Lucas 3:15-20 = Solo Cristo es Digno de Nuestra Confianza
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📖 Abramos nuestras Biblias en Lucas 3:15-20.
¿Alguna vez has esperado con ansias algo solo para darte cuenta de que no era lo que realmente necesitabas?
-0La historia está llena de momentos en los que la gente ha puesto su esperanza en líderes, sistemas y promesas que al final han resultado en una gran decepción. Desde reyes poderosos hasta movimientos políticos y líderes religiosos, la humanidad ha buscado salvación en el lugar equivocado.
Esto es precisamente lo que sucedía en los días de Juan el Bautista. Durante siglos, Israel había esperado al Mesías, el gran Libertador prometido por los profetas. Después de tantas décadas de opresión—primero bajo Babilonia, luego Persia, Grecia y ahora Roma—el pueblo estaba ansioso. Habían leído las Escrituras y sabían que Dios prometió un descendiente de David que restauraría el reino.
Sin embargo, su expectativa estaba distorsionada. Esperaban a un Mesías político, pero su verdadero problema no era Roma, sino su pecado. Pero había un problema adicional: muchos comenzaron a poner su esperanza en Juan el Bautista mismo:
Como el pueblo estaba a la expectativa, y todos se preguntaban en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo,
Este versículo refleja no solo la expectativa del pueblo, sino también su inclinación a confiar en lo visible. Juan predicaba con autoridad, llamaba al arrepentimiento y tenía un ministerio impactante. Sus seguidores eran muchos y su mensaje era poderoso. Para muchos, su impacto era tan grande que comenzaron a preguntarse: ¿Será este el Mesías?
Pero Juan lo dejó en claro:
Juan les habló a todos: «Yo los bautizo con agua; pero viene Uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego.
Juan no solo rechazó la idea de que él fuera el Mesías, sino que también exaltó a Cristo como infinitamente superior. Su mensaje fue un llamado a que el pueblo no pusiera su esperanza en un líder humano, en un rito externo o en una estructura religiosa, sino en un cambio de corazón que solo Dios podía operar.
Pero, ¿por qué Lucas consideró importante registrar estas palabras para Teófilo?
En su mundo, la autoridad suprema la tenía Roma. La esperanza de muchos estaba en la pax romana, en la estabilidad que ofrecía el imperio. El emperador demandaba adoración, y aquellos que se negaban a reconocerlo como “Señor” eran perseguidos y ejecutados.
Si Teófilo era un creyente en Cristo, tenía que entender algo fundamental: la verdadera autoridad no estaba en Roma, ni en los líderes religiosos judíos, ni siquiera en grandes figuras como Juan el Bautista, sino solo en Cristo, el Rey prometido. Su mayor problema no era la persecución de los judíos ni el poder del imperio, sino el juicio del Dios Santo y su Mesías, que ya tenía el aventador en su mano y estaba limpiando su era.
Esta verdad debía reorientar la perspectiva de Teófilo y de todos los creyentes de su tiempo. Su seguridad no estaba en evitar la persecución ni en encontrar estabilidad en Roma, ni en el bautismo de Juan o la religiosidad externa, sino en estar del lado de Cristo, aquel que tiene toda autoridad y cuyo reino no es de este mundo (Juan 18:36).
Este mismo mensaje nos desafía hoy. La verdadera esperanza para los gentiles y para Israel no estaba en un cambio de gobierno, ni en un líder religioso, sino en un cambio de corazón. Y la nuestra tampoco está en sistemas políticos, ideologías o líderes humanos, ni en prácticas religiosas externas, sino en rendirnos al señorío de Cristo.
La pregunta clave para nosotros hoy es:
📌 ¿Estamos confiando en sistemas humanos y estructuras terrenales, o en Cristo, el único que tiene poder para transformar el corazón y traer salvación eterna?
Esta mañana veremos tres razones por las que solo Cristo es digno de nuestra confianza:
Porque su autoridad es incomparable (Lucas 3:16a)
Porque su bautismo es transformador (Lucas 3:16b) –
Porque su juicio es definitivo (Lucas 3:17-20)
Veamos como:
1. Su autoridad es incomparable (Lucas 3:16a)
1. Su autoridad es incomparable (Lucas 3:16a)
Como vimos, El pueblo estaba asombrado por Juan el Bautista. Pero lo primero que hace Juan es redirigir su mirada:
Juan les habló a todos: «Yo los bautizo con agua; pero viene Uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego.
