Eclesiastés 11
Eclesiastés 6:1-12
(2) Advertencia: algunas personas no pueden disfrutar del fruto de su trabajo (6:1–9). 6:1–2. Sin embargo, Salomón advierte que algunos hombres poseen una gran riqueza—tan grande que nada les falta de todo lo que desean—pero que no gozan de la capacidad divina de disfrutarla. Los extraños son quienes la disfrutan. Ese problema es muy común entre los hombres (cf. 8:6). Esta trad. no es la preferible. Es mejor la de la BJ “que pesa sobre el hombre” (cf. VM, NC). El hecho de que Salomón no haya especificado la razón de esa incapacidad ha provocado gran diversidad de interpretaciones del 6:2 y de su relación con los vv. 3–6. Es difícil decidir si estos últimos constituyen una continuación de los vv. 1–2, o como lo sugieren muchos intérpretes, es un caso diferente y contrastante. Son dos los factores a favor de que hay una íntima relación entre los vv. 2 y 3: (1) No hay indicadores formales de que exista una división. (2) La interpretación de que hay división entre ellos se apoya demasiado en lo inadecuado del uso del términob extraños que es aplicado a un heredero. (La palabra hebr. “extraño”, aparece solamente aquí en Ec. y a veces, sugiere que se trata de alguien diferente a uno mismo, como en
6:1–6 A menos que Dios dé, el hombre no tiene nada. Al contrario del sueño americano, no existe hombre alguno que pueda hacerlo todo por su propio esfuerzo. No importa qué tan duro pueda trabajar una persona, es Dios quien le da al hombre “riquezas, bienes, y honra”. El esfuerzo o el trabajo de los humanos son simplemente el canal por medio del cual el Señor da “toda buena dádiva y todo don perfecto” (
6:1 un mal. Se describe este mal en el vers. 2 (v. también coment. en 5:13). bajo el sol. Véase coment. en 1:3.
6:2 para disfrutar de. Es decir, comer (cp.
1. común—o si no, más lit., grande sobre los hombres, cae pesadamente sobre los hombres. 2. y nada le falta—Mejor: “De modo que nada falte para su alma.” es decir, para su felicidad. Dios no le dió facultad de comer de ello—Esto lo distingue del “rico” del cap. 5:19; esto también le distingue de aquel que obtuvo sus riquezas mediante la “opresión” (cap. 5:8, 10). extraños—ni aun sus parientes, sino sus enemigos (
(6:4–6)
El Predicador observó que a algunas personas, Dios les da riquezas sin la capacidad de disfrutarlas (6:1–2). Sea por exceso de trabajo, tensiones, problemas familiares o alguna otra razón, esas personas, aunque tienen a su alcance todo lo que pudieran desear, no son felices.
Ese gran mal sucede también con otros favores divinos. Aun las bendiciones más grandes imaginables—por ejemplo, engendrar cien hijos, o vivir muchos años—son inútiles si uno no halla satisfacción en ellas ni es honrado después de su muerte (6:3). De hecho, dice el Predicador, sería mejor haber muerto antes de nacer.
Parecería que al abortivo le sucede lo peor posible, pues viene al mundo de los vivientes sólo para pasar directamente a las tinieblas de la muerte (6:4). Jamás conoce el mundo de los vivos (6:5a). Sin embargo, tiene más reposo que la persona que no disfruta de sus bendiciones (6:5b–6). Ambos terminan en la muerte, pero el abortivo llega allí sin
ES MEJOR:
SER ABORTIVO
ES PEOR:
TENER BENDICIONES
Y NO DISFRUTARLASer sufrido las angustias del hombre infeliz (6:6b).
La sabiduría señala cómo podemos alcanzar una vida de éxito con la bendición divina (ver
Vv. 1—6. El hombre suele tener todo lo que necesita para el goce externo, pero el Señor lo deja librado a la codicia o a malas disposiciones para que no use bien ni cómodamente lo que tiene. Por uno y otro medio sus posesiones van a los extraños; esto es vanidad y mal doloroso. —Una familia numerosa era cuestión de entrañable deseo y de mucha honra para los hebreos; una vida larga es el deseo de la humanidad en general. Aun con estos agregados, el hombre puede no ser capaz de disfrutar sus riquezas, familia, y vida. Tal hombre, en su paso por la vida, parece haber nacido para ningún fin ni utilidad. El que ha entrado a la vida sólo por un momento, para dejarla en el siguiente, tiene una suerte preferible al que ha vivido mucho, pero sólo para sufrir.
