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MÓDULO 3: LA DOCTRINA DE LA CREACIÓN, PROVIDENCIA Y SOBERANÍA DE DIOS
SESIÓN 1: ¿QUÉ ES LA DOCTRINA DE LA CREACIÓN?
Versículo clave:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra». (Génesis 1:1)
Introducción
Amados hermanos, al iniciar este tercer módulo de nuestro estudio sobre las doctrinas fundamentales, llegamos a un tema que, aunque parezca sencillo, tiene implicaciones profundas para nuestra fe, nuestra vida diaria y nuestro testimonio cristiano. Nos referimos a la doctrina de la creación.
La pregunta que nos ocupa hoy es fundamental para la vida del creyente: ¿Cómo comenzó a existir todo lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Cuál es el origen de todo lo que existe? Y, sobre todo, ¿por qué importa que comprendamos correctamente la doctrina bíblica de la creación?
Vivimos en una época en la que abundan teorías, ideas y filosofías que intentan explicar la existencia del universo sin considerar a Dios. Algunos sugieren que el universo siempre ha existido; otros afirman que todo surgió por casualidad. Pero la Biblia, de manera clara, sencilla y contundente, responde a estas preguntas profundas con las siguientes palabras: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1).
Esta afirmación no es secundaria; más bien, es el fundamento que define toda nuestra visión de la realidad. Si negamos o distorsionamos la doctrina de la creación, todas las demás doctrinas fundamentales quedan debilitadas o comprometidas: ¿qué significaría la salvación, la providencia divina o incluso la soberanía de Dios si Él no es, antes que todo, el Creador absoluto de todas las cosas?
Como lo señala Herman Bavinck en su Dogmática Reformada:
«La doctrina de la creación es la puerta de entrada a una cosmovisión genuinamente cristiana. Reconocer que Dios creó todas las cosas de la nada implica reconocer que Él es soberano sobre todo, el origen y el fin último de toda existencia, y que todas las cosas dependen absolutamente de Él.»
Por eso, queridos hermanos, en este módulo vamos a profundizar en esta maravillosa enseñanza bíblica, respondiendo preguntas cruciales como:
• ¿Cómo creó Dios el universo?
• ¿Por qué creó Dios todas las cosas?
• ¿Cuál es el propósito final de la creación en el plan redentor de Dios?
Mi deseo pastoral es que al estudiar esta doctrina nuestros corazones se llenen de gratitud, humildad y adoración, reconociendo la majestad del Dios Creador, y que esto nos impulse a vivir vidas centradas en Él, adorándole y proclamando Su gloria en cada área de nuestra existencia.
Ahora, entonces, preparemos nuestros corazones para comenzar profundizando en el primer aspecto esencial: ¿Qué significa que Dios creó todas las cosas?
SESIÓN 1: ¿QUÉ ES LA DOCTRINA DE LA CREACIÓN?
I. Definición Bíblica de la Creación: Dios creó todas las cosas de la nada (ex nihilo)
Cuando nos acercamos a la doctrina bíblica de la creación, encontramos una afirmación clara y directa que define todo nuestro entendimiento acerca del origen del universo: Dios creó todas las cosas de la nada (en latín, ex nihilo). Es decir, antes de que Dios comenzara su obra creadora, no existía absolutamente nada fuera de Él mismo. Todo cuanto vemos y conocemos tuvo su principio exclusivamente en el poder soberano y en la palabra creadora del Dios Todopoderoso.
Veamos cómo la Escritura declara esta verdad fundamental desde el primer versículo de la Biblia:
Génesis 1:1 – «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.»
Este sencillo y majestuoso versículo establece tres cosas esenciales:
1. Dios es el Creador absoluto: Él no tomó material preexistente; Él mismo dio existencia a todo lo que hay.
2. La creación no es producto de casualidades ni accidentes cósmicos; surge de la voluntad divina y de Su propósito soberano.
