Un trato real con Dios
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Los cristianos hablamos de tratar con Dios, de tener una relación con Él. ¿Cómo es esto de relacionarnos con Dios? ¿Por qué es que tendríamos que tratar con Él, o cómo es que eso puede producirse?
Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.
Sí, Él fue el que empezó. Nosotros estábamos completamente distraídos, atendiendo nuestros asuntos, procurando nuestro propio bienestar y tratando de divertirnos en el proceso. Lo ignoramos, siendo que fuimos creados para una relación profunda con Él. Pero Él no nos quiso dejar así. Quiso obrar en nuestras vidas.
Dios nos sigue declarando su amor cada día, y quiere renovarnos al hacerlo, para guiarnos hacia buenas decisiones que nos mantengan en su camino y en comunión con Él.
Analicemos estas conocidas historias, para recibir más de la revelación de Dios para nosotros.
1. A Dios le importas
1. A Dios le importas
Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.
Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.
Cada vez que leemos la Biblia, es importante analizar el contexto de lo que leemos. Por lo general leemos algún pasaje corto, y lo que dice en los pasajes cortos está conectado con lo anterior y lo que sigue.
En este caso, los primeros dos versículos nos ayudan a entender por qué Jesús dijo lo que dijo, por qué enseñó estar historias.
Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.
¿Quiénes se acercaban a Jesús?
…todos los publicanos y pecadores para oírle…
Esto es bastante interesante. Nosotros, que vivimos muchos años después de estos eventos, sabemos que Jesús es el mayor Maestro que haya pisado este planeta, quien dijo lo que nadie dijo, hizo lo que nadie más hizo, enseñó lo que nadie podía enseñar. Sin embargo, quienes más se acercaron para escucharle no fueron los entendidos, los profundos, los espirituales, sino los descarriados, los alocados.
Los publicanos y pecadores supieron que Jesús tenía algo para decirles, que en Él iban a encontrar lo que nadie más les daba. Estas eran personas rechazadas por los buenos, por los religiosos, por los que pretendían saber de Dios. Llegaban con humildad, ávidos de escuchar, receptivos a la paz y el perdón que Jesús vino a transmitirles.
En el otro rincón se encontraban los otros:
…los fariseos y los escribas murmuraban…
Allí los tienen. Estos eran supuestamente los buenos, las buenas personas, los que se comportaban bien, los que conocían la Biblia, los temerosos de Dios. Habían caído en el error de la soberbia: se creían mejores.
En aquel entonces, y ahora, los seres humanos a veces nos comparamos unos con los otros, y ese es un error muy dañino.
¿Te das cuenta de que aquellos “maestros” despreciaron a Jesús porque a los pecadores recibe y con ellos come?
¡Cómo tenemos que ser cuidadosos para no caer en el mismo error!
Pero fue justamente su error lo que llevó a Jesús a compartir estas historias.
Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.
El Buen Pastor ha sacado a pasear a sus ovejas y las está guiando conforme a su sabiduría. En algún momento, mientras atraviesan el desierto, se detiene a considerar la manada.
Aquí hay un detalle importante. No sé si has visto a las ovejas, pero ante los ojos de la mayoría de las personas se ven todas iguales. ¿Cómo distingues una oveja de otra? Sin embargo el Buen Pastor las distingue, sabe cuál es cada una de ellas, y las llama por nombre.
Es lo que Dios nos revela en su Palabra acerca de su trato con nosotros.
En la sociedad en la que vivimos, es bastante fácil que nos transformemos en nada más que un número en la estadística. Somos “uno más entre tantos”, parte de la multitud. Así nos consideran las grande empresas que hacen las estadísticas, calculan cuántos hogares necesitan electricidad y cuánta leche y huevos nos venderán.
Pero Dios nos ve personalmente, y así nos trata.
El Buen Pastor se detiene, cuenta sus ovejas y al hacerlo nota que falta una, y sabe perfectamente cuál es. Podría hacer un gesto de incomodidad (“Ah, se perdió una oveja, hay todavía suficientes”) y seguir adelante, pero no lo hace.
…deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla.
