A Dios, si le importa cómo te sientes

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Santiago 5:13-15
Sé que algunos de ustedes tienen mucha curiosidad por el título de este sermón, especialmente porque parece responder a una pregunta que nos hacemos muchas veces en silencio. ¿Le importa a Dios cómo me estoy sintiendo? ¿Tiene Dios alguna respuesta para mi aflicción? ¿Qué puedo hacer con esta felicidad que siento, será pecaminoso compartirla? ¿Cuál es el propósito que Dios tiene para esta enfermedad?
De hecho, es muy probable que algunas de estas preguntas se hayan convertido en reclamos en su momento; los salmos están llenos de este tipo de exclamaciones, los llamamos Salmos de lamento y son el grito del corazón de un creyente afligido, por lo que no hay nada de malo en las emociones. 
Dios nos diseñó con la capacidad de sentir; pero como todo, el pecado distorsiona la manera en la que estas deben servir a la gloria de Dios y no a nosotros mismos. 
El resultado de esta distorsión es esta creciente sobreestimación de las emociones en la que básicamente se han convertido en las que gobiernan los pensamientos y acciones de la mayoría de las personas. Muchos incluso llegan al punto de quitarse la vida, bien sea por un exceso de euforia o por considerar que la aflicción de su alma es muy grande como para poder soportar. 
Conviene entonces que abordemos este asunto desde una perspectiva bíblica; saber qué hacer con las aflicciones, nuestras alegrías o nuestras enfermedades cuando aparecen.
No podemos irnos al extremo de ignorar el hecho de que las emociones están ahí, que no es pecado afligirse o sentir desánimo, que no somos menos creyentes por sentirnos abrumados; pero tampoco podemos correr al otro extremo al que nos ha querido llevar esta cultura, de hacer un culto a esas emociones o convertirlas en lo que define nuestra identidad.
Quiero aclarar que en este sermón no abordaremos todo lo que se puede decir de las emociones y es porque el pasaje tampoco se enfoca en eso; pero sí lleva nuestros pensamientos a una misma cosa: A Dios le importa cómo nos sentimos y por eso debemos correr a él y también a la ayuda de otros que ha puesto a nuestro alrededor. 
Este es el argumento, entonces, que quiero proponerles para este sermón basado en la idea del pasaje:
En nuestras aflicciones, alegrías y dolores, debemos ir al Señor en oración y acudir al cuidado de otros. 
Antes de entrar al desarrollo de cada uno de los encabezados, vamo a ver un poco de contexto:
La carta de Santiago, notamos que, desde el principio, su intención es sumamente práctica. Él escribe a creyentes que se hallan dispersos, viviendo diversas pruebas, y les muestra cómo una fe auténtica no solo se declara, se demuestra.
 A lo largo de la epístola, se aborda el carácter genuino de la fe en temas como la tentación, la parcialidad, la importancia de las obras que acompañan a la fe, el dominio de la lengua y la advertencia contra la arrogancia y la opresión de los más vulnerables.
Al llegar al capítulo 5, encontramos un llamado final a la paciencia, sobre todo frente a las injusticias (5:1–12). Pero, antes de concluir, Santiago gira la atención hacia aun asunto muy personal e íntimo: ¿cómo responder al sufrimiento, a la alegría y a la enfermedad? Este pasaje (5:13–20) enlaza perfectamente con la temática central de la carta —responder con fe y oración en medio de las pruebas— y, a la vez, resalta el papel de la comunidad  de creyentes al cuidarnos unos a otros.
En los versículos 13 al 15, que son los que estamos considerando, vemos que Santiago no pasa por alto nuestro estado emocional o físico, sino que, por inspiración del Espíritu, nos anima a recurrir al Señor cuando el dolor o la enfermedad tocan a nuestra puerta y también a celebrarle con alabanzas cuando nos invade la alegría. 
Santiago presenta la oración como la respuesta apropiada a cualquier situación que vivamos: aflicción, gozo o un padecimiento que afecte nuestra salud, peor también destaca la importancia de la iglesia al animarnos a buscar la ayuda de otros creyentes y, en casos específicos, a recurrir a los líderes de la iglesia, recordándonos que Dios se preocupa por todas las áreas de nuestra vida: lo que sentimos, lo que pensamos e incluso lo que experimenta nuestro cuerpo.
