Lucas 2:21-38 - Jesús es el Salvador que cumple, revela y redime

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¿Alguna vez te has sentido desanimado en tu vida cristiana?
¿Has luchado con mantener tu devoción a Dios cuando el pecado parece persistir en tu corazón?
¿Te has sentido cansado de intentar vivir una vida piadosa en un mundo que desprecia la fe?
Si somos sinceros, todos hemos estado ahí:
Luchamos con la obediencia.
Luchamos con el consuelo.
Luchamos con proclamar el Evangelio a un mundo que parece indiferente.
Quizá algunos de ustedes se preguntan hoy:
¿Cómo puedo seguir obedeciendo a Dios cuando el desánimo me invade?
¿Dónde encuentro consuelo cuando mi fe tambalea?
¿Cómo comparto mi fe cuando parece que nadie quiere escuchar?
El texto que veremos hoy, en Lucas 2:21-38, nos muestra que la respuesta está en Jesús.
En este pasaje encontramos a cuatro personas ordinarias que tuvieron un encuentro personal con el Salvador del mundo. Y cada uno de ellos respondió a Jesús de una manera que evidenció la obra de Dios en sus vidas:
José y María obedecieron por fe, incluso en tiempos difíciles.
Simeón encontró consuelo en Cristo, aun cuando parecía que Dios guardaba silencio.
Ana proclamó la redención que había encontrado en Jesús, a pesar de vivir en un contexto de apostasía.
Estas personas vivieron en un mundo muy parecido al nuestro: Un mundo lleno de frustración, sufrimiento y pecado.
José y María enfrentaron incertidumbre y dificultades mientras se sometían a la providencia de Dios. Habían pasado por un viaje agotador a Belén, fueron rechazados en la posada y tuvieron que colocar al Hijo de Dios en un pesebre. Y sin embargo, a pesar de todo lo que podía arrastrarlos al desánimo, fueron fieles. Obedecieron la Ley de Moisés y confiaron en las promesas que Dios les había dado a través del ángel. Su obediencia fue una confesión de fe en que Jesús era el Salvador prometido.
Simeón vivió en medio de una generación que había perdido la esperanza de un Salvador verdadero. Muchos esperaban un Mesías político, un libertador que los salvaría de la opresión romana. Pero Simeón esperaba algo más profundo: la consolación de Israel. A pesar de las apariencias y de la incredulidad generalizada, él esperó pacientemente en las promesas de Dios, confiando en que vería al Salvador antes de morir. Y cuando lo vio, supo que en Jesús tenía todo lo que necesitaba.
Ana dedicó su vida a la devoción y a la proclamación de la redención, a pesar de vivir en un contexto de apostasía generalizada. La fe en Israel estaba debilitada. La religión de los líderes se había vuelto legalista y fría, enfocada más en rituales externos que en una relación viva con Dios. Pero Ana perseveró. Su devoción no menguó. Día tras día, adoraba, ayunaba y oraba, esperando la redención de Jerusalén. Y cuando vio a Jesús, su gozo fue tan grande que no pudo callar. Comenzó a proclamar la redención a todos los que estaban esperando la esperanza del Señor.
Ellos tenían todas las razones humanas para desanimarse. Pero su esperanza no estaba en las circunstancias. Su esperanza estaba en Jesús.
Este pasaje nos revela a Jesús como el Salvador que cumple, revela y redime.
Cumple la justicia perfecta que tú y yo no pudimos cumplir.
Revela lo que hay en nuestros corazones, llamándonos al arrepentimiento.
Redime a todo aquel que confía en Él, trayendo salvación y esperanza eterna.
Y esa verdad es suficiente para transformar nuestra vida hoy:
Suficiente para los que luchan con el peso del pecado.
Suficiente para los que buscan consuelo en medio de las pruebas.
Suficiente para los que desean ver la redención de sus vidas y de quienes los rodean.
Al considerar esta mañana a José y María, a Simeón y a Ana, aprendemos que cuando conocemos a Jesús con los ojos de la fe, nuestras vidas son transformadas:
La fe en Jesús nos impulsa a obedecer su Palabra.
La fe en Jesús nos consuela en medio de nuestras pruebas.
La fe en Jesús nos lleva a proclamar con gozo que solo en Él hay salvación.
Hermanos, si conoces a Jesús, tu vida no puede ser la misma.
Él te llama a vivir:
Con fe obediente.
Con esperanza consoladora.
Con una proclamación gozosa.
Vamos a leer juntos Lucas 2:21-38

