Lucas 3:1-14 - Frutos Dignos de Arrepentimiento: La Evidencia de la Verdadera Fe

Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 35 views
Notes
Transcript
Introducción:
La última vez que visitamos Cali nos llenó de tristeza. El impacto del estallido social del 2021 aún era visible. Las calles estaban deterioradas, las estaciones del transporte público destruidas, los edificios llenos de grafitis de protesta. Se respiraba un ambiente de desolación, como si la ciudad aún estuviera marcada por el caos de aquellos días.
Pero cuando regresamos recientemente, algo había cambiado. Cali había sido elegida como sede de la COP16, un evento internacional que traería visitantes de todo el mundo. La ciudad entendió que no podía recibir a sus invitados en ese estado y se puso manos a la obra. Se levantaron escombros, se restauraron avenidas, se repararon estaciones, se embellecieron plazas y parques. La transformación era evidente.
Algo similar ocurrió cuando Dios decidió enviar al Mesías. Israel no estaba preparada, no políticamente ni religiosamente. Su sistema político estaba corrompido, su liderazgo religioso era hipócrita y su pueblo confiaba en una seguridad falsa basada en tradiciones y rituales.
Dios no envió a un reformador político ni a un líder religioso desde el templo de Jerusalén. Envió a un profeta en el desierto.
Juan el Bautista no vino a reconstruir estructuras, sino a preparar corazones. Y su mensaje sigue siendo tan urgente hoy como lo fue en aquel tiempo.
Si Cristo viniera hoy, ¿encontraría en nosotros frutos dignos de arrepentimiento?
Vamos juntos a leer la palabra de Dios:
Lucas 3:1–14 NBLA
En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de la región de Iturea y Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y Juan fue por toda la región alrededor del Jordán, predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados; como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: «Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, Hagan derechas Sus sendas. ”Todo valle será rellenado, Y todo monte y collado rebajado; Lo torcido se hara recto, Y las sendas ásperas se volverán caminos llanos; Y toda carne verá la salvación de Dios”». Por eso, Juan decía a las multitudes que acudían para que él las bautizara: «¡Camada de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que vendrá? »Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento; y no comiencen a decirse a ustedes mismos: “Tenemos a Abraham por padre”, porque les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras. »El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego». Y las multitudes le preguntaban: «¿Qué, pues, haremos?» Juan les respondía: «El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo» Vinieron también unos recaudadores de impuestos para ser bautizados, y le dijeron: «Maestro, ¿qué haremos?» «No exijan más de lo que se les ha ordenado», les respondió Juan. También algunos soldados le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué haremos?». «A nadie quiten dinero por la fuerza», les dijo, «ni a nadie acusen falsamente, y conténtense con su salario»
El llamado de Juan sigue siendo relevante hoy. Dios no busca religión sin transformación. No quiere corazones endurecidos que confían en su historia, sino vidas que reflejen arrepentimiento genuino.
En nuestro pasaje veremos tres evidencias del verdadero arrepentimiento. Juan el Bautista nos muestra lo que realmente significa preparar el camino del Señor.

