Firmes, creciendo y confiando
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Has estado alguna vez en un momento de tu vida de fe en el que te has preguntado ¿tiene sentido todo este esfuerzo? ¿Realmente vale la pena sacrificar placeres y el disfrute temporal por una esperanza que a veces parece lejana? Estoy seguro que estas reflexiones existenciales son mas frecuentes de lo que estamos dispuestos a reconocer. Pensamientos que alejamos rápido de nuestra mente porque sabemos el peligro de dejar que hagan un nido.
Lo cierto es que una convicción frágil, no firme, de nuestra esperanza traerá como resultado una vida poco comprometida con la santidad y con los frutos que se espera de un verdadero creyente.
Es increíble como lo que conocemos de Dios afecta cómo vivimos, pero del mismo modo, lo que desconocemos o no reconocemos con firmeza, también compromete nuestro testimonio de Fe.
En el pasaje que veremos hoy, Pablo tiene que lidiar al final de la carta a los corintios con esa cuestión existencial y en el tono tierno de un pastor amoroso, llama a esta singular iglesia a mantenerse firmes en la fe y creciendo en ella para llevar muchos frutos.
Después de haber dado instrucciones específicas y exhortaciones sobre los múltiples pecados que como resultado de su inmadurez estaban presentes en la iglesia de Corinto, el apóstol termina por mostrarles que el corazón de la fe cristiana descansa en la esperanza de la resurrección de Cristo, lo cual es la base de nuestra propia resurrección.
Muchos de los males que aquejaban a esta iglesia venían de un mal entendimiento del evangelio y también por abrazar filosofías mundanas, entre ellas que todo terminaría con la muerte del cuerpo (por eso abusaban de su libertad practicando pecados de la carne); pero el apóstol les deja claro que más allá de la muerte hay una garantía de vida eterna para todos los que creen y que dicha esperanza debe modelar una vida de fe firme y de crecimiento continuo en esa misma fe.
En efecto, no solo debemos tener un entendimiento correcto de las verdades bíblicas, necesitamos vivir de acuerdo con lo que creemos.
El punto de nuestro sermón es este:
Tenemos la esperanza de la vida eterna y, por lo tanto, debemos permanecer firmes, constantes y creciendo en la fe hasta que Cristo venga,
Veremos, en consecuencia, el amoroso llamado de un pastor amado a su rebaño, a la luz de los siguientes puntos:
Un llamado a permanecer firmes y constantes.
Un llamado a crecer en la obra de Dios.
Un llamado a confiar en la recompensa del Señor.
1. Un llamado a permanecer firmes y constantes
1. Un llamado a permanecer firmes y constantes
Notemos como Pablo inicia dirigiéndose a los de Corinto como “hermanos míos amados”. Es increíble el tremendo corazón pastoral de Pablo aquí, quien podía ver con amor a una iglesia que en los ojos de todos era inmadura, rebelde, arrogante y que practicaba pecados que aún no entre los del mundo se nombraban.
Pero los ojos de Pablo están viendo a creyentes verdaderos que, si bien no han alcanzado madurez, están siendo moldeados por el Señor fiel. Es imprescindible tener esta comprensión de la iglesia. En ocasiones somos rápidos para desanimarnos al ver el pecado de otros, pero si vemos la propia obra de Dios en nosotros, eso nos hace sensibles a las faltas de los demás.
La primera recomendación de Pablo es que los hermanos de Corinto puedan permanecer firmes y constantes.
La razón por la que queremos tratar estas dos palabras en un mismo punto es que ambas están relacionadas con la misma idea.
Por un lado, firmeza hace referencia a la convicción interna, una creencia sólida en las verdades del Señor y especialmente en sus promesas sobre el mundo venidero y la resurrección.
Pablo usa esta palabra otra vez en el Nuevo Testamento en Colosenses 1:23:
Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo, Pablo, fui hecho ministro.
Como vemos, el uso de esta palabra está asociado con firmeza en la fe.
La iglesia de Corinto estaba siendo bombardeada por varias filosofías que pretendían apartar su oído de la verdad. Ellos mismos habían abierto la puerta a herejías mundanas que poco a poco se fueron infiltrando, y eso es un verdadero peligro.
Si realmente queremos ver una iglesia que permanezca en el tiempo, debemos enfatizar en la firmeza doctrinal, en la solidez bíblica. De lo contrario, cualquier moda o viento va a ir llevando a la iglesia fuera del propósito de Dios, que es glorificar a Cristo.
Una fe firme es una fe anclada profundamente a la verdad.
Amados, esto es importante. Vivimos en los días donde todo lo queremos express, incluso la teología; pero debemos trabajar en hacer raíces profundas, y eso requiere trabajo, esfuerzo, compromiso.
No podemos simplemente quedarnos en las orillas del conocimiento de Dios, especialmente cuando tenemos la oportunidad de nadar hacia aguas más profundas.