Juan reconoce su lugar en la historia de la redención y exalta a Cristo como alguien infinitamente superior.
Es importante notar la humildad de Juan en este momento. Jesús mismo diría más adelante:
»Les digo que entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
Pero Juan se considera indigno de hacer la tarea más baja reservada para los esclavos: desatar la correa del calzado de Cristo. Esta tarea era considerada muy indigna para un Judio.
Esta actitud contrasta con la mentalidad de muchos líderes religiosos de la época, que buscaban honra para sí mismos y rechazaban la autoridad del verdadero Mesías.
“más poderoso” en griego es uno con autoridad y supremacía absoluta. En otras palabras, Juan no solo dice que Cristo es más fuerte, sino que tiene un poder y una autoridad que trascienden cualquier comparación.
Esto nos muestra que Juan entendía perfectamente su papel: él era solo un precursor, mientras que Cristo era el cumplimiento de todas las promesas mesiánicas. Y hermanos, Jesus si que es superior:
No solo predicó con autoridad, sino que demostró su poder de maneras que ningún otro profeta había hecho.
Cristo mostró su autoridad sobre la enfermedad cuando sanó al leproso con solo una palabra (Lucas 5:13).
Demostró su autoridad sobre la naturaleza al calmar la tormenta con su voz (Lucas 8:24).
Su autoridad sobre los demonios era innegable, ya que los expulsaba con una orden y estos reconocían que él era el Hijo de Dios (Lucas 4:36).
Su autoridad sobre la muerte quedó evidenciada cuando resucitó a Lázaro con un mandato (Juan 11:43).
Pero la mayor muestra de su autoridad fue cuando perdonó pecados, algo que solo Dios puede hacer (Lucas 5:20-21).
Lucas dirigió su relato a Teófilo para que tuviera certeza de la verdad del evangelio (Lucas 1:4). Dentro del mundo grecorromano, el poder y la autoridad se veían en términos de dominio terrenal, en la fuerza militar y en la grandeza de Roma. Pero Lucas quiere que Teófilo entienda que la verdadera autoridad no estaba en el emperador, ni en los gobernantes de Judea, ni en los líderes religiosos.
La verdadera autoridad estaba en Cristo, quien no solo predicó con poder, sino que tenía dominio absoluto sobre la creación, la enfermedad, el pecado y la muerte. Cristo no era solo un maestro o un líder religioso. Era Dios hecho hombre, con una autoridad absoluta sobre toda la creación.
Teófilo debía tomar una decisión.
¿Seguiría confiando en la aparente estabilidad del poder terrenal, en la grandeza de Roma y sus instituciones?
¿O reconocería que Cristo es el único con autoridad real, el Rey de reyes y Señor de señores?
Aplicacion:
Aplicacion:
Este es el mismo dilema que enfrentamos hoy. En un mundo donde el poder humano sigue atrayendo la confianza de las personas, la Escritura nos recuerda que solo Cristo tiene autoridad absoluta, y solo en Él encontramos seguridad eterna.
Es fácil admirar la autoridad de Cristo, pero lo difícil es someternos a ella.
Muchos estaban dispuestos a escuchar a Juan, pero cuando Jesús comenzó a exigir obediencia total, muchos lo rechazaron. Esto sigue ocurriendo hoy. Hay quienes dicen reconocer a Cristo, pero su vida demuestra que no han sometido su voluntad a su señorío. Jesús mismo confrontó esta hipocresía cuando dijo:
»¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que Yo digo?
¿Es Cristo verdaderamente nuestro Señor? Ser cristiano no es solo conocer doctrina reformada o tener una teología correcta. No es solo admirar a Cristo desde la distancia. Es rendir la vida en obediencia total a su señorío. Si Cristo tiene toda autoridad, entonces nuestra vida debe reflejar esa realidad.
¿Nuestras decisiones diarias reflejan que Él es nuestro Señor?
¿Nuestras relaciones están bajo su autoridad?
¿Nuestras prioridades están alineadas con su voluntad?