Con esto en mente, pasamos, ahora sí, a examinar cada uno de los aspectos que Santiago menciona para ver cómo, en nuestras aflicciones, alegrías o dolencias, podemos —y debemos—correr al Señor y al cuidado de quienes nos rodean en la familia de la fe.

A Dios le importa nuestra aflicción

El primer aspecto que Santiago aborda es la aflicción y es quizá la emoción que experimentaba la mayoría de hermanos destinatarios de su carta, los cuales, como ya mencionamos, estaban siendo perseguidos por causa de su fe. 
a palabra traducida como “afligido” proviene del verbo griego κακοπαθέω (kakopathéō). Literalmente, esta expresión significa “sufrir adversidad” o “padecer dificultades”. A diferencia de la enfermedad física a la que se refiere el versículo siguiente (donde se usa astheneō, “estar enfermo”), kakopathéō describe de manera más general los infortunios o tribulaciones que alguien puede experimentar—ya sean presiones externas (persecución, escasez económica, conflicto relacional) o angustias internas (estrés, ansiedad, preocupación intensa).
En otras palabras, cuando Santiago pregunta: “¿Está alguno afligido?”, está abarcando todo tipo de padecimientos o dolores que agobian el alma y las circunstancias cotidianas de la vida, no solo la enfermedad corporal.
Como se puede ver, la aflicción en sí misma una emoción, pero está asociada a un sentido de pesar, angustia y dolor. Puede haber personas que se rían en medio de una aflicción, pero la verdad es que en la mayoría de casos, la emoción más asociada es la angustia.
Salmo 25:16–18
“Vuelve a mí tu rostro y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados.”
Aquí David expresa cómo se siente emocionalmente abrumado y en soledad, describiéndose como “afligido” y suplicando que Dios mire su dolor. y parece además intercambiar la aflicción con la angustia de su corazón. 
Salmo 31:9–10
“Ten misericordia de mí, oh Señor, porque estoy en angustia; se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo. Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar…”.
La angustia, a pesar de no ser necesariamente física, a veces es presentada como un dolor o una sensación de vacío interno. 
¿Qué hacer cuando algo así sucede? Santiago responde sin rodeos: haga oración.
Eso parece contradictorio. Usualmente, la angustia tiende a desanimarnos y alejarnos de cualquier práctica de piedad, pero la Biblia nos recuerda que si a algo nos debe impulsar el dolor del alma es a la oración. 
El reto viene porque pensamos que la oración siempre tiene que ir cargada de emotividad y furor, pero la verdad es que un corazón angustiado puede orar en su angustia. 
Dios no nos pide que vayamos a él siempre que nuestras emociones estén en equilibrio, cuando no nos sintamos mal por dentro; Él nos pide que nos acerquemos en todo tiempo. 
Gran parte de las oraciones de hombres de Dios que vemos en la Biblia fueron hechas desde un corazón afligido y angustiado; pero casi todas terminan también por recordar el bien que proviene de descansar en Dios y en lo que conocemos de Él.
Al orar angustiados, estamos depositando todas nuestras cargas sobre el único que pueda ayudarnos, porque Él cuida de nosotros. Es a eso a lo que me refiero con que a Dios le importa nuestra aflicción. 
Dios no es indiferente a nuestro dolor, porque Él también fue tentado en todo y porque, en medio de su más profunda aflicción, descansó en la voluntad del Padre celestial. 
En el Getsemaní, el Señor fue sometido a una angustia mortal, pero allí Él oró: Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya. 
Pero hay una razón más para ir al Señor en oración durante la aflicción y la angustia, y es la tendencia que tenemos a aislarnos y mantenernos lejos de todo. Ni siquiera en nuestro más profundo dolor podemos creer a la mentira de que hemos sido dejados solos o en abandono. Dios está con nosotros. 
El emocionalismo le rinde culto a la soledad porque la aflicción y la angustia se alimentan del victimismo y la autosuficiencia; sin embargo, orar es un acto de rendición, es decir: Señor, yo solo no puedo, necesito de ti. 
El aislamiento en la aflicción es como el soldado que en el combate se encierra solo en una trinchera para pelear contra todos los enemigos, dejando de lado que ya hay alguien que peleó y ganó y que nos llama a estar a su lado. 