3. Dios existía antes del comienzo de todas las cosas; Él es eterno y autosuficiente.
Esta enseñanza se confirma a lo largo de toda la Escritura. Observemos cómo el Salmista afirma la creación mediante la palabra poderosa de Dios:
Salmo 33:6, 9: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca… Porque Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió.»
Aquí, la Escritura deja claro que la creación no fue el resultado de procesos naturales autónomos, sino que fue traída a la existencia por medio de la Palabra divina. Esto implica, amados hermanos, que el universo tiene un propósito claro y definido, pues su origen está directamente en Dios mismo.
El apóstol Juan reafirma esta verdad cuando nos revela en su Evangelio que Cristo, el Hijo eterno, fue el agente activo de la creación:
Juan 1:1-3 – «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.»
Notemos cómo este pasaje resalta que la creación no es un acto aislado del Padre, sino una obra trinitaria en la que el Hijo, Jesucristo, participa activamente. Esta verdad es maravillosa porque establece que desde el comienzo, la creación entera depende de Cristo, quien sustenta todas las cosas por el poder de su palabra.
Finalmente, consideremos la declaración de Hebreos 11:3, que expresa esta doctrina con claridad absoluta:
Hebreos 11:3 – «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.»
Esta es una afirmación decisiva, porque nos dice que no solo Dios creó todas las cosas, sino que lo hizo de lo invisible, de la nada absoluta. No existía ninguna materia preexistente, sino que Dios, en su soberanía absoluta, llamó a existencia aquello que antes no existía.
Bavinck explica que esta doctrina de la creación ex nihilo es crucial para entender la relación entre Dios y la creación:
«Si hubiera existido algo eterno junto con Dios, eso implicaría una limitación en la soberanía divina. Pero como Dios creó todas las cosas de la nada, entonces su señorío sobre la creación es absoluto, y toda la realidad creada depende enteramente de Él.»
Queridos hermanos, ¿por qué esto es importante para nosotros hoy? Porque esta verdad nos lleva a adorar a Dios con reverencia, reconociendo que somos criaturas absolutamente dependientes de nuestro Creador soberano. Nuestra existencia no es accidental, sino intencional y valiosa, ya que proviene directamente del propósito de Dios.
Ahora, profundicemos en la importancia y las implicaciones prácticas de creer que Dios creó todas las cosas ex nihilo.
II. Importancia y Aplicaciones Prácticas de la Creación Ex Nihilo
Mis queridos hermanos, al profundizar en esta verdad fundamental de que Dios creó todas las cosas de la nada, (ex nihilo), debemos considerar cuidadosamente por qué esta doctrina es tan importante para nuestra fe y cómo afecta nuestro caminar diario con el Señor. No estamos tratando simplemente con una cuestión filosófica abstracta; la doctrina de la creación afecta profundamente nuestra vida cristiana, nuestra manera de entender el mundo y nuestra relación con Dios.
Permítanme señalar tres razones fundamentales por las cuales esta doctrina es tan importante para nosotros hoy:
1. La creación ex nihilo afirma la absoluta soberanía y autoridad de Dios.
Si Dios creó todo de la nada, entonces absolutamente todo lo que existe le pertenece a Él. No existe algo en la creación que escape de Su dominio soberano. El Salmo 24:1 declara:
Salmo 24:1 – «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
El hecho de que Dios sea el Creador soberano implica que Él tiene autoridad absoluta sobre toda su creación. No solo el universo le pertenece, sino que cada aspecto de nuestra vida está bajo su autoridad suprema. Esto significa, hermanos, que no existe ninguna circunstancia en tu vida o en la mía que esté fuera del dominio y cuidado del Dios Creador. Esta verdad debería traer consuelo y seguridad a nuestros corazones, sabiendo que nuestra vida está en las manos del Dios que creó el universo de la nada, el Dios que sostiene todas las cosas por el poder de su palabra (Hebreos 1:3).