En 6:1–8 el Predicador repite la enseñanza de la declaración anterior: supuesto que Dios, dueño de todos los bienes, si al mismo tiempo no da al hombre la facultad de gozar de cuanto le ha dado, esto es un mal muy gravoso sobre el hombre. El hombre puede tener bienes (v. 2); honra (v. 2); hijos (v. 3); larga vida (v. 3); pero Dios no le permite gozar de ello, por lo contrario, los extraños se lo comen, esto es vanidad y su condición es la de un abortivo. Los extraños se lo comen en este contexto, posiblemente porque no tenga hijos que hereden sus bienes. Cien hijos y vive muchos años, aquí son los hijos quienes aparentemente disfrutan. Los bienes, los hijos, la larga vida, eran las cosas apreciadas en la antigüedad, pero todas estas cosas, sin que Dios disponga que se goce de ellas, no sirven para alcanzar la felicidad.
Un abortivo es mejor que él, o sea, la muerte les espera a ambos: A aquel que no tuvo nada y se fue a las tinieblas porque no alcanzó a vivir; y al otro que lo tuvo todo pero fue como si no hubiese tenido nada. Mal por mal, el abortivo quedó en mejores condiciones, porque no tuvo la frustración de tener y no gozar. Las mejores condiciones para alcanzar la felicidad de nada sirven si no se gozan de ellas, y esto último depende de Dios. Y con todo eso, su alma no se sacia. Si el Predicador sigue con la comparación del abortivo y el que no disfruta de lo que posee, lo que dice ahora, es que el abortivo no deseó nada y por ello no hay frustración en su suerte, lo contrario del que se afanó por tener cosas que hacen a la felicidad y no disfrutó de ellas. El v. 7 es probablemente un refrán popular que cita el sabio.
¿Qué ventaja tiene el sabio sobre el necio? Todo el v. 8 es un tanto oscuro. La interpretación de Dios Habla Hoy: “¿Qué tiene el sabio que no tenga el necio, a no ser sus conocimientos para hacer frente a la vida?”
6. Midiendo los valores, 6:9-7:12
La unidad de este pasaje está dada por una serie de proverbios de valoraciones comparativas un tanto abreviadas, pues el sentido completo sería: “Bueno es… pero mejor”. Tener en cuenta esto nos ayudará a entender con más exactitud el sentido de los proverbios. Por ejemplo: Bueno es el perfume fino, pero mejor es el buen nombre, bueno es el día del nacimiento pero mejor es el día de la muerte (7:1), etc. Todos estos proverbios están calculados en manera de provocar el pensamiento. Algunos dan la razón, el porqué, del dicho enigmático, otros desafían a la sabiduría y la comprensión del oyente. Y es posible que haya más de un porqué para cada proverbio. Se ha dicho que lo bueno es enemigo de lo mejor, porque podemos conformarnos con lo bueno y no reflexionamos con el desafío de lo mejor. Si quieres ser perfecto… dijo Jesús al joven rico, y se puso de manifiesto que éste se conformaba con lo bueno y no procuraba lo mejor.
Lo que los ojos ven (v. 9). Esto no es exactamente igual pero es semejante al proverbio castellano: “Más vale pájaro en mano que ciento volando.” J. J. Serrano traduce: “Vale más disfrutar que desear.” Muy negativo, el Predicador añade: Sin embargo, esto también es vanidad y aflicción de espíritu.
Los valores
6:9
Mejor es lo que los ojos ven que el divagar del deseo.
El realismo del pecado nos lleva una vez más a considerar que debemos valorar y disfrutar lo que en cada momento tenemos. No se debe vivir en la ansiedad y el desasosiego del deseo por cosas que quizás incluso nunca lleguen. Además, divagar en el deseo produce actitudes del avaricia y egoísmo. No es más feliz el que más posee sino el que sabe disfrutar de lo que tiene.
Este es un pasaje tremendamente contracultural en una sociedad occidental de fin del siglo XX en la que constantemente uno es animado a desear y a tener más como respuesta al interrogante de la felicidad.
