Amor desbordante
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Introducción
Introducción
Durante los dos últimos años, gran parte de nuestras predicaciones, por no decir todas, se han fundamentado en el amor. El amor, así como la acción de amar, deben estar en la mente del cristiano que participa en la adoración de esta comunidad.
Las personas que nos han visitado esporádicamente deberían recordar de nuestra adoración una predicación que los llevaría a la reflexión sobre el amor. Hemos hablado del inmenso amor de Dios, de la obra de Jesús que se vive en la kénosis; el acto voluntario en el que Cristo se vacía a sí mismo en amor por la persona humana. Pero también hemos hablado del amor que debemos tener unos a otros, un amor que incluye, que sana y que libera.
Después de estos dos años de predicar y hablar del gran tema de la Biblia: el amor, sería interesante preguntarnos qué entendemos hoy en día sobre el amor. Al respecto, José José interpretó una canción que se llamaba «El amar y el querer», la canción hace un paralelo sobre el amor que es sufrido y el querer que es dicha, un amor que todo lo da y un querer que es egoísta, un amor que es plenitud y un querer que se aferra a la banalidad de la belleza, un amor que es eterno y un querer que es temporal.
Quienes recuerdan la canción, seguramente, pensarán en aquella balanza que nos invitaba a sopesar la experiencia entre ser queridos y ser amados. No obstante, la balanza también debe ser aplicada para nosotros mismos, ¿Queremos o amamos?
La interiorización de esta pregunta resulta importante para la persona humana porque, como enseñaría San Agustín, el amor, especialmente el amor a Dios, es la virtud fundamental y la fuente de la felicidad que impulsa a la voluntad humana a buscar la verdad y el bien. Recordemos que no es posible amar a Dios y odiar a nuestro prójimo. Para ser felices, no tenemos otro camino más que el amor.
La parábola del «hijo pródigo», «hijo perdido» o el «padre perdonador» es una de las joyas literarias que solamente encontramos en el evangelio de Lucas. Es una historia, además, muy conocida y a la que se le ha dado un sinnúmero de interpretaciones. Algunas de esas interpretaciones han surgidos desde el hijo menor que pide la herencia a su padre, otras desde la posición del hijo mayor quien se molesta al ver que le hacen una fiesta al hijo que había malgastado todo, otras interpretaciones surgen desde la acción del Padre que ama sin medida. Cada una de estas interpretaciones deja un soporte invaluable para nuestras vidas. Sin embargo, hoy vamos a explorar esta parábola teniendo como base para la interpretación el amor.
La primera parte de la lectura del evangelio nos pone en contexto de la situación, muchos recaudadores de impuestos (fariseos) y un grupo de personas a las que Lucas describe como pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo, y esto incomodó a los fariseos y maestros de la Ley. Aquí encontramos la crítica a Jesús: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».
En las palabras de los fariseos y de los escribas había una realidad; Jesús convivía con pecadores. La verdad es que Jesús nos enseña a convivir con los pecadores, a participar de la mesa y del diálogo con ellos para ser luz a sus vidas. Recordemos que Jesús iba en contra vía del sistema de exclusión que sostenía el la estructura religiosa de Israel.
Jesús quiere resaltar que su misión requiere de amor, para ello cuenta tres parábolas con la que sustenta su actuación y en las que deja clara la dignidad de todos los seres humanos. La primera parábola es la de la oveja perdida, la segunda es la de la moneda perdida y la tercera es la del hijo perdido. La tres parábolas contienen algo de valor que se ha perdido. Las dos primeras hacen relación directa de lo que Dios hace por los pecadores, por las personas que necesitan arrepentirse.
Ahora bien, las tres parábolas son una apuesta al amor, un amor misional, un amor que lo entrega todo, un amor que hace lo máximo para alcanzar a las personas con Dios y, en ese sentido, la parábola del hijo pródigo nos dejará ver la necesidad que tenemos de transitar nuestro concepto de amor, un amor limitado, al concepto de amor de Dios, un amor desbordante.
