Eclesiastés 6

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Eclesiastés 2.18-26

2:18 al hombre que vendrá después de mí. El Predicador enfatiza que las riquezas y el éxito proporcionan beneficios sólo en esta vida. Los beneficios terminan con la muerte cuando el dueño pierde el control de sus posesiones (vers. 21; cp.

Eclesiastés, Cantar de los Cantares El trabajo es vanidad (2:17–26)

El rey Salomón utiliza nueve veces en esta corta sección los términos “vanidad” y “debajo del sol”. El rey hace énfasis de nuevo en que sin Dios todos los esfuerzos humanos son vanidad.

Y eso sólo puede llevar a la desesperación. Los logros de Salomón le dieron algo de felicidad (2:10), pero cuando reflexionó sobre ellos, se perturbó y se desanimó.

Como si estuviera obsesionado con ese pensamiento, el Predicador repite el hecho de que la riqueza de un hombre industrioso muchas veces cae en las manos de un inútil. ¿Qué es lo que hace de esto un “gran mal”? Esta es una de esas cosas que hacen la vida tan injusta, una persona no sólo lucha durante toda la vida, sino que baja a la tumba sin ninguna garantía de que lo que deja detrás, será apreciado o utilizado sabiamente. La pregunta que hace Salomón, “¿qué obtiene el hombre de todo su trabajo, y de la fatiga de su corazón?”, concuerda exactamente con estos pensamientos.

Para completar el cuadro, Salomón describe los cotidianos esfuerzos del trabajador durante el día y su desasosiego en la noche. Lo que describe en el versículo 23 no es una exageración, ni una visión excesivamente pesimista del trabajo, sino la vida como verdaderamente se vive. Aunque escrito hace siglos por un rey judío, pudiera haber sido escrito ayer por un hombre de negocios del siglo 21.

Proverbios y Eclesiastés La evaluación (2:12–26)

Los versículos 18–23 se ocupan de un mal menor, pero con capacidad para agostar el espíritu: la frustrante incertidumbre del resultado de cualquier posible tarea o empresa que acometamos una vez que quedan ya fuera de nuestro control, tal como inevitablemente viene a suceder. Partiendo de unos principios propios, el hombre de mundo no podría ahí objetar nada, siempre y cuando lo acometido prospere y perdure mientras él viva; pero lo cierto es que esa inapelable falta de permanencia sí que es algo que le frustra y condiciona, porque comparte con el resto de la humanidad un anhelo innato por lo permanente. Cuanto mayor haya sido el empeño puesto en su trabajo (y los versículos 22s revelan lo obsesiva que esa carga puede llegar a ser), mayor amargura suscitará la idea de que los frutos de sus esfuerzos vayan a acabar en manos de otros –y, casi con toda probabilidad, en unas manos indebidas. Otro duro golpe, pues, contra nuestros anhelos y esperanzas, ya vislumbrado al inicio del capítulo, de hallar realización permanente en el trabajo esforzado y los grandes logros. En realidad, el propio éxito acentuará el anticlímax.

Pero por fin aparece una nota de esperanzada alegría. Pudiera ser que, en realidad, hubiéramos estado esforzándonos con excesivo ímpetu. El trabajador compulsivo de los versículos 22s, que sobrecarga sus días con trabajos y sus noches con preocupaciones, se ha estado perdiendo los gozos más sencillos que Dios nos proporciona. La auténtica disyuntiva, pues, no era entre trabajar y reposar, sino, si hubiera estado atento a ello, entre actividad con un sentido y activismo irrelevante. Tal como plantea el versículo 14, el trabajo que le estaba tiranizando es en potencia un gozoso don de Dios (tal como lo es asimismo el propio gozo, 25), si hubiera sido capaz de verlo así y aceptarlo.

He ahí, pues, la otra cara de esa ‘tarea dolorosa dada por Dios a los hijos de los hombres’ (1:13), puesto que, en sí mismas, y usadas de forma adecuada, las cosas básicas de la vida son agradables y buenas. La comida, la bebida, y el trabajo son ejemplos de ello, y Qohelet aún tiene algunos más. Lo que viene a estropearlas es nuestro deseo de sacar de ello más de lo que pueden dar, actitud en la que nos diferenciamos de las bestias y causa principal del tema que ocupa el presente libro.

Así, al menos por un momento, se ha alzado el velo en el versículo 26, para mostrarnos algo muy distinto a lo meramente fútil. No cabe duda de que el escrito va a terminar con una nota fuertemente positiva, y así, mientras llega el feliz momento, se nos va anticipando en esas visiones que sí hay una respuesta y que no cabe imputarle al autor un espíritu derrotista. Si no vacila en abocarnos a la desilusión, es porque quiere enfrentarnos a toda costa a la realidad.