1. Un arrepentimiento que prepara el camino para Cristo (Lucas 3:1-6)

Lucas introduce el ministerio de Juan el Bautista no con una descripción de su carácter ni con un resumen de su mensaje, sino ubicándolo dentro del contexto político y religioso de su tiempo:
Lucas 3:1–2 NBLA
En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de la región de Iturea y Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Para muchos, este listado de nombres podría parecer innecesario, pero Lucas, con la precisión de un historiador, lo incluye con un propósito. No solo está fechando los eventos, sino mostrándonos la clase de mundo en el que Dios decidió hablar nuevamente después de 400 años de silencio profético.
Israel estaba espiritualmente devastado. Aunque aún conservaban su identidad religiosa, estaban bajo el dominio de Roma, sometidos a un gobierno corrupto y a un liderazgo religioso hipócrita.
Tiberio César era un emperador despiadado y corrupto. Gobernaba con paranoia y desconfianza, consolidando su poder a través del miedo.
Poncio Pilato, gobernador de Judea, despreciaba a los judíos y no dudaba en usar la violencia para reprimir cualquier tipo de levantamiento.
Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, era un gobernante inmoral e inestable. Su vida estuvo marcada por el adulterio y la persecución de los profetas. Fue él quien mandó a decapitar a Juan el Bautista.
Felipe y Lisanias eran gobernantes menores, parte del sistema que mantenía el control sobre el pueblo para Roma.
Anás y Caifás representaban la corrupción del liderazgo religioso. Aunque Caifás era el sumo sacerdote oficial, Anás, su suegro, seguía ejerciendo el poder en la sombra. Había convertido el templo en un negocio personal, al punto que el patio del templo era conocido como los “bazares de Anás”. El Talmud y otras fuentes sugieren que la familia de Anás controlaba el comercio en el templo, particularmente el cambio de dinero y la venta de animales para los sacrificios.
El liderazgo de Israel estaba dividido entre la tiranía política y la corrupción religiosa. Israel no estaba preparado espiritualmente para la llegada del Mesías. Su crisis no era política, sino moral y espiritual.
En medio de esta crisis, Dios no habló en Roma, ni en Jerusalén, ni en el palacio de Herodes, ni en el templo. Dios habló en el desierto.
Lucas 3:2 NBLA
durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Dios no escogió a un sumo sacerdote, ni a un rabino, ni a un líder del Sanedrín. Escogió a un hombre que no pertenecía al sistema, un profeta en el desierto.
El desierto en la Biblia, es un lugar de prueba, formación y preparación para el cumplimiento de los propósitos de Dios:
Moisés pasó 40 años en el desierto antes de guiar a Israel fuera de Egipto.
Israel vagó 40 años en el desierto antes de entrar en la Tierra Prometida.
Elías huyó al desierto antes de su encuentro con Dios en el monte Horeb.
Jesús será llevado al desierto para ser tentado antes de comenzar su ministerio público.
El mensaje es claro: Dios llama a su pueblo al arrepentimiento en el desierto, no en la comodidad de su religión vacía.
Lucas conecta el ministerio de Juan con la profecía:
Isaías 40:3–5 NBLA
Una voz clama: «Preparen en el desierto camino al Señor; Allanen en la soledad calzada para nuestro Dios. »Todo valle sea elevado, Y bajado todo monte y collado; Vuélvase llano el terreno escabroso, Y lo abrupto, ancho valle. »Entonces será revelada la gloria del Señor, Y toda carne a una la verá, Pues la boca del Señor ha hablado».
Isaías escribió estas palabras más de 700 años antes, cuando Israel enfrentaba la inminente destrucción y el exilio en Babilonia. Dios estaba anunciando que, después del juicio, vendría la restauración.
Isaías 40:1–2 NBLA
«Consuelen, consuelen a Mi pueblo», dice su Dios. «Hablen al corazón de Jerusalén Y díganle a voces que su lucha ha terminado, Que su iniquidad ha sido quitada, Que ha recibido de la mano del Señor El doble por todos sus pecados».
Isaías usa la imagen de un camino preparado para la llegada de un rey. En la antigüedad, cuando un monarca visitaba una región, se enviaban mensajeros para asegurarse de que los caminos estuvieran despejados, nivelados y listos para su paso. Pero aquí la preparación no es geográfica, sino espiritual.
Todo valle será rellenado → Dios exaltará a los humildes y quebrantados.
Todo monte y collado será rebajado → Dios humillará a los soberbios y autosuficientes.
Los caminos torcidos serán enderezados → Dios corregirá la injusticia y la corrupción.
Los caminos ásperos serán allanados → Dios hará su salvación accesible a todos.
Israel necesitaba más que un libertador político. Necesitaban un Salvador que transformara sus corazones.
Lucas 3:3 NBLA
Y Juan fue por toda la región alrededor del Jordán, predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados;
Aquí encontramos el centro del mensaje de Juan: arrepentimiento.
El bautismo de Juan no era una práctica habitual en el judaísmo. Aunque los judíos practicaban lavamientos rituales, el bautismo solo se realizaba para los gentiles conversos.
Cuando un no judío quería convertirse al judaísmo, debía:
Ser circuncidado (en el caso de los varones).
Aceptar la Ley de Moisés como su norma de vida.
Bautizarse en agua como señal de purificación y entrada en el pueblo de Dios.
Pero Juan estaba bautizando a judíos, lo cual era un golpe directo a su orgullo religioso.
Les estaba diciendo que su identidad nacional no los salvaba.
Que ser descendientes de Abraham no los hacía justos.
Que necesitaban arrepentirse como si fueran paganos.
Esto fue escandaloso. El pueblo de Israel esperaba la venida del Mesías para restaurar su reino, pero no estaban preparados para que su primer mensaje fuera un llamado al arrepentimiento.
El bautismo de Juan en el Jordán no era un ritual vacío. En la historia de Israel, el Jordán fue un punto de transición. Josué y el pueblo cruzaron el Jordán para entrar en la Tierra Prometida, dejando atrás el desierto. Ahora, Juan llama a Israel a pasar por las aguas nuevamente, no para entrar a Canaán, sino para prepararse para la llegada del verdadero Josué: Jesús, el Salvador que abriría el camino al Reino de Dios.
Amados hermanos:
El mensaje del bautismo de Juan sigue vigente. Dios no busca religión externa, sino corazones transformados.
Nos confronta con la falsa seguridad religiosa.
No basta con nacer en un hogar cristiano.
No basta con asistir a la iglesia cada domingo.
No basta con conocer la Biblia.
Nos llama a un arrepentimiento real.
No se trata solo de cambiar hábitos, sino de rendir nuestro corazón a Dios.
No es solo decir “lo siento”, sino demostrar frutos dignos de arrepentimiento.
Nos recuerda que la salvación es por gracia, no por linaje o méritos humanos
No es suficiente nuestra identidad cultural o denominacional.
Solo aquellos que han sido regenerados por el Espíritu verán el Reino de Dios.
Juan vino a preparar el camino para Cristo. Hoy, Dios nos llama a preparar nuestros corazones para la segunda venida del Rey.
“Arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado.” (Mateo 3:2).
Si Cristo viniera hoy, ¿vería en nosotros frutos dignos de arrepentimiento?
Ahora veamos la segunda evidencia del arrepentimiento genuino.

