Lucas 4:16-29 - Jesús, el único que puede traerte el Reino de Dios

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Jesús es el único que puede traernos el Reino de Dios, pero si lo rechazamos, perdemos nuestra única oportunidad de libertad y salvación. No ignores su llamado. Hoy es el día de salvación.

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Introducción

En el libro El Progreso del Peregrino de John Bunyan hay una escena terrible. Cristiano y Esperanza, los protagonistas, fueron capturados por el terrible Gigante Desesperación y encerrados en el lúgubre Castillo de la Duda. Durante días sufren cruelmente golpes, hambre y la constante amenaza de muerte. Lentamente, la desesperanza invade sus corazones, llevándolos casi a rendirse.
Pero justo en el momento más oscuro, Cristiano recuerda algo fundamental. Buscando en su pecho, encuentra que, durante todo ese tiempo, había guardado una llave en su bolsillo. Era la Llave de la Promesa. ¡Con esa llave podían abrir las puertas de su prisión y escapar!
Pueden imaginar? Tanto sufrimiento innecesario cuando la libertad siempre había estado al alcance de sus manos. Ellos tenían la llave desde el principio, pero la habían olvidado.
Algo similar, pero mucho más trágico, sucedió en Lucas 4:16-30 cuando Jesús se levantó en la sinagoga de Nazaret para leer las Escrituras.
Ese día, soberanamente y de manera providencial, Dios dispuso que Jesús leyera precisamente el pasaje de Isaías 61, revelando así que Él era el Mesías prometido, la verdadera llave hacia la salvación y la libertad definitiva. Jesús estaba proclamando las buenas nuevas, anunciando el Reino de Dios y ofreciendo liberación a los cautivos, pero en lugar de tomar esa llave gloriosa, los habitantes de Nazaret, cegados por su orgullo religioso y nacional, la rechazaron con desprecio, cerrando la puerta en su propia cara.
Durante las últimas semanas hemos visto que Jesús es quien dirige el éxodo final, liberándonos de la esclavitud de satanas y del pecado y abriéndonos paso hacia la vida eterna. Hoy profundizaremos en la realidad de que Él es también la llave definitiva hacia el Reino de Dios. Pero si lo rechazamos, como ocurrió trágicamente en Nazaret, cerramos la puerta a nuestra propia libertad y salvación.
Este pasaje nos revela una verdad crucial y urgente: la presencia de Jesús siempre demanda una respuesta. Nadie puede permanecer neutral frente a Él. Su mensaje es una oferta abundante de gracia, pero también una seria advertencia que nos llama a decidir claramente.
Por eso, hoy consideraremos tres razones fundamentales por las que debemos escuchar atentamente a Jesús y no rechazarlo como hizo aquel día la gente de Nazaret:
Porque Él es el Mesías ungido que proclama la salvación (v. 14-21).
Porque Él ofrece una libertad que nadie más puede dar (v. 22-27).
Porque rechazarlo significa ponerte contra Dios mismo (v. 28-30).
Comencemos entonces con la primera razón.