Esa afirmación suya en este versículo final podría leerse con descuido y ver ahí una válvula de escape para los favorecidos de Dios, librándolos de los riesgos del mundo material que hemos ido enumerando. La versión en lengua inglesa TDE se extralimita en su deseo de evitar esa impresión al eliminar el término ‘pecador’ (sin razón alguna que lo justifique), haciendo referencia a aquellos en los que Dios se agrada simplemente como ‘aquellos que le agradan’ o ‘que más le agradan’ en comparación con otros. Pero incluso sin esa distorsión gratuita, sería fácil perderse el contraste vital de este versículo, que es el que hay entre los dones espirituales que Dios concede (sabiduría, conocimientos, gozo), que tan sólo podrán desear o recibir aquellos que agraden a Dios, y la frustrante tarea de amasar fortunas que no pueden conservarse, y que es la suerte que les espera a quienes le rechacen. El hecho de que al final todo lo acumulado por el pecador irá a parar a manos del justo no deja de ser el remate irónico de algo que ya era, de todas maneras, vanidad y correr tras el viento, suponiendo a su vez, para el justo la suma reivindicativa, y nada más. Al igual que ocurrirá con los mansos, que vendrán a ser los que hereden la tierra, su tesoro se halla en un lugar muy distinto y es de una naturaleza completamente diferente.

a. El heredero puede despilfarrar el fruto del trabajo (2:18–21)

2:18–21. Para Salomón no solamente la vida era aborrecible; también veía todo su trabajo con desagrado. Asimismo aborrecí todo mi trabajo. Consideraba que todos los afanes que había tenido debajo del sol eran inútiles (2:20) porque las cosas que lograba, i.e., sus frutos, no habían sido permanentes. Pero a pesar de que perdurara lo que había logrado (vv. 4–6) y acumulado (vv. 7–8), no tendría control sobre él y su uso después de morir (v. 19; cf.

Los vv. 18–22 cubren en la perspectiva de la muerte el trabajo evaluado positivamente en el v. 10 y adquiere su dimensión justa. Otra vez nos encontramos con “aborrece” como equivalente a “amar menos”. ¿Qué, específicamente es “vanidad”? Que no disfrute de mi trabajo y no sepa quién disfrutará de él a mi muerte. Es una valoración negativa de la historia de la cultura si se entiende por trabajo la adquisición de la sabiduría. Ni aún de noche reposa (v. 23). Para el “dormir” en el AT ver

Vv. 18—26. Nuestros corazones son muy reacios a abandonar sus expectativas de grandes cosas de parte de la criatura, pero Salomón llegó a esto finalmente. El mundo es un valle de lágrimas aun para los que tienen mucho. Véase cuán necios son los que se hacen esclavos del mundo, que no puede permitir al hombre nada mejor que sustento para el cuerpo. Lo máximo que se puede obtener en este aspecto es permitirse un uso sobrio y grato conforme a su rango y condición. Pero debemos disfrutar lo bueno en nuestro trabajo; debemos usar las cosas que nos hagan diligentes y alegres en los negocios mundanos. Esto es dádiva de Dios. —Las riquezas son bendición o maldición para el hombre conforme tenga o no un corazón para hacer buen uso de ellas. A los que son aceptados del Señor, les da gozo y satisfacción en su conocimiento y su amor, pero al pecador le asigna esfuerzo, tristezas, vanidad y aflicción al procurar la porción del mundo que, no obstante, después va a parar a mejores manos. Que el pecador considere seriamente su final definitivo. Procurar una porción perdurable en el amor de Cristo y las bendiciones que concede, es el camino único al goce verdadero y satisfactorio aun de este mundo presente.

AHORRAR ES INÚTIL

2:18–23

¡PENSEMOS!

Según 2:18–19, ¿qué pensamiento afligía a Salomón? ¿Qué pensamiento le afligía según 2:21? Según 2:22–23, ¿qué le inquietaba? ¿Qué oración se repite al final de 2:19, 21 y 23? ¿Qué quiere decir aquí?

¿Quién no reconoce que ahorrar es una virtud? Sabemos que debemos procurar gastar menos que lo que ganamos. Así tendremos una reserva para el futuro, y para dejar a nuestros hijos. Ahora bien, ahorrar no es fácil. Primero, uno tiene que privarse de ciertas compras. Luego, tiene que proteger el ahorro. Tiene que decidir si lo guarda en el banco, o si lo invierte. Si escoge esta opción, tiene que encontrar una inversión que crezca, y siempre corre el riesgo de perder su dinero. Con todo y estas dificultades, creemos que vale la pena ahorrar.

