Santas y Viudas

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Introducción

Hoy, más allá de lo comercial, es un día especial: El Día Internacional de la Mujer, una conmemoración que resalta la valentía de un grupo de mujeres que alzaron su voz ante las condiciones injustas que sufrían en sus empleos.
También es un día de celebración porque nuestra denominación ha agendado un domingo para celebrar y reconocer los dones que Dios le ha dado a la mujer. Si hay algo que debemos reconocer es que nuestras comunidades se han sostenido por la hermosa labor de la mujer en la Iglesia, las mujeres presbiterianas han sido columnas de oración, han tejido redes de amor, han apoyado económicamente a ministros, seminaristas y ministerios, sin duda, han dado un toque especial a nuestros santuarios y sus facilidades en todo tiempo, especialmente, cuando hay eventos especiales.
Las mujeres también han sostenido la asistencia en la iglesia. Muchas iglesias cuentan con una mayoría de mujeres entre sus miembros. Las vemos ministrando la Palabra, haciendo labor diaconal, sirviendo como ancianas gobernantes, pero también comprometidas con la cocina, el café y el aseo en la comunidad.
Un día para reconocer la labor de la mujer y agradecer a Dios por sus dones en realidad nos deja en deuda hacia nuestras mujeres, por eso, espacios como este deben ser apreciados, valorados y disfrutados.
El evangelio nos insta a reconocer y dignificar a la mujer, es preciso recordar que el papel de la mujer en los tiempos de Jesús se había opacado por el sistema patriarcal, el Paterfamilias quien, socialmente, era la persona encargada de sostener el hogar y, por lo tanto, se le concebía como dueño y señor de la casa. A ese sistema de familia Jesús le hace frente, lo vimos el año pasado en el evangelio de Marcos y lo reafirmamos este año en los escritos de Lucas, Jesús dirige su mirada a los más vulnerables y menospreciados en la sociedad, las viudas, las mujeres, los huérfanos, los niños y los extranjeros.
Note que he puesto a las mujeres y los niños como parte de los vulnerables porque aunque no fueran viudas ni huérfanos, ellos ya tenían un menor valor en la escala social, es decir que, ser mujer o niño ya era una desventaja, imaginemos lo que sería ser viuda o huérfano.
La Escritura hoy nos cuenta una historia de mujeres, de la vida de las mujeres en la comunidad y del valor que Dios le da a las mujeres en la comunidad. No solo se trata de la vida de Dorcas sino de unas mujeres «viudas» que habían logrado empatizar con Dorcas.
Hablemos de esas mujeres, de sus vidas y de su ejemplo para nosotros y pensemos en cuantas mujeres así como las mujeres de nuestro relato se han levantado de la enfermedad, la muerte, la depresión para construir nuestra comunidad.

1. Las mujeres del relato

Si bien el relato que hemos leído pone en el centro a Dorcas, es importante reconocer que hay otras mujeres en el texto que no podemos obviar. Dorcas no estaba sola, había otras mujeres que la amaban y por eso la lloraban. Lo interesante es que estas mujeres habían experimentado de cerca la experiencia de la muerte.
Por ahora pensemos en Dorcas; ¿Qué era lo que hacía que esta mujer fuera tan especial?
La primera característica de esta mujer es que fue llamada discípula, si hacemos una mirada al conflicto entre Marta y María podemos recordar que lo que María hizo fue sentarse a los pies de Jesús para escuchar su Palabra, en ese momento esa era «la buena parte».
Los otros evangelios también presentan a María, justamente, a los pies de Jesús, este hecho es asombroso porque sentarse a los pies del Maestro era un «privilegio» para los hombres, pero Lucas hace referencia de mujeres que son discípulas como María y Dorcas.
En ese sentido, Dorcas debía ser una mujer que había conocido el amor de Dios y lo había aprendido a practicar, la muestra de ello está en el versículo 35, «Se esmeraba en hacer buenas obras y ayudar a los pobres», una mirada al capítulo 10 nos deja ver que las características de Dorcas eran similares a las de Cornelio el centurión (Hch 10:2) quien, junto con su familia realizaba obras de beneficencia para el pueblo de Israel y tenía una vida de oración.
Ahora bien, la ayuda de Dorcas está reflejada en el texto también, Lucas es explicito en describir lo que hacía Dorcas: Hacía vestidos con las viudas (Hch 9:39), su trabajo no era un trabajo individual sino comunitario y pastoral. Dorcas era una gran discípula que ayudaba a resignificar la vida de aquellas mujeres que habían quedado desprotegidas, hacer vestidos tiene una connotación interesante; alegóricamente hablando, estas mujeres se estaban revistiendo de amor y de bondad. Pero también Dorcas les estaba ayudando a desarrollar nuevas formas de producción para vivir, estas mujeres estaban luchando contra la pobreza en la realidad de su soledad.
Las viudas eran la comunidad de la misión. Una comunidad de mujeres, seguramente con sus hijos, que habían enfrentado el dolor de la muerte. Mujeres que habían quedado por fuera del sistema del Paterfamilias y que ahora, a no ser por Dorcas, vivirían absolutamente de la caridad. ¿Cuántas viudas hemos visto en nuestra iglesia que se levantan, se vuelven cabezas de hogar, educan a sus hijos, les enseñan la fe y proveen para los ministerios de la Iglesia? No me refiero solo a aquellas mujeres de las que sus esposos han muerto, me refiero también a aquellas que han sufrido el abandono, el desprecio de un hombre que se ha ido dejándolas solas, ellas también se han levantado.
Las viudas no son el reflejo de la tristeza sino de la esperanza de que cuando parece que todo está perdido Dios trae respuestas amorosas, teje redes de amor y acompañamiento, reviste con la misma esperanza y fortaleza y les ayuda a seguir adelante. Dorcas era quien era por las viudas y las viudas tenían un nuevo sentido por el mensaje de Dorcas, esto es impactante porque con ellas había nuevas generaciones aprendiendo a resignificarse, reconocer a Dios y cantar en la esperanza.

