El oficio real de Cristo
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INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
Como mediador entre Dios y su pueblo, Jesucristo cumple y unifica tres oficios que están presentes pero son distintos en el Antiguo Testamento. Aquellos que tienen el oficio de profeta son aquellos por quienes el pueblo de Dios recibe el conocimiento necesario acerca de Dios. Jesucristo vino como el profeta perfecto porque es la misma palabra de Dios. Los sacerdotes son aquellos por quienes el pueblo de Dios es perdonado, justificado, y reconciliado con Dios. Jesús vino como el sacerdote perfecto porque es por su muerte en sacrificio y su vida continua que nos reconciliamos con Dios. Los reyes de Israel fueron encargados de llevar a cabo el gobierno de Dios en la tierra. Ahora, Jesús reina como rey sobre toda la creación y ejerce el reinado de Dios perfectamente como Dios.
Panorama del reino de Dios…
La Biblia comienza afirmando que Dios es el Creador de todo lo que existe (Gen. 1:1), y que todo aquello que Él creó llegó a ser bueno en gran manera. Sin embargo, de toda su creación, el ser humano fue la única criatura que tenía una característica especial que lo hacía diferente de todas las demás; fue creado a imagen de Dios, lo cual implica que debía reflejar Su carácter y Su gobierno sobre toda la creación, pues, el Señor lo colocó en el huerto del Edén para que lo labrara y lo guardara, y también lo mandó a que señorease sobre la tierra (Gen. 1:26-27).
De esta manera, el Señor le dijo al hombre que podía comer de todo árbol del huerto, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerían, porque en ese caso, morirían (Gen. 2:16-17). Esto fue así porque Dios entabló una relación de pacto con ellos para demostrar la forma en como Él se relacionaría con los seres humanos de acuerdo con el plan que se había propuesto desde antes de la fundación del mundo. No obstante, Adán y Eva desobedecieron al mandato de Dios, y cayeron del estado en que se encontraban, y pese a esto, el Señor extiende su gracia y provee una solución, donde promete redención por medio de la simiente de la mujer.
Esta promesa se extiende a lo largo de todas las Escrituras hasta llegar a su culminación en Cristo, y finalmente, la Biblia amplía con mayor detalle cómo se desarrolla de forma progresiva hasta establecer cielos nuevos y tierra nueva, pues, esto es lo que Dios decretó de antemano; establecer su reino, para morar con Su pueblo redimido, en la nueva Jerusalén.
II. El modelo del reino
El tema del reino de Dios se ve a lo largo de toda la Biblia, aunque el término solo aparece en el Nuevo Testamento. No obstante, desde Génesis se pueden ver los elementos y las características que componen un reino, de tal modo, que la Biblia comienza estableciendo la forma en como Dios originalmente diseñó su reino, y muestra desde el principio que el deseo del Señor siempre ha sido establecerlo en la tierra. Así lo expresa Vaughan Roberts en su libro: “La creación original de Dios nos muestra un modelo de su reino tal como debe ser”.[3]
Es evidente que Dios, como Creador de todo lo que existe, es el Único que tiene el poder y la autoridad de gobernar sobre su propia creación, y de ahí que la Biblia describe a Dios como Rey soberano (Sal 47:2). De manera que, en ese sentido, no hay nada en todo el universo que escape al gobierno absoluto del Señor, como dijo Greg Gilbert: “Por supuesto, es cierto que ni un centímetro cuadrado del universo, ni una sola persona, es independiente del dominio de Dios o está fuera de su autoridad. Él creó todo, reina sobre todo, y juzgará todo”.[4]
Sin embargo, cuando la Biblia habla específicamente del reino de Dios, lo hace con relación al plan de redención, el cual se desarrolla progresivamente a lo largo de las Escrituras, y establece a Cristo como el Rey eterno que gobierna sobre su pueblo. De ahí que Graeme Goldsworthy define el reino de Dios como: “El pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios”.[5]
De este modo, el jardín del Edén proporciona el modelo original del reino de Dios, y es esencial para poder comprender su naturaleza, e incluso el resto de las Escrituras, ya que se puede ver una y otra vez este patrón en la medida en que la revelación de Dios va avanzando en la narrativa bíblica. De acuerdo con la definición anterior se pueden apreciar estos elementos del reino allí en el huerto, ya que se encuentran Adán y Eva como pueblo de Dios, el jardín como el lugar de Dios, siendo gobernados por Dios mismo a través de Su Palabra.
