La obra del Espíritu Santo

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Se presentan tres preguntas para analizar la manera en que Jesús explicó el ministerio del Espíritu Santo, distinguiéndola de cómo en el presente es explicado por muchas corrientes teológicas. Pero es necesario dar un pequeño contexto previo de los versículos 13 y 14 del capítulo 16 del Evangelio según Juan.
En todo el capítulo 15, Jesús enfatizó a sus discípulos la necesidad de que permanecieran en Su amor para poder llevar mucho fruto. Este amor sería importante para sostenerlos frente a la oposición del mundo. El sufrimiento es parte del panorama que Jesús describe para todos aquellos que le sigan, pero también es presentado el anuncio de la venida de el Consolador, el Espíritu de verdad. El capítulo 16 inicia con las palabras de Jesús reafirmando la persecución que sus discípulos sufrirán, para luego decirles que Él mismo volvería al Padre. Esto llenó de tristeza a sus discípulos, pero Jesús los animó nuevamente con la promesa de la llegada de el Consolador, y Él sería quien convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Pero además, hay otras cosas muy importantes que el Espíritu de verdad haría, no respecto al mundo, sino respecto a los seguidores de Jesús.
¿Cuál es la verdadera obra ministerial del Espíritu Santo?
En el versículo 12, Jesús reconoce que los discípulos no son capaces de sobrellevar todas aquellas cosas que necesitan escuchar. Sin embargo, les da la certeza que el Espíritu los guiará a toda verdad. Esto significaba que los llevaría a conocer todo aquello que necesitaban saber para seguir a Jesús, aún cuando Él no estuviera físicamente presente. Jesús mismo afirmó ser “la verdad” (Juan 14:6), por lo que el Espíritu Santo guiaría a los discípulos hacia Jesús mismo. El Espíritu Santo no hablaría por su propia cuenta, sino que hablaría en perfecta unidad y consonancia con el Padre y el Hijo. Su ministerio apuntaría a glorificar a Jesús. Esa es la verdadera obra ministerial del Espíritu Santo. No busca ser el centro de atención, tampoco habla cosas contrarias a lo que Jesús mismo enseñó o lo que Él mismo inspiró en las Escrituras.
¿Cómo se aprecia dicho ministerio a lo largo de la historia de la iglesia?
El poder con el que el Evangelio fue proclamado en el Libro de los Hechos fue un resultado directo de la promesa cumplida respecto al Espíritu Santo. Jesús dijo que sus discípulos recibirían poder para ser sus testigos, desde Jerusalén hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8). Y mientras los discípulos avanzaban proclamando el Evangelio y estableciendo iglesias locales, el Espíritu Santo los guiaba a toda verdad para confrontar la mentira que tenía cautiva la mente de aquellos que no habían creído. Era el Espíritu Santo quien guiaba a esas personas a la verdad, y las añadía a la iglesia (Hechos 2:47). Así también, el Espíritu advertía a la iglesia respecto a la llegada de falsos maestros y la apostasía (1 Timoteo 4:1; 1 Juan 2:26-27). La responsabilidad de la iglesia era someterse al Espíritu Santo, por medio de la Palabra que Él mismo había inspirado, y de esta manera distinguir la verdad del error (1 Juan 4:1). Mientras la iglesia hizo esto, ella pudo enfrentar diversas olas de falsos maestros que enseñaban el error. Es así como se encuentran los concilios donde los líderes de la iglesia, siendo guiados por el Espíritu Santo, pudieron defender la doctrina enseñada en las Escrituras, frente a los ataques de herejes que la atacaban. Sin embargo, cuando la iglesia se fue apartando de las Escrituras inspiradas por el Espíritu de verdad, el error y la mentira empezaron a desviarla. Solamente fue obra del Espíritu Santo que en el siglo XVI hubiera un despertar para volver a las Escrituras, donde Él mismo volvió a guiar hacia la verdad a aquellos que conforman el pueblo de Dios.
¿Cómo se distingue esto del ministerio que se le atribuye en nuestros días?
El Espíritu Santo no apuntaría hacia sí mismo, sino a Cristo. Ese es el primer punto que distingue Su ministerio real con el que se le adjudica hoy en día. Muchas iglesias se enfocan en el Espíritu Santo, buscando que Él les dé dones milagrosos o les haga vivir experiencias extrasensoriales. Y mientras más buscan estas cosas, más se alejan de las Escrituras. En realidad, muchas personas utilizan la figura del Espíritu Santo como una excusa para la búsqueda de una realidad mística. El poder prometido por medio de Él para todo creyente para cumplir la voluntad de Dios, es percibido como un poder místico capaz de cumplir la voluntad del hombre que tiene “la capacidad” de obtenerlo.
El Espíritu Santo nunca va en contra de lo que Él mismo inspiró en la Palabra. Jesús dijo que la Palabra es la verdad (Juan 17:17), y el Espíritu Santo siempre llevará a la iglesia a la Palabra. Una iglesia donde la exposición fiel de la Palabra no es tomada en serio, fácilmente colocará como centro de sus reuniones algo que le alejará de la verdad. Tristemente esto está pasando mucho en nuestros días. Hay muchas iglesias que conocen a un “Cristo” que no es el revelado en las Escrituras, e invocan un “espíritu” que no es el Espíritu de verdad. Esto se debe a que han reemplazado la centralidad de las Escrituras por otros métodos que consideran más eficaces para mantener la atención de la gente que asiste a los servicios dominicales. Una iglesia que verdaderamente vive en obediencia al Espíritu Santo y está llena de Él, definitivamente será una iglesia bíblica, donde la Palabra es honrada, proclamada y obedecida.
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