¿Quién sabe lo que es mejor para el hombre durante los contados días de su vana vida? (v. 12). A pesar de los proverbios que hablan de lo “mejor” es muy difícil para el hombre discernir lo que en realidad sea mejor: Es sólo hombre y no puede contender con Dios (hay que recordar el caso de Job). La muerte asoma nuevamente como el límite de las capacidades del hombre: los días de su vida los pasa como sombra. Ya ha recibido un nombre (v. 10) es expresión equivalente a “ya existió”. Del hombre se conoce lo que es y lo que puede; no hay nada nuevo bajo el sol.
Un bien inalcanzable (6:1–6)
Sin más preámbulo, nos vemos enfrentados al hecho penoso de que la capacidad para disfrutar de los dones de Dios, aparente en 5:19, es algo que puede sernos concedido o no. Y hay más de una forma de verse privados de ello. Están, pongamos por caso, los fracasos en los negocios (5:13 ss.), donde todo se ha sacrificado en aras de un futuro venturoso que nunca llega a materializarse. Para el hombre al que le acontece eso, el mañana nunca amanece. Pero lo cierto es que la vida puede tener interludios de brillo y esplendor, haciendo de la oscuridad que les sigue algo más terrible aún por la añoranza de la luz perdida. El hombre del versículo 2, dado lo destacado de su posición, tiene más que perder que aquel que apenas progresa en esta vida. Y puede incluso darse el caso de que lo pierda todo no por su culpa: una guerra inoportuna, una enfermedad súbita, una flagrante injusticia que hace que su fortuna pase a manos ajenas. Si él es víctima entonces de lo que parece pero no es, igualmente lo son aquellos cuya riqueza externa enmascara una pobreza interior –pues el problema no consiste en que algunas posesiones sean menos satisfactorias que otras, como bien puede ocurrir, o que su distribución sea escasa. Pueden alcanzarse las cosas con las que los hombres sueñan– que en términos del Antiguo Testamento pueden ser hijos en abundancia y años de vida sin fin –y pasar a la otra vida sin pena ni gloria, sin nadie que lamente nuestra ausencia y sin considerarnos realizados.
Tal vez entonces nos sintamos inclinados a protestar porque la vida no parece igual de negra para todos, pero la norma suele ser tener que aceptar lo malo con lo bueno, y descubrir entonces que vivir merece la pena. Y eso es algo patentemente cierto y tiene su fundamento, si es que en verdad somos personas de fe, al igual que lo tiene la fe de aquellos que encontramos al final del capítulo 5. Pero, incluso sin fe, puede vivirse con contentamiento, como ocurre con miles y miles de personas, sin angustiarse por el sentido último de las cosas.
A eso, sin embargo, Qohelet podría responder, en primer lugar, que él está refiriéndose a ciertas personas, no a todo el mundo en general; y en segundo lugar, que si nosotros no nos preocupamos de los valores y sus significados, alguien deberá hacerlo –y ¿quiénes somos nosotros para escoger eludir esa responsabilidad? Una vez más, pues, nos está invitando a pensar en general, y a hacerlo a través de la posición de la persona secularizada en particular. Si esta vida presente lo es todo, y lo que a algunos les ofrece no es más que frustraciones en vez de realización, no permitiéndoles poseer nada que dejar en herencia a aquellos que dependen de ellos; si, todavía más, lo que a todos por igual nos espera es ser borrados de la faz de la tierra (6c), no ha de extrañarnos que haya quien envidie a los no natos, por adelantársenos en un destino común. Job y Jeremías, en algunos momentos de su existencia, habrían estado plenamente de acuerdo (
Versículos 1–6
Salomón muestra ahora la necedad de tener y no usar. Como rey, se había percatado bien de ello. Tanto el derroche como la avaricia son un perjuicio para el individuo, tanto como para la sociedad, pues la circulación del dinero en el país es como la circulación de la sangre en el cuerpo: puede matar de alta presión (¡inflación!) lo mismo que de anemia, por estancamiento. Veamos:
1. Las muchas razones que tiene el hombre para ser agradecido a Dios y servirle (v. 2): «… riquezas, bienes y gloria, y nada le falta de todo lo que desea». Pero el hombre vano no sabe disfrutar de todo eso, porque (A) O vive poco tiempo y se lleva un extraño todo lo que ha ganado él; (B) O, aunque viva largos años (hasta carecer de sepultura, es decir, no morir) y engendrar cien hijos (es decir, muchos), no saca satisfacción de lo que ganó (v. 3).