2. Un arrepentimiento que rechaza la falsa seguridad religiosa (Lucas 3:7-9)

Después de proclamar la llegada del Reino de Dios, Juan no suaviza su mensaje. No busca ser políticamente correcto ni ganar la simpatía de la multitud. Al contrario, los confronta con una reprensión directa y severa.
Lucas 3:7 NBLA
Por eso, Juan decía a las multitudes que acudían para que él las bautizara: «¡Camada de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que vendrá?
Juan expone la hipocresía de la multitud. No los llama hijos de Abraham, ni pueblo de Dios, sino camada de víboras. ¿Por qué esta acusación tan fuerte? En la Escritura, la serpiente simboliza el engaño y la rebelión contra Dios:
En Génesis 3, la serpiente engañó a Eva y trajo el pecado al mundo.
En Salmos 58:3-4, se compara a los impíos con víboras que son sordas a la corrección.
En Mateo 23:33, Jesús usa el mismo lenguaje contra los fariseos: ”¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?”
Llamarlos víboras revela su naturaleza caída, su engaño y su resistencia a la verdad. Son como serpientes que huyen de un incendio, pero la pregunta es: ¿hacia dónde están escapando?
En la Ley de Moisés, había dos chivos en el Día de la Expiación: uno era sacrificado y su sangre entraba al Lugar Santísimo, trayendo expiación y reconciliación con Dios. Pero el otro, el chivo expiatorio, era enviado al desierto, llevando simbólicamente los pecados del pueblo lejos de la presencia de Dios. ¿Dónde huimos nosotros cuando nos confronta nuestro pecado?
¿Hacia Cristo, el Cordero que quita el pecado del mundo? ¿O al desierto, alejándonos más de Dios, justificando nuestra religiosidad vacía?
Esta es la diferencia entre un arrepentimiento falso y uno genuino. El verdadero arrepentimiento no solo nos aleja del pecado, sino que nos acerca a Dios por medio de Cristo. Sin comunión con Dios, no hay fruto, solo sequedad espiritual y muerte.
Por eso, Juan los confronta con esta advertencia:
Lucas 3:8 NBLA
»Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento; y no comiencen a decirse a ustedes mismos: “Tenemos a Abraham por padre”, porque les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras.
Los judíos confiaban en su linaje. Creían que su descendencia de Abraham les aseguraba el favor de Dios. Pero Juan destruye esa seguridad falsa. No es el linaje lo que salva, sino la fe.
Jesús dice en Juan 8:39-44
Juan 8:39–44 NBLA
Ellos le contestaron: «Abraham es nuestro padre». Jesús les dijo*: «Si son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham. »Pero ahora me quieren matar, a Mí que les he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham. »Ustedes hacen las obras de su padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no nacimos de fornicación; tenemos un Padre, es decir, Dios». Jesús les dijo: «Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque Yo salí de Dios y vine de El, pues no he venido por Mi propia iniciativa, sino que Él me envió. »¿Por qué no entienden lo que digo? Porque no pueden oír Mi palabra. »Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre. Él fue un asesino desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira.
Y Pablo explica en Romanos 9:6-8
Romanos 9:6–8 NBLA
Pero no es que la palabra de Dios haya fallado. Porque no todos los descendientes de Israel son Israel; ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham, sino que «por Isaac será llamada tu descendencia». Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes.
La pertenencia al pueblo de Dios no se basa en la sangre, sino en la fe en Cristo. Y es en cristo que podemos dar fruto.
Si no hay fruto, no hay vida
Lucas 3:9 NBLA
»El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego».
El juicio no es una amenaza lejana. El hacha ya está lista. Dios no busca árboles frondosos sin fruto. Un árbol sin fruto es evidencia de que está muerto, sin conexión con Dios.
Pero hay esperanza:
En Isaías 61:3, Dios promete que su pueblo será “árboles de justicia, plantío del Señor para gloria suya.”
Jesús dice en Juan 15:5: “El que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
Si estamos en Cristo, daremos fruto. Si no hay fruto, significa que seguimos separados de Dios.
Aplicación: ¿Dónde estamos buscando seguridad?
Si confiamos en nuestra religión externa, pero no estamos en Cristo, estamos estériles. Si estamos en Cristo, nuestra vida dará frutos de justicia.
Dios nos está llamando a examinar nuestra fe.
Si Cristo viniera hoy, ¿vería en nosotros frutos dignos de arrepentimiento?
Ahora veamos la tercera evidencia del arrepentimiento genuino.