Si estás en aflicción, si estás con un corazón angustiado, si hay algo que ha estado llevando tu alma a un dolor que a veces parece insoportable; el Señor te llama hoy a rendirte, a venir a Él y confiar en Él de todo corazón. 
Pero el Señor no es solo nuestro socorro en los momentos de afición, él también es el motivo de nuestro gozo y por eso también somos llamados a ir a él en nuestras alegrías, porque reconocemos que todo bien proviene de Él. 
Esto nos conduce al siguiente punto…

A Dios le importa nuestra alegría

“El cristiano siempre debe estar feliz”, esa fue una de las cosas que más escuché en mis inicios en la fe y cuando algún momento de aflicción o de tristeza venían me sentía en pecado; pero luego por la misma Palabra fui entendiendo que si bien Dios desea nuestro gozo y debemos perseguirlo, hay tiempo para todo, para llorar y para reír. 
Sin embargo, tenemos otro extremo, aquellos que pareciera que el evangelio solo tuviera la cara de la aflicción y para quienes permitirse un momento, aunque sea un momento de alegría, les es considerado un pecado. 
La verdad es que tanto la aflicción como la alegría pueden ser usadas para dar la gloria al Señor si ambas me conducen a Él.
La segunda pregunta que hace el apóstol es: “¿Está alguno alegre?”. La palabra griega que se traduce como “alegre” es εὐθυμέω (euthuméō), que connota tener buen ánimo, estar de buen humor o gozoso en el interior. Implica una disposición anímica positiva, un corazón que, en cierto modo, se siente agradecido y en paz, reconociendo la bondad de Dios en ese momento.
Seguidamente, Santiago ordena: “Que cante alabanza”. En griego, el verbo es ψάλλω (psállō), cuya raíz originalmente describe la acción de “tocar un instrumento de cuerda” (como un arpa). En el contexto del Nuevo Testamento, se usa para expresar la idea de “entonar himnos” o “cantar salmos” de forma devocional. Así, el llamado es a dirigir esa alegría interior hacia Dios, manifestándola abiertamente por medio del canto y la adoración.
En conjunto, estas dos palabras señalan que cuando atravesamos momentos de gozo genuino, la respuesta apropiada es elevar a Dios un cántico de gratitud y honor. 
No se trata simplemente de un desahogo emocional, sino de reconocer que esa alegría procede del Señor y, por lo tanto, debe llevarnos a una expresión consciente de alabanza.
Dios, en su infinita bondad, que permite que en un mundo cargado de tanto pecado, experimentemos momentos de plenitud y gozo con el fin de recordar qué es lo que nos espera en la eternidad y eso produce alabanza. 
El gozo en Cristo debe ser algo que persigamos con intensidad. Nadie puede privarnos del deseo de querer experimentar la felicidad de este lado de la eternidad, porque eso da gloria a Dios. 
Como bien lo remarca el pastor John Piper:
«Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él» — John Piper
Hay una forma en la que nuestro gozo y nuestro deleite dan gloria a Dios en una manera real. Como un padre que se deleita en la tranquilidad de su hijo o en sus triunfos y sus alegrías; asi Dios es glorificado en el gozo que viene como resultado de disfrutar su bondad. 
El problema es que el pecado ha convertido la felicidad y la alegría en un ídolo, en algo que emplean para sí mismos pero no para dar gloria a Dios. Por eos nunca se sacian y quieren mas y mas o expermentan culpa cada vez que disfrutan de algo, porque sus mentes no están puestas en Dios. 
Santiago nos esta diciendo aquí que cuando estemos alegres debemos mostrar esa alegría cantando alabanzas. Es decir, con una actitud coherente. 
Tengo la impresión de que nos hecho mas diestros en compartirle a a otros nuestras tristezas y pesares, pero no nuestras alegrías. Las personas no han aprendido hablar de lo que es sentirse gozoso y alegre porque pareciera que no creyeran que es algo en lo que se puede encontrar deleite. 
Alabar a Dios e nuestras alegrias es reconocer que todo lo bueno que disfrutamos proviene de Él. 
Dios nos ha dado los salmos para que podamos expresar cuando no nos sentimos afligidos, pero también cuando estamos alegres.