¿Sabes quién es la que se perdió? ¡Yo! ¡Y tú! ¿Y qué hizo Dios? Dejó a las otras juntas allí donde estaban y salió a buscarme, y no dejó de hacerlo hasta que me encontró.
No solo eso, sino que no puede contener su alegría. Vuelve a casa tratando a la encontrada como especial, celebrando con ella, contando la noticia. ¡No se perdió! ¡Está aquí! ¡La encontré!
Las ovejas perdidas y encontradas son motivo de alegría para el Señor.
¿Eres tú una de ellas?
Dios te busca. Sí, muchas veces te distraes, tomas malas decisiones, te alejas, te muestras demasiado ocupado como para relacionarte con Dios y mucho más. Y todavía te parece que lo que haces “no es tan malo”. Dios podría haberte dejado allí, vagando según lo que se te da la gana, que al fin de cuentas es lo que tú has decidido hacer. Pero no lo hace: te busca hasta encontrarte, y te da la oportunidad, en Cristo Jesús, para volver a casa.
Vuelve, déjate amar, sé el motivo de la alegría de tu Señor y déjate valorar por Él, porque a Dios le importas.
Esta es una de las pocas palabras que culmina con una explicación clara de su significado, de parte del propio Maestro:
Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.
Gozo en el cielo… Sí, los noventa y nueve justos son importantes, pero el hecho de que uno de los quebrantados se levante de entre los muertos espirituales y retorne, es motivo para hacer fiesta.
Despertemos. Si tú ya eres parte del redil, presta atención. Tú eres los ojos, las manos y los pies del Buen Pastor para regresar al hogar a las perdidas. Dios permite que las ovejas que busca se crucen en tu camino, y te quiere usar a ti para dirigirles de regreso.
2. Eres valioso para Dios.
2. Eres valioso para Dios.
Cuando se insiste con una enseñanza, especialmente de parte de Dios, es algo a lo que uno tiene que prestar especial atención. Aquellos escribas y fariseos a quienes iban dirigidas estas palabras, la mayoría no llegaron a interiorizar su significado, porque tal vez consideraron que no les convenía. Pero recibamos nosotros la enseñanza con la que Dios insiste por medio de esta historia.
¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
La mujer ya tiene 10 dracmas, digamos 100 dólares. Pierde una de las monedas, uno de los billetes. “Ah, diez dólares…”. Podría haber seguido adelante sin darle importancia.
Pero no, allí está, buscando como desesperada, movilizando el mobiliario, empujando la mesa y la sillas, agachándose junto al sillón, levantando la alfombra…
…enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla.
Aquí hay dedicación. La mujer no va a prescindir de aquella moneda. Va a seguir insistiendo hasta encontrarla.
La moneda le importa, la considera valiosa. Había contado con ella y tenía propósitos para ella.
Dios quiere que sepas que para Él eres valioso.
Y digno de festejar.
Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.
No puede guardar silencio al respecto. Aquello es digno de compartirse, de hablar de ello, porque es motivo de gran alegría, y las alegrías se comparten.
Una vez más: eres valioso para Dios. Esa moneda perdida éramos tú y yo, y Dios ha insistido en salir a buscarnos, ha recorrido los rincones por donde hemos estado, y nos encontró en Cristo Jesús.
Y, una vez más, la explicación del significado de la parábola:
Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Fiesta en el cielo, gozo delante de los ángeles de Dios. Observa que el gozo no es solamente por la intervención de Dios sino por el arrepentimiento del pecador. Hay una clara decisión de parte de la persona, un reconocimiento, un momento de emprender el camino de regreso. Lo que motiva la fiesta es la persona que se arrepiente.
¿Eres tú esa persona?
No tomes el arrepentimiento como algo malo, ni como “la actitud de los perdedores”. ¡Al contrario! Los que se reconcilian con Dios son los que tienen esta actitud.
En cuanto a los escribas y fariseos que consideraban que ya estaban bien con Dios, ¿lo estaban? Entonces ya no necesitaban arrepentirse por estar en comunión con Él, si es que verdaderamente lo estaban. La Palabra nos enseña que todos necesitamos el arrepentimiento para reconciliarnos con Dios.
¿Hay algo de lo que necesites arrepentirte?
