Más allá del amor... Está el amor

Tiempo de Epifanía  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Introducción

En casa los niños siempre sorprenden. En una ocasión un niño se puso la ropa de trabajo de su papá; botas, casco y jacket, todos sorprendidos en casa se echaron a reír mientras el padre decía: “este es un mini-yo”. Este evento suele suceder en muchas ocasiones y en todos los hogares porque los niños son, por naturaleza, imitadores de sus padres quienes sienten un gran orgullo cuando se ven replicados en sus hijos, en otra ocasión, una madre, al recibir los comentarios del parecido de su hija, planteó con humor que su ella era el reflejo de sus mejores y sus peores momentos; sin duda, los hijos reflejan lo que somos, nuestra conducta y nuestros valores.
De la misma forma como los hijos son un reflejo nuestro, nosotros como hijos de Dios debemos ser un reflejo Suyo creciendo en la vida de la fe y en el amor. Cuando leemos el evangelio para el día de hoy pueden venir palabras claves que nos ayudarían a comprender el mensaje de Dios; amor, perdón, oración, enemigos, etc. temas que son muy importantes porque nos acercan al mensaje central del pasaje: la realidad de ser hijos de Dios o como lo expresa Lucas “hijos del Altísimo”.
Jesús continúa enseñando en el llano, ahora abre su mensaje a “todos lo que lo escuchan” para reflexionar sobre el amor como norma general que les capacita para ser hijos del Altísimo, las bienaventuranzas y los ayes han sido el mensaje introductorio a la comprensión del amor porque tienen que ver con la manera como la humanidad se mira entre sí, los discípulos de Jesús deben comprender que caminar con él consiste en aprender a amar, no obstante, el amor que Jesús va a mencionar es un amor “extravagante”.
El mensaje de hoy nos va a transitar de un amor general a un amor particular, en otras palabras, del amor universal al amor de Dios en la experiencia personal.

1. La regla de oro es el mandamiento del amor universal (Lc 6:31)

Luke 6:31 NVI
31 Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.
El discurso de Jesús envuelve varios asuntos alrededor de la convivencia, en términos generales invita a sus oyentes a verse a sí mismo en el otro, en filosofía esto es lo que se llama la “otredad” o “alteridad” y se puede ver reflejado en el versículo 31 como la conocida regla de oro. El trato se convierte en un elemento importante en la acción de amar, en otras palabras, el amor tiene que ver con los actos que tenemos ante nuestro prójimo. Tendríamos que remitirnos a 1 Corintios 13 para comprender como las acciones humanas alimentan el amor.
Ahora bien, el nivel del buen trato que se refleja en la regla de oro no es algo nuevo ni único del discurso de Jesús, por mucho tiempo hemos puesto la centralidad del mensaje de esta perícopa en ese versículo. La regla de oro sigue siendo enseñada y es de suma importancia pero no es la meta. Es el comienzo, la raíz o la base del concepto cristiano del amor.
La Rev. Marissa Galvan en las ayudas litúrgicas para el día hoy explica que cada religión o tradición filosófica tiene su propia regla de oro dejándolo ver de la siguiente manera:
Budismo: «No hieras a otros en formas que tú mismo encontrarías hirientes» (Dhammapada 10:1).
Hinduismo: «Esta es la suma del deber: no hagas a otros lo que te causaría dolor si te lo hicieran a ti» (Mahabharata 5:1517).
Islam: «Ninguno de ustedes será creyente hasta que desee para su hermano lo que desea para sí mismo» (Hadiz, Sahih Muslim 45).
Judaísmo: «Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la Torá; lo demás es comentario» (Talmud, Shabat 31a).
Confucianismo: «No impongas a otros lo que no deseas para ti» (Confucio, Analectas 15:23).
La razón por la que estás tradiciones religiosas y filosóficas se asemejan es porque el elemento básico para la convivencia está en el trato como forma de amor. La dignidad humana se pone en práctica cuando se reconoce a Dios en el otro y se le ve en igualdad de condiciones.
En este punto de la lectura, la enseñanza de Jesús está alineada con la enseñanza universal, el mundo necesita personas que actúen bien desde sus condiciones y convicciones religiosas, sociales y culturales. No se necesita ser discípulo de Jesús para ser una persona amable y que trate bien a los demás, incluso a quien no se conoce.