Canten de júbilo en el Señor, ustedes los justos; Apropiada es para los rectos la alabanza. Den gracias al Señor con la lira; Cántenle alabanzas con el arpa de diez cuerdas. Cántenle cántico nuevo; Tañan con arte, con voz de júbilo. Porque la palabra del Señor es recta, Y toda su obra es hecha con fidelidad. Él ama la justicia y el derecho; Llena está la tierra de la misericordia del Señor. (Salmo 33:1-5).
Dios no puede ser solo el bombero que apaga los incendios de nuestras aflicciones; Él debería ser a quien acudimos con gratitud cuando cae del cielo su misericordia como una refrescante lluvia de alegría. 
Si hay alguna felicidad, un momento de bondad, una alegría, un momento para celebrar; compartamos eso, cantemos al Señor y hablemos a otros de lo bueno que el Señor ha sido con nosotros. 
No somos más cristianos cuando sufrimos, ni menos cristianos cuando celebramos su bondad y su cuidado. Él merece siempre la gloria. 
Como vemos, la vida cristiana se mueve entre dos caminos, uno de flores y hermoso y otro pedregoso y gris; pero ambos conducen al que está sentado en su torno. 
Qué regalo entonces nos es la oración y la alabanza. No perdamos de vista que Santiago no está hablando de estas cosas solo como algo individual, en todo momento está involucrando a la congregación, noten la expresión “entre ustedes”. Cuando estamos afligidos buscamos a Dios en oración y en comunidad. Cuando estamos alegres, cantamos a Dios en ovación y también en comunidad. 
Qué hermoso, mis amados hermanos, es vivir atesorando estos dos regalos, peor que hermoso es saber que podemos compartirlos con otros. 

A Dios le importa nuestra dolor

A el cómo nos sentimos no está determinado por los factores internos y nuestra respuesta emocional a ello, puede ser que lo que experimentemos esté en nuestro cuerpo, sea un dolor real, visible y eso tiene también la facultad de producir mucha angustia y temor; pero allí la respuesta sigue siendo la misma: acudan al Señor en oración y acudan también a la comunión y la ayuda de otros, de la iglesia. 
El verbo griego que usa en este caso es astheneō, que describe un padecimiento físico y/o una debilidad real que puede llegar a incapacitar seriamente a la persona. A diferencia de la aflicción general (kakopathéō) a la que se refirió antes, aquí el apóstol se centra en algo que repercute directamente en el cuerpo, un sufrimiento que puede requerir cuidado especial y la intervención de la comunidad de fe.
El mandato de Santiago es muy concreto: “Llame a los ancianos de la iglesia”. Si bien la aflicción puede empujarnos al aislamiento, ante la enfermedad, el creyente debe buscar el acompañamiento y la oración de los líderes espirituales y el cuidado de la iglesia en general. 
Esto enfatiza el aspecto colectivo, la dimensión comunitaria de nuestra fe. No atravesamos solos ni la aflicción ni la enfermedad; somos parte del cuerpo de Cristo y, por tanto, necesitamos la ayuda de los demás miembros.
La expresión  “ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor” ha sido objeto de cierto debate. Hay dos perspectivas principales sobre esta práctica. 
Por un lado, algunos la entienden como un símbolo de consagración y de la presencia y el poder de Dios para sanar. En el contexto bíblico, el aceite se usaba en ceremonias de dedicación y podía representar un gesto de fe que reconoce que el enfermo quedaba en las manos del Señor. 
Por otro lado, hay quienes piensan que el aceite aquí alude a un posible uso medicinal, pues en el mundo antiguo se empleaba para diversas dolencias o como una forma de acicalar el semblante de una persona (véase la referencia de Jesús en Mateo 6 con relación a no mostrar a los hombres que se ayuna). 
Sea cual sea la interpretación, lo esencial es que Santiago no establece un ritual “mágico” que deba replicarse mecánicamente, sino que la oración es el elemento principal. El aceite, de manera subordinada, puede ser un acto simbólico o terapéutico, pero el poder para sanar viene de Dios.
Este no es un pasaje que deba tomarse para justificar la idea de la extrema unción que propone la iglesia católica romana, porque en ningún momento se sugiere que el enfermo sea alguien que necesariamente va a morir, sino uno del que se espera que sea levantado o sanado. 