3. Un arrepentimiento que produce frutos visibles de justicia (Lucas 3:10-14)

Después de la dura advertencia de Juan el Bautista sobre la falsa seguridad religiosa y el juicio venidero, la multitud reacciona con una pregunta crucial:
Lucas 3:10 NBLA
Y las multitudes le preguntaban: «¿Qué, pues, haremos?»
Este es un momento clave en el pasaje. La gente no se queda en la teoría ni en la emoción del momento. El arrepentimiento genuino no se queda en la intención, sino que busca acción.
Juan no responde con ritos religiosos o sacrificios. No les dice que repitan una oración ni que cumplan con normas externas. Su respuesta es práctica, concreta y dirigida a la vida diaria.
1. El Fruto del Arrepentimiento: Un Corazón Generoso
Lucas 3:11 NBLA
Juan les respondía: «El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo»
La primera evidencia de un corazón arrepentido es la generosidad.
El pecado nos hace egoístas, nos inclina a vivir para nosotros mismos. Pero cuando el arrepentimiento es genuino, rompe el dominio del egoísmo y nos transforma en personas que reflejan el carácter generoso de Dios.
Jesús enseñó lo mismo en Mateo 25:35-40: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis (…). De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”
Un arrepentimiento real cambia nuestra relación con las posesiones.
No basta con decir “estoy arrepentido”, si nuestra vida sigue centrada en nuestro bienestar sin preocuparnos por los demás.
No basta con orar y leer la Biblia, si cerramos nuestro corazón a las necesidades del prójimo.
El arrepentimiento verdadero nos hace parecernos a Dios, quien da sin medida.
Si alguien dice estar en Cristo pero su vida es caracterizada por la avaricia y el egoísmo, ¿dónde está el fruto del arrepentimiento?
2. El Fruto del Arrepentimiento: Justicia e Integridad
Lucas 3:12–13 NBLA
Vinieron también unos recaudadores de impuestos para ser bautizados, y le dijeron: «Maestro, ¿qué haremos?» «No exijan más de lo que se les ha ordenado», les respondió Juan.
Los publicanos eran considerados traidores y ladrones. Trabajaban para Roma cobrando impuestos a sus compatriotas judíos, y solían abusar del poder para enriquecerse injustamente.
Juan no les dice: “Dejen de ser recaudadores de impuestos”, sino: “Dejen de ser corruptos”.
El arrepentimiento no siempre significa cambiar de vocación, pero sí transforma la manera en que vivimos en nuestra vocación.
Pablo lo explica claramente en Efesios 4:28: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.”
El arrepentimiento no es solo evitar el mal, sino hacer el bien.
No basta con no robar, si no somos generosos.
No basta con no mentir, si no hablamos la verdad con amor.
No basta con no hacer daño, si no buscamos activamente la justicia.
El verdadero arrepentimiento nos transforma en personas justas e íntegras.
3. El Fruto del Arrepentimiento: Integridad y Contentamiento
Lucas 3:14 NBLA
También algunos soldados le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué haremos?». «A nadie quiten dinero por la fuerza», les dijo, «ni a nadie acusen falsamente, y conténtense con su salario»
Los soldados romanos tenían poder. Podían intimidar, extorsionar y abusar de su autoridad. El arrepentimiento verdadero se manifiesta en la manera en que tratamos a los demás, especialmente cuando tenemos poder sobre ellos.
Juan les da dos instrucciones:
No usen su poder para oprimir
El arrepentimiento nos llama a ser justos y rectos en nuestra autoridad.
Un corazón arrepentido no manipula, no oprime, no explota a otros.
Estén contentos con lo que tienen
La avaricia y la falta de contentamiento llevan a la injusticia.
Un arrepentimiento genuino nos enseña a confiar en la provisión de Dios.
Esto nos recuerda lo que Pablo dice en Filipenses 4:11: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.”
El arrepentimiento no es solo dejar de pecar, sino vivir con justicia, integridad y satisfacción en Dios.
4. El Arrepentimiento No Es Solo Sentimiento, Es Transformación
El arrepentimiento no es solo emocional. No es solo confesar pecado. Es un cambio de vida.
Jesús lo dejó claro en Juan 15:5: El que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
El fruto no es opcional. No es algo que hacemos para ser salvos, sino la evidencia de que estamos unidos a Cristo.
Un árbol sin fruto es un árbol muerto.
Un cristiano sin fruto es un cristiano falso.
No basta con evitar el mal, hay que producir el bien.
Juan fue específico en su llamado:
A los publicanos les dijo que sean justos en su trabajo.
A los soldados les dijo que sean íntegros y contentos con lo que tienen.
A todos les dijo que sean generosos.
El arrepentimiento real no es solo cambiar de dirección, sino cambiar de lealtad.
De la autosuficiencia religiosa a la dependencia en Cristo.
Esto nos recuerda la enseñanza de Jesús en Mateo 7:16-20: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.”
El fruto es la evidencia de una fe viva. Sin fruto, no hay verdadera conexión con Cristo.

