EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN EN LA FAMILIA

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INTRODUCCIÓN:

¡Amados hermanos y hermanas en Cristo! ¡Qué privilegio estar aquí hoy para compartir la poderosa Palabra de Dios que transforma vidas! Hoy, nos sumergiremos en una parábola que Jesús nos legó, una joya que resplandece con la verdad del perdón y la reconciliación, temas vitales para la salud de nuestras familias en la iglesia.
Imaginen por un momento el abismo de dolor que se abre ante la traición. La infidelidad, como una daga afilada, hiere el alma, dejando cicatrices de desconfianza y resentimiento. Piensen en el vacío helado que se siente al ser defraudado por un amigo, aquel en quien depositamos nuestra confianza, y que nos paga con desprecio y engaño.
Sientan el abandono de quien se queda solo en la hora más oscura, cuando la compañía y el apoyo eran vitales, y solo encuentra silencio y olvido. Visualicen el terror y la confusión de un niño abusado por su padre, la figura que debía protegerlo, que se convierte en su verdugo.
Experimenten la rabia y la humillación de quien es golpeado por un hermano, aquel con quien debía compartir la vida, y que se convierte en fuente de dolor. Sientan la punzada de la calumnia, las palabras envenenadas de quien habla a nuestras espaldas, minando nuestra reputación y sembrando discordia.
Cada una de estas experiencias deja una huella imborrable, una herida que sangra en silencio, que envenena el alma con amargura y resentimiento. La parábola del siervo despiadado, que hoy nos convoca, es un espejo que nos invita a reflexionar sobre nuestra propia capacidad de perdonar, sobre la lucha entre la justicia y la misericordia que se libra en nuestro interior.
Es un llamado a permitir que la gracia de Dios sane nuestras heridas y transforme nuestras relaciones rotas, recordándonos que el perdón no es un acto de debilidad, sino una manifestación del amor más poderoso y liberador.
Esta parábola se encuentra en Mateo 18, y voy a empezar leyendo los versículos 21 y 22.
Matthew 18:21–22 NBLA
21 Entonces acercándose Pedro, preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22 Jesús le contestó*: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Pedro, siempre perspicaz, pregunta sobre los límites del perdón, pero Jesús le responde con una cifra que trasciende toda lógica humana: "setenta y siete veces". A través de la historia del siervo perdonado que luego se niega a perdonar, Jesús nos muestra la profundidad de la gracia de Dios y la amarga ironía de rechazar el perdón.
De la lectura que desarrollamos, vamos a hablar de dos puntos. El primero es…

1. La Deuda Incalculable: un reflejo de nuestra condición.

La inmensidad de la deuda

Miremos lo que dice el versículo
Matthew 18:23–24 NBLA
23 »Por eso, el reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 24 »Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10,000 talentos (216 toneladas de plata).
Para comprender la magnitud de la deuda del siervo, es crucial entender el valor de un talento. En la antigüedad, un talento equivalía a una suma considerable de dinero. Aunque la conversión exacta a dólares actuales es compleja y objeto de debate entre los estudiosos, se estima que un talento podría equivaler a cientos de miles o incluso millones de pesos. Por lo tanto, "miles de talentos" representaban una deuda astronómica, impagable.
Esto nos muestra la inmensidad de nuestra deuda con Dios. Desde que tenemos uso de razón, hemos acumulado ofensas y pecados contra Él y contra nuestros semejantes. Nuestras palabras hirientes, nuestros pensamientos egoístas, nuestras acciones injustas, todo contribuye a una deuda que no podemos saldar por nosotros mismos.

La misericordia divina:

Matthew 18:25–27 NBLA
25 »Pero no teniendo él con qué pagar, su señor ordenó que lo vendieran, junto con su mujer e hijos y todo cuanto poseía, y así pagara la deuda. 26 »Entonces el siervo cayó postrado ante él, diciendo: “Tenga paciencia conmigo y todo se lo pagaré”. 27 »Y el señor de aquel siervo tuvo compasión, lo soltó y le perdonó la deuda.
Ante la súplica del siervo, el rey se compadece y le perdona toda la deuda. Esta es una imagen poderosa de la gracia de Dios, su disposición a perdonarnos a pesar de la magnitud de nuestras ofensas. Su misericordia es inmensa, su amor incondicional. Él no nos trata como merecen nuestros pecados, sino que nos ofrece el perdón gratuito a través de Jesucristo.

2. La Amargura del corazón No perdonador.

Matthew 18:28–30 NBLA
28 »Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía 100 denarios, y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: “Paga lo que debes”. 29 »Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. 30 »Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

La insignificancia de la deuda ajena

En contraste con la deuda del siervo, la deuda de su compañero era de cien denarios, una suma relativamente pequeña. Un denario era el salario de un día de trabajo, por lo que cien denarios equivaldrían aproximadamente a unos pocos meses de salario. En términos de dólares actuales, sería una cantidad insignificante comparada con la deuda que el rey le había perdonado.
Esto resalta la desproporción entre la gracia que hemos recibido y la mezquindad con la que tratamos a los demás.

La falta de perdón:

Matthew 18:31–35 NBLA
31 »Así que cuando sus consiervos vieron lo que había pasado, se entristecieron mucho, y fueron y contaron a su señor todo lo que había sucedido. 32 »Entonces, llamando al siervo, su señor le dijo*: “Siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. 33 ”¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?”. 34 »Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. 35 »Así también Mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano».
El siervo, a pesar de haber experimentado la generosidad del rey, se niega a mostrar esa misma compasión a su compañero. Su corazón se endurece, cegado por la avaricia y el resentimiento. Esta actitud refleja la trágica realidad de muchos de nosotros. A menudo, somos rápidos para condenar a los demás por sus faltas, pero lentos para reconocer nuestras propias fallas. La falta de perdón envenena nuestras relaciones, destruye la unidad familiar y nos aleja de la gracia de Dios.

Conclusión y Aplicación Práctica:

Hermanos y hermanas, la parábola del siervo despiadado nos confronta con la urgencia del perdón en nuestras familias. Muchos de ustedes han experimentado el dolor del abandono, el vacío de la ausencia, la amargura del resentimiento, la herida del abuso. Pero Jesús nos ofrece un camino de esperanza, un camino de sanidad y reconciliación.
Para los padres: Reconozcan sus errores, pidan perdón a sus hijos, rompan el ciclo de violencia y abandono. Sean padres presentes, amorosos y compasivos.
Para los hijos: Honren a sus padres, perdonen sus fallas, busquen la reconciliación. No permitan que la amargura y el resentimiento los consuman.
Para todos: Elijan perdonar, elijan amar, elijan restaurar. Permitan que el amor de Cristo sane las heridas de sus familias y construya puentes de reconciliación.
Que el Espíritu Santo nos guíe y nos capacite para perdonar como Cristo nos ha perdonado. ¡Amén!
Oremos.
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