2. La muerte y la vida en el relato

El segundo aspecto importante que quiero invitarles a reflexionar tiene que ver con la muerte y la vida. Ya hemos mencionado que las viudas resignificaron su vida gracias al trabajo dedicado de Dorcas. Además, ellas ya habían vivido la experiencia de la muerte. Para ellas, quizás, esta era la segunda vez que la muerte las golpeaba. Sin embargo, tenían en sus manos aquello que Dorcas les había dejado: los vestidos. Este era el símbolo que les recordaba la nueva experiencia de la nueva vida. A pesar de su dolor, ellas dieron testimonio a Pedro de lo que sucedía en aquella comunidad.
La muerte de Dorcas no era solamente la muerte de una persona querida en la comunidad, era la muerte de la ayuda humanitaria, la compasión y la misericordia. De alguna manera era la muerte de la generosidad. De alguna manera, con Dorcas moría una parte de la comunidad.
Cuando la muerte llega a nuestras vidas la visión se nubla, los oídos se cierran, el lamento toma ventaja y el edificio de nuestro ser de desmorona. Sin embargo, Dorcas murió para llamar la atención de la comunidad. Dorcas estaba anunciando el riesgo de vivir sin compasión y generosidad. Quizás muchas personas más acomodadas que Dorcas, o ricas, habían evadido su responsabilidad compasiva en la comunidad por eso Pedro tenía que llevar a Dorcas a donde estaban los «creyentes», los «santos» como dice la versión Reina Valera.
Cualquiera podría pensar que los «santos» o «creyentes» estaban llenos de piedad, pero al parecer, ellos mismos habían muerto en la estructura de su religiosidad, habían sostenido la misma discusión de Marta y María en el servicio, razón por la que nombraron diáconos. Estaban aprendiendo que el mensaje de Dios, y por lo tanto, su alcance, era universal; Pedro, en su encuentro con el Señor tuvo que aprender a no llamar impuro lo que Dios había purificado. Felipe tuvo que bautizar a un etiope. Además la comunidad no entendía que Pablo fuera parte de ella ahora.
Nos encontramos con una comunidad que luchaba por comprender la obra de Dios, que se enfrentaba consigo misma y se confrontaba. Esos eran los «santos». A esos santos les faltaba el amor que le sobraba a Dorcas la «discípula». ¿Cuantos «santos» habrán en medio nuestro?
Volver a la vida es resucitar la generosidad, la compasión y el amor desinteresado y extravagante de Dios que se fija en los más necesitados, volver a la vida fue darle significado a muchas mujeres que se juntaron con Dorcas para vivir bien, para compartir de sus experiencias y para sanar. Estamos acá para sanar, para resignificar la vida, para darle sentido a nuestro ser, a nuestro dolor, a nuestro pasado. Estamos acá porque somos como las viudas que han recibido el amor generoso de Dios,
Pero también estamos para dar. Dar nuestro amor, fruto de la experiencia del encuentro con Dios, dar nuestros dones y talentos al servicio, como diaconía para soportarnos los unos a los otros , para compartir las experiencias de Dios que pone en nosotros vestidos nuevos para vivir.

Conclusión

Hemos llegado hasta este lugar para experimentar la vida, una vida abundante, una vida de paz, de amor y de reconciliación. No se trata de ser «santos» que están a la altura de juzgar quien puede o no participar de la vida de la fe sino de ser «discípulos» que caminan con Jesús, que se sientan a sus pies para hablar con el y aprender, que se transforman para extender su mano y ayudar al otro sin distingo.
Discípulos que aprenden a convivir y construir felicidad, porque a nuestro lado puede estar la viuda que nos necesita.
Imaginemos a Dorcas, una mujer ejemplar, conocida por su bondad y sus buenas obras. En un mundo donde las mujeres a menudo eran ignoradas, Dorcas se destacó por su amor al prójimo, ayudando a los necesitados al coser ropa para ellos. Su vida nos recuerda la importancia del servicio y la compasión, especialmente en el Día de la Mujer. Desde su legado, somos inspirados a valorar y reconocer el impacto de las mujeres en nuestras vidas.
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