1. Porque Él es el Mesías ungido que proclama la salvación (v. 14-21)

Después de que Jesus venció la tentación en el desierto, regresó a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo. Su ministerio público de predicacion se comienza a manifestar con gran impacto, y su fama crece por toda la región.
Ahora regresa a Nazaret, la aldea donde creció, en la que lo conocen desde pequeño como el hijo del carpintero José.
Era sábado, y según su costumbre, Jesús asiste a la sinagoga. Como ya era un Rabi conocido, el administrador de la sinagoga le entrega el rollo del profeta Isaías. De pie frente a la congregación, Jesús busca intencionalmente el pasaje de Isaías 61:1-2, que describe claramente la misión del Mesías prometido:
Lucas 4:18–19 NBLA
«El Espíritu del Señor está sobre Mí, Porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, Y la recuperación de la vista a los ciegos; Para poner en libertad a los oprimidos; Para proclamar el año favorable del Señor».
Luego, Jesús se sienta — para predicar el texto. Esta era la posición de autoridad para enseñar a la que llamaban la cátedra de Moisés. Lucas resume el Sermón con estas palabras:
Lucas 4:21 NBLA
Y comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que han oído».
Con estas palabras Lucas esta enfatizando la afirmación más radical que Jesús hace en su exposición del texto: Él es el cumplimiento de la profecía mesiánica. El explico el texto y lo aplico directamente a si mismo. Jesus explica que es Él quien hablo por medio del profeta Isaias, El es el mesías, ungido de Dios.
Su declaración no es una afirmación que no corresponde con la realidad, noten como Lucas quiere enfatizar a Teofilo que Jesus es en verdad lo que afirmo ser, el E.S. lo urgió en el Jordan, el E.S. le lleno y le sostuvo para enfrentar con éxito la tentación y Jesus predico en el poder del E.S. De manera que Jesús no actúa en autoridad meramente humana. Él es:
El verdadero profeta ungido: Dios prometió en Deuteronomio 18:15 levantar un profeta como Moisés. Jesús es ese Profeta superior, lleno del Espíritu, que proclama no solo palabras de vida, sino vida misma.
Jesús es el verdadero Rey ungido: Como David fue ungido por Samuel y lleno del Espíritu (1 Samuel 16:13), así Jesús es el Rey prometido, pero ungido no con aceite, sino con el Espíritu mismo de Dios, El vino a establecer el reino eterno de Dios.
Jesús es el verdadero Siervo ungido: Isaías profetizó un Siervo lleno del Espíritu (Isaías 42:1). Jesús cumple perfectamente esta promesa, trayendo justicia, consuelo y restauración eterna a su pueblo.
Jesús es realmente, nuestro verdadero Profeta, Sacerdote y Rey. El ungido de Dios.
Aplicación:
De manera que su ministerio fue llevado a cabo en el poder del Espíritu Santo, y recordemos hermanos, que ese mismo Espíritu ha sido derramado sobre la Iglesia (Hechos 1:8).
Así como el Espíritu Santo ungió a Jesús en su bautismo, lo llenó en la tentación y lo fortaleció en su ministerio de predicación y milagros, ahora ese mismo Espíritu es dado a todos los que creen en Él. No caminamos en nuestras propias fuerzas, sino en la misma unción que habilitó a Cristo para cumplir su misión.
Por eso, la proclamación de Jesús en la sinagoga de Nazaret no fue solo una declaración sobre su identidad, sino un llamado a reconocer que el Reino de Dios ha irrumpido en la historia y exige una respuesta. Si Cristo fue ungido para predicar las buenas nuevas, nosotros, su pueblo, hemos sido ungidos con el Espíritu para continuar esa obra.
Lucas enfatiza que el evangelio no es solo un mensaje para recibir, sino una realidad que transforma vidas y comisiona a los creyentes a ser testigos. Por lo tanto, sigamos el ejemplo de nuestro Señor, predicando el evangelio con fidelidad, trayendo luz a los que están en tinieblas y viviendo en el poder del Espíritu, con la certeza de que el Reino de Dios ha llegado en Cristo y será consumado en su regreso glorioso.