Salomón también creía en el ahorro. En cierta ocasión escribió: “Tesoro precioso y aceite hay en la casa del sabio; mas el hombre insensato todo lo disipa” (

Versículos 17–26

Para hallar la felicidad, Salomón se dedicó primero a la vida contemplativa; luego, a la vida disoluta y, finalmente, a la vida activa. Pero en ninguna halló satisfacción verdadera y duradera (v. 17): «… debajo del sol … todo es futilidad y afán de viento».

1. Todos sus quehaceres fueron sobre cosas de este mundo, aun los que desempeñaba como rey; trabajo para la comida que perece (

A través de la Biblia día a día: Un comentario devocional (Volúmenes I–VII) 2. COMPROMISOS VANOS (ECLESIASTÉS 2:1–17; 24–26)

Pocos días antes de la muerte del gran cardenal Mazarino, un amigo le oyó pronunciar algo parecido a este triste estribillo. “Estaba paseando”, dice este amigo, “por uno de los apartamentos del palacio, cuando reconocí la aproximación del cardenal por el ruido de sus pies resbaladizos, que arrastraba uno tras otro como un hombre que sufre una enfermedad mortal. Me oculté tras el tapiz y le oí decir, mientras miraba un cuadro y un raro tesoro tras otro, “debo dejar todo esto”. A la luz de estas cosas, reflexionemos de nuevo sobre aquellas palabras de Cristo en

A través de la Biblia día a día: Un comentario devocional (Volúmenes I–VII) 2. COMPROMISOS VANOS (ECLESIASTÉS 2:1–17; 24–26)

Pocos días antes de la muerte del gran cardenal Mazarino, un amigo le oyó pronunciar algo parecido a este triste estribillo. “Estaba paseando”, dice este amigo, “por uno de los apartamentos del palacio, cuando reconocí la aproximación del cardenal por el ruido de sus pies resbaladizos, que arrastraba uno tras otro como un hombre que sufre una enfermedad mortal. Me oculté tras el tapiz y le oí decir, mientras miraba un cuadro y un raro tesoro tras otro, “debo dejar todo esto”. A la luz de estas cosas, reflexionemos de nuevo sobre aquellas palabras de Cristo en

pensamientos pesimistas llevan a Cohelet al aborrecimiento de la vida (2:17), y del trabajo de sus manos (2:18), porque éste puede llegar a poder del necio después de su muerte (2:19), lo que le lleva a la desesperación (2:20), porque lo que él ha obtenido con trabajo puede llegar a poder del que nunca hizo nada para tenerlo (2:21). En vista de lo pasajero de los bienes, frutos del dolor del trabajo, Cohelet declara que esto también es vanidad (2:22, 23).

4. La búsqueda vana de la felicidad en el beber y el comer. 2:24–26

En vista de lo inútil de los estudios, y lo pasajero del trabajo, Cohelet concluye que no hay cosa mejor para el hombre que el comer y el beber, utilizando así los frutos del trabajo. Pero aun esto cuando se hace alejado de Dios, quien da la verdadera felicidad, es vanidad.

Literatura Poética y Sapiencial (Tomo 3) 6. Vanidad de la acumulación de riquezas (2:18–23)

6. Vanidad de la acumulación de riquezas (2:18–23)

En estos seis versículos el escritor reflexiona sobre la inutilidad de los años pasados en obtener y acumular riqueza. Lo que más lo fastidia es que todo lo tendrá que dejar a otro que vendrá después de mí (18). Y ¿quién sabe si será sabio o necio? (19). Probablemente para un hombre que había reunido para sí con tanta diligencia fuera natural desconfiar de otros—aun de sus herederos.

La historia a menudo ha verificado los hechos en que se basa el pesimismo del Predicador. Pocos hijos se han mostrado tan eficientes en la conservación de fortunas como lo fueron sus padres en reunirlas— a menudo bastan “tres generaciones para volver a estar en mangas de camisa”. Pero estos hechos no tienen porqué llevar a desesperanzarse al corazón (20). Más bien debieran guiarnos en la manera de obtener, gastar y transmitir nuestro dinero.