No podemos llamarle Señor si vivimos como si Él no tuviera la última palabra sobre nuestras vidas.
Cristo no es solo un Salvador que nos rescata del pecado. Es un Rey que nos gobierna. Y la única respuesta adecuada ante su autoridad es someternos a Él con gozo y reverencia.
Si Cristo tiene una autoridad incomparable, ¿cómo ejerce ese poder en nuestras vidas? No solo con palabras, sino con una obra que transforma. Y eso nos lleva a nuestro segundo punto:
2. Su bautismo es transformador (Lucas 3:16b)
2. Su bautismo es transformador (Lucas 3:16b)
Después de aclarar que él no era el Mesías y de enfatizar la incomparable dignidad y autoridad de Cristo, Juan el Bautista introduce una distinción fundamental entre su ministerio y el de Jesús:
Juan les habló a todos: «Yo los bautizo con agua; pero viene Uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego.
Juan aquí, nos enseña una verdad fundamental: los ritos externos no pueden salvar. Su bautismo en agua simbolizaba el arrepentimiento, pero no tenía poder para obrarlo en sí mismo, ya que no tenia la capacidad para cambiar el corazón de las personas.
Solo Cristo podía hacer la obra real de transformación, bautizando con el Espíritu Santo y fuego. Este contraste es clave para entender la diferencia entre los signos visibles del pacto y la realidad espiritual que representan.
El bautismo de Cristo es más que un rito externo. Es la obra interna y sobrenatural del Espíritu Santo que regenera y transforma completamente el corazón del pecador.
Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres. A todos se nos dio a beber del mismo Espíritu.
Esto muestra que el bautismo del Espíritu Santo ocurre en el momento de la conversión. No es un evento posterior ni una segunda bendición, sino el acto soberano de Dios al unirnos a Cristo en comunión vital y hacernos parte de su cuerpo.
Este bautismo del Espíritu Santo implica varios aspectos fundamentales de la salvación, fruto de esa union vital con Cristo que el Espiritu obra en nustras vidas:
La regeneración, pues Jesús declaró en Juan 3:3-6: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Es el nuevo nacimiento, el paso de muerte a vida, un cambio radical operado por Dios.
La morada del Espíritu, ya que Jesús prometió en Juan 14:16-17 que el Espíritu Santo vendría a morar en los creyentes, dándoles comunión con Dios y asegurando su salvación.
El sello de salvación, como dice Efesios 1:13-14: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” El Espíritu Santo es la garantía de nuestra herencia en Cristo.
La santificación progresiva, pues Romanos 8:13 dice: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” El bautismo del Espíritu nos lleva a un proceso continuo de transformación.
Es el bautizo con el Espíritu Santo y fuego.
«¿Pero quién podrá soportar el día de Su venida? ¿Y quién podrá mantenerse en pie cuando Él aparezca? Porque Él es como fuego de fundidor y como jabón de lavanderos. »Y Él se sentará como fundidor y purificador de plata, y purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como a oro y como a plata, y serán los que presenten ofrendas en justicia al Señor.
De manera que Cristo viene para regenerar y purificar a su pueblo por medio del Espíritu Santo.
El bautismo de Juan era externo, con agua. Representaba estas cosas, pero no podía obrarlas en el corazón. En cambio, el bautismo de Cristo, con el Espíritu Santo, si podía hacer esta obra/
Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo,
A lo largo de la historia, algunos han malinterpretado este principio y han enfatizado demasiado los sacramentos externos, como si estos, por sí mismos, garantizaran la gracia de Dios.
La Escritura es clara en Romanos 9:6: “No todos los que descienden de Israel son israelitas.” Esto nos advierte que no todos los que han sido bautizados con agua han sido regenerados.
La membresía en la iglesia visible no es garantía de salvación. La Confesión de Fe de Westminster afirma que la gracia en los sacramentos no se confiere por su propio poder ni por la intención de quien los administra, sino solamente por la obra del Espíritu y la fe del que los recibe.
No basta con haber sido bautizados en la iglesia.
No basta con participar en los sacramentos.
La verdadera pregunta es:
¿Hemos experimentado la obra transformadora del Espíritu Santo?
¿Nuestra vida da evidencia de regeneración?