El Señor está junto a ti preguntando: “¿Hay algo de lo que tú y yo tenemos que hablar?”.
No pierdas tu oportunidad.
3. Dios te quiere junto a Él.
3. Dios te quiere junto a Él.
Una vez más, el Señor insiste. Quiere que este concepto quede muy claro, que el que pueda lo entienda claramente.
El Señor quiere que tú lo entiendas, y por eso utilizó tres historias para decir más o menos lo mismo.
También dijo: Un hombre tenía dos hijos;y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.
La mayoría de nosotros dividimos esta historia en dos partes, tal vez para entenderla mejor, pero muchos se quedan solamente con la primera parte, sin prestar atención a la segunda. Pero no cometamos nosotros el mismo error.
La primera parte de la historia:
También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
Tú ya conocías esta historia. Lo que a veces olvidas es que representa tus decisiones. Tú fuiste el hijo que quiso tener lo suyo (abandonando “lo nuestro”) para hacer las cosas a su manera.
También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
El hijo menor ya no quiso compartir. Había escuchado del amplio mundo y las muchas experiencias excitantes que había allí afuera, y que se estaba perdiendo por cuidar de las ovejas de Papá.
Observa la perspectiva egoísta, centrada en sí mismo, del hijo menor.
y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.
…me corresponde…
Tú y yo también hemos recibido “lo que nos corresponde”, y le hemos llamado “mío”: mis bienes, mi casa, mi tiempo, mi juventud, ¡mi vida!
Y, ¿qué hicimos?
No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
No tomamos una sola decisión mala: fueron muchas. La primera fue alejarnos del Padre, pero no fue la única. ¿Qué hicimos con aquello que consideramos “nuestro” (nuestro cuerpo, nuestra juventud, etc.)?
…desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Difícilmente exista una mejor descripción de lo que hacemos las personas cuando vivimos alejadas de Dios. Desperdiciamos, gastamos en lo que no nos hace bien, perdemos lo bueno.
Pero, ¿qué pasa con esos “bienes”? Pues, ¡se terminan! Y cuando se terminan, la vida se complica.
Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
Dios permite que veamos nuestro propio quebrantamiento para darnos la oportunidad de volver a Él.
La clave de esta historia está en el momento de la decisión:
Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
Esto es lo que cada persona necesita, ese momento de volver en sí, reaccionar, ese momento en que “se te enciende el bombillo” y te das cuenta de que estás pasando miseria cuando podrías estar rodeado de seguridad.
Cuando estamos separados de Dios, el hambre espiritual es tanta que se nos llega a ocurrir que cualquier cosa descompuesta podría saciar nuestro interior. Y no es así.
Primero se produce el reconocimiento: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padres tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Este es el reconocimiento al que necesitamos llegar: la vida es muy diferente en la presencia de Dios que alejados de Él. Ya no se te ocurra vivir alejado de Dios.
La clave es la decisión. “Ya no me voy a quedar aquí”. “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”.
El que verdaderamente se arrepiente de sus malos caminos, reconociéndolos, sabe que no merece lo bueno. El hijo retorna solo a pedir trabajo. Estaba dispuesto a ser tratado como un desconocido, pero con trabajo y en paz.
Lo bueno es que no se limitó a saber que debería volver, sino que lo hizo:
Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
Lo significativo aquí es la actitud del Padre.
Todavía estaba lejos, venía por el camino, pero el Padre lo vio. ¿Por qué? El Padre lo esperaba, esperaba que algún día regresara, y salía cada día al camino por donde se había ido, con la esperanza que regresara.
El Padre lo vio de lejos, vio que regresaba, y fue movido a misericordia. No fue insensible ni le dio lo mismo.
El Padre (y no el hijo) corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
¿Sabes dónde se produce este abrazo y este beso?
Sí: en la cruz del Calvario, donde el Padre corrió a encontrarse con nosotros.
Dios nos cubre con el amor que no merecemos.
A diferencia de la indiferencia que sabemos que merecemos, Dios hace fiesta en el cielo y celebra el reencuentro gastando más por nosotros.
Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
¡Gracias, Señor, por amarnos tanto! ¡Gracias por la fiesta del Espíritu que has hecho por volvernos a ti!