2. ¿De qué le sirve la vida, si no sabe emplearla para su bien? Un hombre así, aunque viva mil años dos veces (lit. v. 6), es decir, más del doble que Matusalén (v.
6:10 «No puede contender con Aquel que es más poderoso que él». Salomón explica que es en vano y no tiene provecho que alguien intente contender con Dios. No hay esperanza para nosotros en tal contienda; sin embargo, con cuánta frecuencia —incluso quienes somos Sus hijos— comenzamos a contender con nuestro Dios. Si nos castiga, si nos quita nuestras comodidades, si permite que nos desilusionemos por no poder alcanzar nuestras aspiraciones, comenzamos de inmediato a preguntarnos: «¿Cómo es posible?». Perdemos a un ser querido, y afirmamos que Dios es cruel. Y si no llegamos a decirlo, lo pensamos. Además, año tras año, recordamos el aniversario de esa pérdida, y no conseguimos perdonar a nuestro Dios. Este tipo de espíritu rebelde causa diez veces más dolor que la aflicción misma. Deberíamos entender lo absurdo que es que nosotros, que no somos más que una simple mosca, luchemos contra la llama, ya que lo único que lograremos será quemarnos por causa de nuestra insensatez. Ya que soy una criatura tan efímera, un insecto que apenas vive una hora, un pulgón sobre los laureles de la existencia, ¿quién soy yo para atreverme siquiera a pensar en contender con Dios, Aquel que es desde mucho antes de que los montes fueran creados y que será cuando los montes hayan desaparecido para siempre?
6:12 «Porque ¿quién sabe cuál es el bien del hombre en la vida, todos los días de la vida de su vanidad, los cuales él pasa como sombra? Porque ¿quién enseñará al hombre qué será después de él debajo del sol?». La humanidad no es más que vapor; ahora estamos, por un instante, y luego, nos esfumamos. Somos tan ligeros, volátiles e insustanciales como nuestro propio aliento. Venimos y nos vamos. Estamos aquí durante un tiempo tan breve que difícilmente podemos afirmar que estuvimos; apenas empezamos a estar y ya dejamos de ser, en lo que concierne a este mundo. No sabemos qué es lo mejor para nosotros; y si no lo sabemos respecto a las cosas temporales, mucho menos respecto a las cosas espirituales.
¿Qué es lo mejor para alguien en esta vida: la riqueza o la pobreza, la salud o la enfermedad, la fama o el anonimato? Todo dependerá de que estemos allí donde Dios nos pone. Sería bueno que nos contentáramos con permanecer como somos y que nos sintiéramos satisfechos y agradecidos de estar donde Dios nos ha puesto en Su providencia. ¿Quién sabe lo que es bueno para nosotros? Dios lo sabe, y eso es mejor que si fuéramos nosotros quienes lo supiéramos. Además, no nos compete a nosotros saber qué sucederá cuando Él nos llame para dejar la tierra. Muchos hacen proyectos e intentan dejar resuelto lo que sucederá cuando ellos no estén, pero muchos de sus planes son en vano. Alguien se quedará con la casa que tanto trabajo nos dio construir. ¿No deberíamos dejar el futuro, como dejamos el presente, en las manos de Dios? ¿No será todo para bien? El Señor hizo todo de manera perfecta sin nosotros antes de que naciéramos, y así hará sin nosotros cuando muramos. No tengo por qué preocuparme de lo que me sucederá ni ponerme a discutir con Dios al respecto. A ti y a mí debería bastarnos que Dios ve más allá de lo que vemos nosotros, y por tanto, no intentar medir Su obra con nuestra regla. Tú, que te preocupas por el presente o el futuro, deja todo en manos del Señor.
4. Vanidad de la adquisición de bienes y del trabajo del hombre. 6:1–12
Aun cuando Cohelet aparentemente llega a una conclusión satisfactoria, como en el párrafo anterior, pronto su pensamiento se torna y ve vanidad: Estos bienes, aun cuando el hombre goza de ellos con moderación, con la aprobación de Dios, los tiene que dejar al final (6:1–3a), pues es mejor la situación del que nunca nació (6:3b). Su nacimiento es vano, porque todo termina en las tinieblas, en la muerte, y aun la memoria de su nombre se olvida (6:4). Por esto, el que nunca nació es mejor que el que ha vivido, muerto, y sido olvidado (6:5). Aun cuando uno viviera dos mil años, el poco goce que la vida proporciona no compensa el olvido que la muerte trae (6:6).
