El Pecado y la Conversión

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I. Nuestra antigua Naturaleza Vs. la obra de Dios en nuestra Redención

El pecado es no conformarnos a la ley moral de Dios en acciones, actitudes o naturaleza. El pecado incluye no solo las acciones individuales tales como robar o mentir o matar, sino también las actitudes que son contrarias a las actitudes que Dios requiere de nosotros.
Una vida que agrada a Dios tiene pureza moral no solo en las acciones, sino también en los deseos del corazón. De hecho, el más grande de los mandamientos requiere que tenga el corazón lleno de una actitud de amor a Dios: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mr 12:30).
Nuestra misma naturaleza, el carácter interno que es la esencia de quienes somos como personas, también puede ser pecaminosa. Antes de que Cristo nos redimiera, no solo cometíamos acciones pecaminosas y teníamos actitudes pecaminosas, sino que éramos pecadores por naturaleza.
Aun cuando está durmiendo, un “no convertido”, aunque no esté cometiendo acciones pecaminosas ni cultivando activamente actitudes pecaminosas, es un «pecador» a los ojos de Dios; todavía tiene una naturaleza de pecado que no se conforma a la ley moral de Dios.
Por experiencia que el pecado es perjudicial para nuestra vida, que nos trae dolor y consecuencias destructivas para nosotros y para todos los que son afectados por él. Pero definir el pecado como la falta de conformidad con la ley moral de Dios, es decir que el pecado es algo más que doloroso y destructivo, que es también malo en el sentido más profundo de la palabra. En un universo creado por Dios, no se debe aprobar el pecado. El pecado está en directa oposición a todo lo que es bueno en el carácter de Dios, y así como Dios necesaria y eternamente se deleita en sí mismo y en todo lo que él es, también necesaria y eternamente aborrece el pecado. Es, en esencia, la contradicción de la excelencia de su carácter moral. Contradice su santidad, y tiene que aborrecerlo.
Nuestra naturaleza humana se enfrenta a las preguntas: ¿Qué es verdad? ¿Qué es bueno o malo? ¿Quién soy yo? Y por la influencia del pecado, y nuestra lejanía de Dios, contestamos mal a estas 3 preguntas.
Negamos la verdad, y preferimos la mentira. No distinguimos entre lo bueno y lo malo y por naturaleza nos inclinamos a lo malo por gusto y por último, creemos que nosotros somos algo que no somos, siempre nos equivocamos al juzgarnos a nosotros mismos, nos vemos como “insignificantes” o como los “amos del universo”.
La Biblia dice Ro 3.10-18
Romanos 3:10–18 NBLA
10 Como está escrito: «No hay justo, ni aun uno; 11 No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. 12 Todos se han desviado, A una se hicieron inutiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. 13 Sepulcro abierto es su garganta, Engañan de continuo con su lengua. Veneno de serpientes hay bajo sus labios; 14 llena está su boca de maldición y amargura. 15 »Sus pies son veloces para derramar sangre. 16 »Destrucción y miseria hay en sus caminos, 17 Y la senda de paz no han conocido. 18 »No hay temor de Dios delante de sus ojos».
También vemos la naturaleza del ser humano en Efesios 2.1-3
Efesios 2:1–3 NBLA
1 Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados, 2 en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. 3 Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
La paga de nuestro pecado es: Ro 3.23 y Ro 6.23
Romanos 3:23 NBLA
23 por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.
Romanos 6:23 NBLA
23 Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
En nuestras acciones estamos totalmente incapacitados de hacer el bien delante de Dios: No solo somos pecadores que carecemos de todo bien espiritual en nosotros, sino que también carecemos de la capacidad de agradar a Dios y la posibilidad de acercamos a Dios por nosotros mismos. Pablo dice que «los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios» (Ro 8:8). Además, en términos de llevar fruto para el reino de Dios y hacer lo que le agrada a él, Jesús dice: «Separados de mí no pueden ustedes hacer nada» Gn 15:5). De hecho, los incrédulos no agradan a Dios, si no por otra razón, simplemente porque sus acciones no se deben a que tengan fe en Dios ni a que lo amen, y «sin fe es imposible agradar a Dios» (He 11:6). Refiriéndose a cuando los lectores de Pablo eran incrédulos, Pablo les dice: «En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban» (Ef 2: 1-2). Los incrédulos están en un estado de esclavitud y sometimiento al pecado, porque «todo el que peca es esclavo del pecado» Gn 8:34). Aunque desde un punto de vista humano las personas pueden ser capaces de hacer mucho bien, Isaías afirma que «todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia» (Is 64:6; d. Ro 3:9-20). Los incrédulos no pueden entender las cosas de Dios correctamente, porque «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» 1 Co 2:14, RVR 1960). Tampoco podemos acudir a Dios por nuestros propios recursos, porque Jesús dijo: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» Gn 6:44).
Pero, Dios ha decidido buscar al hombre para salvarlo, haciendo la paz mediante la cruz de Cristo entre Dios y los hombres.
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