¿Estamos creciendo en santidad y obediencia a Cristo? Romanos 8:16-17 nos da la respuesta: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.”
Si alguien solo ha recibido el bautismo en agua, pero no ha experimentado el bautismo del Espíritu, debe examinarse delante de Dios. Cristo no vino simplemente a ofrecer ritos externos, sino a transformar vidas por su poder. Esta es la gran diferencia entre el bautismo de Juan y el de Cristo.
Ahora pasemos a nuestro tercer punto:
3. Su juicio es definitivo (Lucas 3:17)
3. Su juicio es definitivo (Lucas 3:17)
Juan el Bautista no solo habló de la autoridad incomparable de Cristo ni de su bautismo transformador, sino también de su juicio inminente.
»El bieldo está en Su mano para limpiar completamente Su era y recoger el trigo en Su granero; pero quemará la paja en un fuego que no se apaga»
La imagen utilizada por Juan proviene de la agricultura. El agricultor usaba un aventador, una herramienta similar a una pala grande, para lanzar al aire la mezcla de trigo y paja. El viento se llevaba la paja liviana, mientras que el trigo caía nuevamente al suelo para ser recogido en el granero.
La enseñanza es clara: el Mesías hará lo mismo en su iglesia. Separará lo verdadero de lo falso, los suyos de los que no le pertenecen, el trigo de la paja.
Este juicio es una advertencia que atraviesa toda la historia de la redención. A lo largo de las Escrituras, Dios ha distinguido entre los suyos y aquellos que solo profesan pertenecer a Él externamente.
La era de la iglesia visible contiene tanto trigo como paja.
De manera que no todos los que están dentro de la comunidad de la iglesia visible pertenecen verdaderamente a Cristo. A lo largo de la historia, muchos han confiado en su mera asociación con la comunidad cristiana, en su conocimiento doctrinal o en los ritos religiosos, pero estas cosas no son garantía de salvación.
Lo que distingue al trigo de la paja no es la apariencia externa, sino el fruto. La verdadera fe en Cristo siempre se manifiesta en una vida de comunión con Cristo, de obediencia y transformación de vida.
Este principio es crucial porque muchos han depositado su confianza en señales externas de fe en lugar de en la obra de Cristo en sus corazones. No basta con haber sido bautizados, haber hecho una profesión de fe o participar en los sacramentos.
Si bien estos son medios de gracia instituidos por Dios, no poseen poder en sí mismos para salvar. El bautismo en agua no salva por sí mismo; lo que salva es el bautismo en el Espíritu Santo, el nuevo nacimiento que transforma el corazón y capacita a la persona para vivir en santidad.
El juicio de Cristo es definitivo.
Juan no solo menciona la separación, sino también el destino final de cada grupo.
El trigo será recogido en el granero, una imagen de la salvación y la seguridad eterna de los redimidos.
La paja será quemada en fuego que nunca se apagará. Esta es una clara referencia al juicio eterno. Algunos intentan suavizar la enseñanza del castigo final, pero la Escritura es clara en que habrá una separación eterna entre los redimidos y los que rechazaron a Cristo.
»Estos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna».o
»El humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos. No tienen reposo, ni de día ni de noche, los que adoran a la bestia y a su imagen, y cualquiera que reciba la marca de su nombre».
Este juicio también es personal. Cada persona será examinada por Cristo. No seremos juzgados en grupo, ni por la fe de nuestros padres, ni por nuestra membresía en una iglesia, sino por nuestra relación personal con el Salvador.
Él pagará a cada uno conforme a sus obras:
»No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. »Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?”. »Entonces les declararé: “Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad”.
Aplicando esto a nuestra vida, debemos preguntarnos:
¿Qué diría Cristo si hoy mismo tomara su aventador y nos examinara? ¿Nos encontraría como trigo, o como paja que será llevada por el viento?
¿Nuestra fe es genuina, basada en una relación real con Cristo, o es solo una profesión externa sin fruto?
¿Hemos confiado verdaderamente en Cristo, o nos apoyamos en nuestra tradición religiosa y en señales externas?
