ESCUCHANDO A DIOS
PROPOSITO: Un nuevo amaneces
INTRDUCCION:
TEXTO:
1Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: 2Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. 3Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. 4Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Eufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. 5Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. 6Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. 7Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. 8Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. 9Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.
DESARROLLO
El llamamiento de Josué
Introducción
Josué tenía la preparación para dirigir a Israel
Josué tenía una misión dada por Dios
Esfuerzo y valentía
Josué recibió una promesa de Dios
Conclusión
I. Invasión de Canaán (1:1–5:12)
A. Comisión de Josué (cap. 1)
1. JOSUÉ ESCUCHA A DIOS (1:1–9)
1:1 Las palabras después de la muerte de Moisés unen este libro con Deuteronomio (cf. Dt. 34:1–9). Antes de la muerte de Moisés, Josué fue nombrado como su sucesor (cf. Nm. 27:15–23; Dt. 3:21–22; 31:1–8). Josué había sido el joven servidor de Moisés durante algunos años (Éx. 24:13; 33:11; Nm. 11:28), era de la tribu de Efraín (Nm. 13:8), y vivió 110 años (Jos. 24:29).
Es posible que Josué se sintiera solo, por lo que esperó cerca del río Jordán para escuchar la voz de Dios y no quedó desilusionado. Cuando los siervos de Dios se proponen escucharlo, el Señor siempre se comunica con ellos. En la actualidad, él generalmente habla por medio de su palabra escrita. Pero en el A.T. lo hacía por medio de sueños, visiones, a través del sumo sacerdote, y en ocasiones, con voz audible.
1:2. Cualquiera que haya sido la forma en que Dios se comunicó con Josué, el mensaje fue claro. Moisés, el siervo de Dios había muerto. (Es interesante que a Moisés se le llame “siervo de Jehová” tres veces en Josué 1 [vv. 1, 13, 15; cf. Éx. 14:31], y trece veces en otras partes del libro. Al final de su vida, Josué también fue llamado “siervo de Jehová” [Jos. 24:29].) Sin embargo, a pesar de que Moisés ya había muerto, el propósito de Dios seguía vivo, y Josué era ahora la figura clave para llevar a cabo el programa divino. Sus instrucciones fueron explícitas. De inmediato, Josué debía asumir el control de todo el pueblo y llevarlo a través del Jordán …, a la tierra que Dios estaba a punto de darle. Nadie puede cuestionar el derecho que Dios tenía de dar a los hijos de Israel la tierra de Canaán, puesto que él es dueño de toda la tierra. Como afirma el salmista: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1).
1:3–4. Aunque la tierra era regalo de Dios para Israel, sólo podía adquirirla por medio de una fuerte lucha. Dios les entregó el título de propiedad de su territorio, pero los israelitas tenían que entrar a poseerlo y marchar sobre todo el lugar. Las fronteras establecidas por Dios y prometidas a Abraham (Gn. 15:18–21) y a Moisés (Dt. 1:6–8) se extendían desde el sur del desierto hasta el norte de los montes del Líbano, y desde el río Eufrates al oriente hasta el gran mar, el Mediterráneo que estaba al occidente, donde se pone el sol. La expresión toda la tierra de los heteos que se añade aquí probablemente no se refiere al extenso imperio heteo que se encontraba al norte de Canaán, sino al hecho de que en los tiempos antiguos se les llamaba “heteos” a todos los pobladores de la región de Canaán (cf. Gn. 15:20). Varios “grupos” de heteos vivían diseminados en Canaán.
Josué había explorado esa tierra buena y fructífera treinta y ocho años antes, cuando formó parte del grupo de los doce espías (Nm. 13:1–16; ahí [Nm. 13:8] es llamado “Oseas”, una variante en la manera de escribir su nombre). El recuerdo de la belleza y fertilidad de Canaán no se había borrado de su memoria. Ahora él debía conducir a los ejércitos de Israel a conquistar ese territorio.
¿Cuál era la extensión de la tierra? Realmente el territorio conquistado y controlado por Israel en tiempos de Josué fue mucho más pequeño del que se prometió en Génesis 15:18–21. Aun en tiempos de David y Salomón, cuando la tierra alcanzó su máxima extensión, los distritos que quedaban en los extremos sólo recibían una influencia parcial de Israel.
¿Cuándo poseerá la nación de Israel toda la tierra? Los profetas han declarado que será cuando Cristo regrese a la tierra. Entonces, reunirá a los judíos y reinará sobre la tierra y sobre la nación redimida y convertida de Israel. La posesión absoluta todavía está pendiente, esperando que llegue aquel día (cf. Jer. 16:14–16; Am. 9:11–15; Zac. 8:4–8).
1:5. Al enfrentar el tremendo reto de conquistar a Canaán, Josué necesitaba una palabra fresca de ánimo. A partir de sus observaciones personales, Josué sabía que los cananeos y los otros pueblos eran muy fuertes y que vivían en ciudades bien fortificadas (cf. Nm. 13:28–29). Además, las frecuentes batallas mantenían a los guerreros en excelentes condiciones para pelear. Por otro lado, la mayor parte de la tierra era montañosa, lo cual complicaría las maniobras militares. Pero cuando Dios da una orden, generalmente la acompaña de una promesa, así que él aseguró a Josué que tendría una trayectoria de victorias continuas sobre sus enemigos, debido a la presencia y ayuda infalibles de Dios. Las palabras no te dejaré (cf. Jos. 1:9) pueden entenderse como “Yo nunca te soltaré o abandonaré” y Dios nunca se retracta de sus promesas.