1. El amor limitado
1. El amor limitado
Cuando caminamos por el camino del discipulado podemos darnos cuenta que el amor del ser humano es un amor limitado. Los dos hijos en la historia nos dan la muestra de dicho amor limitado que existe en la persona humana. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de amar, en todas las personas hay un nivel de amor, la persona más mala que pueda haber en el universo tiene alguien por quien sería capaz de dar su vida porque la ama. Sin embargo, este amor sigue siendo limitado en la medida que es un amor lejano al amor de Dios.
La personas pueden poner sus acciones y condiciones en la balanza de José José y pensar que han descubierto la plenitud del amor, sin embargo, continúan poniendo una medida al amor, un límite o un condicionamiento. Podemos interpretar que el amor limitado tiene como raíz el amor al dinero y las posesiones, un punto de quiebre en la conversación con ambos hijos está en ese sentido.
El amor limitado está reflejado en los dos hijos de la historia, vale la pena decir que los dos hijos de la historia han estado en nosotros, quizás luchan en nuestro interior o nosotros luchamos con ellos. El amor limitado busca llenar los vacíos del ser humano, entonces, es egoísta, busca lo propio, se llena de motivos para pensar en sí mismo y no da espacio para reflexionar y caminar con el otro.
El amor limitado se refleja en el hijo menor en un deseo de libertad que está por encima de los intereses familiares. Pedir la herencia y marcharse es desconectarse de sus raíces, de su gente, de quienes lo aman y han dado todo por él. El problema no está en vivir la vida o en independizarse, esto es inherente a todos los seres humanos, el problema radica en la forma como la vive.
Es un amor limitado porque desperdicia sus bienes con una vida «libertina», lo que el texto en Lucas refiere es que este hijo llevó una vida insana, derrochó lo que tenía y se echó a perder. Es el amor a lo que nos aparta de Dios y de nuestros seres amados, es el amor al pecado que va degradando a la figura humana y por tanto a la dignidad humana. Podría parecer ilógico hablar de un amor que degrada a la dignidad humana, pero el amor limitado de los seres humanos, que es egoísta y busca lo suyo propio puede lograr hacerlo.
Es un amor limitado porque se disfraza en el amor propio pero conduce a la desgracia, a la pérdida absoluta de todo. Las consecuencias de este amor limitado redundaron en la degradación máxima de la persona. El texto además parece dejar ver que cuando vivimos en el amor limitado del egoísmo las cosas se alinean para terminar de perderlo todo, no solo lo que tenía sino también lo que no tenía.
Este tipo de amor limitado es fluctuante. Seguramente en la abundancia este hijo encontró amigos, amigas, gente que lo acompañaba a perder su vida, sin embargo, cuando se quedó sin dinero aún la región en la que estaba le dio la espalda, hubo hambre y escasez y tuvo que emplearse . El amor limitado por el derroche, el dinero y el pecado lo llevaron vivir como mendigo cuidando cerdos y anhelando comer de su comida.
Pero el amor limitado no solamente está en el hijo menor. El hijo menor, cuando se enfrenta al hambre, recuerda su casa, su padre y los empleados. «En la casa de mi padre los jornaleros tienen comida de sobra y yo aquí me muero de hambre». En su examen de conciencia decide levantarse, volver al padre y pedir perdón. Seguramente esta no era una decisión fácil, pero era un acercamiento a la conversión y al encuentro con el amor desbordante.
Por su parte el hijo mayor, muestra otra faceta del ser humano. Aparentemente este hijo ha estado acompañando a su padre todo el tiempo. Sin embargo, no ha podido leer la tristeza que le embarga por la mala decisión que ha tomado su hijo menor, quizás no ha querido ver o, incluso, ha criticado a su padre cuando lo ha visto en la puerta esperando el regreso del hijo menor.
Este hijo se ha esforzado por hacer las cosas bien, pero su amor también es limitado. No ha hecho las cosas bien por su propia voluntad, por el amor en sí o por el amor a su padre, sencillamente, esperaba tener un reconocimiento.
Este hijo mayor, no se puede alegrar con la alegría de su padre, no puede comprender la fiesta de la vida, se ha desconectado de la realidad de su hermano y ha perdido la compasión. El amor limitado lo ha puesto en el papel de juez, poniéndole sal a una herida que estaba siendo sanada.