2. La creación ex nihilo proporciona propósito y significado a la existencia.
Si la creación hubiese surgido de forma accidental, producto de la casualidad o fuerzas impersonales, entonces la vida humana no tendría ningún propósito trascendente ni significado definitivo. Pero, al afirmar que Dios creó todas las cosas de la nada, confesamos que la creación tiene un sentido y propósito eternos.
Isaías 43:7 nos recuerda esta verdad gloriosa:
«Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice.»
Dios creó con un propósito claro: manifestar su gloria. Todo lo creado refleja su sabiduría, poder y bondad. Cada parte de la creación, desde las galaxias más lejanas hasta los detalles más pequeños en nuestras vidas, tiene un propósito en el plan de Dios.
Herman Bavinck afirma con claridad:
«La creación no es un acto arbitrario o accidental de Dios. Al contrario, cada parte del universo, cada criatura individual, tiene un lugar en el plan eterno del Creador. Dios creó todas las cosas para manifestar su gloria, y esta es la razón última y suprema por la cual existe el universo.»
Hermanos, ¿te das cuenta del impacto que esto tiene para tu vida cotidiana? Tu vida no es un accidente ni una casualidad. Dios te creó con un propósito claro y definido: glorificarle y disfrutar de Él para siempre.
3. La creación ex nihilo establece la clara distinción entre el Creador y la criatura.
Esta doctrina nos enseña una distinción fundamental y necesaria: solo Dios es eterno y autosuficiente. Nosotros, y toda la creación, somos criaturas dependientes, totalmente sostenidas y sustentadas por Él. No somos seres autónomos; dependemos constantemente de nuestro Creador para cada aliento que tomamos.
Bavinck nuevamente dice al respecto:
«La doctrina de la creación ex nihilo mantiene clara la distinción entre Dios y el mundo. Dios es absolutamente independiente, autosuficiente y trascendente. La creación es absolutamente dependiente, limitada y contingente.»
Esta realidad, hermanos, nos llama a vivir con humildad ante nuestro Dios. Nunca podemos olvidar que somos criaturas y que Él es el Creador. Nuestra adoración, nuestra obediencia y nuestra humildad deben ser el resultado natural de entender esta distinción fundamental.
Permítanme resumir de manera pastoral y práctica estas verdades tan profundas:
• Si Dios es soberano, puedo descansar en que Él tiene control absoluto sobre mi vida.
• Si Dios me ha creado con propósito, entonces mi existencia tiene significado y mi vida no carece de valor.
• Si yo soy criatura y Él es el Creador, entonces debo vivir en humilde dependencia, en adoración reverente y en constante gratitud.
Hermanos queridos, que el Señor nos ayude a abrazar con reverencia y gratitud esta verdad de la creación ex nihilo. Que esta doctrina transforme nuestro caminar diario, nuestra adoración y nuestro entendimiento del propósito eterno que Dios tiene para cada uno de nosotros.
Continuaremos profundizando en nuestra próxima sesión, considerando la relación entre la Trinidad y la creación, y cómo esta doctrina nos muestra con claridad el carácter glorioso y amoroso del Dios que adoramos y servimos.
III. La Trinidad en la Obra de la Creación
Hermanos amados, después de haber considerado la importancia fundamental de la creación ex nihilo, es esencial ahora profundizar en cómo la obra de creación revela claramente el carácter trinitario de nuestro Dios. Esta es una doctrina central y hermosa que encontramos a lo largo de toda la Escritura y que nos muestra que Dios no solo creó todas las cosas, sino que lo hizo como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Al meditar en esta realidad, debemos maravillarnos profundamente y reconocer que nuestra salvación y nuestra vida espiritual están arraigadas en la obra conjunta de las tres personas divinas.
Veamos entonces cómo cada persona de la Trinidad participa activamente en la creación.