1. Jesús es el Salvador que cumple la Ley (Lucas 2:21-24)

Lucas 2:21 NBLA
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, el nombre dado por el ángel antes de que Él fuera concebido en el seno materno.
Desde el principio, Lucas enfatiza la obediencia de José y María a la Ley de Dios. En este breve pasaje, cinco veces se menciona que hicieron todo “según la Ley del Señor” (vv. 22, 23, 24, 27, 39). Esta repetición enfatiza que ellos vivían por fe en las promesas de Dios y que su obediencia no era meramente ritualista, sino una expresión de confianza en la fidelidad de Dios.
José y María obedecían porque creían que Dios estaba cumpliendo su promesa en Jesús. La circuncisión, la purificación de María y la consagración del primogénito eran más que simples ceremonias. Eran medios de gracia a través de los cuales Dios apuntaba hacia el Salvador que vendría a cumplir toda justicia.
Vamos a considerar cada uno de estos ritos y su significado redentor:

A. La Circuncisión de Jesús: Identificación y Sustitución (v. 21)

La circuncisión era un signo del pacto que Dios hizo con Abraham en Génesis 17:10-12. Representaba la pertenencia al pueblo de Dios y simbolizaba la necesidad de limpieza espiritual.
Pero surge una pregunta importante: ¿Por qué Jesús, sin pecado, necesitaba ser circuncidado?
La respuesta es clara: Jesús vino a identificarse con su pueblo y a cumplir la Ley en nuestro lugar. Pablo lo explica:
Gálatas 4:4–5 NBLA
Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.
Desde su nacimiento, Jesús estaba cargando nuestras culpas y cumpliendo la justicia perfecta que tú y yo no pudimos cumplir. Su circuncisión señala que Él iba a ser cortado por nuestros pecados. Él tomó sobre sí el castigo que nosotros merecíamos.
Esto nos recuerda que nuestra salvación no depende de nuestra obediencia, sino de la obediencia perfecta de Jesús.
Pablo conecta la circuncisión con el bautismo:
Colosenses 2:11–12 NBLA
También en Él ustedes fueron circuncidados con una circuncisión no hecha por manos, al quitar el cuerpo de la carne mediante la circuncisión de Cristo; habiendo sido sepultados con Él en el bautismo, en el cual también han resucitado con Él por la fe en la acción del poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos.
Así como la circuncisión marcaba la entrada al pueblo de Dios bajo el antiguo pacto, el bautismo marca nuestra entrada al pueblo de Dios en Cristo. Ambos ritos apuntan a la misma verdad: la necesidad de limpieza del pecado y la promesa de pertenencia a Dios.
✅ ¿Confías en que Jesús cumplió toda la justicia por ti?
✅ ¿Descansas en su obra perfecta en lugar de confiar en tus propios méritos?
El Evangelio nos asegura que no somos salvos por lo que hacemos, sino por lo que Jesús hizo por nosotros.
José y María por esta razon le pusieron por nombre Jesús, obedeciendo la orden del ángel (Lucas 1:31; Mateo 1:21). El nombre Jesús significa “Jehová salva” y revela la misión redentora de Cristo. Al llamarle Jesus ellos estaban proclamando que este niño sería el Salvador prometido que liberaría a su pueblo del pecado.
Mateo 1:21 NBLA
»Y dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados»
Este es el corazón del Evangelio: Jesús no vino para ser un líder político o un maestro moral. Jesús vino a salvarnos de nuestros pecados.

B. La Purificación de María: Limpieza y Restauración (v. 22)

El segundo rito que José y María cumplieron fue la purificación de María.
De acuerdo con Levítico 12:1-8, una madre debía ofrecer un sacrificio de purificación después del nacimiento de un hijo. Esto simbolizaba la necesidad de limpieza espiritual y la restauración a la comunión con Dios.
José y María presentaron una ofrenda de los pobres: un par de tórtolas o dos palominos. Esto muestra que eran humildes económicamente, pero también revela la provisión de Dios para todos, incluso para los más necesitados.
Aquí hay un hermoso contraste teológico:
Ellos no podían ofrecer un cordero físico porque eran pobres.
Pero en realidad, ellos estaban presentando al verdadero Cordero de Dios, que quitaría el pecado del mundo (Juan 1:29).
Ya no necesitamos traer sacrificios porque su sangre nos purifica de todo pecado.
1 Juan 1:7 NBLA
Pero si andamos en la Luz, como Él está en la Luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado.
✅ ¿Te sientes impuro delante de Dios?
✅ ¿Luchas con la culpa y el temor de no ser lo suficientemente bueno?
El Evangelio nos asegura que la sangre de Jesús nos limpia completamente.
En Cristo, eres puro delante de Dios. No hay más condenación para los que están en Él.