De hecho, Goldsworthy afirma que: “Así como fue en la creación, así también será en el proceso de redención que llevará a la nueva creación”.[6]Así que, habiendo visto el modelo del reino en el huerto, ahora se observará con mayor detalle su desarrollo en la Escritura, comenzando con el reino primitivo, que abarca los primeros once capítulos del libro de Génesis.
III. El reino primitivo
Es importante reconocer que sería imposible hablar del reino de Dios sin hablar de los pactos, ya que Dios ha decidido administrar y gobernar Su reino a través de éstos, de manera que cada etapa se fundamenta en un pacto. De este modo, aunque el énfasis de este ensayo no se encuentra en los pactos, es necesario proveer una definición básica para una mejor comprensión del tema en cuestión. El diccionario general de la lengua española define la palabra pacto como: “Acuerdo entre dos o más personas que obliga a ambas a cumplir una serie de condiciones”.[7]
Sin embargo, los pactos que Dios ha hecho con el hombre en la historia Bíblica siempre han sido por iniciativa divina, para el bienestar y la bendición de los seres humanos, y a través de los cuales Él ha establecido los términos y condiciones que deben regir en su reino. Renihan lo definió así:
Un pacto es un compromiso divinamente sancionado que define la relación entre Dios y otra parte. Además, un pacto funciona como la base legal ordenada por Dios sobre la cual se funda un reino, y por la cual se gobierna un reino.[8]
Así, al analizar los primeros once capítulos de Génesis, se puede ver esta primera etapa del reino siendo gobernado por el pacto de obras (con Adán) y el pacto Noémico. En el primero, Dios pactó con Adán, y éste, siendo cabeza federal de la raza humana, debía cumplir con la obediencia al mandato divino para vivir bajo la bendición de Dios en el huerto, y multiplicar la imagen de Dios sobre la tierra.
Esto también debía reflejar el gobierno de Dios, pues, finalmente, Adán fue puesto por Dios como rey sobre Edén para gobernar. Sin embargo, este rey no cumplió con las demandas del pacto y trajo con su desobediencia la maldición de la tierra, a tal punto, que más adelante Génesis va a decir que la maldad de los hombres era en extremo y Dios decide destruir el mundo por medio del agua (Gén. 6-9). No obstante, Noé como tipo de Cristo, halló gracia ante los ojos del Señor, de modo que Dios preservó su vida y la de su familia para cumplir con su promesa Mesiánica.
De ahí que en el pacto que Dios hace con Noé, establece la manera cómo se debe vivir en el reino que fue maldito por la desobediencia de Adán. La situación es la siguiente; cuando el hombre peca contra Dios, Él maldice la tierra, pero también promete un Salvador que vendría en el futuro para restaurar el reino que Adán destruyó. Por lo tanto, en el pacto de Dios con Noé, el Señor preserva la simiente de la única esperanza posible para la futura restauración de Su reino. Así lo expresa Renihan: “El Pacto de Obras condena y maldice a la humanidad, pero el Pacto Noémico la preserva por causa del cumplimiento de las promesas de Dios”.[9]Esto da paso para la próxima etapa del reino de Dios, el cual ahora pasaría a estar en una nación; la nación de Israel.
IV. El reino nacional
Esta etapa del reino de Dios abarca casi todo el Antiguo Testamento, a partir de Génesis 12 hasta Malaquías 4, se extiende y es gobernado por tres pactos, por lo tanto, tiene tres representantes federales, aunque en la época de la monarquía, cada rey asumía esta responsabilidad. Por otro lado, durante esta etapa se pueden ver algunos elementos interesantes que van preparando el terreno para el futuro reino de Cristo.