2. Dios es el modelo de conducta del amor (Lucas 6:27-30, 35-36)

Luke 6:27–36 NVI
27 »Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, 28 bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan. 29 Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la capa, no le impidas que se lleve también la camisa. 30 Dale a todo el que te pida y, si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. 31 Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. 32 »¿Qué mérito tienen ustedes al amar solamente a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así. 33 ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así. 34 ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato. 35 Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. 36 Sean compasivos, así como su Padre es compasivo.
Para comprender lo que Dios quiere de nosotros debemos pasar de lo general a lo particular, es decir del amor universal al amor de Dios que se refleja en nosotros, una tarea que no es fácil porque implica transitar por el sendero del amor, comprender que más allá del amor está el amor. Si nos hemos quedado en la regla de oro, en el buen trato con las personas, hoy es preciso avanzar en la reflexión y encontrar el sentido de un amor más grande, el amor de la entrega.
Al respecto, Jesús llama la atención desde el comienzo de su discurso poniéndonos de frente a las personas que son contrarias a nosotros, es decir nuestros enemigos. La lectura, en los versículos 27 al 30, sugiere que los enemigos son aquellas personas que nos odian, maldicen o maltratan, sin embargo, en los versículos 32 al 34 establece una diferencia entre los discípulos que escuchan el mensaje y los pecadores que están por fuera de la discusión, el término pecador proviene del griego jamartáno que describe a alguien que falla en el blanco, en este caso, aquellos que no siguen a Jesús, pueden ser los ricos, los saciados, los que ríen y los elogiados de los versículos 24 al 26, en ese sentido, “los pecadores” pueden ser también los enemigos en tanto que sus pretensiones son contrarias a las del Reino de Dios.
Es importante anotar que los enemigos o pecadores también construyen relaciones fraternales entre sí mismos, forman alianzas para su desarrollo, se hacen el bien entre ellos, tienen códigos morales y de conducta, la regla de oro también es aplicada entre ellos.
Jesús marca una diferencia entre los pecadores o enemigos y los discípulos llevándonos a otro escenario del amor: “35 Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. 36 Sean compasivos, así como su Padre es compasivo.” (Lucas 6:35–36).
La diferencia que marca Jesús radica en la bondad y la generosidad ¿Quienes son nuestros enemigos hoy? El ser humano necesita bajar el nivel de comprensión apropósito del ser enemigo, en un mundo en guerra se puede diluir la enemistad de nuestro microcosmos por las guerras y competencias del macrocosmos. En nuestro microcosmos los enemigos, son sin duda, las personas que nos han hecho daño, no obstante, también se constituyen enemigos aquellos a quienes vemos con desdeño o arrogancia, el joven tatuado, la familia que vive en unión libre, el niño que grita y hace escándalo en la iglesia, la persona con una limitación física que estorba con sus muletas o silla de ruedas, aquel que no viste como nosotros, en otras palabras, los extraños. Una mirada al interior de nuestro corazón nos podría dejar ver la posibilidad de que tenemos más enemigos que amigos.
El mensaje de Jesús no puede ser más claro, los hijos de Dios, los hijos del Altísimo, deben vivenciar el mismo amor del Padre; ser compasivos como el Padre es compasivo. Caminar en el amor implica hacer bien, incluso al que nos hace mal o nos cae mal, abrir el corazón para amar al otro sin importar su preferencia sexual, el color de su partido, su nacionalidad. El amor del Dios es amor en toda la dimensión de su Palabra, es el amor extravagante que nos desafía a amar a toda la humanidad. Dios mismo es el modelo a seguir.

3. El corazón lleno de amor como prueba de nuestra liberación (Lc 6:37-38).

Luke 6:37–38 NVI
37 »No juzguen y no se les juzgará. No condenen y no se les condenará. Perdonen y se les perdonará. 38 Den y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida con que midan a otros, se les medirá a ustedes».
Cuando el corazón está lleno del amor de Dios todo lo que puede brotar del ser humano es una perfecta libertad, imitar al Padre amando a los enemigos nos libera del odio y el rencor. Caminar en esa senda de amor que comienza en el amor universal y termina en el amor de Dios como máxima enseñanza del Padre permite que nosotros podamos experimentar nuestra propia liberación.
El amor rompe cadenas. Las cadenas del rencor y del odio, por supuesto, pero también las del prejuicio, el egoísmo y la maledicencia. El amor es capaz de romper lo barrotes que encadenan nuestra alma y que se reflejan en viejas costumbres y tradiciones que impiden ver en el otro a Cristo mismo llamándonos y amándonos.
El amor libera para poder servir a los demás, para ver al otro con misericordia y comprender su forma de ver y entender la vida. Un corazón lleno de amor está en libertad y no tiene limites para las buenas obras, así debe estar nuestro corazón.
El corazón que ha sido liberado por el amor de Dios no juzga ni es juzgado, tiene la capacidad de perdonar, es generoso y en compensación es justamente eso lo que encuentra alrededor porque Dios cuida ese corazón.

Conclusión

Como cristianos somos un pueblo especial, el pueblo llamado por Dios para ser sus hijos. De la manera como nuestros hijos nos imitan nosotros debemos imitar a Dios caminando por la senda del amor.
No nos podemos quedar en la norma universal, tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros es solo el comienzo en el camino del amor, sin embargo, más allá de ese amor está el amor de Dios, el mismo que Él nos enseña poniéndose como modelo de compasión. Dios es bondadoso con los ingratos y malvados, es un nivel de amor extravagante, generoso y liberador.
Dios desea que vivamos en libertad, esto quiere decir, vivir en amor con nosotros mismos, con nuestro prójimo amigo y, sobre todo, con nuestro prójimo que es enemigo.
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