La santidad en Levítico
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Desde el principio, Dios ha llamado a su pueblo a ser santo en cada aspecto de la vida. El libro de Levítico responde a una pregunta crucial: ¿cómo podía un santo del Antiguo Testamento mantener su relación con Jehová? A través de sus mandatos, Dios establece que la santidad es la base de la comunión con Él y debía manifestarse en obediencia, sacrificios, sacerdocio y pureza ritual. Solo a través de estos medios, los israelitas podían habitar en su presencia sin ser consumidos. La santidad no era opcional, sino un requisito esencial para una vida que agradara a Dios. De hecho, este concepto es clave en Levítico, apareciendo 152 veces, y su propósito central es proporcionar las instrucciones divinas para alcanzar este objetivo.
A diferencia del libro de Éxodo, la santidad de los israelitas se estable cuando Dios los perdona reafirmando el Pacto con Abraham, Isaac y Jacob liberandolos del yugo de esclavitud de los Egipcios y ahora exige santidad delante de su presencia. Aunque su relación con Israel era producto de su elección soberana, el pueblo debía guardar y sostener esta relación a pesar del pecado.
Un santo del Antiguo Testamento mantenía su relación con Jehová obedeciendo su Ley. Dios estableció mandamientos que cubrían todas las áreas de la vida. Levítico 19:2 resume este llamado con claridad: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” La obediencia era la prueba de amor y fidelidad a Dios, asegurando que el pueblo permaneciera en su presencia sin ser consumido.
Ya que ningún hombre podía vivir en completa obediencia, Dios dispusó el sistema de sacrificios como medio de expiación que desempeñaba un papel crucial en la comunión con Dios. Levítico detalla cinco tipos principales de sacrificios (Levítico 1-7): el holocausto, la ofrenda de cereal, la ofrenda de paz, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa. Por medio de ellos, los israelitas restauraban su relación con Dios cuando fallaban. Levítico 17:11 afirma: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas.” Cada sacrificio tenía un propósito específico, pero todo aquello se debia a la necesidad de una reconciliacion de Dios mediante la sangre de un animal.
Para facilitar esta relación, Dios estableció un sacerdocio. Los sacerdotes, encabezados por el sumo sacerdote, actuaban como mediadores, ofreciendo sacrificios en nombre del pueblo. Sin su labor, Israel no podía acercarse a Jehová sin ser consumidos. Sin embargo, el sacerdocio también requería pureza y consagración; Un ejemplo de realizar este acto de forma que no agradabla a Dios fue Nadab y Abiú que fueron consumidos por ofrecer fuego extraño ante Dios (Levítico 10:1-3), lo que demuestra que la relación con Jehová no podía tomarse a la ligera.
Además de la obediencia y los sacrificios, la pureza ritual era fundamental para mantener la relación con Dios. Levítico establece distinciones entre lo puro y lo impuro en la alimentación, la salud y la vida cotidiana. Estas leyes no solo tenían propósitos higiénicos, sino que enseñaban una verdad espiritual: Dios exige separación del pecado. Aquellos que se contaminaban debían purificarse antes de participar en la adoración, una necesidad de presentarse a Jehová en santidad.
Aunque Dios proveyó medios de restauración, no había sacrificio para quienes pecaban contra Él con desprecio y sin arrepentimiento. Mientras que los sacrificios proveían expiación para pecados cometidos en ignorancia o debilidad, aquellos que deliberadamente desafiaban a Dios quedaban bajo su juicio. Números 15:30-31 lo deja claro: “Mas la persona que hiciere algo con soberbia, ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo.” Esto muestra que la relación con Jehová no dependía solo de rituales, sino de un corazón genuinamente arrepentido.
En conclusión, Un santo del Antiguo Testamento mantenía su relación con Jehová obedeciendo sus mandamientos, participando del sistema de sacrificios, recurriendo a la mediación sacerdotal y guardando la pureza ritual. Sin embargo, este sistema era temporal y señalaba la necesidad de un mediador perfecto, el cual fue cumplido en Jesucristo.
Este es un cuadro hermoso de la redención a través de la simiente prometida. Aunque Levítico establece la base para la relación con Dios, su cumplimiento total se encuentra en Cristo, quien es nuestro sumo sacerdote y sacrificio perfecto (Hebreos 10:10-14).
Como señala Teología Sistemática de John MacArthur y Richard Mayhue (p. 421):
“Levítico habla de algo más que la mera purificación de los pecadores y de la preparación para la adoración. Describe cómo pueden entrar las personas pecaminosas en la presencia del Dios santo. Levítico se ocupa de la relación espiritual de la humanidad con Dios, por medio de los rituales sacrificiales que prefiguran la muerte expiatoria de Cristo.”
La enseñanza central de Levítico sigue vigente: Dios es santo y demanda santidad de su pueblo.