El mensaje central del Sermon de Jesus, es que el era el cumplimiento de esta Profesía de Isaias. Pero Jesús no solo leyó el texto de Isaías, sino que lo interpretó antes de aplicarlo a sí mismo. Según los patrones de la enseñanza rabínica, tras leer la Escritura, el maestro explicaba su significado y relevancia. Podemos asumir que Jesús:
Explicó el contexto de Isaías 61: Es probable que Jesús haya recordado a su audiencia que Isaías 61 habla de la restauración futura del pueblo de Dios. En su contexto original, el pasaje describe la liberación del exilio y la venida de la era mesiánica. Jesús habría enfatizado que esta profecía hablaba no solo de un evento histórico, sino de una promesa mayor que solo el Mesías podía cumplir.
Identificó al sujeto del pasaje: En Isaías 61, la persona que habla es el Ungido del Señor, aquel que ha sido enviado para predicar buenas nuevas, liberar a los cautivos y proclamar el año favorable de Dios. Jesús dejó claro que este pasaje no hablaba de un profeta cualquiera, sino del Mesías prometido, el Siervo de Dios ungido con el Espíritu.
Luego Afirmó que el cumplimiento estaba ocurriendo en ese mismo momento: La era de la salvación había llegado con su ministerio.
Tuvo que haber explicado lo que esto implica:
Él había venido a predicar el evangelio a los pobres: En la Biblia, “los pobres” no se refiere solo a los económicamente desfavorecidos, sino a los humildes, los necesitados, los que dependen de Dios (cf. Mateo 5:3). Jesús enseñó que su ministerio estaba dirigido a los que reconocen su necesidad espiritual, y no a los autosuficientes o orgullosos.
Él traía liberación a los cautivos y vista a los ciegos: Aunque el pasaje puede tener un sentido literal (Jesús sanó a ciegos y liberó a endemoniados), su aplicación es principalmente espiritual. La mayor esclavitud no es física, sino la esclavitud del pecado (Juan 8:34) y la Mayor ceguera es la espiritual que nos impide ver y conocer a Dios. Jesús habría explicado que Él venía a liberar a las personas de la opresión del pecado, del dominio de Satanás y de la condenación eterna.
Él proclamaba el “año favorable del Señor”: Esto probablemente fue un punto clave en su enseñanza. El “año favorable” hacía referencia al Año del Jubileo (Levítico 25), un tiempo de perdón de deudas y liberación de esclavos. Jesús enseñó que Él mismo era el cumplimiento de este jubileo espiritual, trayendo el perdón y la restauración definitiva.
Algo notable en la lectura de Jesús es que se detiene antes de leer la parte del juicio
Isaías 61:2 NBLA
Para proclamar el año favorable del Señor, Y el día de venganza de nuestro Dios; Para consolar a todos los que lloran,
¿Por qué omitió esta parte? Es evidente que Jesús, con plena intención, detuvo su lectura antes de mencionar “el día de venganza de nuestro Dios”. Esto no fue un descuido, sino una revelación clave sobre su misión en su primera venida. Su propósito inicial no era ejecutar juicio inmediato, sino proclamar la gracia y ofrecer salvación.
El juicio vendría más adelante, en su segunda venida, cuando regresará como Rey y Juez (cf. Juan 3:17: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”). En ese momento, Jesús estaba abriendo la puerta de la misericordia para todos los que creyeran en Él.
Así, les ofreció el completo perdón de pecados si confiaban en Él, la salvación eterna, la restauración total de su relación con Dios. Pero esta oferta de gracia también traía consigo una demanda ineludible: una respuesta personal y un arrepentimiento genuino.
Este no era un mensaje común ni un simple llamado a la reforma moral. Era una declaración radical sobre su identidad, su oficio y su misión:
No vino a predicar una mejora moral, sino a transformar completamente nuestra condición espiritual. No basta con ser mejores personas; necesitamos un nuevo corazón y una nueva vida en el Espíritu.