C. La Consagración del Primogénito: Redención y Esperanza (vv. 23-24)

El tercer rito que José y María cumplieron fue la consagración del primogénito.
Esto se basaba en Éxodo 13:2, donde Dios ordenó que todos los primogénitos varones debían ser consagrados al Señor. Esto recordaba cómo Dios redimió a los primogénitos de Israel durante la liberación de Egipto.
Sin embargo, los primogénitos podían ser redimidos mediante el pago de un rescate. José y María redimieron a Jesús con una ofrenda, pero lo irónico es que Jesús sería el Redentor que pagaría el rescate por su pueblo.
Marcos 10:45 NBLA
»Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos».
Jesús no necesitaba ser redimido, porque Él es el Redentor. Su vida fue el precio de nuestro rescate.
1 Pedro 1:18–19 NBLA
Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo.
✅ ¿Vives como alguien que ha sido redimido?
✅ ¿Reconoces que Jesús pagó un precio infinito por tu salvación?
La redención en Cristo nos da un propósito nuevo: ya no vivimos para nosotros mismos, sino para glorificar a Dios con nuestras vidas.
Vimos entonces como José y María no solo obedecieron la Ley, sino que su obediencia fue una expresión de su fe en las promesas de Dios. Ellos no entendían todo, pero sabían que Jesús era el Salvador prometido. Y confiaron en que Dios cumpliría su plan redentor.
Su obediencia nos enseña que la verdadera fe siempre produce obediencia.
No una obediencia perfecta ni legalista, sino una obediencia que brota de un corazón agradecido por lo que Cristo ha hecho.
¿Estás descansando en la obra de Cristo?
¿Tu fe en Jesús te impulsa a obedecer, incluso cuando no entiendes todo?
¿Recuerdas que Jesús ya cumplió toda la justicia por ti?
Jesús no solo vino a cumplir la Ley. También….