Conclusión del Sermón

Hemos recorrido el mensaje de Juan el Bautista, viendo que el arrepentimiento no es un concepto abstracto ni una simple emoción momentánea. Es un llamado de Dios a una transformación radical y visible en nuestras vidas.
Nos prepara para Cristo.
Nos libra de la falsa seguridad religiosa.
Nos transforma en personas justas y generosas.
Pero la pregunta que debemos hacernos hoy no es solo si entendemos el mensaje, sino si hemos respondido a él.
Israel esperaba la llegada del Mesías, pero no estaba preparado para recibirlo.
Hoy, la iglesia espera la segunda venida de Cristo, pero ¿estamos listos?
Juan no predicó para llenar auditorios, sino para preparar corazones.
Su mensaje fue claro: Dios no busca apariencia, sino frutos. Una fe sin transformación es una fe muerta.
¿Cómo respondemos como iglesia?
Hoy no estamos aquí solo para reflexionar sobre un mensaje. Estamos aquí para responder a Dios.
En unas horas nos reuniremos para nuestra asamblea anual de miembros, hablaremos sobre planes, visión y dirección para la iglesia.
Pero antes de mirar hacia el futuro, debemos preguntarnos:
¿Podemos hablar de crecimiento si no hay frutos de arrepentimiento en nuestra vida?
¿Podemos hablar de misión si no estamos reflejando el Evangelio con nuestra manera de vivir?
¿Podemos pedir que Dios bendiga nuestros proyectos si no estamos rindiendo nuestra voluntad a Él?
Dios no bendice estructuras vacías. Dios bendice corazones rendidos.
Así como la ciudad de Cali tuvo que limpiar sus calles y restaurar sus estructuras antes de recibir a las naciones, nosotros debemos asegurarnos de que nuestros corazones están preparados antes de avanzar como iglesia.
El arrepentimiento no es solo el inicio de la vida cristiana, es el estilo de vida del creyente.
Jesús dijo: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.” (Mateo 7:21).
No podemos vivir en autoengaño. No basta con conocer la doctrina, si no hay frutos, nuestra fe es estéril.
Un Llamado Personal y Comunitario
La pregunta que Juan hizo a su generación sigue vigente hoy ¿Dónde está nuestro fruto?
Si Cristo viniera hoy, ¿vería en nosotros frutos dignos de arrepentimiento?
Si queremos ver a Dios obrando en nuestra iglesia, primero debemos rendirle nuestra vida
Si anhelamos una iglesia que impacte, debemos ser creyentes que reflejan a Cristo en todo aspecto de nuestra vida.
No podemos pedir avivamiento sin arrepentimiento.
No podemos esperar que Dios bendiga nuestra iglesia si no estamos dispuestos a someternos a su voluntad.
Así que antes de mirar al futuro, antes de pensar en nuestros planes, hagamos lo que Juan el Bautista nos llama a hacer:
Examinar nuestro corazón y responder en obediencia.
Que Dios nos conceda no solo ser oyentes de su Palabra, sino hacedores.
Oremos juntos.
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.