1. El Padre en la Creación
Desde el primer versículo de la Escritura, vemos a Dios el Padre como el origen de todas las cosas:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1).
Este texto fundamental nos muestra que la creación entera encuentra su origen en el Padre, quien, en su soberanía, decidió traer todo a la existencia por su Palabra poderosa. Este aspecto es enfatizado por el apóstol Pablo cuando afirma en 1 Corintios 8:6:
«Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él.»
Aquí Pablo nos muestra claramente que el Padre es la fuente, la autoridad suprema y el propósito último de toda creación. Toda la existencia depende absolutamente de Él, quien creó todo por Su voluntad soberana y para la gloria de Su nombre.
El Hijo en la Creación
Pero el Padre no estuvo solo en esta maravillosa obra. La Escritura enseña claramente que el Hijo, Jesucristo, es también el agente activo de la creación. Leemos con claridad en el evangelio de Juan, estas palabras impresionantes acerca de Jesús, el Verbo eterno de Dios:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:1-3).
Estas palabras del apóstol Juan son contundentes: el Hijo eterno es el medio por el cual todas las cosas fueron creadas. Nada existe aparte de la obra creadora del Verbo. El apóstol Pablo lo reitera claramente en Colosenses 1:16:
«Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él.»
Noten hermanos, que no solo la creación fue hecha por Cristo, sino que fue hecha para Cristo. Esto significa que toda la realidad existe para su gloria y exaltación. Jesucristo no solo es el agente creador; Él es también el propósito y fin de la creación misma.
El Espíritu Santo en la Creación
Además del Padre y el Hijo, también el Espíritu Santo participó activamente en la creación del universo. La Biblia nos enseña claramente que el Espíritu estuvo involucrado desde el principio:
«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1:2).
Aquí, desde los primeros versículos de la Biblia, vemos al Espíritu Santo presente, preparando y llenando de vida todo lo creado. Este papel vivificador del Espíritu es confirmado en otros pasajes bíblicos como el Salmo 104:30:
«Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra».
El término hebreo utilizado aquí es ruaj (חַוּר), que significa aliento, espíritu o viento. El Espíritu de Dios es el que da vida, forma y orden a la creación. De hecho, en Job encontramos una confirmación maravillosa de esta obra creadora del Espíritu Santo:
«El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4).
Estas referencias nos enseñan que el Espíritu Santo no solo es el dador de vida física, sino también espiritual. Él participa activamente en la creación, en la redención y en la renovación de todas las cosas para gloria de Dios.
La obra trinitaria conjunta en la creación
Queridos hermanos, al ver estos pasajes bíblicos juntos, apreciamos claramente que la creación fue un acto trinitario perfecto. El Padre planificó y ordenó la creación; el Hijo ejecutó la voluntad del Padre, llevando todo a existencia por medio de su poder; y el Espíritu Santo dio vida, forma y plenitud a la obra creada.
La confesión histórica de la Iglesia lo reconoce claramente. El Credo Niceno lo afirma al decir que creemos en:
«…un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible; y en un solo Señor Jesucristo, por quien fueron hechas todas las cosas… y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.»
Esta realidad, hermanos, nos enseña algo glorioso y pastoral: que nuestro Dios trino no es una simple fuerza impersonal. Él es un Dios que en su misma esencia es relacional y personal. Esta verdad sobre la Trinidad nos lleva a entender que fuimos creados para participar en una comunión amorosa con Él, porque el Dios trino que creó todas las cosas en perfecta comunión, también nos ha creado para vivir en comunión profunda con Él.
Antes de avanzar a la siguiente sección, meditemos por un instante:
• ¿Somos conscientes de que toda la creación refleja la obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?
• ¿Vivimos cada día conscientes de que nuestra existencia fue diseñada no solo para nosotros mismos, sino para glorificar al Dios trino?