2. Jesús es el Salvador que Revela los Corazones (Lucas 2:25-35)

Después de cumplir con los requisitos de la Ley, José y María se encuentran en el templo con Simeón, quien es descrito como un hombre “justo y devoto” (v. 25).
En el contexto bíblico, ser justo no significa ser perfecto en obras, sino ser alguien que ha sido declarado justo por la fe en las promesas de Dios. Como Abraham, (Génesis 15:6; Romanos 4:3) Simeón fue justificado al confiar en que Dios enviaría un Salvador. Su justicia era el fruto de la gracia de Dios, no de sus propios méritos.
Devoto: Esto describe su piedad práctica. Simeón vivía en obediencia a Dios, demostrando que su fe no era teórica, sino activa. Era un hombre dedicado a los medios de gracia y comprometido con la adoración y la oración.
, Simeón también fue declarado justo porque creyó en la promesa de la venida del Mesías. Su esperanza estaba puesta en la “consolación de Israel” (v. 25), un título mesiánico que se refiere al consuelo y salvación que Dios prometió traer a su pueblo a través de Cristo.
Simeón también es descrito como alguien que esperaba “la consolación de Israel.” Esta frase se refiere a la venida del Mesías, el Salvador prometido que traería consuelo a su pueblo, como profetizo Isaias:
Isaías 40:1 NBLA
«Consuelen, consuelen a Mi pueblo», dice su Dios.
Simeón vivía en un tiempo en que muchos habían perdido la esperanza de un Salvador verdadero. Muchos esperaban un Mesías político, que los liberara de la ocupación romana. Pero Simeón esperaba algo mucho más grande: el consuelo espiritual y la redención eterna que solo el verdadero Mesías podía traer.
Ademas, este hombre justo y devoto había recibido una revelación especial del Espíritu Santo: se le prometió que no moriría antes de ver al Cristo del Señor (v. 26). Esta promesa sostuvo su fe y su esperanza, dándole fuerza para esperar pacientemente.
✅ ¿Dónde encuentras consuelo en medio de las pruebas?
✅ ¿Esperas las promesas de Dios con paciencia, incluso cuando las circunstancias parecen desalentadoras?
Simeón, guiado por el Espíritu Santo, entra en el templo justo cuando José y María presentan al niño Jesús (v. 27). Simeón toma al niño en sus brazos y bendice a Dios con un himno de alabanza conocido como el Nunc Dimittis (vv. 29-32) en Latin: “Ahora despides” o “Ahora permites partir”.
Lucas 2:29–32 NBLA
«Ahora, Señor, permite que Tu siervo se vaya En paz, conforme a Tu palabra; Porque mis ojos han visto Tu salvación La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz de revelación a los gentiles, Y gloria de Tu pueblo Israel».
Aquí vemos una declaración profética sobre la identidad y misión de Jesús:
Simeón no dice que ha visto una parte de la salvación, sino que ha visto la salvación misma. En otras palabras, Jesús es la salvación encarnada. Esto nos recuerda que la salvación no es un proceso o un sistema de obras, sino una persona: Jesús, el Hijo de Dios.
Simeón declara que Jesús no es solo el Mesías de Israel, sino también la luz que ilumina a las naciones paganas (Isaías 42:6; Isaías 49:6). Esto es significativo porque muestra que la misión de Cristo es universal. La salvación no es solo para los judíos, sino para todo el mundo.
Para el pueblo de Israel, Jesús es el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento. Él es el Mesías prometido, la gloria del pueblo escogido por Dios. Toda la historia de Israel apunta hacia Él.
✅ ¿Ves a Jesús como la única salvación para tu vida?
✅ ¿Reconoces que en Él tienes todo lo necesario para ser reconciliado con Dios?
Después de este himno, Simeón hace una declaración muy solemne a María:
Lucas 2:34–35 NBLA
Simeón los bendijo, y dijo a Su madre María: «Este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y una espada traspasará aun tu propia alma, a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones»
Jesús es descrito como una “señal que es contradicha,” lo que significa que será rechazado por muchos. Aunque es la salvación de Dios, no todos lo recibirán. Al contrario, su venida dividirá a las personas: algunos caerán en condenación, mientras que otros se levantarán en fe y salvación.
Esto es consistente con la enseñanza de toda la Escritura. Jesús es la gran división en la historia humana. Él es la roca de salvación para algunos y la piedra de tropiezo para otros (Isaías 8:14; 1 Pedro 2:7-8).
Lucas 11:23 NBLA
»El que no está a Mi lado, contra Mí está; y el que a Mi lado no recoge, desparrama.
No hay neutralidad frente a Cristo. Cada persona debe decidir: o lo recibe como Salvador, o lo rechaza en incredulidad. Esta decisión determina el destino eterno de cada persona.
Además, Simeón advierte a María que “una espada atravesará su alma.” Esta profecía anticipa el sufrimiento de María al ver a su hijo crucificado. Aunque Jesús traería salvación, lo haría a través del dolor y la muerte. La cruz sería el punto culminante de la obra redentora de Jesús.
Aplicación:
✅ ¿Has permitido que Jesús examine tu corazón?
✅ ¿Reconoces tu necesidad de arrepentimiento y gracia?
✅ ¿Te has rendido a Él en fe o todavía tropiezas con Él?
Conclusion:
Simeón nos muestra que el consuelo verdadero solo se encuentra en Jesús. Él esperó toda su vida para ver al Salvador, y cuando lo vio, dijo que estaba listo para morir en paz.
Ese mismo consuelo está disponible para nosotros hoy:
Si tienes a Cristo, ya no hay condenación.
Si tienes a Cristo, puedes enfrentar la muerte con esperanza.
Si tienes a Cristo, puedes vivir con la seguridad de que tu vida está en las manos del Salvador.
¿Has encontrado consuelo en Jesús?
¿Dejas que Él examine y revele lo que hay en tu corazón?
Hemos visto cómo José y María respondieron con una fe obediente, sometiéndose a la Ley de Dios y reconociendo a Jesús como el Salvador prometido. Hemos visto también cómo Simeón encontró consuelo al ver al Mesías, reconociendo en Jesús al Salvador que revela lo que hay en nuestros corazones y trae esperanza eterna. Ahora, al considerar la vida de Ana, vemos que

