hermanos, en esta mañana deseo comenzar este sermón con una breve historia.
Cierto niño cayó enfermo, su madre estaba desesperada; ayunaba, se desmayaba, lloraba, gritaba. Dios le devolvió la salud al muchacho y cuando fue adulto, cometió un crimen, fue arrestado, encarcelado, convicto, ejecutado y le destrozó a su madre el corazón. ¡Cuánto menos hubiera sufrido si el hijo hubiera muerto en su niñez! Tus razonamientos pueden ser muy equivocados.
¿Está contento con la providencia del Señor en su vida?
¿Comprende que el Señor es más sabio que usted y está viviendo lo que es mejor para su vida?
Este año que va finalizando ¿cuántas veces se descontentó con lo que el Señor obró en su vida?
Con la ayuda del Señor, respondamos estas preguntas por medio del pasaje en el cual meditaremos esta mañana.
Vuestras costumbres sean sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque él dijo: No te dejaré ni te desampararé.
(Heb 13:5)
En primer lugar, este pasaje se encuentra en el capítulo final de la epístola a los Hebreos, donde el escritor inspirado por el ES una vez que ha explicado la superioridad del nuevo pacto en Cristo y su suficiencia para nuestra salvación como el sacrificio y sumo sacerdote, ahora pasa a dar las aplicaciones de esa gran verdad doctrinal. Todo aquel que ha unido su alma a Jesús por medio de la fe, está llamado a vivir conforme a las pisadas de su maestro. (Leer Hebreos 12:22-29)
Todos los deberes cristianos presentados en este capítulo 13 tienen como fundamento el amor. (amor al prójimo y cónyugue) Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. (1 Jn 4:7)
Y en virtud que la exhortación se encuentra en este contexto del amor al prójimo, el escritor de la carta nos advierte que hay un estado el cual no permitirá que amemos al Señor ni a nuestro prójimo, el cual es el descontento. (Título del sermón)
Vuestras costumbres sean sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque él dijo: No te dejaré ni te desampararé.
(Heb 13:5)
El texto dice: “Costumbres sin avaricia” lo cual significa que “la forma de vida” en todos los sentidos no debe existir la avaricia, es decir, amor al dinero o lo bienes materiales. El descontento principalmente viene porque no obtenemos lo que ya tenemos o deseamos, de allí que el escritor una estas dos ideas en este pasaje.
“Contentos con lo que tenéis” es decir, procurar sinceramente acomodar nuestra mente a la condición en la que el Señor nos ha puesto. Se puede definir entonces el contentamiento como: Una disposición de la mente por la cual descansamos satisfechos con la voluntad de Dios en lo que respecta a cuestiones temporales; sin ásperos pensamientos ni palabras respecto de nuestros asuntos cotidianos y sin ningún deseo pecaminoso de cambiar las cosas. “El contentamiento es una joya rara y no valorada”
El contentamiento es lo que diariamente mide nuestra dependencia del Señor y debe observarse cuidadosamente porque no hay motivo para estar descontentos ya que el pasaje añade una promesa: “No te dejaré ni te desampararé”. Es el Señor mismo quien promete a aquel que está contento con lo que tiene, no desampararlo ni dejarlo. ¿Por qué entonces el hombre caído e incluso muchas veces el creyente no puede contentarse con la providencia del Señor para con su vida?
Existen opuestos al contentamiento que día tras día como dardos del enemigo y reminiscencias de nuestra carne nos llevan al descontento. William Plumer, un teólogo presbiteriano de siglos pasados identifica 5 opuestos al contentamiento:

1. La envidia

No existe otra pasión tan vil y violenta. Está llena de malicia mortal. Cuando el corazón de una persona no aguanta más el éxito mundano superior de otros y por ello los aborrece, no está lejos de la ruina.
Si nuestra actitud hacia nuestro prójimo es pecaminosa porque Dios es bueno con él, nuestra querella es realmente con la Providencia.
La envidia es un terrible pecado porque Dios nos ha informado, expresamente, que cada ser humano del mundo tiene su porción en esta vida. Mateo 20:1-16.

Antídoto: El agradecimiento

2. Preocupación mundana

Es de suma importancia para nuestra paz y nuestro beneficio que comprendamos que toda preocupación inquietante por las cosas de esta vida, es tanto pecado como necedad.
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acciones de gracias.
(Flp 4:6)

Antídoto: El gozo

3. La codicia

El que ama el dinero no puede estar satisfecho con el que ya posee, quiere más.
Es imposible librarse de una mente codiciosa añadiéndole más riqueza como [lo es] apagar un fuego echándole combustible
“Si el hombre no está contento con el estado en que se encuentra, no lo estará en ninguno que estuviera”
Y les dijo: Mirad, y guardaos de la avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
(Lc 12:15)

Antídoto: La generosidad

Y dijo también al que lo había convidado: Cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que también ellos te vuelvan a convidar, y seas recompensado.
Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos, a los ciegos;
y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar; pero te será recompensado en la resurrección de los justos.
(Lc 14:12-14)
En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario socorrer a los enfermos, y tener presente las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.
(Hch 20:35)

4. El orgullo

Cuando nos domina el orgullo y pensamos que merecemos recibir algo bueno de las manos de Dios, es imposible satisfacernos.
Los que nada merecen, debieran contentarse con cualquier cosa [que reciben].
El orgulloso es como un buey no acostumbrado al yugo. Es alborotador y fiero. Aleja a sus amigos; se hace enemigos. Sufre muchas dificultades y tristezas
El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos.
(Sal 10:4)

Antídoto: La humildad

“La humildad es la madre del contentamiento”
El que nada espera porque nada merece, estará satisfecho con lo que reciba de las manos de Dios.
Mejor es lo poco del justo que las riquezas de muchos pecadores,
(Sal 37:16)

5. La ambición

Nuestras necesidades reales no son muchas; pero el ambicioso crea miles de demandas [que son] difíciles, si no imposibles, de cumplir.
¿Eres ambicioso? Entonces, eres tu propio verdugo.

Antídoto: La paz

¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques, porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová, pero a ti te daré tu vida por despojo en todos los lugares adonde fueres.
(Jer 45:5)

Exhortaciones finales

Más comodidad puede hacerte objeto de terribles enfermedades. No empeores tu situación con tus quejas pecaminosas.
El conocimiento humano es ignorancia, la prudencia humana insensatez, la fuerza humana debilidad, la virtud humana una caña delgada y frágil. Dios puede causarte enojo sin haberte hecho ninguna injusticia.
Tu voluntad es la voluntad de un pecador.
Tus anhelos no siempre son sabios.
Aprende a contentarte, sea cual fuere tu situación (Fil. 4:11). “Tú eres el que recibe prestado, no el dueño” de las comodidades creadas. Reprime las primeras señales de ambición, codicia, egoísmo, desasosiego y espíritu de murmuración. Descansa silenciosamente en Dios. El futuro traerá una explicación completa del presente. Atesora en tu corazón las promesas benditas de Dios.
Vuestras costumbres sean sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque él dijo: No te dejaré ni te desampararé.
(Heb 13:5)
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