La diferencia no está en lo que decimos, sino en lo que somos y en cómo vivimos. La advertencia de Juan es seria: el juicio de Cristo no es algo que se puede posponer o ignorar. Cada día que pasa nos acerca más a ese momento en que seremos pesados en la balanza de Dios. La única manera de estar seguros es estar en Cristo. Si somos suyos, no tenemos nada que temer. Pero si nuestra confianza está en algo externo, en los sacramentos, en la iglesia, en nuestras obras, entonces estamos en peligro de ser hallados como paja.
El evangelio no solo es un llamado a confiar en Cristo para salvación, sino también un llamado a examinarnos.
Pónganse a prueba para ver si están en la fe. Examínense a sí mismos. ¿O no se reconocen a ustedes mismos de que Jesucristo está en ustedes, a menos de que en verdad no pasen la prueba?
No debemos dar por sentado que estamos en el camino correcto solo porque estamos en la iglesia. Lo que nos define como cristianos no es lo que hacemos externamente, sino lo que Cristo ha hecho en nosotros.
Juan el Bautista nos deja una advertencia y una promesa:
Para los que son trigo, el juicio de Cristo es un día de salvación, un día en el que serán guardados en su granero.
Pero para los que son paja, será un día de separación y de fuego eterno. No hay neutralidad en este juicio.
Cada uno de nosotros debe responder.
Este pasaje concluye con la respuesta de Herodes al mensaje de Juan:
Pero Herodes el tetrarca, siendo reprendido por él por causa de Herodías, mujer de su hermano, y por todas las maldades que Herodes había hecho, añadió además a todas ellas, esta: que encerró a Juan en la cárcel.
Pero Herodes el tetrarca, siendo reprendido por él por causa de Herodías, mujer de su hermano, y por todas las maldades que Herodes había hecho, añadió además a todas ellas, esta: que encerró a Juan en la cárcel.
Herodes tuvo la oportunidad de arrepentirse. Escuchó la predicación de Juan, pero endureció su corazón. En lugar de someterse a la autoridad de Dios, se aferró a su pecado y decidió silenciar la voz de la verdad. Su historia es un recordatorio solemne de que resistir la voz de Dios lleva a la destrucción. Co
Por lo cual se dice: «Si ustedes oyen hoy Su voz, No endurezcan sus corazones, como en la provocación».
Herodes pensó que su poder lo protegería, pero terminó siendo como la paja arrastrada por el viento, condenado por su rechazo a la verdad.
Cristo ejecutará un juicio perfecto. No habrá injusticias, no habrá errores, y no habrá apelaciones. Su juicio será final y definitivo. Los que han confiado en Él, los que han sido regenerados y han dado fruto, serán recogidos en su granero y estarán con Él para siempre.
Pero los que han rechazado su señorío y han endurecido su corazón serán echados fuera. No podemos ignorar esta realidad. Este mensaje nos llama a responder.
Si estamos en Cristo, debemos vivir bajo su autoridad, caminar en santidad y dar frutos dignos de arrepentimiento. Si aún no hemos venido a Él en fe, hoy es el día para hacerlo. No confiemos en nuestra religiosidad, ni en los ritos externos, ni en nuestra propia justicia. Solo Cristo puede salvarnos.
Conclusión
Conclusión
Cristo es el único en quien nuestra alma puede descansar con seguridad.
Su autoridad no es como la de los hombres, limitada y pasajera, sino absoluta y eterna.
Él no solo llama al arrepentimiento, sino que transforma vidas por medio del Espíritu Santo, dándonos un nuevo corazón y una fe viva.
Su juicio no es caprichoso, sino justo y perfecto, separando el trigo de la paja, asegurando que ninguno de los suyos se pierda.
No basta con conocer sobre Él, hay que rendirse a Él.
No es suficiente con estar cerca de la verdad, debemos abrazarla con un corazón sincero.
Hoy es el día de gracia, el día de someternos con gozo a su señorío.
No pongamos nuestra esperanza en ritos externos, en méritos propios o en pertenecer a una iglesia visible.
Cristo no vino solo a marcar nuestra piel con agua, sino a transformar nuestro ser con su Espíritu.
Que nuestra confianza no esté en lo que hacemos para Él, sino en lo que Él ha hecho por nosotros.
Porque solo en Cristo hay salvación, solo en Él hay seguridad, y solo en Él hay vida eterna.
OREMOS