3. Jesús es el Salvador que trae redención (Lucas 2:36-38)

En esta última parte del pasaje, encontramos a una mujer notable llamada Ana, que, junto con Simeón, representa a los fieles que esperaban la redención de Israel.
Lucas describe a Ana como una profetisa, una mujer que proclamaba las promesas de Dios y daba testimonio de su obra redentora.
Su título de “profetisa” no implica un liderazgo pastoral, sino que señala su fidelidad al transmitir la verdad revelada por Dios. En las Escrituras encontramos a otras mujeres que también fueron llamadas profetisas en momentos específicos de la historia redentora: Débora (Jueces 4:4), Hulda (2 Reyes 22:14) y las hijas de Felipe (Hechos 21:9). Sin embargo, ninguna de ellas ejerció autoridad pastoral o liderazgo congregacional. Más bien, fueron testigos de la obra de Dios y portadoras de un mensaje de esperanza.
Ana pertenecía a la tribu de Aser uno de los hijos que tuvo Jacob con la esclava de Lea, esta era una de las llamadas “tribus perdidas” de Israel. Su genealogía muestra que Dios no había olvidado a su pueblo, y que la promesa de redención aún estaba vigente para todo Israel.
Ana había enviudado joven, después de solo siete años de matrimonio, y había vivido como viuda durante ochenta y cuatro años. En lugar de volverse amarga o desesperada, dedicó su vida a adorar a Dios, orar y ayunar en el templo, día y noche. Esto muestra una devoción incansable y un corazón lleno de esperanza en la promesa de redención.
La vida de Ana nos recuerda que, independientemente de nuestra situación o edad, podemos servir al Señor con fidelidad y devoción. No importa si somos jóvenes o ancianos, casados o solteros, Dios puede usar nuestra vida para testificar de su redención. La verdadera devoción no es una cuestión de circunstancias, sino de prioridades espirituales.
Cuando Ana vio al niño Jesús, supo de inmediato que Él era el Salvador prometido. El texto dice que ella “daba gracias a Dios y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (v. 38).
Ana reconoció a Jesús como el Redentor. Su corazón estaba lleno de gratitud a Dios, y no pudo quedarse callada. Comenzó a proclamar la buena noticia de que la redención había llegado en la persona de Jesús.
Esto nos enseña que la verdadera devoción nos impulsa a testificar de Cristo. Cuando realmente vemos quién es Jesús y entendemos lo que ha hecho por nosotros, no podemos permanecer en silencio. Como Ana, debemos proclamar su redención a quienes nos rodean.
¿Estamos hablando de Jesús a otros? ¿Compartimos la buena noticia de la salvación? La vida de Ana nos desafía a testificar fielmente sobre la obra de Cristo. Debemos ser conscientes de las oportunidades que Dios nos da para hablar de su redención a nuestras familias, amigos y vecinos.
La redención es el corazón del evangelio. La palabra “redención” implica liberación mediante el pago de un rescate. En el contexto del Antiguo Testamento, esto se refería a la liberación de los esclavos o la restauración de lo perdido mediante un precio pagado.
En el contexto bíblico, esta redención es una parabola viviente de la liberación del pecado y del juicio de Dios mediante el sacrificio de Cristo.
Marcos 10:45 NBLA
»Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos».
Efesios 1:7 NBLA
En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia
Cristo es el único que puede redimirnos del pecado y darnos esperanza eterna. Esta redención no es parcial ni temporal, sino completa y eterna.
Por eso, Ana no pudo callar. Ella había visto al Redentor, y su gozo fue tan grande que lo compartió con todos los que estaban esperando la salvación de Dios.
Ana nos deja un poderoso ejemplo de cómo debemos vivir como cristianos:
1️⃣ Devoción constante: Ana adoraba, ayunaba y oraba sin cesar. Su vida estaba centrada en Dios. Esto nos recuerda que la verdadera fe no es pasiva, sino activa. La devoción constante fortalece nuestra fe y nos prepara para reconocer la obra de Dios en nuestra vida.
2️⃣ Gratitud sincera: Cuando Ana vio a Jesús, dio gracias a Dios. La redención en Cristo debe producir gratitud en nuestros corazones. Debemos vivir agradecidos por la salvación que hemos recibido en Él.
3️⃣ Proclamación gozosa: Ana no guardó silencio. Habló de Jesús a todos los que esperaban la redención. Esto nos desafía a proclamar la salvación de Cristo a quienes nos rodean.
Hoy vivimos en un mundo que necesita desesperadamente escuchar sobre la redención en Cristo.
• Muchos están atrapados en el pecado y la desesperanza.
• Muchos buscan soluciones temporales y superficiales a sus problemas espirituales.
• Pero tú y yo tenemos el mensaje de la verdadera redención en Cristo.
¿Estás proclamando este mensaje?
Ana nos recuerda que no hay excusa para el silencio. Si hemos visto la obra de Cristo en nuestras vidas, debemos proclamar su verdad con gozo.
“Digan los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo.” (Salmo 107:2)
Hermanos, no podemos quedarnos callados. Si hemos encontrado a Cristo, debemos proclamar su redención al mundo. Como Ana, vivamos con devoción constante, gratitud sincera y proclamación gozosa.