1:6. Esta fuerte declaración de parte del Señor de que nunca desampararía a Josué, es el origen del llamado que le hizo a ser valiente, el cual consta de tres partes. En primer lugar, Josué recibió el mandato de esforzarse y ser valiente (cf. vv. 7, 9, 18) porque Dios había prometido darle la tierra. El esfuerzo y la fortaleza eran necesarios para llevar a cabo la agotadora campaña militar que estaba por delante. Pero Josué debía tener muy presente que el éxito que alcanzaría dando a Israel por heredad la tierra, sería gracias a que había sido prometida a sus padres; i.e., a Abraham (Gn. 13:14–17; 15:18–21; 17:7–8; 22:16–18), a Isaac (Gn. 26:3–5), a Jacob (Gn. 28:13; 35:12), y a la nación entera, que era la simiente de Abraham (Éx. 6:8), como su posesión eterna. Finalmente, Josué debía conducir a los hijos de Israel a poseer la tierra prometida. ¡Qué papel tan importante le tocaría desempeñar en ese tiempo tan crucial para la historia de la nación!
Aunque el cumplimiento de esa promesa tan especial y única depende de la obediencia de Israel (cualquiera que sea la generación de que se trate) a Dios, no hay duda de que la Biblia afirma que Israel tiene derecho a poseer esa tierra. El título de propiedad le pertenece por contrato divino, aunque no la poseerá en su totalidad ni la disfrutará a plenitud hasta que esté bien con Dios.
1:7–8. En segundo lugar, Josué recibió la orden de esforzarse y ser muy valiente. Debía tener cuidado de hacer conforme a toda la ley de Moisés. Ese mandamiento está basado en el poder de Dios impartido a través de su palabra. Esta es una exhortación más fuerte, indicando que se requiere mayor fuerza de carácter para obedecer fiel y cabalmente la palabra de Dios ¡que para ganar batallas militares! El énfasis de estos vv. claramente se pone en un cuerpo escrito de verdades. Muchos críticos argumentan que las Escrituras no aparecieron en forma escrita sino hasta varios siglos después. No obstante, aquí hay una referencia clara que afirma que ya existía un libro de la ley.
Para disfrutar de la prosperidad y para que todo saliera bien en la conquista de Canaán, Josué debía hacer tres cosas respecto a las Escrituras: (a) El libro de la ley no debía apartarse de su boca; i.e., debía hablar acerca de él (cf. Dt. 6:7); (b) debía meditar en él de día y de noche; i.e., pensar acerca de él (cf. Sal. 1:2; 119:97); (c) él debía hacer conforme a todo lo que en él está escrito, y obedecer por completo los mandamientos; i.e., actuar conforme a ellos (cf. Esd. 7:10; Stg. 1:22–25).
La vida de Josué demuestra que él vivía en la práctica las enseñanzas de la ley de Moisés, la única porción de la palabra de Dios que estaba por escrito en ese entonces. Solamente así se explican los triunfos que logró en las batallas y el éxito que caracterizó a su carrera. En uno de sus discursos de despedida antes de morir, exhortó a la nación a vivir en obediencia a las Escrituras (Jos. 23:6). Trágicamente, el pueblo sólo hizo caso a esta exhortación por un corto período de tiempo. En sus siguientes generaciones, Israel se rehusó a ser guiado por la autoridad revelada de Dios, y cada uno hacía lo que bien le parecía (Jue. 21:25). Israel rechazó las instrucciones objetivas de justicia y prefirió las subjetivas, que se caracterizan por una espiritualidad y moralidad relativas. Esto condujo a la nación a la apostasía religiosa y a la anarquía moral que duró varios siglos.
1:9. El tercer llamado a Josué para que fuera valiente se basa en la presencia de Dios. Esto de ninguna manera minimiza la tarea que debía enfrentar el líder. Él tendría que confrontar a gigantes y ciudades fortificadas, pero la presencia de Dios sería la que les daría el triunfo sobre sus enemigos.
Probablemente en la vida de Josué hubo momentos en que se sintió débil, incapaz y asustado. Tal vez llegó a considerar la posibilidad de renunciar antes de comenzar la conquista. Pero Dios conocía exactamente sus sentimientos de debilidad personal y de temor y le dijo tres veces te mando que te esfuerces y seas valiente (vv. 6–7, 9; cf. v. 18). Dios también lo animó a no temer ni a desmayar (cf. Dt. 1:21; 31:8; Jos. 8:1). Esas exhortaciones, junto con sus palabras de ánimo (la promesa, el poder y la presencia de Dios), fueron suficientes para sostenerlo durante toda su vida. Los creyentes de todos los tiempos pueden animarse con las mismas promesas.