Yo les digo: involúcrense en aprender, en conocer a Dios y las doctrinas esenciales de la fe. Busquen crear bases sólidas, porque las emociones se pasan, el idilio de estar en una iglesia bíblica se pasa, y ¿qué es lo que nos va a ayudar a permanecer firmes cuando los vientos golpeen el barco? Lo aferrados que estamos en la verdad.
Algunas personas ponen su confianza en los hombres y no desarrollan una fe sólida, y cuando este hombre falla o ya no está, entonces todo lo construido se desmorona porque no era una fe firme.
Por eso Pablo les dijo en su momento a los de Corinto que ellos no debían poner su fe o confianza en sus líderes u hombres, sino en el evangelio de Cristo. Los líderes son solamente instrumentos, pero no el ancla de nuestra fe.
La otra palabra es constantes. Dijimos que ambas palabras están asociadas a la misma idea, aunque con una ligera diferencia. La firmeza es la convicción, pero la constancia es la capacidad de permanecer con tal convicción en el tiempo.
Uno puede ver un edificio firme, pero no diseñado para el largo plazo, por lo que con el paso del tiempo el cimiento se va deteriorando. La firmeza requiere, por lo tanto, constancia.
Jesús se refirió a esto en la parábola del sembrador cuando se habló de los que caen entre pedregales: hechas raíces; sin embargo, es de corta duración.
En esta misma carta Pablo asocia los dos conceptos. En el capítulo 10 dice: el que de ustedes piense estar firme, mire. De modo que no se trata solo de la convicción, sino de cómo permanece en el tiempo.
La carrera de la fe es una de largo alcance y debemos correrla con inteligencia. Algunas personas comienzan profesando una fe sólida, pero con el paso del tiempo, los afanes de este siglo, el amor al mundo, el amor por sí mismo, y tantos otros pecados, van ganando terreno y van quedando fuera de carrera.
Puede ser que estés aquí hoy diciendo, mi fe es firme, he creído en una buena teología, he abrazado las verdades bíblicas, pero ¿es ese compromiso algo que ha perdurado en el tiempo? ¿Has visto en ti una fe constante? O, por el contrario, ¿has sido más caracterizado por el doble ánimo al que se refiere Santiago: el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos?
2. Un llamado a crecer en la obra de Dios
2. Un llamado a crecer en la obra de Dios
Alguien puede tener una fe firme y constante en el tiempo, pero esto no es algo estático, sino dinámico. La obra de Dios, en todo sentido, está en constante expansión.
Piensen por un momento en un árbol cultivado con la técnica de bonsái. Esta es una técnica artística que se originó en China y fue perfeccionada en Japón, que consiste en cultivar un árbol en una maceta pequeña y darle forma mediante poda cuidadosa de ramas y raíces. El resultado es un árbol que, aunque completamente maduro, permanece en miniatura reflejando la apariencia de un árbol que podría encontrarse en la naturaleza.
Lo fascinante del bonsái es que no es genéticamente diferente de sus parientes de tamaño normal. Es el mismo árbol, con el mismo potencial, pero deliberadamente mantenido pequeño. Algunos bonsáis pueden vivir cientos de años y pueden incluso producir flores y frutos en miniatura, pero debido a las restricciones impuestas, nunca alcanzarán la plenitud de crecimiento y fructificación de la que serían capaces si estuvieran plantados en campo abierto.
En la tradición japonesa, estos árboles son valorados por su belleza y por las lecciones espirituales que enseñan sobre paciencia y contemplación. Pero desde la perspectiva de la productividad natural del árbol, permanecen limitados, contenidos, restringidos en su expresión completa.
Bueno, a veces tengo la impresión de que la fe en algunos puede verse robusta, firme y permanente, pero no hay un crecimiento evidente o frutos abundantes. Como esos bonsáis, pueden haber creyentes que mantienen una apariencia saludable pero que, por diversas razones, han permitido que su crecimiento y su impacto queden contenidos, limitados a una expresión mínima de lo que realmente podrían llegar a ser en Cristo.
Aquí Pablo se refiere al crecimiento en una forma específica: en la obra de Dios. Se refiere a la expansión de la obra de Dios. La proclamación de su mensaje. Comunicar el evangelio a otros. Es por ese efecto expansivo que el evangelio llegó hasta aquí, por lo que no es justificable que existan creyentes de adorno, que se ven bien, saludables, pero que no están creciendo en la obra del Señor.
Nosotros estamos muy agradecidos con muchos hermanos que el Señor ha traído a esta iglesia y que vienen de otros lugares. Algunos golpeados y maltratados, eso es parte de la obra providencial del Señor. Hace menos de dos años éramos menos de la mitad de lo que vemos aquí hoy, y gloria a Dios; pero no confundamos esto con crecimiento en la obra del Señor. Nuestra meta sigue siendo predicar a Cristo a los que no le conocen.
Pregúntate: ¿cómo estoy involucrado en atraer a otros a Cristo? ¿Estoy compartiendo el evangelio con no creyentes? ¿Cuándo fue la última vez que le compartí a alguien de Jesús? ¿Cuál fue la última persona que invité a escuchar la Palabra de Dios predicada?
