La luz de la oración

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Introducción

Lucas ubica el escenario de la Transfiguración, la manifestación de la gloria divina de Jesús ante sus discípulos, tras eventos significativos: el envío a los doce apóstoles, la multiplicación de los panes y la confesión de Pedro. Estos sucesos, conectados entre sí, preceden a la Transfiguración. El envío de los apóstoles, investidos de autoridad para sanar y predicar el Reino, fue fructífero, como demuestra el seguimiento de la multitud. La alimentación de los cinco mil reafirma la autoridad delegada a los discípulos, quienes, a pesar de sus dudas, participaron en la provisión milagrosa.
Estas acciones, parte del ministerio de Jesús y sus discípulos, subrayan la importancia de la contemplación y la comunión con Dios. La confesión de Pedro, que reconoce a Jesús, enlaza con el anuncio de su sufrimiento y el costo del discipulado, expuesto en el sermón del llano. Este ritmo de actividad exige pausas para la meditación profunda, que Lucas refleja en la imagen del Jesús orante. La Transfiguración ocurre, precisamente, en el contexto de la oración, pues el ascenso a la montaña tenía ese propósito. Una vez más, Lucas presenta a Jesús como ejemplo de vida de oración para los creyentes.
La Transfiguración revela los efectos transformadores de la oración, en contraste con una vida alejada de ella.

1. Una vida de oración

En otros momentos hemos mencionado que el evangelio de Lucas presenta a Jesús orando constantemente, la vida de oración debe marcar la pauta del creyente y debe ser una práctica espiritual constante, esto quiere decir, que la oración no debe ser una practica ocasional, si no, que debe ser parte de la vida diaria del creyente. Desde nuestra comunidad les hemos invitado a llevar una vida de oración cuando proponemos devocionales familiares o personales, cuando enviamos audios con reflexiones bíblicas, también estamos invitando a mantener periodos de oración. La práctica de la oración debe ser eficaz en la comunidad, pero también en la cotidianidad de cada persona y familia. Por lo tanto, la vida del cristiano debe ser una vida de constante oración.
La oración es a la fe, lo que la respiración es a la vida. Tal como no podemos vivir sin la respiración, tampoco podemos creer en Cristo sin la oración.
John Charles Ryle (Obispo de Liverpool)
Como vemos en el ejemplo de Jesús, llevar una profunda vida de oración produce los siguientes efectos:
Cambia nuestro rostro ante cualquier realidad (Lc 9:29)
Luke 9:29 NVI
Mientras oraba, su rostro se transformó y su ropa se volvió blanca y radiante.
Es importante anotar que Jesús se preparaba para ir camino a Jerusalén, su decisión de subir a la montaña para orar produjo en él un cambio en su rostro. La oración es un encuentro con Dios en quien no hay oscuridad, por eso cuando vamos a Él por medio de la oración el rostro de la preocupación, la amargura o la tristeza se desvanece y produce en nosotros la luz de la esperanza y la alegría.
Un corazón que ama a Dios busca momentos en Su presencia porque sabe que allí puede calmar su ansiedad, dolor y preocupación. Dios es amor y en esa verdad encontramos consuelo y esperanza.
Trae a nuestra memoria las promesas de Dios (Lc 9:30)
Luke 9:30 NVI
Y aparecieron dos personajes —Moisés y Elías—, que conversaban con Jesús.
La oración no solo transforma nuestro rostro, sino que también activa nuestra memoria de las promesas divinas. En el relato bíblico, Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas en Israel son una alegoría de la Escritura.
Cuando oramos, la Palabra de Dios se hace vida en nosotros, transmitiendo sus promesas de cuidado, amor y esperanza. Por lo tanto, la vida de oración está conectada intrínsecamente al estudio y conocimiento de la Palabra.
Ninguna dificultad es insuperable cuando nos aferramos a la Palabra de Dios y depositamos nuestra esperanza en el Dios de la Palabra. La conversación de Jesús con Moisés y Elías simboliza el dialogo que debemos mantener con Dios a través de Su Palabra.
Permite ver la realidad con esperanza (Lc 9:31)
Luke 9:31 NVI
Tenían un aspecto glorioso, y hablaban de la partida de Jesús, que él iba a cumplir en Jerusalén.
Un aspecto crucial de la oración, en su conexión con la Palabra de Dios, es que no nos evade de la realidad. Al contrario, nos ilumina para comprenderla como parte del propósito de Dios en nuestra vida. Las dificultades, los desafíos y las angustias diarias tienen un propósito que Dios ha dispuesto para nosotros.
El aspecto «glorioso» de Moisés y Elías, en diálogo con Jesús, revela la realidad de su misión. Jesús iniciaba su camino hacia Jerusalén, el camino al Calvario. Seguramente, Jesús experimentó dudas, inquietudes y miedos. Sin embargo, a través de la oración pudo conectar su realidad con la Palabra de Dios y su propósito.
En nuestra propias vidas, con nuestras realidades particulares, la oración se convierte en un camino que nos permite reconocernos ante Dios. Nos ayuda a encontrar sentido a nuestras vidas y preocupaciones, y avanzar hacia el objetivo de cumplir la voluntad de Dios.
Da testimonio a otros (Lc 9:32)
Luke 9:32 NVI
Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero cuando se despabilaron, vieron su gloria y a los dos personajes que estaban con él.
Mientras que Jesús vivía la experiencia de la transfiguración mediante la oración; siendo transformado su rostro, teniendo un encuentro con la Palabra y reconociendo su realidad, Pedro, Juan y Santiago estaban durmiendo. Tal desconexión no les permitió reconocer lo que estaba sucediendo. Sin embargo, la oración de Jesús llamó la atención de sus discípulos quienes tuvieron que «despabilarse» para intentar comprender lo que estaba sucediendo.
Esta escena nos ofrece una valiosa lección sobre la importancia de ester espiritualmente despiertos. De la misma forma, cuando llevamos una vida de oración, nuestro rostro y la forma de ver la realidad cambia porque está aferrada a la Palabra de Dios y eso llama la atención de quienes están a nuestro alrededor. El que disfruta su fe y confianza en Dios, verá y actuará de manera diferente, y cuando eso pase, quienes están a su alrededor tendrán la posibilidad de conocer a Dios por medio nuestro.
Así como los discípulos tuvieron que «despabilarse» para ver la gloria de Jesús, nuestra propia transformación a través de la oración nos «despierta» para testificar de su gloria a otros.
La vida de oración ofrece como resultado el respaldo de Dios (Lc 9:34-35)
Luke 9:34–35 NVI
Estaba hablando todavía cuando apareció una nube que los envolvió y al entrar en la nube se asustaron. Entonces salió de la nube una voz que dijo: «Este es mi Hijo, mi escogido. ¡Escúchenlo!».
Finalmente, la dinámica de la oración en la Transfiguración, que comenzó con la experiencia personal de Jesús, su decisión de subir a orar, el encuentro con la Palabra, el reconocimiento de su realidad y su testimonio ante quienes estaban alrededor, en este caso Pedro, Juan y Santiago, culmina con el respaldo de Dios que se presenta reafirmando la identidad de Jesús con las mismas palabras en el episodio del bautismo en Lucas 3:22 “y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma. Entonces se oyó una voz que desde el cielo decía: «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo».”.
La vida de oración nos conduce a vivir la vida como hijos de Dios, comprendiendo nuestra realidad y depositando nuestra confianza en Él. El domingo pasado recordamos que el modelo de conducta de amor es Dios mismo quien es compasivo y misericordioso aún con los malvados. En ese sentido, como hijos de Dios, la oración es el instrumento por el cual podemos llegar a Él, para conversar y aprender el sentido de nuestra vida, que debe estar basado en el amor como esencia de Dios en nosotros.