Conclusión:

Hermanos, el texto de Lucas 2:21-38 nos ha llevado a un encuentro con Jesús, el Salvador que cumple, revela y redime.
Hemos visto cómo José y María, Simeón y Ana respondieron a ese encuentro. Sus vidas fueron transformadas. Y la pregunta que este texto nos deja es la misma que tú debes responder hoy:
¿Qué harás tú con Jesús?
Lucas nos dice que José y María estaban asombrados por lo que escucharon acerca de su Hijo.
Aunque ya habían recibido la promesa del ángel y visto el testimonio de los pastores, no dejaban de asombrarse ante la obra de Dios en Jesús.
¿Y tú?
¿Sigues asombrado por lo que Dios ha hecho en Cristo?
¿O te has vuelto indiferente a la gracia del Salvador?
Hermanos, que nunca perdamos ese asombro. Que cada día nuestro corazón se conmueva por el hecho de que Dios nos ha dado un Salvador perfecto en Jesús.
Miremos también a Simeón.
Un hombre que esperó toda su vida para ver al Mesías.
Cuando tuvo a Jesús en sus brazos, no pidió más días, no pidió riquezas, no pidió soluciones temporales a sus problemas.
Simplemente dijo: “Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto tu salvación.”
Simeón encontró consuelo en Jesús.
Una paz tan profunda que ni siquiera la muerte lo asustaba más.
Entonces te pregunto:
¿Tienes la misma paz que Simeón?
¿Cómo enfrentas la realidad de la muerte?
Si hoy fuera tu último día, ¿podrías decir con confianza: “Estoy listo para partir en paz, porque he visto al Salvador”?
Hermanos, solo hay una manera de estar listos para morir: ver a Jesús con los ojos de la fe y confiar plenamente en Él.
Y luego tenemos a Ana.
Una mujer que podría haber sido consumida por la tristeza y el desánimo. Había enviudado joven y vivido largos años sola. Pero en lugar de amargarse, dedicó su vida a la adoración, la oración y la proclamación de la redención en Cristo.
Cuando vio a Jesús, su corazón se llenó de gratitud, y no pudo callar. Comenzó a hablar de Jesús a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
¿Y tú?
¿Proclamas a Jesús con gozo?
¿Tu encuentro con el Salvador te impulsa a hablar de Él a los demás?
Porque, hermanos, la verdad es esta: Jesús confronta cada corazón. No puedes quedarte neutral. No puedes quedarte indiferente. O lo recibes con fe, o lo rechazas.
Y el destino eterno de cada persona depende de su respuesta a Cristo. Si crees en Él, te levantarás a la vida eterna. Si lo rechazas, caerás en condenación.
✅ Llamado Final
Hemos visto tres respuestas a Jesús:
José y María obedecieron por fe.
Simeón encontró consuelo y paz.
Ana proclamó la redención con gozo.
¿Y tú?
¿Qué harás tú con Jesús?
Hoy Jesús te llama a creer, a confiar, a descansar en su obra redentora.
Él cumplió la Ley que tú no pudiste cumplir.
Él revela los pensamientos de tu corazón y te llama al arrepentimiento.
Él trae redención y vida eterna a todo aquel que confía en Él.
Hermanos, Jesús es suficiente.
Él es suficiente para consolarte en tus luchas.
Él es suficiente para confrontar tus pecados y transformarte.
Él es suficiente para redimirte y asegurarte la vida eterna.
Así que ven a Jesús hoy.
Recíbelo con asombro.
Descansa en Él con paz.
Proclámalo con gozo.
Porque al final, la gran pregunta de este texto es la gran pregunta de tu vida:
¿Qué harás tú con Jesús?
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