En nuestra próxima sesión, continuaremos profundizando sobre otros aspectos esenciales de la creación, especialmente la creación del ser humano a la imagen de Dios y cómo esta verdad impacta cada aspecto de nuestra vida cristiana. Que el Señor continúe iluminando nuestros corazones y mentes para que esta doctrina nos lleve a una adoración más profunda y sincera de nuestro Dios creador, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
SESIÓN 2: LA CREACIÓN DEL SER HUMANO A LA IMAGEN DE DIOS
Introducción Pastoral
Queridos hermanos, después de haber contemplado en la sesión anterior la gloriosa obra trinitaria de Dios en la creación del universo, hoy llegamos a una parte sumamente especial y cercana a cada uno de nosotros: la creación del ser humano.
No se trata aquí simplemente de una descripción técnica o científica de cómo llegamos a existir, sino de algo mucho más profundo y esencial para entender nuestra dignidad, propósito y relación con Dios. El relato bíblico nos enseña que el ser humano no es un producto accidental ni fruto del azar evolutivo, sino que fuimos creados de manera directa, personal e intencional por Dios, para reflejar Su imagen y Su gloria.
Dice Génesis 1:26-27:
«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»
Noten hermanos la repetición enfática: “a imagen de Dios”. Esta es una declaración radical y profundamente consoladora. En ella encontramos nuestra verdadera identidad: no somos simples criaturas avanzadas; somos imagen del Dios vivo y verdadero.
En esta sesión profundizaremos en qué significa realmente haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto es crucial no solamente para comprender quiénes somos, sino también para vivir en comunión con Él y cumplir fielmente el propósito para el cual fuimos creados.
1. La Creación Directa del Hombre por Dios
Hermanos, la Escritura nos muestra claramente que Dios creó al ser humano de una manera especial y diferente a todo el resto de la creación. Veamos atentamente el texto de Génesis 2:7, 21-22:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. […] Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas […] y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.»
Estos pasajes nos enseñan claramente varias cosas esenciales sobre nuestra creación:
• Primero, que Dios creó al hombre y a la mujer de forma directa, personal y especial. No surgimos como resultado de procesos ciegos ni de evolución natural, sino de la mano amorosa y poderosa de Dios. Esto nos da dignidad infinita: fuimos diseñados por el Dios del universo.
• Segundo, Dios nos creó del polvo de la tierra, recordándonos nuestra humildad y dependencia. Somos criaturas frágiles y completamente dependientes de Dios. Nuestra vida proviene de Él, y solamente en Él podemos encontrar verdadero significado y propósito.
• Tercero, que Dios sopló en nosotros aliento de vida. Esta acción de Dios muestra su intimidad y cercanía. No somos simplemente materia física; Dios nos ha dado un espíritu que nos capacita para relacionarnos personal y espiritualmente con Él.
• Finalmente, que Dios creó al hombre y a la mujer distintos pero complementarios, y esta diferencia y complementariedad no es accidental. Dios hizo al ser humano con propósito y diseño, varón y mujer, para que juntos reflejemos su imagen.
Estos aspectos son esenciales porque impactan profundamente cómo entendemos al ser humano y cómo enfrentamos las ideas contemporáneas que minimizan o distorsionan nuestra dignidad como creación de Dios. La enseñanza bíblica es clara: fuimos creados por Dios, dependemos de Dios y existimos para Dios.
Al reflexionar sobre esto, debemos preguntarnos con humildad y reverencia:
• ¿Estamos viviendo conscientes de nuestra dignidad como imagen de Dios?
• ¿Estamos tratando a los demás como personas hechas también a imagen y semejanza del Creador?
• ¿Comprendemos que fuimos creados para vivir en comunión íntima con Dios?
2. El Ser Humano Creado a la Imagen de Dios
Ahora hermanos, después de entender la creación directa y especial del ser humano por parte de Dios, detengámonos para profundizar en uno de los aspectos más maravillosos y significativos que la Escritura nos presenta: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Esta es una verdad central que define nuestra identidad, valor y propósito, y que diferencia radicalmente al cristianismo de todas las demás visiones acerca del ser humano.