2. El contraste de una vida sin oración

A diferencia de Jesús, Pedro y sus compañeros, aunque presentes en la montaña, estaban «rendidos de sueño», lo que sugiere una falta de claridad de su propósito allí. La gran enseñanza de Jesús, quizás tanto para ellos como para nosotros, radica en que la autoridad para expulsar demonios, sanar a los enfermos y predicar la Palabra (Lc 9:1-15) debía estar sazonada por una profunda vida de oración, carencia que se evidenció cuando, al descender, encontraron que los que se habían quedado no habían logrado sanar a un muchacho atormentado por un demonio.
La falta de oración en la vida del creyente, vista desde esté pasaje, deja las siguientes consecuencias:
Pereza y fatiga espiritual (Lc 9:32)
Luke 9:32 NVI
Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero cuando se despabilaron, vieron su gloria y a los dos personajes que estaban con él.
El sueño de los discípulos no solo era físico, sino también un reflejo de su pereza y fatiga espiritual, consecuencias directas de la falta de oración. La Biblia nos presenta a los discípulos rendidos de sueño. La oración es un alimento para el alma, cuando nos dedicamos a hacer cosas, aunque sean bien intencionadas, pero no dedicamos tiempo para la oración la pereza y la fatiga espiritual van a ser evidentes en nuestra vida quitándonos el gusto por el servicio a Dios y el amor a su obra.
Es importante recordar que la oración es una práctica que ofrece refrigerio para nuestra alma, un alimento de esperanza que permite que nuestro rostro se ilumine con el reflejo de la alegría, vivir sin oración puede producir caras largas y el alimento de nuestra ansiedad. Vivir sin oración, en esencia, implica excluir a Dios de nuestros planes.
Falta de discernimiento (Lc 9:33)
Luke 9:33 NVI
Mientras estos se apartaban de Jesús, Pedro, sin saber lo que estaba diciendo, propuso: —Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Podemos levantar tres albergues: uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías.
La falta de oración no solo conduce a la fatiga espiritual, sino también a una notable falta de discernimiento, como se evidencia en la propuesta de Pedro en Lucas 9:33. Por otro lado, la falta de oración nos impide discernir objetivamente lo que está sucediendo, nuestra realidad. Mientras Jesús estaba en oración, experimentando el encuentro con la Palabra y reconociendo su propósito, Pedro propone quedarse allí. Quedarse allí les resultaría maravilloso, evitando enfrentar la realidad de la vida, pero eso implicaría rechazar la misión divina.
Los momentos de oración deben ser tan intensos que podamos sentir la presencia de Dios actuando en nuestras vidas, pero debemos recordar que la oración no evade la realidad sino que nos nutre para que podamos enfrentarla. La Biblia dice que si alguien es falto de sabiduría debe pedirla a Dios (Sant 1:5) y eso se logra a partir de la oración, la cual nos ayuda a hacer una lectura de la realidad guiada por Dios, por lo tanto, si dejamos de lado nuestra práctica espiritual de la oración estaremos en riesgo de tomar malas decisiones.

Conclusión

La oración es una fuente de vida para nuestra espiritualidad. Si deseamos comprender la realidad guiados por Dios, necesitamos vivir en continua oración. Discernir la dirección de la misión de la Iglesia, la integridad de nuestra vida, la construcción de relaciones sanas, nuestro comportamiento en diversas situaciones y el amor a nuestros enemigos, implica una vida completa de oración. Esta vida de oración, ilumina nuestro rostro, nos llena de amor y esperanza, y nos permite confiar en que Dios tiene todo bajo su control.
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