No vino simplemente a mejorar nuestra condición terrenal, sino a reconciliarnos plenamente con Dios. Su evangelio no es un mensaje de bienestar, sino de restauración eterna con el Padre.
No ofrece solamente una vida mejor, sino una vida totalmente nueva. No vino a ajustar nuestras circunstancias; vino a darnos una nueva identidad en Él.
Este mensaje era y sigue siendo radical. No podemos recibirlo a medias ni adaptarlo a nuestras expectativas humanas. O aceptamos la gracia que Él ofrece, o nos cerramos a la única fuente de salvación.
La pregunta es:
¿cómo responderemos a su llamado?
¿Lo escucharemos con un corazón humilde y reconoceremos nuestra necesidad de su gracia?
¿Admitimos que somos pobres, quebrantados, cautivos y ciegos espiritualmente?
Si es así, podemos confiar plenamente en Jesús, quien fue ungido por Dios para salvar a personas como tú y como yo, necesitados de redención.
Pero Jesús no está esperando que simplemente lo admiremos o nos maravillemos de su enseñanza, como lo hicieron los galileos en la sinagoga aquel día:
Lucas 4:22 NBLA
Todos hablaban bien de Él y se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de Su boca, y decían: «¿No es este el hijo de José?»
Aquí está la trágica ironía: ellos se maravillaron de su enseñanza, pero menospreciaron su identidad. Su admiración fue superficial, su asombro fue fugaz, y su falta de fe los llevó a rechazar al único que podía salvarlos. Y es aquí donde vemos una verdad crucial: 
Este es el gran peligro de la familiaridad con Cristo.
Estas personas que habían crecido viendo a Jesús caminar entre ellos, que habían escuchado su sabiduría y visto su vida intachable, fueron los primeros en rechazarlo. No podían aceptar que aquel a quien conocían tan bien fuera realmente el Mesías.
Hermano, este peligro no ha desaparecido. Hoy en día, la historia de Nazaret se repite en las iglesias, en los hogares cristianos y entre los hijos del pacto.
Aquellos que han crecido rodeados de la Palabra de Dios, que han escuchado el evangelio desde su infancia y han sido instruidos en la verdad, corren el riesgo de volverse insensibles a la grandeza del mensaje de Cristo. Escuchar la verdad una y otra vez sin responder con fe genuina endurece el corazón.
Como los nazarenos, podemos acostumbrarnos tanto a la verdad que terminamos ignorándola, viéndola como algo ordinario en lugar de la revelación gloriosa de Dios.
La familiaridad con el evangelio es un peligro real. En lugar de provocar asombro y fe, puede llevar a la indiferencia, la incredulidad e incluso el rechazo.
Amados hermano, el evangelio no es un mensaje para admirar, sino una verdad para obedecer con fe genuina. Jesús no busca admiradores, sino discípulos. La salvación no es para aquellos que solo reconocen su sabiduría o se impresionan con su gracia, sino para aquellos que rinden su vida a Él como su Señor y Salvador.
La pregunta es inevitable: ¿Responderemos con fe genuina o con indiferencia?
El riesgo de la familiaridad con Cristo es que nos hace inmunes a la urgencia del evangelio. Los nazarenos dijeron con desprecio:
”¿No es este el hijo de José?” (Lucas 4:22)
Lo admiraron, pero lo rechazaron. Escucharon la verdad, pero cerraron sus corazones.
Hermanos, que esta historia no se repita en nosotros. No basta con maravillarnos ante Jesús. Debemos rendirnos ante Él con fe genuina, reconocerlo como el Cristo de Dios y entregarle por completo nuestra vida.
El evangelio que hemos oído desde la infancia debe llevarnos a una entrega real, no a una indiferencia cómoda. Si Jesús es realmente el Mesías, debemos postrarnos ante Él y seguirlo con todo nuestro ser.
Pero ¿qué sucede cuando, en lugar de recibirlo con fe, endurecemos nuestro corazón y exigimos que Dios se ajuste a nuestras expectativas?
Aquí es donde vemos el verdadero problema de Nazaret: su rechazo no solo fue por incredulidad, sino porque no podían aceptar la libertad que Jesús ofrecía.