En su amor limitado, no ha podido comprender que todo lo que había en la casa de su padre era también de él y que había podido disfrutarlo. Un amor limitado por la inseguridad y el miedo. Este hijo mayor está directamente relacionado con los fariseos y maestros de la Ley a los que Jesús les estaba hablando. Personas que pensaban que tenían una posición de privilegio, que elegían la dignidad de las personas e incluso a quien recibir las ofrendas en el templo.
Quizás, nuestras iglesias estén llenas de «hijos mayores» con este tipo de amor limitado, que alardean de sus posiciones, de los conocimientos en doctrina y política, que se creen con el derecho de juzgar a las demás personas, que tienen miedo por que otras personas u otras generaciones ocupen sus posiciones. Hijos e hijas, limitados y limitadas, que no pueden dar su amor sincero y que le ponen una medida al amor, un condicionamiento y que, finalmente, no pueden ni saben perdonar.
Los seres humanos, sino es por la misericordia y el amor de Dios siempre tendremos amores limitados, los dos hijos han tenidos amores diferentemente egoístas, los dos hijos han arrebatado del padre lo mejor de su herencia, los dos hijos, al final, se están debutando el dinero de su padre. Y los dos hijos están en nosotros cuando no nos dejamos moldear por el amor de Dios.
2. El amor desbordante
2. El amor desbordante
El amor desbordante es el amor que vemos en el padre pero que debe ser el foco, la meta, de cada uno de nosotros.
La figura del amor desbordante está en un padre que decide entregar parte de lo suyo para que su hijo viva la vida, con la esperanza de que hará lo mejor, con la preocupación de que no le vaya bien, pero sobre todo sabiendo que su hijo necesita vivir aquella experiencia que lo volverá a traer a casa.
El amor desbordante es un amor compasivo, podemos imaginar al escena, el padre está a la puerta y de lejos ve a su hijo, maltrecho, quizás flaco y débil, no puede esperar a que el hijo llegué, sabe que aún siendo más viejo puede correr y alcanzarlo y lo hace.
El amor desbordante es un amor que dignifica al ser humano, no hubo tiempo para reproches, a duras penas escucho las palabras de su hijo y mando a hacer la fiesta, lo besó, lo abrazó, lo vistió. Le devolvió la dignidad de hijo y anunció que su hijo, el que estaba muerto, había vuelto a vivir.
Pero el amor desbordante del padre está también con el hijo mayor. También el padre sale por él, le invita a entrar, a perdonar, a sanar y sobretodo a alegrarse porque aquel otro, que era su hermano había vuelto a la vida.
El amor desbordante del padre es un amor que no pone limites, todo lo mío es tuyo, todo lo que quieras lo tienes, sin duda es el amor de Dios para con el ser humano a quien invita a arrepentirse y encontrar comunión con Él.
El amor desbordante es la enseñanza de nuestro Padre. Somos nosotros quienes tenemos ese amor desbordante, en ese sentido, somos nosotros la esperanza para una humanidad que sufre sin Dios, que derrocha su vida y se pierde lejos de la casa del Padre. Somos nosotros los que estamos llamados a invitar a otros a la comunión con Dios y con la persona humana, porque como dice el Texto en Josué: «Les he quitado la vergüenza de haber sido esclavos»
Conclusión
Conclusión
Dios nos invita a celebrar la pascua de la vida. Hacerlo implica recibir a los que son diferentes a nosotros, a los que se han desviado del camino de la bondad y desean volver, incluso a los traidores, porque así eran considerados los publicanos.
Jesús deja claro que cuando un pecador vuelve al camino hay una fiesta porque hay una persona que recupera su dignidad. Así como hizo Dios con el pueblo de Israel, nos lleva de su mano, sustenta nuestra vida y nos permite seguir en el proceso hasta que podemos recoger los frutos de nuestra vivencia espiritual, en todo este tiempo, estamos celebrando la fiesta de la vida, la fiesta del amor, la fiesta de la pascua mientras abrimos nuestra manos para dar y recibir el amor desbordante.
Finalmente, es importante reconocer que la comunidad de fe es un hospital de corazones rotos y que nos sanamos mutuamente mediante el amor que no es limitado sino que es desbordante porque «la medida del amor, es amar sin medida»