Comenzando con Abraham, Dios le promete un pueblo y una tierra (Gén. 15:5), lo cual se cumple parcialmente cuando su descendencia comienza a multiplicarse en Egipto. Sin embargo, allí todavía no habían llegado a la tierra prometida, sino que, por el contrario, son esclavizados en Egipto durante cuatrocientos años. Es ahí donde Dios llama a Moisés para liberar al pueblo y guiarlo hacia el lugar de Dios para que vivieran bajo Su gobierno y bendición, a través del cumplimiento del pacto que establece con ellos en el monte Sinaí donde les entrega Su ley.
A lo largo de todo el desarrollo de esta etapa del reino, Dios iba añadiendo promesas de bendición, las cuales se irían cumpliendo parcialmente en la historia del pueblo de Israel, pues, la Escritura muestra que después de ser liberados de Egipto y plantarse en la tierra prometida, finalmente, después de la época de los jueces, llega el período de la monarquía donde David y Salomón traen paz y prosperidad al pueblo y en cierto sentido ejercen su gobierno correctamente, de tal manera que, en este punto de la historia, las promesas del reino de Dios parecían estarse cumpliendo.
Sin embargo, en el desarrollo de esta etapa se evidencia nuevamente la necesidad de Uno que cumpliera con las obligaciones del pacto y que gobernara con justicia, y ese solo podría ser Cristo. De ahí que Renihan también dijo: “Al final, todos estos terminan en un solo reino de Dios bajo un solo rey: Jesucristo”.[10]Así, el resto del Antiguo Testamento continúa profetizando la venida de este Rey eterno.
V. El reino espiritual
De esta manera, el Nuevo Testamento comienza con la predicación de Juan el bautista diciendo que el reino de los cielos se ha acercado (Mat 3:2), anunciando una nueva etapa del reino de Dios, pues, en las anteriores todos los reyes fracasaron, pero ahora ha llegado Aquel a quien apuntaban todas las promesas del reino. Así lo expresa Nick Roark: “Pero donde Adán, Abraham, Moisés, David, Salomón e Israel fallaron, Jesús venció confiando en la buena Palabra de Dios […] El Gobierno y el Reino de Dios son mostrados poderosamente a lo largo del ministerio terrenal de Jesús”.[11]
Sin embargo, con la primera venida de Cristo, esta nueva etapa sería espiritual y el pueblo de Dios sería lo que el Nuevo Testamento llama la iglesia, que está conformada por judíos y gentiles, de modo que ya no se encuentra en un territorio específico, sino que ahora el reino de Dios se encuentra en cada creyente donde mora el Espíritu Santo. Esto será así hasta la segunda venida, donde el reino de Dios llegará a su última etapa, el reino eterno; allí el pueblo de Dios morará en cielos y tierra nuevos, bajo el gobierno del Rey eterno.
VI. El reino eterno
En último lugar, la Biblia termina con una visión que Dios le da a Juan en el libro de Apocalipsis, en la cual puede ver la culminación del reino de Dios. En otras palabras, como se ha demostrado en este ensayo; las Escrituras terminan con el establecimiento del reino de Dios, evidenciándolo como meta del plan de redención, ya que, la salvación efectuada por Cristo tenía el propósito de reconciliar al hombre caído con Dios y asegurarle la entrada a Su reino, para vivir con Su pueblo, en Su lugar, bajo el gobierno de Su Rey (Apocalipsis 21-22).
La realeza espiritual de Cristo
La realeza espiritual de Cristo
Es el gobierno mediador tal como está establecido en los corazones y en las vidas de los creyentes.
Es una realeza espiritual, porque se relaciona con un reino espiritual.
Está fundada en la obra de redención.
Es un reino tanto presente como futuro.
La realeza universal de Cristo
La realeza universal de Cristo
El dominio del Dios-hombre, Jesucristo, sobre el universo, su administración providencial y judicial de todas las cosas en interés de la iglesia.
Como Rey del universo gobierna de tal manera el destino de todos los hombres y naciones para promover el crecimiento, la purificación y la perfección final del pueblo que ha comprado con su sangre.
Protege a los suyos contra los peligros que están expuestos en este mundo.