El libro de Génesis afirma categóricamente:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).
Ahora bien, ¿qué significa exactamente ser creados “a imagen de Dios”? Herman Bavinck explica en su obra Dogmática Reformada que esta imagen no se refiere a una semejanza física—porque Dios es espíritu (Juan 4:24)—sino que apunta hacia características espirituales, morales y relacionales del hombre que reflejan algo del propio ser divino.
De manera más específica, ser creados a la imagen de Dios implica:
• Espiritualidad: Hemos recibido la capacidad de relacionarnos personalmente con Dios, amarlo, adorarlo, y obedecerle en espíritu y verdad. Nuestra vida no se limita al aspecto físico, sino que incluye una dimensión espiritual profunda que nos conecta directamente con nuestro Creador.
• Intelecto y razón: Dios nos ha dotado de una mente capaz de razonar, comprender, reflexionar y conocer verdades espirituales y morales. Somos seres racionales precisamente porque reflejamos la sabiduría del Dios que es la fuente de toda verdad.
• Moralidad y justicia: Fuimos creados con una capacidad moral para discernir el bien del mal. Aunque esta imagen fue afectada por el pecado, todavía retenemos esta conciencia moral como testimonio de que somos imagen de un Dios justo y santo (Romanos 2:14-15).
• Relacionalidad: La imagen de Dios también significa que fuimos creados para relacionarnos en amor, tanto con Dios como con otras personas. La Trinidad misma, una relación eterna de amor entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, se refleja en nuestra necesidad y capacidad de amar y ser amados.
Hermanos, reflexionemos en lo que esta realidad implica para nosotros hoy. El mundo contemporáneo trata al ser humano muchas veces como un simple producto de la evolución, sin propósito ni significado especial. Pero la Escritura declara que cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural, posee dignidad intrínseca y valor eterno por haber sido creado a imagen y semejanza del Creador.
El Salmo 8 expresa hermosamente esta dignidad humana cuando dice:
«Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra» (Salmo 8:3-5).
Noten cómo el salmista se maravilla de que, en medio de un universo tan vasto, Dios le haya dado tanta importancia y dignidad al ser humano. Esta realidad debería impactar profundamente cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo tratamos a nuestros semejantes.
Amados hermanos, al reflexionar sobre esta gloriosa verdad, somos llamados a considerar seriamente algunas preguntas prácticas y espirituales:
• ¿Reconocemos la imagen de Dios en cada persona, sin importar sus circunstancias, posición social o etapa de vida?
• ¿Vivimos conscientes de que nuestra vida debe reflejar la gloria y el carácter de Dios en nuestras relaciones familiares, laborales y eclesiales?
• ¿Valoramos nuestra comunión con Dios y buscamos cultivarla como lo más importante, sabiendo que fuimos creados precisamente para conocerle y disfrutarle eternamente?
Al meditar en estas verdades, no solo comprendemos mejor quiénes somos, sino también para qué existimos. Nuestra vida encuentra sentido únicamente en relación con Dios, reflejando Su gloria, viviendo en santidad y justicia, y compartiendo esta verdad con quienes todavía no conocen su precioso evangelio.
Quiero invitarles, entonces, hermanos, a que consideren profundamente lo que significa haber sido creados a imagen de Dios. Que esta verdad transforme nuestro entendimiento de nuestra propia identidad y nos lleve a vivir vidas dignas del llamado divino que hemos recibido.
En la siguiente parte, continuaremos profundizando en cómo la creación del hombre impacta otras doctrinas esenciales, especialmente el propósito para el cual Dios nos creó y nuestra responsabilidad delante de Él. Que el Señor nos ayude a vivir cada día conscientes de esta gloriosa realidad.
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