2. Porque Él ofrece una libertad que nadie más puede dar (v. 22-27)

Veamos como Jesús mismo expone las raíces profundas del rechazo e indiferencia:
Lucas 4:23–24 NBLA
Entonces Él les dijo: «Sin duda me citarán este refrán: “Médico, cúrate a ti mismo; esto es, todo lo que oímos que se ha hecho en Capernaúm, hazlo también aquí en Tu tierra”». Y Jesús añadió: «En verdad les digo, que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.
Jesús sabe exactamente lo que están pensando y revela el verdadero problema detrás de su resistencia. Los nazarenos no están buscando la verdad, sino señales que confirmen sus expectativas humanas. En sus corazones cuestionan internamente:
”¿Por qué no hace aquí los milagros que hemos oído que hizo en otros lugares?”
“Si Él es realmente el Mesías, que lo demuestre.”
Ellos querían que Jesús probara su identidad mediante señales visibles, en lugar de confiar en la autoridad de su Palabra.
Aquí vemos un patrón peligroso: una generación que no se satisface con la Palabra de Dios, sino que exige pruebas externas, señales y prodigios.
En cierto sentido, esta sinagoga era “carismática”, no porque estuviera llena del Espíritu Santo, sino porque dependía de las experiencias y señales en lugar de la Escritura. No querían recibir a Jesús por lo que decía, sino por lo que pudiera demostrar con poder visible.
Esta actitud no es exclusiva de los nazarenos; se repite hoy en día cuando la fe se basa más en lo espectacular que en la Escritura. Muchas personas dicen creer en Dios, pero en el fondo piensan como los nazarenos:
“Si Dios me muestra un milagro, creeré.”
“Si Dios cambia mi situación, confiaré en Él.”
“Si me da lo que le pido, entonces lo seguiré.”
Pero Jesús no se somete a nuestras demandas. Él no es un mago celestial que debe actuar según nuestros términos. Él habla con autoridad, y su Palabra es suficiente.
Jesús les dice claramente: “Ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.”
Este rechazo no es por que haya una falta de evidencia. Es porque el orgullo humano no soporta la idea de que Dios pueda revelarse de una manera que desafía nuestras expectativas.
Los nazarenos querían un Mesías espectacular, un líder que hiciera milagros para ellos, pero Jesús se presenta como el Ungido que proclama la verdad, y eso les resulta inaceptable.
Hermanos, ¿estamos buscando a Jesús porque anhelamos conocerlo, o solo queremos que nos conceda lo que deseamos?
¿Nos basta su Palabra, o estamos esperando que Él haga algo espectacular para creer en Él?
El rechazo de los nazarenos es una advertencia para nosotros: la fe que exige señales no es fe genuina. La verdadera fe cree en la Palabra de Cristo porque Él es el Ungido de Dios, y su autoridad no necesita ser confirmada con espectáculos.
El verdadero pueblo de Dios escucha, cree y obedece su Palabra.
Jesús no se detiene simplemente en exponer su incredulidad, sino que los confronta aún más directamente con dos ejemplos históricos que tocan una fibra muy sensible en su orgullo religioso y nacionalista:
Lucas 4:25–27 NBLA
»Pero en verdad les digo, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses y cuando hubo gran hambre sobre toda la tierra; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta, en la tierra de Sidón. »Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio».
Aquí, Jesús no solo les dice que no hará milagros en Nazaret, sino que insinúa que la gracia de Dios pasará de largo y será dada a los gentiles en lugar de ellos.
Jesús recuerda la historia de Elías y la viuda de Sarepta (1 Reyes 17:8-16). Durante una gran sequía y hambre en Israel, había muchas viudas en la nación, pero Dios no envió a Elías a ninguna de ellas. En cambio, lo envió a una mujer gentil, en Sidón, fuera de Israel.
Este evento demuestra que la gracia de Dios nunca estuvo limitada a Israel, sino que es extendida soberanamente a quien Él quiere.
Luego, Jesús menciona la historia de Naamán el sirio, un comandante del ejército enemigo de Israel (2 Reyes 5:1-14). Aunque había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo, solo Naamán, un extranjero, fue sanado.
Esto era un golpe directo a su orgullo: Jesús está diciendo que los gentiles mostraron más fe en Dios que su propio pueblo elegido.
¿Por qué Jesús usa estas historias? Porque Israel tenía un patrón de rechazar a los profetas enviados por Dios.
Los nazarenos querían que Jesús hiciera milagros para ellos, pero no estaban dispuestos a recibirlo como el Mesías. Al recordarles estos ejemplos, Jesús los está comparando con los israelitas incrédulos de la antigüedad, y eso los ofende profundamente.
Lucas nos dice cuál fue la respuesta inmediata de los nazarenos:
Lucas 4:28–29 NBLA
Y todos en la sinagoga se llenaron de ira cuando oyeron estas cosas, y levantándose, echaron a Jesús fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para tirar a Jesús desde allí.
El mismo pueblo que se maravilló de sus palabras llenas de gracia, ahora intenta matarlo.
Aplicación:
Los nazarenos no solo rechazaron la libertad que Jesús ofrecía, sino que al verse confrontados, reaccionaron con ira.
Aquí vemos la consecuencia final del rechazo a Cristo:
El rechazo a Jesús no es solo incredulidad pasiva, sino oposición activa contra Dios.
No escuchar su voz no es neutralidad; es resistencia contra su verdad.
No recibir su gracia no es simplemente una opción personal; es rebelión contra el Señor.
Este es el clímax del pasaje: cuando endurecemos nuestro corazón contra la verdad, nos estamos poniendo directamente en contra de Dios mismo.
Por eso, la tercera razón por la que debemos escuchar a Jesús y no rechazarlo es esta:

3. Porque rechazarlo significa ponerse contra Dios mismo (v. 28-30)

La reacción de los nazarenos es un retrato claro de lo que sucede cuando un corazón endurecido es expuesto a la verdad.
El pueblo que escuchó el evangelio con sus propios oídos se convierte en una multitud enfurecida.
La sinagoga pasa de un lugar de enseñanza a una escena de juicio y violencia.
En lugar de recibir a Jesús como el Ungido de Dios, intentan eliminarlo.
Este momento no es solo la historia de Nazaret; es la historia de toda la humanidad caída.
Desde los días de los profetas hasta la crucifixión de Cristo, el rechazo a la verdad siempre ha llevado a la persecución de los mensajeros de Dios.
Hechos de los Apóstoles 7:52 NBLA
»¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Ellos mataron a los que antes habían anunciado la venida del Justo, del cual ahora ustedes se hicieron traidores y asesinos;
Jesús mismo advirtió que esta sería la reacción del mundo hacia la verdad:
Juan 15:18–19 NBLA
»Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. »Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia.
La ira de los nazarenos no es solo contra Jesús el hombre, sino contra Dios mismo.
Aplicación: ¿Cómo nos confronta esto hoy?
El rechazo a Cristo no es pasivo; es activo y militante.
Cuando las personas rechazan el evangelio, no están rechazando una idea, sino a Dios mismo.
El mundo sigue resistiéndose a Cristo porque no soporta la verdad sobre su pecado y necesidad de salvación.
Hermanos:
¿Cómo reaccionamos cuando Dios nos confronta con la verdad?
¿Nos humillamos ante la corrección de su Palabra, o endurecemos nuestro corazón?
¿Vivimos como discípulos fieles, o como aquellos que admiran a Jesús pero no le obedecen?
Notemos que los nazarenos intentaron deshacerse de Jesús, pero no pudieron.
Lucas 4:30 NBLA
Pero Él, pasando por en medio de ellos, se fue.
Esta escena no solo muestra su poder y autoridad, sino también una verdad espiritual muy importante: nadie puede detener o frustrar los propósitos redentores de Dios. Aunque rechazado por los suyos, Cristo sigue avanzando, proclamando el evangelio en otros lugares.

Conclusión:

Este pasaje de Lucas 4 no es solo una historia del pasado. Es un espejo en el que cada uno de nosotros debe mirarse. ¿Qué haremos con Jesús?
Los habitantes de Nazaret vieron a Jesús, escucharon su mensaje, pero lo rechazaron. No porque les faltara evidencia, sino porque sus corazones estaban endurecidos. Esperaban un Mesías que se ajustara a sus expectativas, no al verdadero Redentor que vino a salvarlos.
Y aquí está la gran advertencia: podemos ser religiosos, podemos conocer la Escritura, podemos estar familiarizados con la iglesia, y aún así, rechazar a Cristo en nuestros corazones.
Jesús sigue proclamando hoy lo mismo que proclamó en Nazaret:
Que Él es el ungido de Dios, el único que puede traernos el Reino.
Que su mensaje de salvación es nuestra única esperanza de libertad.
Que rechazarlo no es solo un error, sino una rebelión contra Dios mismo.
Así que te pregunto: ¿Cómo vas a responder a Jesús hoy?
¿Con una admiración superficial que pronto se convierte en rechazo cuando su palabra desafía tu orgullo?
¿O con una fe humilde que reconoce que sin Él sigues ciego, cautivo y en necesidad de salvación?
No hay neutralidad. No puedes salir de aquí igual. Hoy es el día de tomar una decisión.
Hebreos 3:15 NBLA
Por lo cual se dice: «Si ustedes oyen hoy Su voz, No endurezcan sus corazones, como en la provocación».
Si has vivido rechazando el señorío de Cristo, arrepiéntete y corre a Él hoy. No dejes que el orgullo o la indiferencia te priven del único Salvador.
Si ya eres su discípulo, este pasaje es un recordatorio de que el mundo rechazará el mensaje de Cristo, pero eso no cambia su verdad ni su victoria. Su reino avanza, su plan sigue firme, y su autoridad no depende de la aprobación humana.
Jesús pasó en medio de la multitud y siguió adelante. Su misión no se detuvo por el rechazo de los hombres, ni se detendrá hoy.
Así que, hermano, hermana: no desprecies la gracia de Dios. No repitas el error de Nazaret. Corre a Cristo, escucha su voz, y síguelo con todo tu corazón. Porque solo en Él hay vida, solo en Él hay libertad, solo en Él está el Reino de Dios
Oremos.