Tampoco debe tomarse como la base mística para tener aceite ungido portátil que pueda ser administrado en personas como si el aceite tuviera en sí mismo un poder mágico. 
Lo que está claro en este pasaje es que Dios muestra el cuidado del enfermo por medio de personas que pueden estar con él y orar por él en el caso de que la enfermedad sea tan fuerte como para impedirlo. 
El texto luego añade: “La oración de fe salvará al enfermo… y si ha cometido pecados, le serán perdonados”.
No debemos pensar que todo enfermo por el que oramos sanará, pero sí debemos orar con la fe y la confianza de que Dios puede hacerlo. 
No debemos ser tímidos en nuestras oraciones. A veces, con el ánimo de no caer en los extremos del carismatismo que le arrebata o reclama cosas a Dios como si él estuviera obligado a seguir nuestras órdenes, oramos con mucha duda, y si bien es cierto que la muerte puede ser una forma de liberación para un enfermo, no cabe duda que Dos muestra su poder trayendo sanidad como un anticipo de lo que recibiremos en la eternidad. 
Debemos orar con esa tensión en nuestra mente: creo de todo corazón que el Señor puede sanar a esta persona, pero creo también que Él es soberano para hacer su voluntad. 
Dios sigue usando su poder para sanar al enfermo como una muestra de su poder y de su cuidado por los suyos. 
Pero puede que la enfermedad haya venido por algún pecado o que la persona esté tal vez pensando que todo es la consecuencia de algún pecado; es importante, por medio de otros creyentes, mostrar que en Cristo todas nuestras culpas han sido pagadas y que Él nos libra de toda condenación. 
Una persona enferma puede caer en esta idea de que está pagando algún mal por su pecado y agravar su aflicción, y de nuevo, aunque Dios disciplina muchas veces, siempre debemos tener presente que el Señor es misericordioso y que él nos perdona si hay arrepentimiento. 
Creer que Dios se toma venganza de los pecadores por medio de la enfermedad es presentar un cuadro muy desdibujado de su naturaleza  misericordiosa y compasiva. 
Si hoy te encuentras aquí sin tener la certeza de que Jesús es tu Señor y Salvador, tal vez luchando con tristeza, o incluso disfrutando de alegrías pasajeras, quiero decirte que la Biblia muestra a un Dios que no es indiferente a tu condición. Él ve tus lágrimas y tus sonrisas. El mismo Jesucristo se encarnó y experimentó dolor, rechazo y hasta la muerte, demostrando que está dispuesto a recorrer el camino de tus sufrimientos contigo. Pero también Él resucitó victorioso, mostrándonos que su poder va más allá de cualquier circunstancia humana.
Tu primer paso, entonces, no es tener todo bajo control o sentir que “ya estás bien”, sino reconocer que necesitas la salvación y la vida que solamente Jesús puede darte. Él murió para perdonar tus pecados y resucitó para darte esperanza real. No importa tu pasado, tu aflicción ni lo que creas que te hace indigno; Dios te invita hoy a acercarte a Él con fe. Permite que su perdón te libere de la culpa y que su amor llene tu corazón tanto en los momentos oscuros como en los de gozo.
En Santiago 5:13–15 hemos visto tres realidades que todos enfrentamos en diferentes etapas de la vida:
 La Biblia nos invita a orar cuando nuestro corazón está cargado de angustia y dolor.
Cuando experimentamos gozo, debemos alabar a Dios y reconocer que Él es la fuente de toda bendición.
Dios no es ajeno a nuestras necesidades físicas; de hecho, nos ordena buscar ayuda y oración en la comunidad de fe, recordándonos que Él puede sanar y perdonar.
Cada una de estas situaciones revela que nuestra vida entera está en manos de un Dios que cuida de su pueblo, que se interesa por el estado de nuestra alma y de nuestro cuerpo, y que nos ha dado una familia de fe para apoyarnos en todo momento.
Así que, mis queridos hermanos y amigos, no olvidemos esta verdad fundamental:
A Dios sí le importa cómo nos sentimos.
Él nos invita a acercarnos a su trono de gracia con confianza, ya sea en el valle más oscuro de la aflicción, en los días radiantes de alegría o incluso en medio del dolor físico, para que, al final, su nombre sea exaltado y nuestras vidas sean transformadas por su misericordia y su poder.
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