Si uno está tan loco por el dinero que aun de noche su corazón no reposa (23), esto es vanidad. Una vida satisfactoria es más importante que una fortuna. Si no podemos pensar en un uso mejor para nuestra riqueza acumulada que dejarla para ser dilapidada por herederos irresponsables, hay motivos para el pesimismo en cuanto a nuestro trabajo. Pero el rey podría haber usado su riqueza mientras vivía— usarla para el bien de sus semejantes y para el progreso de la obra de Dios. No es sabio que alguien pase toda su vida acumulando dinero y deje totalmente a otros las decisiones en cuanto a su uso. Durante su vida el hombre ha de invertir y dar tan sabia y generosamente como ha acumulado. Cuando así lo hace, tiene algo por todo su trabajo y … la fatiga de su corazón (22). Y si tiene algo que dejar a sus herederos, que ore sobre las decisiones y luego actúe con fe en la generación siguiente, cuyo carácter ha contribuido a formar.

7. Las bendiciones del trabajo (2:24–26)

El rey llega a la conclusión de que una entrega total a la riqueza es una necedad (23). El hombre debe tener suficiente para comer y beber (24), pero también debe “gozarse cuando hace su trabajo” (24, Moffatt). Este es el buen plan de Dios para el hombre.

El versículo 25 en Reina Valera traduce correctamente el hebreo, pero la traducción no concuerda con el contexto. La mayoría de las traducciones modernas siguen la Septuaginta, por ejemplo, la Nueva Biblia Española: “Pues ¿quién come y goza sin su permiso?” Esta interpretación conecta el 24 y el 26 en una secuencia significativa. Sabemos que todo don procede de Dios (

Antiguo Testamento C. EL VALOR DE LA SABIDURÍA Y EL TRABAJO A LA LUZ DE LA MUERTE (2:12–23)

El Maestro no solo aborrecía la vida; también su trabajo, pues la muerte inevitable significaba que debía dejar su trabajo y su recompensa al hombre que viniera después de él (v. 18). ¿Por qué debería hacer el trabajo solo para que otro obtenga la ganancia? Para empeorar las cosas, su sucesor puede ser un hombre sabio o un tonto (v. 19). ¡Qué pena que incluso a un tonto se le dé la oportunidad de hacerse cargo de su trabajo, en el que se ha esforzado hábilmente! El trabajo hábil es, pues, “inútil” (hebreo: hevel; véase el estudio de la palabra, 1:2), ya que es una actividad efímera que no garantiza un sucesor sabio.

Comentario Bíblico Contemporáneo: Estudio de toda la Biblia desde América Latina Búsqueda del sentido de la vida en la ciencia, los placeres y las riquezas (1:12–2:26)

El Maestro termina aborreciendo la vida y su labor (2:17, 18). Cuando se ubica al final de su vida la ve pesada y sin sentido, y en 2:22 repite la pregunta inicial de 1:3: ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Para él la respuesta es indiscutible: todo esto sólo aumenta el cansancio. Sin embargo, esta conclusión del Maestro no debe usarse como apoyo al ocio y la desidia: de lo que nos recuerda es que si queremos satisfacción no debemos buscarla en lo material. Acusar al Maestro de fatalista es un anacronismo. El fatalismo no forma parte de la cosmovisión hebrea. Lo único que él encuentra rescatable es que al ser humano sólo le queda disfrutar de todo lo que hace porque es un don de Dios (2:24). Por eso vuelve a incluir a Dios en su discurso. La idea del 2:24 la repite más tarde; parece hacer parte de su respuesta a la pregunta directriz. Lo que Dios provee se convierte así en lo único rescatable de su búsqueda de sentido. La afirmación al final del 2:26 (al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado) no es una promesa irrefutable. Es simplemente la observación propia del autor.

Comentario Bíblico Contemporáneo: Estudio de toda la Biblia desde América Latina Búsqueda del sentido de la vida en la ciencia, los placeres y las riquezas (1:12–2:26)

El Maestro termina aborreciendo la vida y su labor (2:17, 18). Cuando se ubica al final de su vida la ve pesada y sin sentido, y en 2:22 repite la pregunta inicial de 1:3: ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Para él la respuesta es indiscutible: todo esto sólo aumenta el cansancio. Sin embargo, esta conclusión del Maestro no debe usarse como apoyo al ocio y la desidia: de lo que nos recuerda es que si queremos satisfacción no debemos buscarla en lo material. Acusar al Maestro de fatalista es un anacronismo. El fatalismo no forma parte de la cosmovisión hebrea. Lo único que él encuentra rescatable es que al ser humano sólo le queda disfrutar de todo lo que hace porque es un don de Dios (2:24). Por eso vuelve a incluir a Dios en su discurso. La idea del 2:24 la repite más tarde; parece hacer parte de su respuesta a la pregunta directriz. Lo que Dios provee se convierte así en lo único rescatable de su búsqueda de sentido. La afirmación al final del 2:26 (al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado) no es una promesa irrefutable. Es simplemente la observación propia del autor.

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