El trabajo del hombre tiene como fin primordial la comida, aunque esto no enteramente satisface (6:7). En vista del fin común que espera a todos, el sabio, que sabe cómo sacar lo mejor de esta vida, y el necio, son iguales (6:8). Tener algo real, que uno puede ver con los ojos, es mejor que lo deseado que no se obtiene; pero aun esto no satisface al hombre, pues todo llega a ser vanidad (6:9). Lo que está escrito, está escrito, y no se puede contender en contra de ello (6:10) (Hyde), porque está dispuesto por Dios. Puesto que muchas cosas, después de ser consideradas, se ven como vanidad, ¿en qué se aventaja el hombre (6:11)? Nadie sabe qué cosa es buena para él en esta vida, mucho menos puede saber qué será en la vida venidera (6:12).
1. Riqueza sin felicidad (6:1–2)
El versículo 1 presenta otro mal que el autor ha visto debajo del cielo. Observa que este mal es muy común entre los hombres. El hebreo se traduce más exactamente: “pesa dolorosamente sobre el género humano” (VM.). La frustración de la riqueza sin el sentido de una vida digna es posible, desde luego, sólo para los que tienen riqueza. No obstante, es común entre los hombres y mujeres de medios.
En 2:18–23 el problema era el rico cuya fortuna podía ser disipada por herederos insensatos; en 5:13–17 era el hombre que perdió su riqueza. Aquí el mal es el hombre que tiene riqueza pero no satisfacción en ella—este es el significado de Dios no le da facultad de disfrutar de ello (2). Los términos riquezas, bienes y honra pueden entenderse como dineros, propiedades y estima. El que tiene estas cosas pareciera tener todo lo que su alma desea. Pero sin felicidad, son vanas. Una vida llena de cosas pero sin verdadera felicidad es un mal doloroso. Como el conocimiento de un cáncer que se extiende, disminuye o destruye los goces normales de la existencia.
2. Familia sin aprecio (6:3–6)
Una familia grande y una larga vida eran consideradas por los hebreos como grandes bendiciones. Pero aun estas cosas pueden ser peores que inútiles. Aunque el hombre engendrare cien hijos (3) si su alma no se sació del bien—es decir, no halla gozo en ellos— ¿de qué vale? Si viviere muchos años pero careció de sepultura— es decir, “un funeral honorable que atestigüe el real amor de su posteridad”—¿qué valor tiene esa vida?
Los versículos 3–5 muestran el uso frecuente de comparaciones que hace el escritor. Un abortivo que nunca llega a la existencia consciente, es mejor que una vida que no halla una realización digna. Aunque el hijo abortivo nace en vano, a las tinieblas va (4), y nunca recibe nombre, su suerte es preferible a una vida carente de propósito. Nunca haber visto el sol (5) ni haber conocido nada es mejor que haber visto y conocido los profundos desengaños que a veces dan las riquezas y la familia.
Koheleth podría no ver valor en una vida terrenal de profundos desengaños poque él no tenía mucha fe en la vida más allá del sepulcro. Mil años dos veces (6) sería una vida terrenal el doble de larga de la de Matusalén (cf.
3. Insatisfacción y falta de fiabilidad, parte 2 (6:1–9)
6:1–2 La tragedia (hebreo: raʿ, “mal”) descrita en el v. 2 parece contradecir el 5:19. En realidad, sin embargo, se trata de dos afirmaciones contiguas que presentan una universal (lo que es generalmente cierto, 5:19) y una particular (lo que es a veces cierto, 6:2). En otras palabras, Dios ha bendecido ricamente a todas las personas (“todo hombre”), permitiéndoles disfrutar de los beneficios de su bendición (5:19). Sin embargo, también hay excepciones en las que, por cualquier razón desconocida, Dios ha elegido que un hombre no disfrute de ciertos beneficios que le ha dado (6:2; cf.
6:3. La importancia de la sepultura correcta. En Mesopotamia, los que no habían sido sepultados correctamente estaban condenados a vagar por la tierra sin rumbo como espíritus, y molestar a los vivientes. Esta idea está implícita en el horror observado en los textos bíblicos en relación con las personas que murieron en forma violenta y no fueron sepultadas correctamente. La mayor parte de los pueblos antiguos creían que la sepultura correcta y oportuna afectaba la calidad de vida después de la muerte. Ver el comentario sobre