Debemos tener cuidado, hermanos, un mal muy frecuente es creer que la meta principal de ser una iglesia bíblica es atraer gente de otras iglesias para reformarlas; si el Señor quiere hacer eso en su soberanía, amén, pero nuestro llamado sigue estando, primordialmente entre los que aún no han conocido al Señor. Los que siguen sumergidos en el pantano cenagoso del pecado, aquellos que están sin Dios y sin esperanza en el mundo.
No debemos dejar de orar por oportunidades de evangelismo, por las iglesias plantadas, por oportunidades para compartir el evangelio; pero tampoco debemos dejar de poner nuestras manos en el arado.
Crecer en la obra involucra entonces compromiso con los de afuera, con los que no conocen, pero también con los de adentro, con la iglesia local. Esta es una segunda forma de crecimiento en la obra de Dios.
Nuestra fe firme y constante debe llevarnos a crecer en servicio. En poner nuestros dones al servicio de otros, a involucrarnos como parte de una comunidad de creyentes. No podemos hablar de crecimiento si seguimos jugando al sedentarismo eclesial: sentarnos cada domingo por la mañana a esperar lo que otros tengan para darme. Debemos involucrarnos intencionalmente en darnos por otros. En servir. En tener el mismo sentir de Cristo, el cual nos sirvió con su propia vida.
Pero hay una tercera área de crecimiento en la obra de Dios, que no quiero dejar de mencionar, y es el crecimiento a nivel personal, individual, de la obra del evangelio, creciendo en mi propia vida.
Amados, somos llamados a ese tipo de frutos. Si realmente hemos abaratado el evangelio, no vamos a esperar que con el pasar del tiempo sigamos luchando con los mismos pecados, teniendo los mismos vacíos, lidiando con las mismas inmadureces. Pablo les dijo a los de Corinto, en su momento, que ellos debían ser ya maduros, pero, en cambio, tenían necesidad otra vez de leche y no de alimento sólido. Todos nosotros pasamos por etapas en la fe, pero algo que es evidente es que debe haber un crecimiento, una madurez, una mayor evidencia del trabajo del evangelio en mi vida.
Pablo les dice en el capítulo 13 a los de Corinto:
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más, cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
Eso es crecimiento en la obra del Señor.
3. Un llamado a confiar en la recompensa del Señor
3. Un llamado a confiar en la recompensa del Señor
Una de las consecuencias de la mala teología de los de Corinto al respecto de la vida eterna era que creían que como todo se terminaba en este mundo en términos del cuerpo y la carne, entonces ningún sentido tenía esforzarse por ser firmes, constantes y crecer; pero Pablo los pone en su lugar y luego de explicarles, por medio de la resurrección misma de Cristo, que nosotros sí tenemos esperanza de una vida eterna, les deja claro que cada uno recibirá su recompensa del Señor. Que nada de lo que hagamos para Dios es en vano.
Esta es una realidad muy importante y relevante para nosotros. Cuando la queja aparece, que sentimos que nadie aprecia lo que hacemos, cuando creemos que no hemos recibido el aplauso suficiente, debemos recordar para quién vivimos y para quién hacemos lo que hacemos.
No tener una comprensión clara de la eternidad nos conduce a un fatalismo sin sentido. Pero hermanos, es una realidad, nuestra vida eterna; Cristo se levantó de los muertos y eso es la garantía de que nosotros también lo haremos, por tanto, todo, todo, todo lo que hagamos aquí tiene valor eterno.
No estamos desperdiciando nuestra vida. Y le hablo a quienes han sido atacados por la duda o la incredulidad, a quienes han perdido el ánimo, a quienes han pensado muchas veces que no hay sentido en vivir para Dios y ver dolor y sufrimiento en este mundo; mi hermano amado, a ti te hablo: tu trabajo, tu servicio, tu amor, tu crecimiento, tu sufrimiento, tu dolor, todo lo que el Señor te permite experimentar, NO ES EN VANO. Tendrá una recompensa celestial.
Esta es la mentalidad que debe gobernar nuestro andar. No vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que, después de levantarse de los muertos, es capaz de darnos vida y vida en abundancia.
Me encantan las palabras con las que el catecismo de Heidelberg recoge esta realidad:
A la pregunta: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?
Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer; antes bien, es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad.
¡Amén!
Querido amigo que estás aquí, estas palabras son también para ti. La fe cristiana no es un salto a la nada, no es correr persiguiendo el viento, es la esperanza de saber que Dios nos da salvación para que vivamos para su gloria en este mundo, mientras nos prepara para vivir con él por la eternidad.
Si tú no te consideras un cristiano todavía, yo te invito a que entregues tu vida a Cristo y en cuerpo y alma te rindas al Salvador, arrepintiéndote de tus pecados para recibir de su mano el perdón de los pecados y la vida eterna.
